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Evangelio del día

San Pedro Poveda

Dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa.
Sus discípulos se acercaron y le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.
Él les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo.
El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes.
Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!


Jesús hace su homilía de la parábola en la que se describe cómo, a pesar de sembrar buena semilla, aparece la cizaña en el sembrado. Y, frente a la solución inmediata de quitarla, el amo de la tierra dice “déjenlas crecer juntas”. Hay que esperar a la siega. Jesús quiere que no seamos nosotros los que arranquemos lo que estimamos malas hierbas. Podríamos arrancar con ellas lo que brota de buena semilla, el trigo. Es tarea que hay que dejar a Dios.

Convivir trigo y cizaña pertenece a nuestra condición humana. Y no pensemos sólo ni tanto en su dimensión social, sino en nuestro propio ser. En él está sembrada buena semilla y germina y crece, pero no está sola. También en cada uno de nosotros aparece la cizaña. Somos una suma de trigo y cizaña. O sea, con tendencias al mal y al bien.

Vivir con dignidad es ver cómo lo bueno se impone sobre lo malo, pero sin pretender que lo malo que se genera y crece en nosotros vaya a desaparecer. Hemos de saber dar buen fruto, en lucha con la cizaña que se quiere imponer y que nos acompañará hasta el final del vivir.

Esa es la realidad de nuestra condición humana; no aceptarlo es autoengaño. Conocerse bien es la primera tarea que tiene el ser humano. Y no la más fácil. El autoconocimiento puede ser decepcionante. Ha de serlo para ser conscientes de que no nos bastamos, hemos de contar con Dios para ser lo que tenemos que ser.


¿Qué es este pequeño número (de Hermanos) para hacer de nuevo fértiles y en poco tiempo, tantas tierras no cultivadas, tantos campos cubiertos de espinas, donde el hombre enemigo ha sembrado ya su cizaña? (Apertura escuela de Tréguier)

Hubo un hombre que sembró
buena semilla en su campo,
mas, mientras todos dormían
uno quiso hacerle daño.
Un mal hombre fue y plantó
cizaña en medio del trigo.
El señor dijo al notarlo:
“Eso lo ha hecho mi enemigo”.

¿Señor, quieres que arranquemos
todo el mal de tu sembrado?
¿Que dejemos todo limpio
y expulsar lo que no es santo?

Si ahora quitáis la cizaña,
mataréis también el trigo.
Dejadlos que crezcan juntos,
es muy pronto para el juicio.
Todo santo tuvo fallos.
Tiene futuro el culpable.
Amemos al imperfecto,
porque nada es incurable.

En este mundo hay defectos.
Lo importante es ver el bien,
tener paciencia en lo malo.
Lo ideal vendrá después.
Cada hombre lleva dentro
germen de trigo y cizaña.
Si extirpamos lo imperfecto,
finalmente ¿quién se salva?

Nadie es totalmente malo
ni completamente bueno.
Tengamos misericordia,
pues la necesitaremos.

Si ahora quitáis la cizaña
mataréis también el trigo
Dejadlos que crezcan juntos,
es muy pronto para el juicio.
Todo santo tuvo fallos.
Tiene futuro el culpable.
Amemos al imperfecto
porque nada es incurable.


San Pedro Poveda Castro nació el 3 de diciembre de 1874 en Linares, Jaén (España). Fue ordenado sacerdote en 1897 y desde muy joven mostró una profunda preocupación por la educación y la promoción de las personas más pobres.
Durante varios años trabajó en las cuevas de Guadix, donde vivían familias en condiciones de extrema pobreza. Allí impulsó escuelas, centros de formación y obras sociales, convencido de que la educación era un camino privilegiado para transformar la sociedad y anunciar el Evangelio.
Más tarde fundó la Institución Teresiana, inspirada en el ejemplo de santa Teresa de Jesús. Su objetivo era formar cristianos, especialmente educadores y profesionales, que vivieran su fe en medio del mundo y contribuyeran a humanizar la cultura desde el Evangelio.
Al estallar la Guerra Civil Española, fue detenido a causa de su condición de sacerdote. El 28 de julio de 1936 fue fusilado en Madrid, perdonando a sus perseguidores y permaneciendo fiel a Cristo hasta el final. Por ello es venerado como mártir.
Fue beatificado por Juan Pablo II en 1993 y canonizado por el mismo pontífice el 4 de mayo de 2003.