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Evangelio del día

San Marcelo I

Jesús volvió a Cafarnaúm y se difundió la noticia de que estaba en la casa.
Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siguiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.
Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres.
Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico.
Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: ¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?
Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: ¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: «Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate, ¿toma tu camilla y camina”?
Para que ustedes sepan que el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al paralítico– yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos.
La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: Nunca hemos visto nada igual.

Señor, en este rato de oración quiero comprender que nada de lo que tengo es mío. Todo es regalo tuyo:  la vida, la salud, el amor, la gracia. El hombre, todo hombre, no tiene donde reclinar la cabeza, es pura fragilidad. Pero Tú amas mi fragilidad.
Enséñame a ser agradecido. En el día, deberían de faltarme horas para agradecerte los dones y favores que me haces. Yo sé que sin ti no puedo hacer nada. ¿Cómo me atrevo a recrearme en las obras de mis manos? ¿Por qué atribuirme algo que no me pertenece?  Hazme sencillo y humilde.

Qué atrayente es la persona de Jesús. Impresionan las palabras del Evangelio: ¡Se juntaron tantos que ni aún junto a la puerta cabían! Por supuesto que fascinaba su figura, pero, ante todo, “sus palabras”. Como diría Santa Teresa, son “palabras heridoras”. Son como flechas de amor.
Los milagros de Jesús son importantes no sólo por lo que son en sí, sino también por lo que “significan”. Detrás de cada milagro hay un “corazón compasivo” lleno de ternura. Lo más importante del milagro del paralítico no es la curación externa sino la interior. El milagro que es algo visible, sirve para caer en la cuenta del milagro invisible que se ha realizado en el corazón. Jesús no sólo cura la parálisis del cuerpo sino la interior, la parálisis del pecado, raíz de todos los males.
Por eso dirá San Agustín: “Son más importantes los milagros que no se ven”. Y sigue: “Para la Iglesia fue mucho más importante la conversión de Pablo que la resurrección de Lázaro”. 
A veces nos quejamos de que ahora no hay milagros. En el mundo de la ciencia, de la tecnología, tal vez no se vean cosas maravillosas, pero en el mundo de la gracia en el que nos movemos los cristianos, lo que sucede en el corazón de cada uno de nosotros, sólo Dios y nosotros lo sabemos.

Sólo Tú puedes devolver a nuestras vidas el estado de gracia. Sólo Tú curas nuestras heridas con el bálsamo de tu amor.
¡Qué afortunados somos, pues no tenemos que quitar tejas de los tejados para encontrarnos contigo y obtener tu perdón! Basta con que nosotros iniciemos el primer paso para encontrarnos con ese Padre maravilloso que había madrugado más que nosotros y nos había tomado la delantera.


Somos su pueblo, somos las ovejas que su mano conduce; El escuchará nuestros gemidos, porque está lleno de bondad, de dulzura, de compasión, para con aquellos que lo invocan; y según el bello pensamiento de san Juan Crisóstomo, espera a dar a luz su misericordia con el mismo ardor que una mujer espera dar a luz. (ATC I p. 330)

Consolad a mi pueblo, dice el Señor,
hablad al corazón del hombre,
gritad que mi amor ha vencido,
preparad el camino
que viene tu Redentor.

Yo te he elegido para amar,
te doy mi fuerza y luz para guiar.
Yo soy consuelo en tu mirar.
¡Gloria a Dios!

Consolad a mi pueblo, dice el Señor,
sacad de la ceguera a mi pueblo.
Yo he formado contigo
una alianza perpetua.
Yo soy tu único Dios.

Consolad a mi pueblo dice el Señor,
mostradle el camino de libertad.
Yo os daré fuertes alas,
transformaré sus pisadas
en sendas de eternidad.


San Marcelo I fue papa y mártir de la Iglesia, gobernando en un período de gran persecución contra los cristianos a comienzos del siglo IV.
Fue elegido Papa alrededor del año 308, tras un tiempo de sede vacante causado por las persecuciones del emperador Diocleciano. Su pontificado se caracterizó por el esfuerzo de reorganizar la vida eclesial de Roma, muy debilitada por las apostasías y divisiones surgidas durante la persecución, especialmente por la situación de los cristianos que habían renegado de la fe y deseaban ser readmitidos en la comunidad.
San Marcelo estableció normas claras de penitencia para estos fieles y reorganizó la administración de las parroquias romanas. Esta firmeza pastoral provocó conflictos internos y disturbios, lo que llevó a la intervención del emperador Majencio, quien lo desterró y lo sometió a trabajos forzados.
San Marcelo murió en el exilio hacia el año 309, agotado por los sufrimientos, y es venerado como mártir, aunque no fue ejecutado directamente. La Iglesia lo recuerda como un pastor valiente, defensor de la disciplina y la reconciliación, que supo unir la misericordia con la fidelidad al Evangelio.