17 de mayo de 2026

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Evangelio del día

Ascensión del Señor

Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.
Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado.
Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.

Jesús invita a sus amigos, a la despedida en Galilea. Sí, en Galilea, según Mateo. Volver a Galilea es volver al primer amor, es volver a los orígenes, es volver a las experiencias que marcaron fuertemente el inicio del seguimiento, es volver a las fronteras, es volver a los alejados del poder, es volver a los que viven casi descolgados de la ley, es volver… pero cargados con un nuevo bagaje de vivencias.

También a mí hoy me invita a volver, a volver a aquellas primeras experiencias de conocimiento y encuentro con Jesús. Quiénes me hablaron de él, dónde lo conocí, cómo, etc. También yo tengo necesidad de volver y reencontrarme. Salir del centro de poder y volver a los márgenes es un ejercicio no fácil, pero necesario. No por nada, el Papa Francisco, desafió a la Iglesia a vivir ‘en salida’.

Jesús los cita en un monte. La montaña para el Israelita es el lugar de encuentro con Dios, donde Dios le dio la ley a Moisés, es el lugar donde Dios está más próximo a la persona.

Al verlo, dice que se postraron ante él. Postrarse es signo de adoración, es reconocer a Jesús resucitado como Dios. Nunca antes en el NT los apóstoles de habían postrado ante Jesús. También señala el texto, que algunos dudaron. Sí, dudaron, como vos y como yo. A todos nos cuesta creer. La fe es un proceso que se construye, también los discípulos tuvieron que hacerlo.

Jesús se aproxima a ellos, se acerca, acorta distancias, como lo hizo siempre. Siempre intentó acortar distancias con los suyos, también en esta oportunidad. Se acercó para hablarles, para intimar con ellos, para que lo escuchen bien, sin necesidad de gritar y les dijo 3 cosas:

  1. Vayan y hagan mis discípulos. Vayan, no se queden aquí. Los invité a volver a Galilea, pero para relanzarlos a todo el mundo. Salgan a hacer discípulos, seguidores de Jesús, de eso se trata el cristianismo.
  2. Bauticen en el nombre de la Trinidad. Bautizar es dar nombre, señalar, identificar. Bautizar en nombre de la trinidad es hacer comunidad creyente allí donde la Buena Noticia es anunciada. Implica vivir como Jesús, tener sus sentimientos, hacer nuestro su proyecto, que nuestras opciones sean las suyas, en una palabra, que seamos su imagen viva, tanto y en cuanto nos lo permita la humana debilidad y por último, dejarnos trabajar por el Espíritu, de tal forma que la imagen modelada en nosotros sea la del Hijo único de Dios.
  3. Enséñeles a guardar lo que les he mandado. ¿Qué nos mandó? Que nos amemos los unos a los otros como él nos amó. No hay otro mandamiento. Jesús es la Nueva Ley de Dios que debemos guardar y vivir. Jesús es el nuevo Moisés, cuya palabra es Ley para nosotros: ‘Escúchenlo’ nos había dicho el Padre en dos oportunidades. El Espíritu mandado por Él nos recordará todo lo que Él nos ha enseñado.

Por último y antes de terminar les deja un seguro, una garantía: yo estaré con ustedes y estaré con ustedes hasta el final. No me voy, estaré. De hecho, el evangelio de Mateo no dice que Jesús se fuera, sino que estará con sus discípulos como garante de la misión. No se fue, se quedó.

Esta certeza es la que nos sostiene en camino. Es la razón que nos lanza hacia adelante con la seguridad puesta en Él. Su presencia con nosotros es garante de vida y fidelidad.

Jesús y los suyos:
Los convoca en Galilea para la despedida como queriéndoles decir que allí donde empezó la cosa debe seguir, que no se aten al templo y a las relaciones que este implica, que la vida y la misión consiste en hacer discípulos, no maestros; y que la garantía es su presencia entre ellos, que enseñen lo que les mandó, que no se guarden nada de lo recibido; gratuitamente lo recibieron, denlo gratuitamente.


La fiesta de la ascensión de nuestro Señor, mis queridos hijos, es uno de los más solemnes del año: Jesucristo asciende al cielo para ser nuestro abogado ante su Padre y nuestro pontífice presente delante del trono de Dios. Él intercede continuamente por nosotros, como por sus hermanos, según la expresión del apóstol, y nunca deja de comunicarnos sus gracias y sus méritos, para hacernos dignos de morar un día con él en esta inaccesible morada de Dios, de la cual merecíamos ser excluidos para siempre. Entonces, mis queridos hijos, el triunfo de Jesucristo es nuestro triunfo; y debemos entregarnos a las expresiones de la alegría más vivas al ver abiertas esas puertas eternas, cerradas a la desdichada posteridad de Adán y que se levantan hoy para dejar entrar al Rey de gloria y a quienes lo acompañan, es decir, las almas de los justos que han muerto desde el origen del mundo. (Sermón sobre la Ascensión. S. III, 111)

Los convocó antes de despedirse.
Les dijo: “Vean, la escritura se cumplió:
Ahora en mi nombre anunciarán a todo el mundo
la Buena Nueva de perdón y conversión.

Son los testigos del poder que se me ha dado.
En cielo y tierra tengo toda autoridad.
Les enviaré a quien mi Padre ha prometido
y revestidos con su fuerza,
mi reinado anunciarán.

Nuevos discípulos harán por todo el mundo,
el evangelio del perdón, predicarán,
y enseñarán a amar según el mandamiento
y quien crea y se bautice, salvación encontrará.

Quien crea en mí podrá vencer demonios
y por mi gracia nuevas lenguas hablará;
y ni el veneno de serpientes le hará daño
y a quienes impongan sus manos sanarán.

Confíen en mí, yo estaré con ustedes
todos los días hasta que llegue el final.
Y bendiciéndolos subió hasta el mismo cielo
donde se sienta glorioso a la derecha de Dios.

Ellos ahí miraban fijo al cielo,
viendo las nubes que cubrían al Señor,
mas su presencia no se ha ido de nosotros
porque su Espíritu y su gracia nos dejó.

¿Qué haces ahí mirando para el cielo?
¡Oye discípulo, que el reino hay sembrar!
Eres Iglesia, sal y luz, cuerpo de Cristo,
que animado por su gracia debes evangelizar.