6 de mayo de 2026

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Evangelio del día

Santo Domingo Savio – Beato Jacinto Vera


Hoy reza por las vocaciones
Todo el Distrito Divina Providencia
El Hermano lleva en sus manos el amor de Dios para los más pobres.

Jesús les dijo: Yo soy la verdadera VID y mi Padre es el viñador.
El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes.
Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos.
El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.

El sarmiento no tiene vida propia, vive de la savia que recibe. Si se separa, se seca inevitablemente. Jesús no lo dice para asustar, sino para ubicarnos en la verdad. Muchas veces queremos dar fruto con nuestras propias fuerzas, con nuestros planes, incluso con nuestras buenas intenciones, pero olvidando la fuente. Y entonces aparece el cansancio, la esterilidad interior, la sensación de vacío.

Si no queremos que nos pase esto, debemos permanecer en Él. Permanecer es quedarse, habitar, no irse cuando cuesta, no buscar sustitutos. Es vivir en una relación constante, sencilla y real con Él, en la oración, en la Palabra, en los sacramentos, pero también en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo escondido.

Jesús dice además que existe la poda. Podar duele. La poda son esas renuncias, esas purificaciones, esas situaciones que no nos gustan mucho, pero que son necesarias para avanzar en el camino. Jesús revela el sentido: para dar más frutos. Dios no quita vida, quita lo que impide que la vida crezca. Lo que hoy parece pérdida, mañana será fecundidad.

Importante además saber que el fruto no es para el sarmiento, es para otros. Una vida unida a Cristo inevitablemente se vuelve fecunda. No siempre con grandes obras, muchas veces en lo escondido, pero con una eficacia que viene de Dios.


Cualquier rama que se desgaje de este tronco sagrado se seca y se muere: todo riachuelo que se separe de esta fuente madre, al instante se seca. (Sermón sobre la Iglesia).

¿Señor, a quién iremos
si tú eres nuestra vida?
¿Señor, a quién iremos
si tú eres nuestro amor?

¿Quién como tú conoce
lo insondable de nuestro corazón?
A quién como a ti le pesan
nuestros dolores, nuestros errores?
¿Quién podría amar cómo tú
nuestra carne débil,
nuestro barro frágil?

¿Quién como tú confía
en la mecha que humea
en nuestro interior?
¿Quién como tú sostiene
nuestra esperanza malherida
y nuestros anhelos insaciables?
¿Quién como tú espera
nuestro sí de amor?


Domingo Savio nació en Italia, en una familia humilde y profundamente cristiana. Desde muy pequeño mostró una gran sensibilidad espiritual y un fuerte deseo de amar a Dios. A los 12 años conoció a San Juan Bosco, quien se convirtió en su guía espiritual en el Oratorio de Turín. Allí, Domingo se destacó por su alegría, su responsabilidad en el estudio y su trato amable con todos. No era un joven extraordinario por grandes obras visibles, sino por vivir con fidelidad lo cotidiano.
En 1854, con solo 12 años, hizo un propósito que marcó su vida: “Antes morir que pecar.” Desde entonces, buscó vivir en gracia, ayudar a sus compañeros y promover un ambiente de amistad y oración. Fundó con otros jóvenes la “Compañía de la Inmaculada”, un grupo dedicado a crecer en la fe y hacer el bien.
Su salud fue siempre frágil. En 1857, con apenas 14 años, enfermó gravemente y murió el 9 de marzo de ese año en Mondonio, su pueblo natal. Fue canonizado en 1954 por Pío XII, convirtiéndose en uno de los santos más jóvenes no mártires de la Iglesia.

Jacinto Vera nació en Montevideo en 1813 (entonces parte del Virreinato del Río de la Plata). Quedó huérfano muy joven y tuvo que trabajar desde niño, lo que forjó en él un carácter fuerte, sencillo y profundamente solidario. Sintiendo el llamado al sacerdocio, ingresó al seminario en Buenos Aires y fue ordenado sacerdote en 1841.
De regreso en Uruguay, se destacó como predicador, confesor y misionero, recorriendo grandes distancias para llevar los sacramentos y acompañar al pueblo, especialmente en zonas rurales.
En 1859 fue nombrado Vicario Apostólico del Uruguay y en 1878 primer obispo de Montevideo, en un contexto muy difícil: el país atravesaba tensiones entre la Iglesia y el Estado, con medidas que limitaban la acción religiosa. Jacinto Vera defendió con firmeza la libertad de la Iglesia, lo que le valió incluso el exilio en 1862.
A pesar de las persecuciones, continuó su misión con gran entrega pastoral, promoviendo la educación cristiana, la formación del clero y la cercanía con los más pobres. Era conocido por su humildad, su vida austera y su profunda fe.
Murió el 6 de mayo de 1881 en Pan de Azúcar (Uruguay).