Jesús decía a sus discípulos: El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: Sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha.También decía: ¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo?Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra.Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
Señor, dame la gracia de la humildad. Soy muy poca cosa. Algo así como una pequeña semilla. No quiero presumir ni de un gran árbol, ni de un pequeño arbusto. Soy una semilla pequeña, insignificante, pero con un gran poder interno que no es mío, que Tú mismo me has dado. Dame hoy la gracia de aceptarme como soy: pequeño como una semilla. Pero con muchas posibilidades si te dejo a ti el lugar que te corresponde.El reino de Dios irrumpe. Nos trasciende y nos desborda. Esa trascendencia creadora de Dios es primordial para entender el evangelio. Ciertamente la semilla necesita buena tierra, pero hay alguien invisible que la cuida. “El grano brota y crece sin que él sepa cómo”. Ciertamente hay algo misterioso y que únicamente podremos descubrir con una mirada “contemplativa”.Una mujer que ha quedado embarazada, ¿qué sabe de biología, de ciencias naturales? Y, sin dejar su trabajo ordinario, ella no es consciente de ese maravilloso taller que lleva dentro. Se está construyendo la maravilla del ojo, del oído, del corazón, del cerebro…de la persona. Y todo “sin saber cómo”.Decía Jesús: ¡Miren cómo crecen los lirios en la primavera! No crecen porque esté ahí el agricultor tirando de ellos. Crecen con toda su belleza con la caricia del aire, con la caricia del sol, con la caricia del agua, con la caricia de Dios. Hay que dejarse trabajar por Dios.El agricultor, después de haber depositado la semilla, se ha ido tranquilo a descansar. Y está seguro que, al tiempo de la siega, habrá cosecha. Y cuando Dios mete sus manos divinas y amorosas, aunque sea en la tierra y el barro, sabe hacer cosas primorosas.Me pregunto: ¿Quién soy yo? Un bello poema de Dios.Señor, hoy quiero agradecerte tu presencia oculta y escondida, pero eficaz y misteriosa en la Naturaleza. Que sepa admirarte y decirte con el salmista: Señor, Dios nuestro, ¡Qué admirable eres en toda la tierra! Que sepa también descubrirte vivo y presente en mi corazón. Que mi oído interno sepa escuchar el latido de tu corazón cerca del mío.
El relato que me haces de todo el bien que se realiza en nuestras escuelas me llena de una dulce alegría; es para nosotros un nuevo motivo para esperar que esta obra crezca como el grano de mostaza del evangelio, que se convirtió en un gran árbol. Pero es necesario un poco de paciencia y saber esperar los momentos de Dios. (Al H. Arturo Greffier, 2-4-1843)
Como semilla pequeñaen manos de los pobres,como el trigo que germinaen las sombras de la noche.Tu reino en nuestras manosagita nuestro espírituy nos lleva por caminosde luchas y esperanzas.Tu voz es nuestro canto,tu grito es la palabra que palpita,en el corazón ardiente de tu pueblo,creadores de la historia,testigos de tu Reino.Danos tus manos durasy seremos una fuerza;danos tu voz valientey seremos grito viviente.Danos tus pasos firmespara abrir nuevos caminos,danos tu amor sinceropa’ crear un mundo nuevo.Ven junto a tu pueblo,Señor, con nosotros.Llevamos tu regaloen vasos de barro.Porque nada tenemos,estamos esperandoque tus manos nos agarren,para seguir andando.