4 de mayo de 2026

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Evangelio del día

Beato Carlos Manuel Rodríguez

Hoy reza por las vocaciones
Luz María Barojas de Huatusco
Hermano: nombre que resume una misión, una entrega, una vida.

Jesús les dijo: El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
Judas –no el Iscariote– le dijo: Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?
Jesús le respondió: El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras.
La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.


Dios no quiere quedarse fuera de nosotros, sino habitar en el corazón. No se trata sólo de creer en Él o de admirarlo desde lejos, sino de dejarle un espacio real, concreto, cotidiano.

“El que me ama será fiel a mi palabra…”. El amor verdadero se prueba en la fidelidad. No basta una emoción pasajera ni una adhesión superficial. Amar a Cristo es dejar que su Palabra ordene la vida, que ilumine decisiones, que modele el corazón, que sea huésped de nuestra alma.

Juan María de la Mennais insistía en que el educador menesiano debe ser hombre de Dios, es decir, alguien habitado por Él. No se puede transmitir la fe como una simple enseñanza exterior: se comunica lo que se vive por dentro. Un corazón donde Dios habita se convierte, casi sin proponérselo, en luz para los niños y jóvenes.

La presencia de Dios no es estática sino viva, fecunda. Desde dentro, Dios educa, sostiene, consuela y envía. El educador menesiano no actúa solo, es morada de Dios en medio del mundo, especialmente entre los más pequeños. Allí, en lo sencillo, en lo oculto, Dios sigue haciéndose presente.

El evangelio de hoy nos hace una invitación sencilla y exigente a la vez: dejar espacio a la Palabra, vivirla con fidelidad, y permitir que Dios haga de nuestro corazón su casa… para que, desde allí, pueda tocar la vida de otros.


No tengan nunca otra voluntad que ésta; permanezcan bajo la mano de Dios como niños pequeños, muy humildes, muy dóciles, muy sencillos, que se dejan llevar, levantar, acostar, que son maleables y dispuestos a toda clase de movimientos, y Dios los iluminará, los bendecirá y los recompensará en la eternidad por el bien que han hecho como por el bien que hubieran querido hacer.  (Apertura de retiro)  

En mi caminar yo escuché su voz,
entre el viento y las montañas
me llamó mi Dios.

Sus palabras me abrasaron
como el calor del sol,
y en mi pecho floreció
su eterno amor.

Cristo vive en mí
y mi corazón late por él.
Ya no soy igual:
su amor me dio un nuevo amanecer.
Con mi quena canto hoy,
con mi charango toco al Creador.
Cristo vive en mí.
¡Gloria a mi Señor!

Antes triste caminaba
sin saber por qué.
Pero Cristo me encontró,
me llenó de su fe.
Ahora soy feliz
porque danzo para mi Rey.
Mi alma libre es.
Jesús me salvó.

Sube mi canto al cielo azul
como el cóndor vuela hacia ti.
Montes, ríos y todo mi ser,
todos cantan al Salvador.


CARLOS MARÍA RODRIGUEZ SANTIAGO (1919-1963) Laico terciario benedictino y teólogo católico, primer beato de Puerto Rico y el Caribe. Desde adolescente comenzó a sufrir una enfermedad gastrointestinal, que lo haría sufrir mucho toda su vida. Eso no impidió que viviera su compromiso cristiano con ánimo y gran despliegue de actividades. La alegría era una constante en su vida y una notable fortaleza espiritual trascendía su frágil figura, minada por la enfermedad. Fue además autor de muchos libros. El papa Juan Pablo II lo beatificó en el año 2001.