15 de febrero de 2026

Jue
12
Feb
Vie
13
Feb
Sáb
14
Feb
Dom
15
Feb
Lun
16
Feb
Mar
17
Feb
Mié
18
Feb

Evangelio del día

6º domingo Durante el Año

Jesús dijo a sus discípulos: No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.
Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás», y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti; es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.
También se dijo: «El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio». Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.
Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: «No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor». Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

El evangelio pone de manifiesto la lucha de las primeras comunidades judeocristianas destinatarias del mensaje de Jesús por medio de Mateo: ¿cómo conciliar la novedad de Jesús con la fidelidad a la ley de Moisés?
Ese es el dilema que produce, en el evangelio, afirmaciones que suenan contradictorias: así, se dice que se ha de cumplir hasta la última tilde de la ley pero, al mismo tiempo, se habla de una «justicia» mayor que la de los letrados y fariseos; se afirma que Jesús no viene a abolir la ley, pero a continuación se formulan las famosas «antítesis» («se dijo…, pero yo les digo…»), que suponen una auténtica ruptura con la ley anterior.

En cierto modo, da la impresión de que las primeras comunidades judeocristianas –como la del propio Mateo- se vieron obligadas a mantener una tensión no siempre fácil entre quienes enfatizaban la novedad portada por Jesús y quienes, por el contrario, buscaban salvar a toda costa la ortodoxia tradicional.
Esa tensión es actual. Hoy seguimos tensados por esos dos extremos: fidelidad a la novedad que significa Jesús y el “siempre se hizo así”. No es solo un problema del ayer.

Con respecto a las conocidas antítesis, lo más llamativo, sin duda, es su radicalidad. Una radicalidad que apunta al corazón: no se trata solo de «no matar», «no adulterar» o «no jurar». Recurriendo a un estilo hiperbólico, tan del gusto oriental, Jesús apunta directamente a la necesidad de vivir en conexión constante con lo mejor de nosotros mismos, es decir, anclados en esa identidad profunda que compartimos con todo y con todos.
Sólo desde ese «lugar» –con esfuerzo, pero sin ningún tipo de voluntarismo- es posible «ver» de tal manera que lo que brote de nosotros lleve el sello del amor, hasta en lo más pequeño. Esa forma de «ver» y de vivir está por encima del culto.

Las observaciones a la ley que nos trae el evangelio tienen que ver con los hermanos y cómo entiende Jesús la relación con Dios. La relación con Dios pasa por el lazo con el otro y los otros. No es posible “llevarse bien con Dios” sin llevarse bien con los hermanos y hermanas.
Es más, el estilo de relación que tengo con mis hermanos y hermanas es el que tengo con Dios. De allí que no matar, tiene una profundidad mucho mayor que la literal que le dieron los fariseos y los maestros de la ley.
Irritar, insultar y maldecir son maneras de matar al otro y una más grave que la otra. No puedo decir que sirvo a Dios si desprecio a mi hermano o lo miro como un objeto de uso o de deseo.

El evangelio termina invitándonos a ser claros, a no andar con vueltas ni discursos engañosos. Que tu sí sea sí y tu no sea no. El riesgo de autoengañarnos está a la puerta. La clave es el vínculo con el otro.
Si los lazos que tejo con mis hermanos y hermanas son lazos de vida, comprensión, perdón, respeto, mi ofrenda al Padre será de su agrado. No hay culto agradable al Padre que prescinda del otro.

El papa Francisco, a propósito, ha dicho, que el que ‘el que adora a Dios y no ayuda a su hermano es un cínico y mentiroso y el que ayuda a su hermano y no adora a Dios es un ateo bueno’. Llamado urgente a hacer síntesis. Pues ser cristiano implica servir a Dios en el hermano y orar con el hermano a Dios para mejor servir.

Jesús y nosotros:
Somos desafiados a vivir en una coherencia mayor que la que exige la antigua ley. No basta el exterior, lo que aparece, lo que se ve. Jesús pretende que sus seguidores obren desde el corazón. Para Jesús el otro es sagrado. Jesús pretende relaciones más inclusivas y respetuosas de la integridad del otro, porque estas son las relaciones que construyen reino. No hay reino sin mesa común.

Jesús, al contemplar en tu vida,
el modo que tú tienes de tratar a los demás,
me dejo interpelar por tu ternura.
Tu forma de amar nos mueve a amar.
Tu trato es como el agua cristalina,
que limpia y acompaña el caminar.

Jesús, enséñame tu modo
de hacer sentir al otro más humano.
Que tus pasos sean mis pasos,
mi modo de proceder.

Jesús, hazme sentir con tus sentimientos,
mirar con tu mirada,
comprometer mi acción;
donarme hasta la muerte por el reino,
defender la vida hasta la cruz,
amar a cada uno como amigo
y en la oscuridad llevar tu luz.

Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre,
buscando la justicia, compartiendo nuestra fe.
Que encuentre una auténtica armonía
entre lo que creo y quiero ser;
mis ojos sean fuente de alegría,
que abrace tu manera de ser.

Quisiera conocerte, Jesús, tal como eres.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará
mi corazón en uno como el tuyo,
que sale de sí mismo para dar;
capaz de amar al padre y los hermanos,
que va sirviendo al reino en libertad.