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Evangelio del día

San Juan Eudes – San Ezequiel Moreno – Beato Gregorio Martos Muñoz

Jesús dijo a sus discípulos: Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.
El Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo. Y ellos fueron.
Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada? Ellos les respondieron: Nadie nos ha contratado. Entonces les dijo: Vayan también ustedes a mi viña.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada.
El propietario respondió a uno de ellos: Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?

Así los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.


A primera vista, el dueño de la viña parece injusto: paga lo mismo a quienes trabajaron todo el día que a quienes llegaron a última hora. Incluso podríamos pensar que, al día siguiente, nadie querría madrugar. Pero Jesús no está dando una lección sobre contratos laborales, sino revelándonos cómo es el corazón de Dios.

En el Reino de Dios, la salvación no es un salario que se calcula según las horas trabajadas ni un premio que se conquista acumulando méritos. Es un regalo nacido de la bondad del Padre. Dios sale continuamente a buscarnos: por la mañana, al mediodía, por la tarde y hasta cuando el día está terminando. Nunca se cansa de llamar y nunca considera que alguien llega demasiado tarde.

Quienes trabajaron desde la primera hora no fueron perjudicados: recibieron lo acordado. Su dificultad estuvo en compararse con los demás y sentir que merecían más. También nosotros podemos caer en esa tentación: creer que nuestra fidelidad nos da más derechos ante Dios o molestarnos porque Él es misericordioso con quien se convierte al final. Pero el amor del Padre no se reparte como una torta que se termina: Cuanto más ama, más amor hay para todos.

Dios se parece a una madre que nunca deja de reconocer a sus hijos. Aunque se equivoquen, se alejen o regresen tarde, siguen siendo sus hijos, y ella continúa deseando su bien. Así es Dios: no justifica nuestras malas acciones, pero nunca renuncia a nosotros. Siempre deja abierta la puerta de su casa.

La parábola nos debe invitar a alegrarnos de haber sido llamados desde temprano, porque eso nos permitió vivir más tiempo cerca del Señor. Y también nos enseña a celebrar cuando alguien llega a última hora. En la casa del Padre no hay lugar para los celos: la felicidad de un hermano no disminuye la nuestra.


Podemos llamarlo con el dulce nombre de Padre; y como él es nuestro padre, como somos de su raza, siguiendo la expresión enérgica de San Pablo, todos sus bienes son, por lo tanto, nuestros; su herencia es nuestra; tenemos derecho a ello; Tenemos la seguridad de que este magnífico legado no puede ser quitado mientras sigamos siendo verdaderamente sus hijos. (Renovación de las promesas del Bautismo, S.III, 135)

¿Cómo contarle  a mi gente
que sos el Dios de la vida,
que no estás con nosotros
jugando a la escondida?
¿Cómo contarle a mi gente
que respetás firmemente
la libertad que nos diste
y así vivir plenamente?

¡Parece mentira, Padre,
cómo te hemos usado!
Vos te hiciste cercano
y nosotros te alejamos.
¡Parece mentira, Padre,
cómo te hemos usado
para ocultar nuestros miedos
y oprimir tantos hermanos!

Si sos como la tierra
que sostiene nuestra vida.
Te buscamos en el cielo
y estás en cada esquina.

¿Por qué nos cuesta tanto,
Padre, aceptar con humildad
esta humanidad que somos,

tierra que anda en libertad?

¿Cómo contarle a mi gente
que no marcás el destino
y no estás repartiendo,
por todos lados premios y castigos?
¿Cómo contarle a mi gente
que no sos un gran mago,
sino que estás con nosotros
luchando mano a mano?

¡Parece mentira, Padre,
como te hemos usado!
para sembrar tanto odio
si en tu Nombre hemos matado.
¡Parece mentira, Padre,
como te hemos usado!
para echarte la culpa
y nunca hacernos cargo.

Si sos como el viento
soplando en todos lados,
alentando este sueño
de un mundo más humano.

¿Por qué nos cuesta tanto,
Padre, aceptar con humildad
esta humanidad que somos

tierra que anda en libertad?

¿Cómo contarle a mi gente
que no nos vas probando?
Porque confías en nosotros
están tus huellas en mi barro.
¿Cómo contarle a mi gente
que siempre te estás filtrando?
que estás en cada mirada,
en cada gesto, en cada abrazo.

¡Parece mentira, Padre
cómo te hemos usado!
hemos creado un ídolo
tomando tu Nombre en vano.
¡Parece mentira, Padre
cómo te hemos usado!                  
para crear jerarquías
y divisiones entre hermanos.

Si sos como el agua,
que tanto necesitamos;
venís a nuestro encuentro
en Jesús, tan humano.


San Ezequiel Moreno nació en Alfaro, España, en 1848. Ingresó en la Orden de los Agustinos Recoletos y fue ordenado sacerdote en Filipinas, donde trabajó como misionero.
Más tarde fue enviado a Colombia, donde desarrolló una intensa labor evangelizadora y llegó a ser obispo de Pasto. Se destacó por su profunda vida de oración, su austeridad y su entrega generosa a los enfermos y necesitados.
Murió de cáncer en 1906, después de afrontar la enfermedad con gran fe y fortaleza. Fue canonizado por san Juan Pablo II en 1992 y es considerado especial intercesor de las personas enfermas de cáncer.

El beato Gregorio Martos Muñoz nació el 3 de abril de 1908 en Chilecito, La Rioja, Argentina. Sus padres eran españoles y, cuando Gregorio tenía diez años, la familia regresó a España.
Desde muy joven sintió la vocación sacerdotal. Estudió en el seminario y fue ordenado sacerdote, ejerciendo su ministerio en la diócesis de Almería. Se destacó por su sencillez, su profunda fe y su dedicación pastoral.Durante la persecución religiosa de la Guerra Civil Española fue detenido y asesinado por odio a la fe el 19 de agosto de 1936, cuando tenía solamente 28 años. Fue beatificado en 2017 junto con otros mártires de Almería.

San Juan Eudes nació en Francia en 1601. Fue sacerdote y un gran predicador, dedicado especialmente a la formación del clero y a la renovación de la vida cristiana. Fundó la Congregación de Jesús y María, los Padres Eudistas, y la Orden de Nuestra Señora de la Caridad, destinada a ayudar a mujeres en situaciones difíciles.
Promovió con entusiasmo la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, por lo que es considerado uno de sus grandes apóstoles. Murió en 1680 y fue canonizado en 1925.