30 de mayo de 2026

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Evangelio del día

Santa Juana de Arco

Jesús y sus discípulos llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?
Jesús les respondió: Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?
Ellos se hacían este razonamiento: Si contestamos: «Del cielo», él nos dirá: «¿Por qué no creyeron en él»? Diremos entonces: «De los hombres»? Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: No sabemos.
Y él les respondió: Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.

Lo primero, que llama la atención en este evangelio, es que, después de la acción violenta de Jesús al desautorizar el Templo y a quien en el vendían animales para ellos sacrificios rituales, lo que les preocupaba a los sumos sacerdotes no era si Jesús tenía o no razón, en la tremenda denuncia que hizo de ellos al llamarlos “bandidos”. No. Lo que aquellos clérigos sagrados les preocupaba era el problema del poder. Es decir, si Jesús tenía o no tenía la autoridad (exousía) para desautorizar de forma insultante a los sumos sacerdotes del templo. Es típico de los “hombre de la religión” buscar el poder, exigir poder, interesarse por el poder. El tema de la honradez o de la coherencia, por lo visto, a aquellos clérigos les interesaba menos. O no les interesaba en absoluto.

En la deliberación, para responde a Jesús, no les preocupa tampoco la sinceridad de por qué no aceptaron el mensaje de conversión de Jaun Bautista. Lo que, a toda costa, buscan y quieren es quedar bien ante los que los oyen. Si a la gente de Iglesia le interesa el poder, no le importa menos la imagen pública. De ahí, la notable hipocresía y la falta de sinceridad que se nota y hasta se palpa en gentes, por otra parte, muy religiosas.

Los sacerdotes del templo “tenían miedo” al pueblo. Los evangelios lo dicen repetidas veces (Mc 11,18.32;12,12; Mt 14,5,21,26.46; Lc 20, 1;22,2). Utilizando siempre el verbo griego “phobéomai”, que se deriva del término “phóbos”, angustia, miedo. Los “hombres de religión” los hombres “sagrados”, cuidan sobre todo su imagen pública. Y por eso anteponen esa imagen a cualquier otra cosa. De ahí la hipocresía, la falta de verdad o de sinceridad, que se advierte en tales personajes. Jesús nunca soportó esta manera de proceder en la vida.


En todo lo que ha pasado, lo que más me ha impresionado es la benevolencia de Dios para nuestra congregación: Si Évain se hubiera quedado en Ploërmel, la habría destruido tarde o temprano. Para que su profunda hipocresía fuese descubierta, era necesario que hiciese lo que ha hecho, y que, yéndose lejos, se imaginase estar libre de toda vigilancia y de toda dependencia” (Al H. Ambrosio, 8-10-1842)

Jesús, al contemplar en tu vida,
el modo que tú tienes de tratar a los demás,
 me dejo interpelar por tu ternura.
 Tu forma de amar nos mueve a amar.
 Tu trato es como el agua cristalina,
 que limpia y acompaña el caminar.

Jesús, enséñame tu modo
de hacer sentir al otro más humano.
Que tus pasos sean mis pasos,
mi modo de proceder.

Jesús, hazme sentir con tus sentimientos,
mirar con tu mirada,
comprometer mi acción;
donarme hasta la muerte por el reino,
defender la vida hasta la cruz,
amar a cada uno como amigo
y en la oscuridad llevar tu luz.

Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre,
buscando la justicia, compartiendo nuestra fe.
Que encuentre una auténtica armonía
entre lo que creo y quiero ser;
mis ojos sean fuente de alegría,
que abrace tu manera de ser.

Quisiera conocerte, Jesús, tal como eres.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará
mi corazón en uno como el tuyo,
que sale de sí mismo para dar;
capaz de amar al padre y los hermanos,
que va sirviendo al reino en libertad.


Juana de Arco nació alrededor de 1412 en Domrémy, un pequeño pueblo de Francia, en una familia campesina. Desde joven afirmó escuchar voces de santos y ángeles, que le pedían ayudar a Francia durante la Guerra de los Cien Años contra Inglaterra.
Con apenas 17 años logró convencer al futuro rey Carlos VII de que le permitiera acompañar al ejército francés. Vestida con armadura, participó en varias campañas militares y tuvo un papel decisivo en la liberación de Orleans en 1429, lo que levantó el ánimo del pueblo francés. Después ayudó a que Carlos VII fuera coronado rey en la ciudad de Reims.
En 1430 fue capturada por los borgoñones, aliados de los ingleses, y entregada a las autoridades inglesas. Fue sometida a un juicio religioso acusada de herejía y brujería. Finalmente, fue condenada y quemada en la hoguera en la ciudad de Ruan el 30 de mayo de 1431, cuando tenía unos 19 años.
Años más tarde, la Iglesia revisó el juicio y declaró inocente a Juana. En 1920 fue canonizada por la Iglesia Católica y hoy es considerada patrona de Francia y símbolo de valentía, fe y patriotismo.