21 de mayo de 2026

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Evangelio del día

San Cristóbal Magallanes – Agustín Caloca Cortés

Jesús dijo: No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.
Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.
Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste.
Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.

Jesús reza por nosotros, los que a la distancia de su tiempo creemos en él.  Eso significa que, antes de la cruz, antes del dolor, ya estábamos en el corazón de Jesús. Y lo que pide al Padre no es poder, ni éxito, ni reconocimiento. Pide unidad: “Que todos sean uno”.

La unidad de la que habla Jesús no es simplemente llevarse bien o evitar peleas. Es algo mucho más profundo: vivir unidos como Él está unido al Padre. Es una comunión hecha de amor, de perdón, de escucha, de entrega. Cuando una comunidad cristiana vive así, el mundo descubre que Dios está presente.

Cuánto sufrimiento nace de las divisiones, de los orgullos, de las palabras que hieren, de las rivalidades. Jesús sabe que eso destruye el corazón humano y debilita el testimonio del Evangelio. Por eso ruega con insistencia por la unidad. Porque un cristiano aislado se apaga; una comunidad unida ilumina.

Estas palabras también nos invitan a preguntarnos: ¿Soy constructor de unidad o de división? ¿Mis palabras, acercan o alejan?

La unidad comienza en lo pequeño, en la familia, en la comunidad, en el grupo de catequesis, en el trabajo. Cada gesto de reconciliación hace visible a Cristo.
Y hay algo muy hermoso: Jesús no pide que seamos iguales, sino que seamos uno. La unidad cristiana no elimina las diferencias; las armoniza en el amor. Como en un coro, cada voz es distinta, pero juntas crean una sola melodía.


En esta época dichosa, los vuelvo a ver a todos, nos reencontramos en esta casa en la que han sido de nuevo engendrados en Jesucristo y que les ha servido de cuna; aquí gustarán, saborearán con delicia las santas alegrías de la familia; cantarán a una sola voz, en un solo coro, el cántico del profeta: ‘Qué bueno, qué dulce es para los hermanos habitar juntos en una misma morada. La paz fraterna de la que gozan es como el perfume que, derramado en la cabeza de Aarón, desciende sobre su rostro hasta el borde de sus vestidos; es como el rocío del Hermón que desciende sobre la montaña de Sion’. (Sermón 2244-2248)

Quiero que mi casa no sea mía,
que digamos juntos:
“Ella es nuestra”.
Que esté pintada del color de la alegría
y que tenga sus ventanas bien despiertas.

Que tenga un caminito de piedritas,
que acoja con cariño al caminante,
y que el sol habite el patio y la cocina
y te invite a la esperanza al despertarte.

Que sea nuestra casa, casa amiga,
abierta a recogerte cuando pases,
con una mesa grande
y decidida a compartir el pan
y los pesares.

Que prenda por la noche lucecitas,
Que rompan con tus miedos a arriesgarte
y que todos los más pobres, las guagüitas,
respiren la confianza al quedarse.

Y que cuando se nos dé por distanciarnos
haya quien nos llame para conversar,
y nos demos el tiempo de perdonarnos,
echándonos de nuevo a caminar.


Cristóbal Magallanes nació en el estado de Jalisco, México. Provenía de una familia humilde y desde joven mostró gran deseo de servir a Dios. Fue ordenado sacerdote en 1899 y se dedicó intensamente a la evangelización y a la formación cristiana del pueblo.
Era un sacerdote muy cercano a la gente: fundó escuelas, ayudó a los pobres y promovió vocaciones sacerdotales. También se preocupó por los indígenas y por quienes emigraban hacia Estados Unidos, organizando ayuda espiritual para ellos.
Durante los años de la persecución religiosa en México, conocida como la Guerra Cristera (1926-1929), el gobierno prohibió muchas actividades de la Iglesia. Aunque él no participó en la lucha armada, fue acusado injustamente de apoyar a los cristeros.
El 21 de mayo de 1927 fue arrestado junto con su joven vicario, Agustín Caloca Cortés. Ambos fueron llevados a Colotlán, Jalisco. Antes de morir, Cristóbal Magallanes perdonó a sus verdugos y animó a los fieles a permanecer firmes en la fe.
Agustín Caloca Cortés había nacido en 1898 en Tepatitlán, Jalisco. Fue alumno del seminario fundado por Cristóbal Magallanes y llegó a ser su colaborador cercano. Era un sacerdote joven, alegre y muy dedicado a su ministerio. Cuando lo apresaron, tuvo oportunidad de salvarse, pero decidió permanecer junto a su párroco.
Los dos fueron fusilados el 25 de mayo de 1927. Sus últimas palabras fueron una profesión de fe y perdón. Juan Pablo II los canonizó el 21 de mayo del año 2000 junto con otros mártires mexicanos de la persecución religiosa.