22 de agosto de 2026

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Evangelio del día

Bienaventurada Virgen María, Reina

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José.
El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo.
El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.
María dijo al Ángel: ¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?
El Ángel le respondió: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.
Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.
María dijo entonces: Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.
Y el Ángel se alejó.

María no es una reina como las que conocemos en nuestro mundo. No vive alejada de la gente en un palacio, rodeada de riquezas, honores y seguridades. No necesita servidores que atiendan sus deseos ni busca privilegios que la coloquen por encima de los demás. Su realeza es completamente distinta, porque nace de su unión con Dios y de su cercanía con los más pequeños.

María es la reina del servicio. Cuando sabe que Isabel necesita ayuda, se pone en camino y permanece junto a ella. En Caná, descubre discretamente la necesidad de los novios antes de que ellos mismos se atrevan a expresarla. Es la reina de la preocupación por el otro, porque tiene un corazón atento, capaz de percibir el dolor, la vergüenza y la necesidad que muchas veces permanecen ocultos.

Es también la reina de la escucha. Guarda la Palabra de Dios en su corazón, contempla los acontecimientos y trata de descubrir en ellos la voluntad del Padre. No pretende comprenderlo todo de inmediato, pero confía.

A María no le importa la corona llena de joyas con la que adornamos sus imágenes, ni los vestidos suntuosos, ni el cetro de mando. Esos signos pueden expresar nuestro cariño y nuestra veneración, pero no constituyen su verdadera grandeza. La corona que más la honra está formada por sus virtudes: la humildad, la fe, la disponibilidad, la ternura y la fidelidad. Su mejor vestido es la sencillez, y su cetro es el amor que sirve sin imponerse.

María reina desde el hogar humilde de Nazaret, desde el camino compartido con Jesús y, sobre todo, desde el pie de la cruz. Reina permaneciendo junto al que sufre, acompañando sin escapar y sosteniendo la esperanza cuando todo parece perdido. No ejerce poder sobre los demás, sino que pone su vida al servicio de todos.

Por eso, celebrar a María como Reina no consiste solamente en colocarle coronas o llevarle flores. La mejor manera de honrarla es parecernos a ella: escuchar con atención, descubrir las necesidades de quienes nos rodean, servir sin buscar reconocimientos y decirle a Dios, cada día, un “sí” confiado y generoso. Porque, en el Reino de Jesús, el más grande no es quien tiene más poder, sino quien más ama y sirve.


Recuerden que son hijos de María, que desde el cielo los contempla y que combaten bajo su mirada” (A los jóvenes, Acto de consagración a la Virgen)

Madre de Misericordia,
Madre del Salvador,
Auxilio de los Cristianos
ruega por nosotros a Dios.

Virgen fiel y prudente,
Reina de la Paz,
Santa Madre de Cristo
que hagamos su voluntad.

Ven y reina, Madre de Dios,
Reina y Madre de la Creación
ven y reina en nuestro corazón
para que reine el Señor.

Madre del buen consejo,
Ideal de Santidad,
Reina del Santo Rosario
enséñanos a rezar.

Madre Inmaculada,
Madre del Creador,
Reina asunta a los cielos
llévanos contigo a Dios.


La festividad de Santa María Reina se celebra el 22 de agosto, ocho días después de la solemnidad de la Asunción. La devoción es muy antigua. Desde los primeros siglos, los cristianos la invocaron con títulos como Reina del cielo, Reina de los ángeles y Reina de los santos. Esta tradición quedó expresada en oraciones como la Salve Regina y en numerosas imágenes donde María aparece coronada junto a Jesús.
El papa Pío XII instituyó oficialmente esta fiesta en 1954, al concluir el Año Mariano, mediante la encíclica Ad Caeli Reginam. Al principio se celebraba el 31 de mayo, pero después de la reforma litúrgica fue trasladada al 22 de agosto para vincularla más claramente con la Asunción.
La realeza de María depende enteramente de Cristo. Ella no es reina por su propio poder, sino porque es la Madre del Rey, Jesucristo, y porque estuvo íntimamente unida a Él en su misión, desde la Encarnación hasta la cruz y la resurrección. Celebrar a María Reina significa reconocerla también como Madre que acompaña, protege e intercede por todos sus hijos. Ella nos enseña que en el Reino de Dios la verdadera grandeza consiste en servir, amar y cumplir con alegría la voluntad del Padre. Como María, estamos llamados a reinar con Cristo, no dominando a los demás, sino entregando nuestra vida por ellos.