9 de marzo de 2026

Vie
06
Mar
Sáb
07
Mar
Dom
08
Mar
Lun
09
Mar
Mar
10
Mar
Mié
11
Mar
Jue
12
Mar

Evangelio del día

Santa Francisca Romana

Jesús dijo a la multitud: Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

En la sinagoga de Nazaret, ciudad donde Jesús creció, todos lo conocían, también a su familia. Tras un tiempo ausente, el regresa, pero de un modo nuevo: ha leído una profecía de Isaías sobre el Mesías y ha anunciado su cumplimiento, dando a entender que éste se daba en Él. Ello provoca sentimientos encontrados en su auditorio. Los habitantes de Nazaret que se maravillaban de Jesús (v. 22) inmediatamente se llenan de ira ante sus palabras (v. 28).

Simeón en el templo ya había dicho que él sería causa de dolor y gozo; es que Jesús vino a dar testimonio de la verdad por eso muestra la mezquindad de aquellos hombres que no han sabido ver la verdad que tienen en sí las palabras del Señor (v. 22). El verdadero profeta no obedece más que a Dios y se pone al servicio de la verdad.

Debemos pedir a Jesús que aumente nuestra fe para que podamos comprender lo que revela en su Evangelio y aceptar sus palabras. Creer en Dios y vivir el Evangelio supone abandonar los propios estereotipos y acoger el rostro concreto en quien Dios se nos ha revelado –el hombre Jesús de Nazaret– por medio de su Evangelios y seguir sus huellas, hasta el extremo. Este camino pasa también por reconocerlo y a servirlo en los demás.


MÁXIMA
Seguir a Jesús es creer en su palabra
.


Les repito: escuchen a Dios, inclinen su corazón a las palabras de su boca; que ellas caigan sobre su corazón como un dulce rocío.

Para que mi amor no sea un sentimiento,
tan solo un deslumbramiento pasajero.
Para no gastar mis palabras más mías
ni vaciar de contenido mi “te quiero”.

Quiero hundir más hondo mi raíz en ti
y cimentar en solidez este mi afecto,
pues mi corazón, que es inquieto y es frágil
sólo acierta si se abraza a tu proyecto.

Más allá de mis miedos,
más allá de mi inseguridad,
quiero darte mi respuesta.
Aquí estoy para hacer tu voluntad,
para que mi amor sea decirte “sí”
hasta el final.

Duermen en su sopor y temen en el huerto.
Ni sus amigos acompañan al Maestro.
Si es hora de cruz, es de fidelidades,
pero el mundo nunca quiere aceptar esto.

Dame comprender, Señor, tu amor tan puro,
amor que persevera en cruz, amor perfecto.
Dame serte fiel cuando todo es oscuro,
para que mi amor no sea un sentimiento.

No es en las palabras ni es en las promesas
donde la historia tiene su motor secreto.
Sólo es el amor en la cruz madurado,
el amor que mueve a todo el universo.

Pongo mi pequeña vida hoy en tus manos,
por sobre mis inseguridades y mis miedos.
Y para elegir tu querer y no el mío,
hazme en el Getsemaní fiel y despierto.


Francisca contrajo matrimonio de muy joven y tuvo 3 hijos, dos de los cuales murieron a causa de la peste. No obstante, su matrimonio salió adelante. Sin embargo, la santa perdería trágicamente a su esposo en la guerra. Ella, fiel a su búsqueda de Dios y sus planes, terminó por abrazar la vida religiosa, llegando a constituir una familia espiritual que subsiste hasta hoy.
Acompañada por su director espiritual, inició un camino que la condujo a la vida religiosa. El 15 de agosto de 1425, día de la Asunción de la Virgen María, Francisca, junto a 9 compañeras, hizo su consagración en la cofradía de las oblatas benedictinas (Orden de San Benito). Su misión principal era la dedicación total al servicio de los más pobres. Claro que, de acuerdo con el espíritu benedictino, debían dedicar el mayor tiempo posible a la oración y meditación.
En 1433, Francisca fundó el monasterio de Tor de Specchi, al que se mudó junto a las oblatas que deseaban tener una vida en común y fortalecer así su servicio a los demás. A Francisca, Dios le concedió la gracia de poder ver a su ángel de la guarda y experimentarse siempre guiada y protegida. Ella lo describía así: «Era de una belleza increíble, con un cutis más blanco que la nieve y un rubor que superaba el arrebol de las rosas. Sus ojos, siempre abiertos tornados hacia el cielo, el largo cabello ensortijado tenía el color del oro bruñido”.
El Padre Teodoro Muti, expresó que «Santa Francisca Romana fue la Madre Teresa del siglo XV. Era la santa de los pobres y necesitados. Pertenecía a una familia rica y noble, pero asistía a los enfermos en los hospitales y se preocupaba también por su salud espiritual”.
Santa Francisca Romana murió el 9 de marzo de 1440 y fue canonizada el 9 de mayo de 1608 por el Papa Pablo V.