17 de febrero de 2026

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Evangelio del día

Los 7 fundadores de los siervos de María

Jesús volvió a embarcarse hacia la otra orilla.
Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.
Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.
Jesús se dio cuenta y les dijo: ¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?
Ellos le respondieron: Doce.
Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron? Ellos le respondieron: Siete.
Entonces Jesús les dijo: ¿Todavía no comprenden?

Los discípulos tenían miedo como también nosotros tenemos miedo de afrontar los desafíos del día a día. Su atención estaba centrada más en el resolver las cuestiones y problemas del momento y no tanto en mirar al Maestro que siempre estaba con ellos.
Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen”, les replica Jesús. Están con Él y aun así sus ojos se centran en otras realidades y dudan del poder infinito del Señor.
Habían visto los milagros y su poder, pero prefieren poner la confianza en sus propias fuerzas humanas. Jesús ya se los había dicho: “busquen primero el Reino y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura”. (Mt 6,33) Pero les faltaba confiar.
Muchas veces afrontamos las dificultades sin mirar a Jesús que siempre está con nosotros y quiere ayudarnos. Qué fácil es caer en el cansancio y el tedio cuando afrontamos solos las luchas de cada día.        


No precipitarse nunca en los asuntos que tengamos: no querer que vayan tan deprisa como nuestros pensamientos; combatir los obstáculos a sangre fría, sin desanimarse ni irritarse… Escuchar a Dios en la meditación; abrir los oídos del corazón para recibir su palabra santa: alimentarse con ese maná de suavidad, sin perder nada de él; gustarlo, saborearlo con delicia… Permanecer contentos en la noche oscura de la fe: no tratar de prever todo ni prevenir todo. (Memorial 18-19)

Comenzaste a hacerte pan en Belén,
sol pequeñito en esta noche.
Aprendiste en Nazaret de ellos dos
el gesto manso de la entrega.

Pibe que en Jerusalén
te entregaste de una vez,
a las cosas de tu padre.
Debe tu cuerpo crecer
para poderse ofrecer
como pan a nuestro hambre.

Mi Cuerpo es esto,
mi Sangre es esta,
que por ustedes doy.
Coman y vivan, crean y vivan
que para siempre soy.
Soy yo, soy yo.

Se multiplicó tu amor, se partió.
Todos saciados aún sobraba.
Se mostró tu intimidad: Eres pan
que sólo vive por donarse.

Noches de Jerusalén
Cristo-Pan, entrégate.
Eres tú nuestro cordero,
cena, huerto, beso y cruz.
Y tu entrega, Pan-Jesús,
fue más fuerte que el madero.


Los Siete Santos Fundadores de los Siervos de María fueron un grupo de laicos florentinos del siglo XIII que, movidos por una profunda devoción a la Virgen, dejaron su vida acomodada para consagrarse totalmente a Dios.
La Orden de los Siervos de María (Servitas) nació en Florencia hacia el año 1233. Sus fundadores eran miembros de una cofradía mariana llamada “Laudesi”, dedicada a honrar a la Virgen María.
Según la tradición, el 15 de agosto de 1233, fiesta de la Asunción, experimentaron un llamado interior a abandonar sus ocupaciones y retirarse a una vida de penitencia y oración. Más tarde se establecieron en el Monte Senario, a las afueras de Florencia, donde comenzó formalmente la comunidad.
Lo notable es que ninguno buscó protagonismo personal; siempre se los recuerda como un grupo unido, símbolo de fraternidad evangélica.
La Orden fue aprobada oficialmente en 1304. Los siete fundadores fueron canonizados juntos por el papa León XIII en 1888, destacando su testimonio comunitario más que individual.