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Evangelio del día

Santa María Bernarda Bütler

Jesús levantó los ojos al cielo y dijo:
Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado.
Ésta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.
Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste.

Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera. Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra.
Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.
Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado.

Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él, y yo vuelvo a ti. Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros.

Este evangelio es el preludio del arresto y ejecución de Jesús.
Es la última oportunidad de Jesús de relacionarse con sus discípulos antes de iniciar su martirio. Lo sorprendente es que su preocupación principal no es su propia suerte, sino la de sus discípulos, quienes pronto estarán desprovistos de su presencia y su palabra.

Quedarán en un mundo hostil, rodeados del antagonismo tanto de quienes lo van a ejecutar, el poderoso imperio romano, como de aquellos que lo han considerado un subversivo hereje a sus tradiciones, los sacerdotes, saduceos, fariseos y escribas judíos.
Son ellos la preocupación central de Jesús.

Es una oración, un ruego a Dios, solicitando la bendición para los discípulos. Van a ser ellos, sus seguidores más íntimos, los portadores de la palabra, de la revelación que devela el origen, significado y destino de la historia humana. De ahí surgen dos preguntas.
¿Serán capaces los discípulos de preservar su fidelidad a esta revelación?
¿Podrán los discípulos preservar su unidad o se fragmentarán en sectas marcadas por el antagonismo y la hostilidad mutuas?

El ruego no es solamente por estos seguidores, sino también por los que han de creer por la palabra de ellos. El autor del evangelio de Juan pone en la boca de Jesús la aspiración ideal de la perfecta unidad entre los cristianos: Una conciliación en la Iglesia cuyo fundamento sea la unidad entre el Padre y el Hijo. Una unidad que no necesariamente descarte la diversidad, pero que excluya la hostilidad. Se trata de una unidad proclamada y aspirada, pero ni entonces ni hasta ahora lograda.


Hijo mío, he venido a tu alma para curar las heridas, para reparar las ruinas, para darte la garantía de la gloria futura y la inmortalidad dichosa. Hijo mío, no dudes en darme tu corazón, ese corazón tan pobre, tan desprovisto de fuerza y virtudes; Quiero llenarlo con mi paz, mi luz y mi sabiduría. (Acción de gracias)

Cuánto he esperado este momento;
cuánto he esperado que estuvieras aquí;
cuánto he esperado que me hablaras;
cuánto he esperado que vinieras a mí.
Yo sé bien lo que has vivido,
yo sé bien por qué has llorado.
Yo sé bien lo que has sufrido
pues de tu lado no me he ido.

Pues nadie te ama como yo.
Pues nadie te ama como yo.
Mira la cruz, esa es mi más grande prueba.
Nadie te ama como yo.
Pues nadie te ama como yo,
pues nadie te ama como yo.
Mira la cruz, fue por ti, fue porque te amo.
Nadie te ama como yo.

Yo sé bien lo que me dices
aunque a veces no me hablas.
Yo sé bien lo que en ti sientes
aunque nunca lo compartas.
Yo a tu lado he caminado,
junto a ti yo siempre he ido,
aún a veces te he cargado.
Yo he sido tu mejor amigo.


Santa María Bernarda Bütler nació en Suiza en 1848. Desde muy joven sintió un profundo amor por Dios y un gran deseo de servir a los más pobres. A los diecinueve años ingresó en un convento franciscano capuchino y tomó el nombre de María Bernarda.
Fue una religiosa llena de oración, sencillez y espíritu de sacrificio. Durante varios años ejerció como superiora de su comunidad, destacándose por su humildad y su cercanía con las hermanas y con la gente sencilla.
Movida por un fuerte espíritu misionero, dejó Europa y viajó a Ecuador en 1888 junto con otras hermanas. Allí trabajó intensamente en la educación cristiana, el cuidado de los enfermos y la atención de los más necesitados. Más tarde, debido a dificultades políticas y religiosas, debió trasladarse a Colombia, donde continuó su obra evangelizadora.
Fundó la congregación de las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, dedicada especialmente a la misión, la educación y el servicio a los pobres. Su vida estuvo marcada por la confianza en la Providencia, el amor a la Eucaristía y una gran devoción a la Virgen María.
Murió en Cartagena, Colombia, en 1924, dejando un gran testimonio de fe y entrega misionera. Fue canonizada por Papa Benedicto XVI en el año 2008.