27 de septiembre de 2026

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Evangelio del día

26° Domingo durante el año

Jesús les propuso esta parábola: ¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. El respondió: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: Voy, señor, pero no fue.
¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?
El primero, le respondieron.
Jesús les dijo: Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él.

Jesús acaba de realizar la ‘purificación del templo’. Luego, los sumos sacerdotes y los ancianos, le preguntan con qué autoridad actúa así. Él les responde con otra pregunta: ¿El bautismo de Juan era cosa de Dios o de los hombres? No sabemos, le contestan por miedo a la multitud. Jesús tampoco les contestará con qué autoridad, ha purificado el templo. Pero les propone una parábola que los delata.

El domingo pasado hablábamos de jornaleros. Hoy hablamos de hijos, a los que su padre les pide que vayan a la viña a trabajar. No es lo mismo hablar de jornaleros que de hijos. El pueblo de Israel, en su conjunto, se consideraba hijo de Dios. Ser hijo significaba hacer la voluntad del padre.

Jesús distingue ahora dos hijos: el que dice no, pero va a la viña y el que dice sí, pero no va. La pregunta: ¿Quién hizo la voluntad del padre? Es lo mismo que decir: ¿Quién de los dos vive como hijo? La respuesta no se hizo esperar y fue acertada. Pero para los jefes religiosos, que los publicanos y pecadores los precedan en el reino de Dios, fue una puñalada. Para Jesús no hay duda quiénes representan al hijo que hizo la voluntad del padre, aún después de haber dicho no y que ambos son hijos. Esa categoría no se pierde.

Los sumos sacerdotes y los ancianos, eran los estrictos cumplidores de la Ley, los otros poco la conocían. Aquellos ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas, de los ritos, etc. Estos buscaban vivir lo más humanamente posible, aunque no siempre en fidelidad a lo que mandaba la ley. Aquellos se sentían los ‘de la primera hora’, los que dicen ‘sí’, pero no hacen la voluntad del padre; su respuesta es de los labios para afuera, su corazón está lejos del sentir y obrar de Dios. No fueron capaces de aceptar la invitación de Juan Bautista a la conversión, en cambio el pueblo bajo, sí.

Este texto nos lleva a otro texto (Lc 15) que habla de la actitud de un padre y de dos hijos. El mayor (fariseo) que vive en la casa del padre, pero que no necesita ni a su padre ni aprecia a su hermano y el menor (publicanos, prostitutas, enfermos, etc.) que se va de la casa del padre, pero que ante la necesidad es capaz de replantearse la vida y darse cuenta de la necesidad que tiene del padre y de volver sin ninguna pretensión, para hacer lo que el padre le pida.

La parábola nos deja claro que no son los que dicen ‘Señor, Señor’ los que entrarán en el Reino, sino los que hacen la voluntad del Padre: ese es mi hermano, mi hermana y mi madre. De nada sirven las palabras cuando estas no ponen de manifiesto la vivencia de la voluntad del Padre. No basta con decir, te escuché, fui a misa todos los domingos, recé lo que más pude, no maté a nadie, si todo eso no me lleva a vivir como Jesús vivió, a encontrarme con los que él se encontró, a servirlo en los más pequeños, a pensar como él pensó, a sentir como él sintió, a tratar a los otros como más dignos, a no despreciar a nadie, a respetar la vida como valor absoluto, etc. En una palabra, dirá Juan María: ser su imagen viva.

En la primera lectura se nos decía que tenemos que estar siempre atentos a la manera de obrar. Que las conductas humanas no están predeterminadas, que en cualquier momento podemos rectificar la trayectoria equivocada o torcer la correcta, que la opción final se va conjugando en esta vida con pequeñas opciones, que por pertenecer a esta casta o a este grupo no tenemos garantizado nada, que la inmunidad ante el error nadie la ha recibido.

Es por ello que siempre tenemos que estar atentos a hacer la voluntad del Padre, que no podemos descansarnos en el ayer. Hoy, aquí y ahora se juega el partido. No se trata de hacer esto o aquello, sino de hacer lo que el Padre Dios quiere. No se trata de rezar para ser mejor, sino para hacer lo que el Padre quiere, no de trata de ir a misa para cumplir, sino para disponernos mejor a hacer su proyecto, no de trata de ayudar para acallar la conciencia, sino porque descubro a Cristo en el rostro del hermano necesitado, no se trata se ser servicial para que los demás me reconozcan, sino de servir porque es la única manera de vivir en coherencia evangélica, no se trata de juzgar la conducta de los demás, sino de advertir para salvar al hermano y de vivir desde la misericordia.

El padre y los hijos:
A ambos les pide que vayan a trabajar a su viña. Uno le dijo no quiero y el otro le dijo voy Señor. Pero el primero recapacita y va. Hace lo que su padre le ha pedido. Cumple su voluntad. La vida es una invitación a hacer la voluntad del padre, no la nuestra. En la medida que hacemos la voluntad del padre nos vamos santificando, es decir, nos vamos pareciendo a su Hijo, que no hizo otra cosa que la voluntad del Padre.


Es necesario entrar seriamente y sin reservas en la práctica de esa renuncia absoluta en que consiste la vida religiosa, a nuestra voluntad propia, a nuestros gustos sensibles, a nuestros bienes personales. (A la Congregación de S. Méen, S VIII 2428)

La única cosa que exijo rigurosamente, es que se abandone enteramente y que no traiga aquí su voluntad propia (Carta del 18 abril 1846)

Haznos fieles a ti, fieles a tu Palabra
Fieles a tu voz, a tu voluntad,
Fieles a tu Evangelio, a la Buena Noticia,
Haznos fieles como eres tú.

Fieles, fieles,
cuando es de día y de noche también.
Fieles, fieles.
A tu lado, contigo, por ti y para ti,
en la calma y en la tempestad.

Haznos fieles al Sur, fieles a los pequeños,
fieles en la lucha por un mundo mejor,
fieles a los pobres, a los excluidos.
Haznos fieles como eres tú.

Haznos fieles al Pan, fieles a tu Cuerpo,
fieles a este Vino, a la comunión;
fieles sin complejos, fieles apasionados.
Haznos fieles como eres tú.

No hay rostros, no hay apariencias
ni presencias que mirar.
Ellos son el desecho de la sociedad.
No han podido engancharse,
se han quedado atrás.
Sus vidas están escritas en algún lugar.

Son cruces que hoy se clavan,
son llagas por cerrar,
son hombres y mujeres
que buscan por dónde andar.
Cuántas cabezas bajas por la calle
al pasear, cuando el desheredado
ahí sentado está.
Qué fácil es lamentarse,
decir: ¡Cuánta pena da!,
si la vida te sonríe
y nada te va a faltar.

Son los cristales rotos de un mundo desigual,
son hombres y mujeres
que buscan por dónde andar.

La prostituta, el extranjero
nos precederán, nos precederán.
Los que no tienen voz,
los perseguidos,
nos precederán, nos precederán
en el Reino de los cielos.

Ellos están más cerca
de la alegre sencillez
que ofrece el Evangelio,
a quien quiera escuchar
y acogen con gozo la Palabra que libera.

¡Qué difícil para el rico
es ver el Reino de Dios!
Son Cristos que hoy viven,
son sepulcros sin cal,
son hombres y mujeres
que buscan por dónde andar.

Quién pasa hambre y el refugiado
nos precederán, nos precederán.
El que no tiene hogar
y el que está enfermo,
nos precederán, nos precederán
en el reino de los cielos.
Quién se haga niño,
quién muera para vivir,
nos precederán, nos precederán.
Quién sea el último
y sea servidor,
nos precederán, nos precederán
en el reino de los cielos.