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Evangelio del día

San Juan I

Los discípulos le dijeron a Jesús: Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios.
Jesús les respondió: ¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo.
Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.
Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.

En el Evangelio de Juan, las palabras y las preguntas de los discípulos no son sólo de los discípulos, sino que en ellas afloran también las preguntas y los problemas de las primeras comunidades. Son espejos, en los que las comunidades, tanto las de aquel tiempo como las de hoy, se reconocen con sus tristezas y angustias, con sus alegrías y esperanzas. Encuentran luz y fuerza en las respuestas de Jesús.

La ausencia de Jesús (acabamos de celebrar su Ascensión al cielo) seguramente desarmó a los Apóstoles. Tendrían que aprender a vivir sin Jesús, pero, por otra parte, estimula nuestro deseo de verlo de nuevo. Y ese deseo nos ayuda a crecer en la fe.

Tal vez hoy, podemos tener la sensación de que el mundo de la fe en Cristo se debilita. Hay muchas noticias que van en contra de la fortaleza que querríamos recibir de la vida fundamentada íntegramente en el Evangelio. Las palabras de Jesús nos invitan a la confianza: “¡Ánimo!, yo he vencido al mundo”, es decir, por su Pasión, Muerte y Resurrección ha alcanzado la vida eterna, aquélla que no tiene obstáculos, aquélla que no tiene límite, porque ha vencido todos los límites y ha superado todas las dificultades.  (Boosco)


Si la forma de actuar del Soberano hacedor de las cosas nos deja atónitos, es porque por ahora sólo vemos una parte de su plan, y que aquí abajo sólo podemos conocer de una manera imperfecta las razones que lo llevan a actuar así. Cuando entremos en el santuario de su providencia, y veamos, según la expresión del profeta, la luz en la luz, entonces, iniciados en los profundos misterios de su gobierno y sus leyes, percibiremos claramente las causas de tantos acontecimientos que nos asombran y nos confunden. Entonces el origen del mal físico y moral ya no será un problema, y conoceremos claramente la sabiduría de los consejos de Dios y la justicia de sus mandatos”. (Respuesta a las principales objeciones de los ateos)

Yo he pasado por el fuego
y tú estuviste allí.
aunque el mundo me falló
Tú nunca te fuiste de mí.

Tu amor no se cansa,
tu gracia me alcanzó;
aun cuando dudé,
me perdonaste, Señor.

¡Oh, Jesús! Mi roca y salvación.
¡Oh, Señor! Mi eterna canción.

Nunca me dejarás,
siempre me amarás.
Tu mano me sostiene
en cada temporal.

Cuando el alma se quebró
tú viniste a restaurar.
Y hoy puedo cantar
de tu fidelidad.

Tú eres mi escudo, mi fiel protector.
En ti confío,
mi amado Señor.


San Juan I fue Papa entre los años 523 y 526, en tiempos difíciles para la Iglesia y el Imperio romano. Nació en la región de Toscana, en Italia, y se destacó por su fe, prudencia y amor a la unidad de los cristianos.
Durante su pontificado, el rey ostrogodo Teodorico, que era arriano, lo envió a Constantinopla para negociar con el emperador Justiniano, buscando mejorar la situación de los arrianos en Oriente. Aunque el Papa cumplió fielmente la misión, Teodorico sospechó que había favorecido demasiado a los católicos.
Al regresar a Italia, San Juan I fue encarcelado en Rávena. Allí sufrió humillaciones y malos tratos hasta morir en el año 526. Por eso la Iglesia lo venera como mártir, ya que entregó su vida por fidelidad a Cristo y a la verdad de la fe.
Su testimonio recuerda que el pastor verdadero permanece firme aun en medio de las persecuciones y las injusticias.