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Evangelio del día

San Luis Orione

Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre.
Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre.
Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta.
Les he dicho todo esto por medio de parábolas.
Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.
Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios.
Salí del Padre y vine al mundo.
Ahora dejo el mundo y voy al Padre.

Cuando se pide algo a alguien, si se tiene seguridad de lo que la va a conceder, es porque se tiene también una confianza que rebasa todos los límites. Por lo que dice Jesús, la confianza se basa en dos cosas: 1) La petición va dirigida al Padre. 2) La petición se hace en nombre de Jesús. Seguramente nunca hemos pensado en que estas dos condiciones que definen el cómo tiene que ser la petición del cristiano.

Ante todo, se le pide al Padre. Se sabe que los griegos, a Zeus le llamaban “rey” por su poder, pero le llamaban “padre” por su solicitud. Pues bien, según Jesús, Dios ejerce su soberanía, pero no como Rey, sino como Padre (G. Theyssen). Jesús viene a decir que el Dios que el revela, al que deja de llamarlo “Dios” y lo llama “Padre”, no tiene más soberanía que la que brota de su solicitud amorosa. El poder del Padre es su amor, porque Dios es amor (1Jn 4, 8.16). Y en el nuevo Testamento no hay más definición de Dios que esa.

En segundo lugar, la petición se hace en nombre de Jesús. “En nombre de Jesús” sólo se puede pedir lo que está de acuerdo con lo que el vivió y enseñó Jesús. Pedir, “en nombre de Jesús”, éxitos, ganancias, poderes y otros intereses semejantes, ¿no es un despropósito sin pies no cabeza? ¿Por qué no pedimos, “en nombre de Jesús, con insistencia y fe, que vivamos individualmente y socialmente, según el espíritu y la letra de las Bienaventuranzas?


Sean, sean hombres de fe y vencerán al mundo. (Sermón sobre los motivos de desaliento)

Dame de tu pan, dame de beber
que ando sediento
y hambriento de ti.
No hay nada que sacie mi sed.

Dame de tu pan, dame de beber,
que sólo tu cuerpo y tu sangre
avivan mi fe.

Dame de tu pan, dame de beber,
que yo aliviaré a mis hermanos
con hambre y con sed.

Dame de tu pan, Dame de beber,
que sólo tu cuerpo y tu sangre
avivan mi fe.


San Luis Orione nació en 1872 en Pontecurone, Italia, en una familia muy humilde. Desde joven sintió un gran amor por Dios y por los pobres. Estudió con los franciscanos y luego fue alumno de San Juan Bosco en el Oratorio de Valdocco, experiencia que marcó profundamente su vocación.
Ordenado sacerdote en 1895, dedicó su vida a los más necesitados: huérfanos, enfermos, personas con discapacidad, trabajadores y gente abandonada. Fundó la Pequeña Obra de la Divina Providencia, congregación destinada a llevar el amor de Cristo a través de la educación, la caridad y la evangelización. Más tarde nacieron también las ramas femeninas y otras obras de servicio.
Don Orione tenía una confianza inmensa en la Providencia de Dios. Repetía con frecuencia: “Sólo la caridad salvará al mundo”. Durante terremotos, epidemias y guerras se lanzó personalmente a ayudar a los heridos y a los pobres, sin preocuparse por su propia seguridad. Fue además un gran apóstol de la unidad de la Iglesia y de la fidelidad al Papa. Impulsó escuelas, hogares, parroquias y obras sociales en muchos países.
Murió el 12 de marzo de 1940 en San Remo, Italia. Fue canonizado en 2004 por Juan Pablo II, quien lo presentó como un hombre totalmente entregado a la misericordia y al servicio de los más pobres.