Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: Mujer, aquí tienes a tu hijo.Luego dijo al discípulo: Aquí tienes a tu madre.Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.
Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”.Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre.Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre.En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús le confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás.Y María se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino.Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús.La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás.María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión.Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras.De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María.A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz.Y la invocamos todos juntos: ¡Santa Madre de Dios!(Papa Francisco, 1º de enero de 2014).
Me queda hablarles de uno de los más poderosos medios de perseverancia. Y es el de colocarse bajo la protección de esta Virgen augusta y santa que Jesucristo al morir nos ha dado por madre desde lo alto de la cruz… Nunca he oído decir, señala S. Bernardo, que quien ha puesto su confianza en María haya sido abandonado. (Fin del retiro de los alumnos de Malestroit)
Como una tarde tranquila,como un suave atardecerera tu vida sencillaen el pobre Nazaret.Y en medio de aquel silencioDios te hablaba al corazón.Virgen María, Madre del Señor,danos tu silencio y pazpara escuchar su voz.Enséñanos, Madre buena,cómo se debe escucharal Señor cuando nos hablaen una noche estrellada,en la tierra que dormidahoy descansa en tu bondad.Y, sobre todo, María,cuando nos habla en los hombres,en el hermano que sufre,en la sonrisa del niño,en la mano del amigoy en la paz de una oración.Virgen María, Madre del Señor,danos tu silencio y pazpara escuchar su voz,Para escuchar al Señor.