Lo seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban a Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.Felices los afligidos, porque serán consolados.Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.
Jesús sube a la montaña. El nuevo Moisés se hace presente con una nueva ley, no ya los mandamientos sino las Bienaventuranzas. Sube a la montaña y se sienta (cada vez que Jesús se sienta es porque algo muy importante nos comunicará de parte del Padre) y sus discípulos también, se sientan a su lado, como oyentes bien dispuestos a acoger el mensaje. Jesús declara que el reino de Dios es para los pobres. Tiene ante sus ojos a aquellas personas que viven humilladas en sus aldeas, sin poder defenderse de los poderosos terratenientes; conoce bien el hambre de aquellos niños desnutridos; ha visto llorar de rabia e impotencia a aquellos campesinos cuando los recaudadores se llevaban hacia Séforis o Tiberíades lo mejor de sus cosechas.Son ellos los que necesitan escuchar, antes que nadie, la noticia del reino: “Dichosos los que no tienen nada, porque es de ustedes el reino de Dios; dichosos los que ahora tienen hambre, porque serán saciados; dichosos los que ahora lloran, porque reirán, etc.”Él se alegra ya desde ahora con ellos. No les invita a la resignación, sino a la esperanza. No quiere que se hagan falsas ilusiones, sino que recuperen su dignidad, con la certeza que Dios está de su parte.Todos tienen que saber que Dios es el defensor de los pobres. Ellos son sus preferidos. Si su reinado es acogido, todo cambiará para bien de los últimos. Esta es la fe de Jesús, su pasión y su lucha.Jesús no habla de la “pobreza” en abstracto, sino de aquellos pobres con los que él trata mientras recorre las aldeas. Familias que sobreviven malamente, personas que luchan por no perder sus tierras y su honor, niños amenazados por el hambre y la enfermedad, prostitutas y mendigos despreciados por todos, enfermos y endemoniados a los que se les niega el mínimo de dignidad, leprosos marginados por la sociedad y la religión.¿Por qué el reino de Dios va a constituir una buena noticia para estos pobres? ¿Por qué van a ser ellos los privilegiados? ¿Es que Dios no es neutral? ¿Es que no ama a todos por igual?¿Es que los pobres son mejores que los demás, para merecer un trato privilegiado dentro del reino de Dios?Jesús nunca alabó a los pobres por sus virtudes o cualidades. Probablemente aquellos campesinos no eran mejores que los poderosos que los oprimían; también ellos abusaban de otros más débiles y exigían el pago de las deudas sin compasión alguna.Al proclamar las bienaventuranzas, Jesús no dice que los pobres son buenos o virtuosos, sino que están sufriendo injustamente.Si Dios se pone de su parte, no es porque se lo merezcan, sino porque lo necesitan. Dios, Padre misericordioso de todos, no puede reinar sino haciendo ante todo justicia a los que nadie se la hace. Esto es lo que despierta una alegría grande en Jesús: ¡Dios defiende a los que nadie defiende!Esta fe de Jesús se arraigaba en una larga tradición. Lo que el pueblo de Israel esperaba siempre de sus reyes era que supieran defender a los pobres y desvalidos.Si algún rey sabe hacer justicia a los pobres, ese es Dios, el “amante de la justicia” (Salmo 99,4). No se deja engañar por el culto que se le ofrece en el templo. De nada sirven los sacrificios, los ayunos y las peregrinaciones a Jerusalén. Para Dios, lo primero es hacer justicia a los pobres.Probablemente Jesús recitó más de una vez un salmo que proclama así a Dios: “Él hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los condenados… el Señor protege al inmigrante, sostiene a la viuda y al huérfano”. (Salmo 146,7.9)Y como lo expresa Judit en su libro: “Tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados” (Judit 9,11). (Ideas de Pagola)Este es el programa de vida de Jesús. Esta es la columna vertebral de su mensaje y obrar. Así es el Dios de Jesús, está del lado de los desposeídos. Tú, ¿de qué lado estás?
Jesús y los empobrecidos:Jesús expresa que los últimos son los preferidos del Padre, así como lo son de él. Dios está con ellos, está de su parte, no es imparcial, se la juega a favor de los que requieren justicia, paz, misericordia, consuelo, etc. y a su vez intentan vivir estas actitudes.Jesús les manifiesta que el orden social injusto no es lo que quiere el Padre. El Padre Dios, como él, pretenden un mundo solidario, justo, pacífico, donde nadie pase necesidad, donde la paz se cuide como un tesoro, donde la rectitud de intención sea un valor y el obrar como Jesús, una bendición.
No habríamos despedido a los pobres, aunque hubiéramos perdido el proceso; ellos son sagrados para nosotros. (Al H. Luciano, 15 de mayo de 1849)
Felices aquellos, los de puro corazón,los que en cada mañana te sonríen con pasióny te dicen, mirándote con gozo:«Tenga usted un día hermosomás amable, más dichoso».Felices los de limpio mirar,que no saben de envidias,los de nunca condenar,los que nunca te cargan de tristezani te enrostran tu pobreza,que conocen tu belleza.Felices los que nunca descansanen la lucha por la paz,una paz verdadera, de justicia y libertad;los que entregan su vida sin medidapor un mundo sin heridas,sean felices cada día.Felices los que buscan verdad,los que luchan por dara cada hombre dignidad;los que al miedo salvaje dan derrota,dan su sangre gota a gotay en la tierra son semilla que brota.Felices los que dicen: «hermano»con nobleza y sin doblez;los que saben que el barrose ha pegado a nuestros pies;que conocen la pena más profunda,la alegría donde abunday la entrega más fecunda.Felices los que olvidan tu errory te saben distintoy te abrazan sin rencor,porque ven que tu corazón palpita,que en tu alma siempre habitaalgún sueño que se agita.Felices los que saben sufrir juntoa tu lado en el dolory te dan una manoque te aprieta con calor;los que nunca se ríen de tu llanto,porque sólo un nuevo cantoes su alegría y su encanto.Feliceslos de gran corazón,que comparten la vida,regalando un nuevo don;Y te dan de su pany te dan de bebery a su mesa te sientany te llaman hermano.