5 de junio de 2026

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Evangelio del día

San Bonifacio

Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: ¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?
La multitud escuchaba a Jesús con agrado.

Este texto nos invita a ampliar nuestra mirada sobre Jesús.

Los escribas esperaban un Mesías poderoso, un descendiente de David que restaurara la gloria del reino de Israel. Jesús, en cambio, se presenta como el Mesías prometido, pero de una manera desconcertante: servidor, cercano y humilde. Se proclama Hijo de Dios y, sin embargo, recorre los caminos sin riquezas ni seguridades. Se atreve incluso a identificarse con el nombre divino ‘Yo soy’, revelando una autoridad que supera toda expectativa humana, pero al mismo tiempo no tiene donde reclinar la cabeza.
Jesús nos invita a ir más allá de una comprensión meramente terrena del Mesías: no es solamente hijo de David según la carne, sino el Hijo de Dios, a quien David reconoce y llama ‘Señor’.

Jesús busca que lo reconozcamos tal cual es. Muchas veces nosotros reducimos a Jesús a nuestras propias expectativas: un solucionador de problemas, un maestro de moral o alguien a quien acudimos sólo cuando necesitamos ayuda. Sin embargo, Jesús siempre es más grande que nuestras ideas. No cabe en nuestros esquemas. Nunca lo abarcaremos; cuando creemos conocerlo, Él nos invita a dar un paso más profundo.

Este Evangelio nos recuerda que la educación de la fe consiste precisamente en ayudar a las personas a descubrir el verdadero rostro de Jesús.
Preguntémonos: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Un personaje admirable del pasado o el Señor que guía mi vida hoy? ¿Realmente importa en mi vida?


Cuando considero esos pañales, esa cuna, esa paja sobre la cual Jesucristo está acostado, su pobreza, su debilidad, reconozco en esas señales al Mesías, cuyos profetas habían anunciado la venida, que debía, siendo pobre él mismo, anunciar el Evangelio a los pobres, consolar a los afligidos por sus sufrimientos, sostener a los humildes humillándose a sí mismo, y por sus ejemplos, liberarnos de las preocupaciones que nos consumen y desprendernos de los falsos bienes que nos seducen. (Sermón sobre la Navidad)

Sólo hay un nombre en quien puedo confiar.
Sólo hay un nombre que en su poder está.
Sólo hay un nombre,
y su nombre es Jesús.
Sólo hay un nombre que es el Camino y la Verdad.
Sólo hay un nombre que me dará la eternidad.
Sólo hay un nombre
y su nombre es Jesús.

Y lo declaramos
el Señor de lo imposible.
Es Jesús, el único Rey,
el que siempre es fiel.


San Bonifacio (c. 675–754) fue un monje benedictino inglés, conocido como el “Apóstol de Alemania” por su extraordinaria labor evangelizadora entre los pueblos germánicos.
Nació en Wessex, en Inglaterra, con el nombre de Winfrido. Desde joven ingresó en un monasterio, donde destacó por su inteligencia, su amor a las Escrituras y su capacidad para la enseñanza. Sintiendo el llamado misionero, viajó al continente europeo para anunciar el Evangelio.
Recibió del papa la misión de evangelizar Germania y reorganizar la Iglesia en aquellas regiones. Fundó numerosas comunidades cristianas, monasterios y diócesis. Uno de los episodios más famosos de su vida fue la tala del Roble de Thor, un árbol sagrado para los paganos germánicos, demostrando que los dioses paganos no tenían poder frente al Dios verdadero. Bonifacio trabajó incansablemente por la unidad de la Iglesia y la formación del clero. Fundó también la célebre Abadía de Fulda, que se convirtió en un importante centro religioso y cultural.
A los casi 80 años, mientras realizaba una misión en Frisia (actuales Países Bajos), fue atacado por un grupo de paganos y murió mártir junto con varios compañeros el 5 de junio del año 754.