2 de julio de 2026

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Evangelio del día

Jueves de la 13ª semana durante el año

En aquel tiempo Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad.
Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla.
Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.
Algunos escribas pensaron: Este hombre blasfema.
Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: ¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: «tus pecados te son perdonados», o «Levántate y camina»? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al paralítico– levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Él se levantó y se fue a su casa.
Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Es interesante ver que la curación comienza cuando Jesús ve la fe de los que traían al paralítico. Aquellos amigos cargan al paralítico porque él no puede llegar por sus propios medios. Son imagen de la Iglesia, de la comunidad cristiana, de la familia, de los amigos que sostienen nuestra fe cuando nosotros ya no tenemos fuerzas para caminar.
¡Cuántas veces nosotros también hemos sido llevados en una camilla! Quizás no de madera, sino de desaliento, de pecado, de tristeza o de cansancio espiritual.
Y otras veces el Señor nos pide ser nosotros quienes carguemos a alguien con nuestra oración, nuestra paciencia o nuestra cercanía.

Llama la atención que Jesús no diga primero: ‘Quedas curado’, sino: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.» Para el Señor, la herida más grave no era la inmovilidad de las piernas, sino la distancia que el pecado produce entre el hombre y Dios. Él quiere devolverle la salud completa: la del alma y la del cuerpo.

Es significativo también que Jesús lo llame «hijo». Antes que pecador, antes que paralítico, antes que hombre necesitado, es hijo amado del Padre. Así nos mira Dios. Nuestro pecado nunca tiene la última palabra; la última palabra siempre la tiene su misericordia.

Luego le dice: «Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». La camilla ya no es un signo de derrota. Antes llevaba al hombre; ahora el hombre lleva la camilla. Lo que había sido símbolo de esclavitud se convierte en testimonio de la obra de Dios. Así sucede con nuestra historia. El Señor no borra nuestro pasado; lo transforma. Nuestras heridas, una vez sanadas, dejan de ser motivo de vergüenza para convertirse en ocasión de dar gloria a Dios.

Finalmente, el hombre vuelve a su casa. No sólo ha recuperado el movimiento; ha recuperado su lugar en la vida, en la familia y en la comunidad. Toda auténtica experiencia del perdón nos devuelve a casa, nos reconcilia con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

De todo esto, los fariseos no entienden ni jota. Están ciegos a la misericordia de Dios.
¡Ojo que a nosotros también nos puede pasar! Que por cumplir normas, nos olvidemos del amor infinito de Dios para con todos sus hijos.


En todo caso, trata a ese pobre hermano con dulzura, no le hagas ningún reproche que pueda herirlo o irritarlo. Ábrele tu corazón para que él pueda poner en él el suyo, para sentir el calor, para curarse. Procura que se comprometa a responder a mis últimas cartas y a confesarme él mismo sus equivocaciones. Casi nunca me escribe, y es un mal para él, porque un superior tiene la gracia para conducir a aquéllos que la Providencia le ha confiado” (Al H. Ambrosio, 1844)

Consolad a mi pueblo, dice el Señor,
hablad al corazón del hombre,
gritad que mi amor ha vencido,
preparad el camino
que viene tu Redentor.

Yo te he elegido para amar,
te doy mi fuerza y luz para guiar.
Yo soy consuelo en tu mirar.
¡Gloria a Dios!

Consolad a mi pueblo, dice el Señor,
sacad de la ceguera a mi pueblo.
Yo he formado contigo
una alianza perpetua.
Yo soy tu único Dios.

Consolad a mi pueblo dice el Señor,
mostradle el camino de libertad.
Yo os daré fuertes alas,
transformaré sus pisadas
en sendas de eternidad.