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Evangelio del día

San Antonio, abad – Jenaro Sánchez Delgadillo

Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba.
Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: Sígueme.
Él se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos.
Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: ¿Por qué come con publicanos y pecadores?

Jesús, que había oído, les dijo: No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Muchos cristianos no han pensado suficientemente en un hecho, que se menciona en los evangelios, y que resulta asombroso. Se trata de las comidas de Jesús con las gentes de mala fama, de pésima reputación y de muy baja categoría en todos los aspectos de la vida.
En las sociedades actuales hay muchas maneras de expresar el máximo reconocimiento hacia una persona y la posición social que ocupa.
En la Antigüedad, el acto central de la vida social, y del reconocimiento humano, era el banquete (“Simposio”). Incluso el sitio que cada comensal ocupaba en la mesa era un criterio determinante de la importancia que se le otorgaba a la persona. Además, téngase en cuenta que el Simposio o Banquete no se reducía al hecho biológico de “comer”, sino que era sobre todo un acto social de “compartir la misma comida”. La cuestión capital no era la “comida”, sino la “comensalía” (compartir la mesa). Así lo explicaron los grandes escritores que analizaron este asunto. Cf. El Banquete de Platón, el de Jenofone, etc. (Dennis E. Smith)

Así las cosas, lo más llamativo es que los relatos de “comidas compartidas”, que más destacan los evangelios, son las celebraciones de “comensalía” de Jesús con los “publicanos”, “pecadores”, y “pobres”. El capítulo 15 de Lucas es elocuente hasta el límite: todo termina con un gran “Simposio” de fiesta con el pecador extraviado. Y esto, como la respuesta a la acusación de que Jesús “comía con publicanos y pecadores “(Lc 15, 1-2).

Jesús vivió con “malas compañías”: comer y beber con los excluidos de la sociedad es afirmar que tenemos que vivir nuestra religiosidad desde un modelo distinto. No el modelo de la “degeneración”, sino de la “regeneración” en la unión y el amor con todos los seres humanos.


Evitemos, con mucho cuidado, en nuestros contactos con los hombres, toda clase de singularidad. Teniendo mucho cuidado de no asustarlos con una apariencia excesivamente severa; hablarles dulcemente, aceptar sus debilidades, diría casi, respetar sus defectos; no sabríamos tomar demasiadas precauciones para no acabar de romper la caña ya cascada, para no apagar la mecha que humea todavía. (Memorial 17-18)

Señor de los afligidos,
Salvador de pecadores,
mientras aquellos señores
de solemnes encintados,
llevan al templo sus dones,
con larga cara de honrados.
Ay que me gusta escucharte
cuando les dices:
‘la viuda, con su moneda chiquita
ha dado más que vosotros,
porque ha entregado su vida’.

Señor de las Magdalenas,
pastor de samaritanos,
buscador de perlas finas
perdidas en los pantanos,
cómo te quedas mirando
con infinita tristeza
al joven que te buscaba
y cabizbajo se aleja,
por quedar con su dinero.
¡Ay, qué difícil que pase
por esta aguja un camello!

Amigo de los humildes,
confidente de los niños,
entre rudos pescadores
escoges a tus ministros;
parece que todo fuera
en tu Evangelio sorpresa;
Dices: ‘felices los mansos
y los que sufren pobreza;
bendito son los que lloran,
los sedientos de justicia,
dichosos cuando os maldigan’.

‘Es hijo de los demonios’,
los fariseos decían,
‘se mezcla con los leprosos
y con mujeres perdidas,
el sábado no respeta.
¿Dónde vamos a parar
si ha decidido sanar
a toda clase de gente?
¡Es un hombre subversivo!
Ante tanta confusión
yo me quedo con lo antiguo.

Ellos miraban al cielo
y Tú mirabas al hombre,
cuando apartado en el monte
te entregabas a la oración;
sólo buscabas a Dios,
a tu Padre Santo y justo;
en el secreto nombrabas,
para que Tú los sanaras,
al hombre uno por uno,
y lo que el barro manchaba
tus ojos lo hicieron puro.


San Antonio Abad (c. 251–356), también conocido como San Antonio el Grande, fue un monje y ermitaño cristiano nacido en Egipto, considerado el padre del monacato.
Tras la muerte de sus padres, escuchó en la iglesia el Evangelio que decía: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes”, y tomó esas palabras al pie de la letra. Repartió sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto para llevar una vida de oración, ayuno y penitencia. Allí vivió muchos años como ermitaño, enfrentando grandes tentaciones y luchas espirituales, que se convirtieron en símbolo del combate interior del cristiano.
Aunque buscaba la soledad, su ejemplo atrajo a numerosos discípulos, dando origen a las primeras comunidades monásticas. San Antonio fue un maestro espiritual, reconocido por su sabiduría, humildad y profunda unión con Dios. También defendió la fe cristiana frente a las herejías de su tiempo, especialmente el arrianismo.
Es invocado como protector de los animales y modelo de vida ascética y fidelidad a Dios.

Jenaro Sánchez Delgadillo nació el 19 de septiembre de 1886 en Agualele, cerca de Zapopan, Jalisco, México, en una familia humilde y profundamente cristiana. Desde joven combinó sus estudios con trabajos para ayudar a su familia y, gracias a una beca, ingresó al Seminario de Guadalajara, donde se formó para el sacerdocio. Fue ordenado sacerdote el 20 de agosto de 1911.
Sirvió en varias parroquias, entre ellas Nochistlán (Zacatecas), Zacoalco de Torres, San Marcos, Cocula, Tecolotlán y Tamazulita. Se destacó por su humildad, obediencia, dedicación al cuidado de los enfermos y enseñanza del catecismo a niños y feligreses. En Cocula también impartió clases en un seminario menor.
Durante la llamada Guerra Cristera y la persecución anticlerical promovida por el gobierno mexicano, Jenaro fue encarcelado una vez por leer públicamente una carta de su obispo que denunciaba leyes persecutorias. Más tarde, con el culto público prohibido, continuó su ministerio en secreto en casas particulares, a pesar del peligro que esto representaba.
El 17 de enero de 1927, mientras regresaba de un rancho con algunos fieles, fue detenido por soldados federales. A sus acompañantes se les permitió irse, pero a él lo colgaron de un árbol cerca de Tecolotlán.
Su martirio conmovió profundamente a la comunidad católica. En 1934 sus restos fueron trasladados a la iglesia parroquial de Cocula, Jalisco. Fue beatificado el 22 de noviembre de 1992 y canonizado por el Papa Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000.