Jesús volvió a Galilea con el poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca.
El evangelio de Lucas resume la actividad de Jesús diciendo que se dedicaba a “enseñar”. La “enseñanza” era lo que caracterizaba los profetas. Es decir, al utilizar este verbo para resumir la actividad de Jesús, lo que Lucas está afirmando es que no actuó como “sacerdote”, sino como “profeta”. Esta distinción entre “sacerdotes” y “profetas”, está muy destacada en la religión del antiguo Israel. En el cristianismo, no se le da la importancia a este asunto porque los sacerdotes han acaparado, para ellos todos los ministerios: el “culto”, la “enseñanza”, el “gobierno”. Y ya se sabe que “el que mucho abarca poco aprieta”. El resultado es que sobran funcionarios de la religión y faltan “hombres de Dios”, que como decía el Papa Francisco, “huelan a oveja”. Y así enseñen el Evangelio con su vida.Esto último es lo que hacía Jesús. Él nunca actuó como “sacerdote”. Siempre vivió como “un profeta laico”, que tuvo una enorme fuerza de atracción sobre la gente. No porque enseñaba, sino por lo que enseñaba. Es lo que queda patente en este relato: Jesús se puso a enseñar. Y enseguida buscó el libro del profeta Isaías, del que leyó un texto famoso del desconocido Isaías III, que consoló al pueblo oprimido y esclavizado en el desierto de Babilonia (Is 61, 1-3). En eso se centró la enseñanza de Jesús-Profeta: en consolar a los que sufren opresión, esclavitud, falta de libertad.Por eso Jesús, cuando leyó aquel texto (escrito 500 años antes), enseguida le dijo a la gente: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. Los oyentes, que había en la sinagoga, lo estaban palpando: Jesús era “buena noticia para los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los oprimidos la libertad» (Is 61,1). Además, Jesús no dijo ni palabra “del día del desquite de nuestro Dios” (Is 61,2). Ni Jesús, ni el Dios de Jesús quieren desquites y venganzas. Solamente quieren liberación y alivio para los que sufren. Aquello era otra religión, que poco o nada tiene que ver con la que tenemos ahora. Hay que recuperar a Jesús.
Los exhortamos a que busquen ante todo el Reino de Dios y su justicia. No trabajen en amasar tesoros en la tierra. Pongan su deseo en el cielo. Nada podrá arrebatárselo, y cuando el justo Juez venga les dará y coronará su frente con una corona de gloria inmortal que nada podrá marchitar. (Te Deun de acción de gracias por la paz)
Consolad a mi pueblo, dice el Señor,hablad al corazón del hombre,gritad que mi amor ha vencido,preparad el caminoque viene tu Redentor.Yo te he elegido para amar,te doy mi fuerza y luz para guiar.Yo soy consuelo en tu mirar.¡Gloria a Dios!Consolad a mi pueblo, dice el Señor,sacad de la ceguera a mi pueblo.Yo he formado contigouna alianza perpetua.Yo soy tu único Dios.