4 de abril de 2026

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Evangelio del día

Sábado Santo

Este sábado no hay Misas ni celebraciones hasta el anochecer, en que celebramos la vigilia Pascual.
Durante el día guardamos una actitud de vigilante espera junto al sepulcro de Jesús.
Recordamos también a los que hoy mueren, fruto de la injusticia y de la violencia, de los mezquinos intereses de otros.
Estamos en constante vigilia esperando el tiempo nuevo de la Vida.


Hermanos míos ¿quién en tales circunstancias no hubiese desesperado? ¡Ay! hombres de poca fe, es así que olvidamos muy a menudo que nunca tenemos más razón para contar con el socorro de lo alto, que cuando faltan los apoyos humanos… ¿Quién como a ejemplo de Abraham, el padre de los creyente, esperó contra toda esperanza? Cómo me gusta ver a esa alma tranquilamente en la noche de la pura fe, sin preocupación del mañana, sin buscar conocer los secretos del porvenir, descansando sólo en Dios, arrojando en su seno las inquietudes que podrían parecer tan legítimas y adorando, sin comprender, los designios escondidos del Señor sobre ella.” (SVII p. 2197) 

Desde el desierto suena una voz
que llama a la conversión.
En los valles muertos
vida nueva habrá,
el polvo florecerá.

Siempre a mi lado Tú estás.
Si caigo me levantarás.
Confío y espero,
mi fuerza es la oración.
Descanso en tu corazón.

Creo en ti, tú me has sanado.
Por la Cruz he sido salvado.
La victoria está en la resurrección:
La muerte no podrá contra el amor.

Desde las montañas
se asoma el sol,
que alumbra con su esplendor.
En los días grises la luz llegará,
los miedos disipará.

Siempre a mi lado Tú estás.
Si caigo me levantarás.
Confío y espero,
mi fuerza es la oración.
Descanso en tu corazón.
La muerte no podrá contra el amor.

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro.
De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos.
El Ángel dijo a las mujeres: No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán. Esto es lo que tenía que decirles.
Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.
De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: Alégrense. Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.


Al igual que Pedro y las mujeres, tampoco nosotros encontraremos la vida si permanecemos tristes y sin esperanza y encerrados en nosotros mismos. Abramos en cambio al Señor nuestros sepulcros sellados, cada uno de nosotros los conoce, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia.
Pero la primera piedra que debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos. Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida. Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado, en cierto modo hay que «evangelizarlos». Evangelizar los problemas. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado» (v.6); Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará. Este es el fundamento de la esperanza, que no es simple optimismo, y ni siquiera una actitud psicológica o una hermosa invitación a tener ánimo.
La esperanza cristiana es un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos y nos abrimos a él. Esta esperanza no defrauda porque el Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones (cf. Rm 5,5). El Paráclito no hace que todo parezca bonito, no elimina el mal con una varita mágica, sino que infunde la auténtica fuerza de la vida, que no consiste en la ausencia de problemas, sino en la seguridad de que Cristo, que por nosotros ha vencido el pecado, la muerte y el temor, siempre nos ama y nos perdona. Hoy es la fiesta de nuestra esperanza, la celebración de esta certeza: nada ni nadie nos podrá apartar nunca de su amor (cf. Rm 8,39). El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. (Papa León, Vigilia Pascual)

¡Resucitó, resucitó, resucitó!
¡Aleluya, Aleluya, aleluya, aleluya!
¡Resucitó!

La muerte,
¿dónde está la muerte?,
¿dónde está mi muerte?,
¿dónde su victoria?

Alegría, alegría, hermanos,
que si hoy nos queremos
es que resucitó.