31 de octubre de 2026

Vie
30
Oct
Sáb
31
Oct
Dom
01
Nov
Lun
02
Nov
Mar
03
Nov
Mié
04
Nov
Jue
05
Nov

Evangelio del día

San Alonso Rodríguez

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente.
Al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: «Déjale el sitio», y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: «Amigo, acércate más», y así quedarás bien delante de todos los invitados.
Porque todo el que ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.
Después dijo al que lo había invitado: Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!

Para comprender debidamente lo que representa este relato, es necesario recordar, una vez más, que el valor más apreciado, en las culturas mediterráneas del s. I, no era la riqueza, sino el honor. Además, las distinciones y categoría se manifestaban sobre todo con ocasión de las comidas y banquetes. Se ha dicho con razón que “precisamente debido ala compleja interrelación de las categorías culturales, la comida es habitualmente una de las principales formas de marcar las diferencias entre los distintos grupos sociales” (G. Feeley-Harnik). En el Banquete, de Platón, no es la misma posición y la actividad de los esclavos que la de los invitados. Y en la Cena de despedida se puso él mismo a lavar los pies de los comensales, es decir, hizo de esclavo, siendo Señor y el Maestro (Jn13, 12-14).

ES importante también tener en cuenta que este evangelio comienza, como el de ayer, recordando que todo esto sucede en casa de unos de los principales fariseos y con la asistencia de bastantes de ellos. Es decir, lo que nota Jesús es que los observantes integristas, que eran tan rigurosos para el cumplimiento de las normas religiosas, se daban prisa para ocupar los primeros puestos y, por los tanto, para dejar a los demás detrás de ellos.
De nuevo nos encontramos con lo de siempre: La religiosidad integrista endurece el corazón humano. Desde el momento que antepone la norma a la dignidad o felicidad del otro, el corazón del hombre, en la misma medida en que se sacraliza, en esa misma medida se deshumaniza.

Parecido al rey del evangelio, ella (la iglesia) llama al banquete divino de sus consuelos, a los pobres, los ciegos, los cojos, los lisiados, y aquél que es más infortunado es el más querido. Entre sus discípulos, la religión escoge aquellos que están más profundamente penetrados de su espíritu y les distribuye en cierto modo, todas las miserias humanas para endulzarlas y cuidarlas. Ustedes, de esta magnífica distribución de los tesoros del Hijo de Dios, han recibido como parte el cuidado de educar a los niños, de formarlos en la virtud y en la piedad» (Saint-Brieuc, 1822)

Desde abajo, desde dentro,
desde cerca,
te encarnas en Nazaret
y en las cosas más pequeñas
nos invitas a creer.


San Alonso Rodríguez fue un hermano jesuita español, conocido por su humildad y por encontrar a Dios en el servicio cotidiano.
Nació en Segovia hacia 1531, en una familia de comerciantes de tejidos. Se casó y tuvo hijos, pero sufrió la muerte de su esposa y de sus hijos, además del fracaso del negocio familiar. En medio de estas pérdidas, profundizó su vida de oración y descubrió una nueva vocación.
En 1571 ingresó en la Compañía de Jesús como hermano religioso. Fue destinado al colegio de Montesión, en Palma de Mallorca, donde trabajó durante muchos años como portero. Recibía a quienes llegaban con paciencia, amabilidad y espíritu de servicio, procurando reconocer a Cristo en cada persona. Su tarea sencilla estuvo acompañada de una profunda vida espiritual. Su consejo influyó especialmente en san Pedro Claver, a quien animó en su vocación misionera.
Murió el 31 de octubre de 1617 y fue canonizado por León XIII en 1888.