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Evangelio del día

San Alfonso María de Ligorio

La fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes, y él dijo a sus allegados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos.
Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla”.
Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.
El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.
Instigada por su madre, ella dijo: Tráeme aquí, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran y mandó decapitar a Juan en la cárcel.
Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre.
Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús.

El relato de la muerte violenta de Juan Bautista es un paradigma de lo que estamos viendo y sufriendo a diario. Aquí quedan patentes las cualidades patéticas del “poder político-religioso”. Ese poder está asociado a: 1) la muerte asesina. 2) la corrupción moral. 3) el miedo. Un individuo corrupto, que puede matar a quien le conviene y que toma las decisiones por intereses pasionales o por miedos irracionales, es el mayor peligro que puede amenazar a un pueblo, a una nación, a todos y cada uno de los ciudadanos.

Frente a tanta vergüenza y semejante violencia, la figura ilustre de Juan Bautista, que: 1) No calla ante la corrupción del poder. 2) Paga con su vida la libertad del que denuncia el despotismo.
No hay que esforzarse demasiado para darse cuenta de que Juan Bautista también es paradigma de los miles y millones de criaturas inocentes que sufren las consecuencias del despotismo del poder.

Los abusos de poder ocurrían antiguamente y siguen ocurriendo en nuestros días. En la antigüedad, el poder corrupto y criminal estaba concentrado en el soberado (rey) de cada país, que ejercía su despotismo sobre sus propios súbditos. En la actualidad, debido a la economía global, el comercio global, al poder de veto que las grandes potencias tienen sobre la ONU, y al poder que ejercen los organismos internacionales (Banco Mundial, Fondo monetario internacional, G7, Organización Internacional de Comercio, etc.), controlados por los grandes de la política y del capital, el poder corrupto de la muerte y el miedo dirigen y gestionan un mundo en el que cada día mueren de hambre y miseria miles de personas y sabemos que este poder sigue matando a los profetas que lo denuncian (como los cientos de periodistas gazatíes asesinados por Israel).

El martirio de Juan Bautista sigue presente entre nosotros. Y lo peor de todo es que nos cruzamos de brazos, y pensamos que nada se puede hacer. Lo cual es mentira. Podemos gritar y protestar, por los que no pueden hacerlo y no se les oyen. Podemos ser más honrados. Y debemos ser siembre buenas personas, apostar cada día por esa bondad, que humaniza.


Al parecer, en Cayena, ciertos administradores y varios miembros del Consejo Colonial manifiestan un espíritu de oposición deplorable hacia los Hermanos; la negativa a concederles el uso de los edificios del colegio responde al plan de establecer allí -a gran costo- una escuela rival que compita con la nuestra, la cual es criticada por admitir a esclavos. ¡Y eso que, por desgracia, contamos con un número muy reducido de ellos! No obstante, estas pobres personas muestran constantemente un vivo deseo de recibir enseñanza de los Hermanos y, en ciertas plantaciones, estos serían acogidos sin dificultad. (Carta al ministro de la Marina, 1844)

¿Cómo habitáis vuestras casas
con celo tan desmedido,
estando más que en ruinas
las casas del pueblo mío?
Preguntad al corazón
y aplicad vuestros sentidos,
y veréis como no vais andando
por mis caminos.

Mirad lo mucho sembrado
y lo poco recogido.
Vuestra hambre no cesó,
aunque mucho habéis comido.
No se apagó vuestra sed,
se hinchó la lengua de hastío
y a más ropa que os cubrió,
más grande fue vuestro frío.

Mucho fue lo que esperasteis
y poco lo que os llegó,
y el grano que almacenasteis,
fui yo el que lo aventó.
Por culpa vuestra los cielos
negaron agua a las tierras,
y no creció sobre el suelo
aquello que crecer debiera.

Olvidaos de vuestra casa
y preocupaos de las ajenas.
Cuanto queráis para sí,
dadlo a todas, que son vuestras.
Y así lloverá en los campos,
grande será la cosecha,
no habrá ruinas en mi casa
y yo estaré en todas ellas.


San Alfonso María de Ligorio (1696–1787) fue un obispo, escritor, músico y fundador de la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas). Nació en Nápoles, Italia, en una familia noble. Dotado de una inteligencia excepcional, obtuvo el doctorado en Derecho con apenas 16 años y ejerció como abogado con gran éxito. Sin embargo, tras perder un importante juicio, comprendió que Dios lo llamaba a otro camino y decidió hacerse sacerdote.
Ordenado en 1726, dedicó su ministerio a evangelizar a los más pobres y abandonados, especialmente en las zonas rurales del Reino de Nápoles. En 1732 fundó la Congregación del Santísimo Redentor, con la misión de anunciar el Evangelio a quienes tenían menos oportunidades de recibir atención pastoral.
En 1762 fue nombrado obispo de Diócesis de Sant’Agata de’ Goti. Se destacó por su cercanía con el pueblo, su preocupación por la formación del clero y su incansable trabajo pastoral. En los últimos años de su vida sufrió graves enfermedades y muchas dificultades, que soportó con paciencia y profunda confianza en Dios.
San Alfonso escribió más de un centenar de obras de espiritualidad y teología. Entre las más conocidas se encuentran Las glorias de María y Visitas al Santísimo Sacramento. También es considerado uno de los grandes maestros de la teología moral por su equilibrio entre la verdad y la misericordia. Fue proclamado Doctor de la Iglesia en 1871 y es patrono de los confesores y de los moralistas católicos.