24 de junio de 2026

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Evangelio del día

Nacimiento de san Juan Bautista

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre.
Pero la madre dijo: No, debe llamarse Juan.
Ellos le decían: No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre. Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: Su nombre es Juan.
Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores y lo comentaban en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: ¿Qué llegará a ser este niño?, porque la mano del Señor estaba con él.
El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu. Y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

El nacimiento de Juan estuvo rodeado de signos de esperanza. Sus padres, Zacarías e Isabel, eran ancianos y habían perdido la esperanza de tener hijos. Sin embargo, Dios actuó cuando parecía imposible. Así, Juan nos recuerda que Dios sigue obrando, incluso cuando creemos que todo está perdido. Donde nosotros vemos límites, Dios abre caminos.

Cuando nació Juan, todos se preguntaban: “¿Qué llegará a ser este niño?”. La respuesta se descubriría con los años: Juan sería «la voz que clama en el desierto«, el profeta que invitaría a la conversión y el hombre humilde que señalaría a Jesús, diciendo: «Este es el cordero de Dios”.

Quizás la enseñanza más profunda de Juan es que fue y aceptó ser sólo una voz, no el salvador. Su alegría consistió en conducir a otros hacia Jesús. Vivió para preparar corazones, para allanar senderos, para acercar a las personas a Dios. “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”.

También nosotros estamos llamados a ser como Juan Bautista: En nuestra familia, en nuestra comunidad, en nuestro trabajo, preparamos el camino del Señor con palabras de esperanza, gestos de caridad y una vida coherente. No se trata de que nos miren a nosotros, sino de ayudar a que otros descubran a Jesús. Se trata de ubicarnos en nuestro lugar de voceros y de corrernos cuando ya no seamos necesarios.


¿No es entonces que Dios obra milagros de misericordia en todas las almas…? De modo que si pedimos pruebas de la presencia de Jesucristo en medio de nosotros… podríamos decir lo que él mismo dijo a los discípulos de Juan el Bautista, que le preguntaron si él era realmente el Mesías: ¡los ciegos ven, los sordos oyen, los rengos caminan, los muertos resucitan! (Retiro de niños)

Antes que te formaras
dentro del vientre de tu madre,
antes que tú nacieras,
te conocía y te consagré
para ser mi profeta de las naciones
yo te escogí.
Irás donde te envíe,
lo que te mande proclamarás.

Tengo que gritar, tengo que arriesgar,
¡Ay de mí si no lo hago!
Cómo escapar de ti, cómo no hablar
si tu voz me quema dentro.
Tengo que hablar, tengo que luchar.
¡Ay de mí si no lo hago!
Cómo escapar de ti, cómo no hablar,
si tu voz me quema dentro.

No temas arriesgarte,
porque contigo yo estaré.
No temas anunciarme,
porque en tu boca yo hablaré.
Te encargo hoy mi pueblo
para arrancar y derribar,
para edificar, destruirás y plantarás.

Deja a tus hermanos,
deja a tu padre y a tu madre.
Abandona tu casa
porque la tierra gritando está.
Nada traigas contigo
porque a tu lado yo estaré.
Es hora de luchar
porque mi pueblo sufriendo está.