17 de enero de 2026

Mié
14
Ene
Jue
15
Ene
Vie
16
Ene
Sáb
17
Ene
Dom
18
Ene
Lun
19
Ene
Mar
20
Ene

Evangelio del día

San Modesto de Jerusalén

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo.
Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros».
Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

Todavía no ha nacido Jesús y ya sabemos, por el evangelista Mateo que se llamará Emmanuel, que significa «Dios con nosotros». 
Mateo nos está acercando al misterio de Dios que estará presente en nuestra vida.
Dios se hace presencia cada día en nosotros, en nuestro mundo. No pertenece a nadie, ni a ninguna religión.
Dios es de todos sus hijos, de los que le invocan y de los que no, porque Dios habita en el corazón de todo ser humano.
Nos acompaña en nuestros gozos y en nuestras penas. Dios es amor y bendición.

Pero para ser conscientes de que Dios está con nosotros, debemos buscar el silencio interior, ahí escucharemos su voz, encontraremos su rostro y sentiremos su amor incondicional. A partir de ese momento nos daremos cuenta de que no estamos solos. 

Cuando todos nos dan la espalda, Él está ahí. En la aflicción, su consuelo nos ayuda a levantarnos. En la debilidad nos sostiene y anima. Como persona y como comunidad debemos hacer presente a Dios en todos los ámbitos de la vida.
Pero para ello debemos en primer lugar sentir que «Dios está conmigo», porque eso es lo que celebramos cada domingo en la Eucaristía, y de forma especial en Navidad: Dios es la alegría de nuestra vida”. (Locus serenitatis)


¡Veremos a Dios! Es decir que el mismo Dios se hará presente en nosotros, se paseará por nuestro corazón, según la hermosa expresión de la Escritura, nos cubrirá de luz y nos alimentará con  la pura sustancia de la verdad eterna; es decir que su verbo llegará a ser nuestro verbo y nuestra palabra interior; es decir que Dios nos hará ver en su propia esencia, con una visión clara, la equidad de sus juicios, las maravillas de su sabiduría, la magnificencia y la armonía de sus obras, los secretos de su providencia, la unión de sus decretos, la armonía de sus atributos, en una palabra, sus propios pensamientos y el fondo de los más profundos misterios”. (Sermón sobre el cielo)

Nada que hacer ni a dónde ir.
Sin esperanza a su vivir,
sin ilusión ni dirección
y sin remedio a su dolor,
hasta el día que del cielo nos llegó.

Dios con nosotros, Emmanuel.
Regalo eterno a toda su creación.
Dios con nosotros, Emmanuel.
El anciano de días
encarnado en un bebé.
El mesías prometido por amor.
Dios con nosotros es.

Vimos la luz y el resplandor
de aquella estrella que nos llevó
hacia el lugar donde nació
nuestra esperanza y salvación.
Pues ahora desde el cielo nos llegó.


San Modesto de Jerusalén fue un obispo del siglo VII, recordado por su fidelidad y su servicio a la Iglesia en tiempos de gran dificultad. Nació probablemente en la región de Siria y quedó huérfano siendo niño. Fue criado en un ambiente cristiano que marcó profundamente su fe.
Llegó a ser monje y sacerdote, y más tarde fue elegido patriarca de Jerusalén. Durante su episcopado, la ciudad fue devastada por la invasión persa del año 614, que dejó iglesias destruidas y a muchos cristianos perseguidos o muertos. San Modesto se destacó por su incansable labor de reconstrucción material y espiritual: restauró templos, ayudó a los pobres y consoló a los fieles.
Fue un pastor cercano, valiente y lleno de caridad, que trabajó para devolver la esperanza a una Iglesia herida. Murió hacia el año 634.