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Evangelio del día

San Ignacio de Antioquía

Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que aquél que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.
Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.
Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir.

Jesús fue un hombre controvertido. Y un hombre enjuiciado y juzgado. De ahí que tuvo amigos y enemigos. Los que se pusieron de su parte y los que le negaron. Es decir, ante Jesús no cabe quedarse indiferente. Y, por tanto, la neutralidad es imposible. Esto supuesto, lo importante para nosotros está en saber siempre que este proceso sigue adelante en la historia. De forma que ahora mismo hay personas que se ponen de parte de Jesús, lo mismo que hay quienes reniegan de Él.

Evidentemente, esto no se hace en un juicio. Se hace en la vida. Hay, quienes, con sus decisiones y sus hábitos de vida, afirman que Jesús tiene razón. Lo mismo que hay quienes viven y hablan de forma que a todas horas están diciendo que Jesús se equivocó. Los que organizan sus vidas para tener asegurada su fama, su poder, su dinero, su buena imagen, su seguridad a toda costa, todos los que hacemos eso (o algo de eso), quizá sin saber lo que hacemos, lo que realmente hacemos es decirle a todo el mundo es que Jesús se equivocó. Que no le hagan caso a Jesús. Así vamos por la vida… ¡Qué vergüenza y que dolor!

La blasfemia contra el Espíritu Santo consiste en la postura obstinada, ciega y firme de oposición y enfrentamiento al Evangelio, es decir, la oposición y enfrentamiento al ser humano, que ocupa el centro de las preocupaciones evangélicas. No olvidemos que, en la encarnación del Logos (que es Dios), el mismo Dios se ha fundido con el ser humano. Así las cosas, resulta lógico y coherente que blasfemar contra semejante proyecto sea imperdonable.  No porque le Padre no quiera perdonar, sino porque el que blasfema así no quiere se perdonado. ¿Qué le importa a él el perdón de eso que dicen que es Dios?

En este contexto de enfrentamiento y conflicto, Jesús advierte a sus discípulos que pueden ser conducidos “a la sinagoga”. Es decir, a un juicio religioso. Porque también puede ocurrir (y ocurre) que la religión tome decisiones y asuma formas de comportamiento que son auténticas agresiones al ser humano, a personas concretas. Y entonces, de acuerdo con lo que dice el Evangelio, se trata de agresiones contra el mismo Dios.

¡Y tú, también, lo ves todo negro! ¿Para qué sirve eso? Si juzgamos el futuro con nuestros miedos, es seguro que los males no acabarán, y que una nueva catástrofe nos amenaza de nuevo. ¿No es mejor cerrar los ojos y dormir un dulce sueño de fe, de amor, de confianza en la Providencia, antes de atormentarnos con conjeturas funestas? (ATC, 42)

Te alejaste de mí.
Estás perdido, no encuentras sentido.
Te avergüenza quien sos.
Estás dolido, te sentís vacío.

Elegí buscarte
y llorar con vos, con tu corazón,
un corazón sediento,
herido por el tiempo.

Vuelve a casa hoy.
Vuelve por favor.
Aquí yo te espero,
no tengas miedo.
Vuelve a casa hoy.
Vuelve por favor.
Necesito verte.

Elijo todo lo que sos.
Quiero estar con vos,
quiero estar con vos.

Cómo hacerte entender
lo mucho que te quiero,
lo mucho que te espero.
Te espero para abrazar
tu mundo entero
con mi amor sincero.

No importa lo que hayas hecho.
Mi amor no cambió.
Escucha mi voz,
una voz compasiva.
¡Vuelve a la vida!


San Ignacio de Antioquía fue uno de los grandes testigos del cristianismo de los primeros siglos. Nació hacia el año 35 y fue obispo de Antioquía, en la actual Turquía, una de las comunidades cristianas más antiguas. Pertenece a los Padres Apostólicos, los escritores cristianos más cercanos a la época de los apóstoles.
Durante el gobierno del emperador Trajano fue detenido por su fe y llevado a Roma bajo custodia. En el camino escribió siete cartas a distintas comunidades cristianas y al obispo Policarpo de Esmirna. En ellas animaba a permanecer unidos, vivir la caridad y conservar la fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. También destacaba la importancia de la Eucaristía y de la comunión con el obispo.
Ignacio afrontó el martirio con profunda confianza: deseaba unirse plenamente a Jesús y pidió a los cristianos de Roma que no intentaran impedir su muerte. Según la tradición, murió devorado por las fieras en Roma, hacia el año 107, aunque la fecha exacta es incierta.