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Evangelio del día

San Raimundo de Peñafort

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea.
Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz.»
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.
Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente.

Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba.
Lo seguían grandes multitudes que llegaban a Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Busca un lugar tranquilo. Siéntate con el cuerpo relajado y la espalda erguida.
Toma conciencia de la presencia de Dios.
Respira hondo unas veces y dile al Señor, con sencillez: “Aquí estoy, Señor, para escucharte.”

Pide la gracia propia de este texto:
“Señor, dame la gracia de acoger tu luz, dejarme convertir y seguirte con confianza.”

Lee lentamente el texto.
Detente cuando una palabra, imagen o acción te toque más:
“Se retiró a Galilea”
“El pueblo que estaba en tinieblas vio una gran luz”
“Conviértanse”
“Curaba todas las enfermedades”

Reflexiona desde tu vida:
¿Cuáles son hoy mis tinieblas personales, comunitarias o sociales?
¿Qué significa para mí hoy la invitación de Jesús: “Conviértanse”?
¿Qué heridas, enfermedades o cansancios necesito llevarle para que Él los toque?
Observa cómo Jesús no se queda quieto: camina, anuncia, cura, se acerca a todos.

Imagina la escena:
Mira a Jesús caminando por Galilea.
Observa su mirada, su modo de hablar, cómo se acerca a los enfermos.

Colócate entre la multitud:
¿Dónde estás?
¿Qué necesidad llevas?
¿Qué hace Jesús contigo?
Quédate en silencio, dejando que Él te mire y te hable.
Habla con Jesús como con un amigo.
Exprésale lo que sientes:
tu deseo de luz,
tu necesidad de sanación,
tus resistencias al cambio.
 “Señor, que camine en tu luz.”

Pregúntate al final:
¿A qué conversión concreta me invita hoy el Señor?
¿Qué gesto de luz, sanación o cercanía puedo vivir esta semana?
Elige un pequeño compromiso posible y real.

Agradece al Señor este tiempo de oración.


Los comienzos de la conversión son siempre duros; no se rompe con uno mismo sin que cueste. Y la verdad, al entrar en el corazón, primeramente lo turba, le inquieta; y sólo cuando ha empapado todos nuestros pensamientos, cuando ha penetrado y reina en el fondo del alma, es cuando la paz de Dios llega a habitar con ella. (Memorial 5)

No se turbe vuestro corazón,
creed en Dios, creed también en mí,
pues subo al cielo donde mi padre
a prepararles un lugar allí.

Y al final yo volveré
para llevarlos conmigo.
Yo soy Camino, Vida y Verdad,
nadie va al Padre sino por mí.

Y los que coman de mi carne
tendrán vida y yo los resucitaré,
para que un día, junto a María,
gocen del Cielo por una eternidad.

Y al final yo volveré
para llevarlos conmigo.
Yo soy Camino, Vida y Verdad,
nadie va al Padre sino por mí.


San Raimundo de Peñafort (c. 1175–1275) fue un destacado sacerdote, jurista y religioso dominico español, reconocido como uno de los grandes canonistas de la Iglesia.
Nació en Peñafort, cerca de Barcelona. Estudió Derecho en Barcelona y luego en Bolonia, donde se convirtió en un jurista brillante y profesor de Derecho canónico. Ya sacerdote, fue llamado a Roma por el papa Gregorio IX, quien le confió la importante tarea de ordenar y recopilar las leyes de la Iglesia. Fruto de este trabajo surgieron las Decretales de Gregorio IX, que durante siglos fueron la base del Derecho Canónico.
A los alrededor de 47 años ingresó en la Orden de Predicadores (dominicos), viviendo con humildad y espíritu de servicio. Fue elegido Maestro General de la Orden, cargo que ejerció brevemente, pues prefirió volver a una vida más sencilla dedicada al estudio, la predicación y la confesión.
San Raimundo destacó también por su celo misionero y pastoral: impulsó el estudio de las lenguas para la evangelización de judíos y musulmanes y fue confesor del rey Jaime I de Aragón, a quien orientó con firmeza evangélica.
Murió en Barcelona a los casi 100 años, el 6 de enero de 1275. Fue canonizado en 1601 y es considerado patrono de los juristas y canonistas, ejemplo de sabiduría unida a profunda fe y servicio a la Iglesia.