12 de agosto de 2026

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Evangelio del día

Santa Juana Francisca de Chantal

Jesús dijo a sus discípulos: Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.
Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.
También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos
.

El perdón es vital en una comunidad, pero también lo es que la persona que haya cometido algo indebido se haga cargo de su responsabilidad.
Y para eso Jesús da unas pautas, que Mateo aplica a su comunidad:
Primero de todo, evitar el hablar por detrás, los chismes que corren de boca en boca, las ironías, los reproches públicos y toda esa gama de recursos que solemos usar, para señalar a un culpable sin enfrentar el problema. Un miembro de la comunidad debe hablar en privado con él. Es cierto que cuesta y siempre esperamos que sea otro el que lo haga, pero es lo más sano.
Si no da resultado, hay que dejarse ayudar por otros. Es evidente que aquí se presupone que siempre se resguardan los derechos y el buen nombre de la persona.
Por fin, si esto sigue, es un problema que debe enfrentar la comunidad.

San Pablo se enoja con los cristianos de Corintos porque recurren fácilmente a los jueces paganos para resolver sus conflictos internos, en lugar de solucionarlos en el seno de la comunidad: “Cuando alguien de ustedes tiene un conflicto con otro hermano, ¿cómo se atreve a ir ante jueces paganos en vez de someter el caso a miembros de la comunidad?” (1Cor 6,1)

El Papa Francisco comentando este texto nos dice:
“La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad, atención hacia quien ha cometido una culpa, evitando que las palabras puedan herir y matar al hermano. Porque, ustedes saben, ¡también las palabras matan! Cuando hablo mal. Cuando hago una crítica injusta, cuando con mi lengua ‘saco el cuero’ a un hermano, esto es matar la reputación del otro. También las palabras matan. Estemos atentos a esto…
El objetivo es ayudar a la persona a darse cuenta de aquello que ha hecho, y que con su culpa ha ofendido no solamente a uno, sino a todos. Pero también ayudarnos a librarnos de la ira o del resentimiento, que nos hacen mal: aquella amargura del corazón que trae la ira y el resentimiento y que nos llevan a insultar y a agredir…
Todos somos pecadores y necesitados del perdón del Señor. Es el Espíritu Santo el que habla a nuestro espíritu y nos hace reconocer nuestras culpas a la luz de la palabra de Jesús. Y es el mismo Jesús que nos invita a todos, santos y pecadores, a su mesa recogiéndonos de los cruces de los caminos, de las diversas situaciones de la vida” (Francisco, 07-08-2014)

En la noche más sagrada
te quedaste junto a mí,
con las manos del Maestro
que aprendieron a servir.

No buscaste ser honrado,
no viniste a recibir.
Te inclinaste hasta mi barro
para enseñarme a vivir.

Ámame, Señor, así,
hasta el extremo, hasta el fin.
Haz de mi vida pan partido,
enséñame a servir.

Que donde falte amor y ternura,
yo lleve tu corazón.
Que el amor fraterno en el mundo
sea reflejo de tu amor.

Tú lavaste nuestro pies
con un silencio de luz.
Y en lo pequeño mostraste
la grandeza de la cruz.
Nos dejaste un mandamiento
que no deja de latir:
«Si yo os he amado primero,
vos también debéis amar así».

Ámame, Señor, así,
hasta el extremo, hasta el fin.
Haz de mi vida pan partido,
enséñame a servir.

Que donde falte amor y ternura
yo lleve tu corazón.
Que el amor fraterno en el mundo
sea reflejo de tu amor.

Hoy te haces pan en la mesa,
presencia viva de Dios.
Y nos reúnes despacio
en la alianza de tu amor.

Que nadie quede olvidado,
que nadie viva sin voz,
que sepamos ser consuelo
y compartir tu compasión.

Ámame, Señor, así,
hasta el extremo, hasta el fin.
Haz de mi vida pan partido,
enséñame a servir.

Que donde falte amor y ternura
yo lleve tu corazón.
Que el amor fraterno en el mundo
sea reflejo de tu amor.


Santa Juana Francisca de Chantal nació en Dijon, Francia, en 1572, en el seno de una familia profundamente cristiana. Perdió a su madre siendo muy pequeña y fue educada principalmente por su padre.
A los 20 años se casó con Cristóbal de Rabutin, barón de Chantal, con quien formó una familia. Tuvieron seis hijos, aunque dos murieron siendo pequeños. Su matrimonio fue feliz, pero duró pocos años: su esposo murió accidentalmente durante una cacería. Juana quedó viuda con apenas 28 años.
La muerte de su marido fue para ella una experiencia muy dolorosa. Incluso le costó durante años perdonar al hombre que había provocado accidentalmente su muerte. Poco a poco, su sufrimiento la llevó a una vida de mayor oración, entrega a Dios y servicio a los pobres.
Un momento decisivo de su vida fue el encuentro con San Francisco de Sales, quien se convirtió en su director espiritual. Entre ambos nació una profunda amistad espiritual. En 1610 fundaron en Annecy la Orden de la Visitación de Santa María, pensada inicialmente como una comunidad de mujeres consagradas caracterizada por la sencillez, la humildad, la oración y la caridad.
Juana dedicó el resto de su vida a consolidar y extender la nueva congregación. Tuvo que afrontar numerosas pruebas: la muerte de seres queridos, enfermedades, dificultades en las fundaciones y también largos períodos de sequedad y oscuridad espiritual. Sin embargo, permaneció fiel a Dios y aprendió a encontrarlo en las pequeñas cosas de cada día.
Murió en Moulins el 13 de diciembre de 1641, a los 69 años. Fue canonizada en 1767.