20 de febrero de 2026

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Evangelio del día

Santos Francisco y Jacinta Marto

Los discípulos de Juan se acercaron a Jesús y le dijeron: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?
Jesús les respondió: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Jesús se presenta como el Esposo. Y esa imagen es profundamente bíblica: Dios mismo había sido anunciado como el Esposo de su pueblo. En Jesús, Dios no está lejos; está en medio. Por eso dice: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?”

El ayuno tiene sentido cuando expresa hambre de Dios, deseo de su venida, clamor por su presencia. Pero cuando el Esposo está allí, cuando Dios camina con los suyos, lo primero no es la tristeza ni la privación, sino la alegría.

Jesús no desprecia el ayuno; anuncia que “llegará el momento” en que ayunarán. Habrá tiempo de ausencia, de prueba, de cruz. Y entonces el ayuno será expresión de fidelidad en medio de la oscuridad. Después de la Pasión, la Iglesia ayuna porque espera la manifestación plena del Señor.

hay tiempos de fiesta y tiempos de penitencia; tiempos de consuelo y tiempos de desierto. La vida espiritual madura cuando sabemos reconocer dónde está el Esposo y cómo responderle.
Para nosotros, hoy, el Esposo está presente en la Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en la comunidad. Si no percibimos su presencia, nuestra fe se vuelve rígida, comparativa, como la de quienes preguntaban: “¿por qué ellos no hacen como nosotros?”

Jesús nos invita a algo más profundo que cumplir prácticas: nos invita a vivir una relación. El verdadero ayuno no es solo dejar de comer; es vaciar el corazón de todo lo que nos impide alegrarnos con Él. Y la verdadera fiesta no es superficial; es la certeza de que Dios está en medio de nosotros.


¿Cuándo, por fin, vas a ser totalmente de Dios? ¿Por qué te niegas a ofrecerle los pequeños sacrificios que te pide? Porque, ¿de qué se trata?, ¡de algunas palabras inútiles, de juegos de niños!, ¿tanto te cuesta renunciar a ello?… Querido Andrés, ten más valor y energía, no contristes al Espíritu Santo con esas continuas infidelidades que le impi­den llenarte de la abundancia de sus dones y gracias. Sé, de una vez, lo que debes y quieres ser, es decir, un verdadero religioso: entonces saborearás en el fondo del alma los consuelos, la paz y todas las alegrías celestiales. (Al H. Andrés, 23 de julio de 1824)

Oh Jesús de dulcísima memoria,
que nos das la alegría verdadera,
más que miel y que toda otra cosa
nos infunde dulzura tu presencia.

No habrá canto más suave al oído,
ni que grato resulte al escucharlo,
ni tan dulce para ser recordado,
como tú, oh Jesús, el Hijo amado.

En Jesús se confía el que sufre,
qué piadoso te muestras al que ruega,
qué bondad en ti encuentra el que te busca,
qué dichoso será el que te encuentra.

No habrá lengua que pueda expresarlo,
ni palabra que pueda traducirlo,
pues tan sólo el que lo ha experimentado,
es capaz de saber lo que es amarlo.


Francisco y Jacinta Marto fueron dos hermanos portugueses conocidos por haber sido, junto con su prima Lucía dos Santos, testigos de las apariciones marianas en 1917 en Fatima.
Francisco después de las apariciones, se volvió más recogido y contemplativo, dedicando mucho tiempo a la oración, especialmente ante el Santísimo Sacramento, con el deseo de “consolar a Jesús”, como él decía. En 1918 contrajo la gripe española, que afectó gravemente a Europa. Falleció el 4 de abril de 1919, a los 10 años, ofreciendo sus sufrimientos por la conversión de los pecadores.
Al igual que su hermano, Jacinta enfermó durante la epidemia de gripe. Su estado se complicó con una pleuresía y fue trasladada a Lisboa para ser operada. Murió el 20 de febrero de 1920, con solo 9 años, después de un período de grandes sufrimientos que ofrecía, según los testimonios, por la paz y la conversión de los pecadores.
Francisco y Jacinta fueron beatificados en el año 2000 por Juan Pablo II y canonizados el 13 de mayo de 2017 por Papa Francisco, convirtiéndose en los santos no mártires más jóvenes de la Iglesia católica.