Jesús dijo: No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí.Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste.Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.
Jesús reza por nosotros, los que a la distancia de su tiempo creemos en él. Eso significa que, antes de la cruz, antes del dolor, ya estábamos en el corazón de Jesús. Y lo que pide al Padre no es poder, ni éxito, ni reconocimiento. Pide unidad: “Que todos sean uno”.La unidad de la que habla Jesús no es simplemente llevarse bien o evitar peleas. Es algo mucho más profundo: vivir unidos como Él está unido al Padre. Es una comunión hecha de amor, de perdón, de escucha, de entrega. Cuando una comunidad cristiana vive así, el mundo descubre que Dios está presente.Cuánto sufrimiento nace de las divisiones, de los orgullos, de las palabras que hieren, de las rivalidades. Jesús sabe que eso destruye el corazón humano y debilita el testimonio del Evangelio. Por eso ruega con insistencia por la unidad. Porque un cristiano aislado se apaga; una comunidad unida ilumina.Estas palabras también nos invitan a preguntarnos: ¿Soy constructor de unidad o de división? ¿Mis palabras, acercan o alejan?La unidad comienza en lo pequeño, en la familia, en la comunidad, en el grupo de catequesis, en el trabajo. Cada gesto de reconciliación hace visible a Cristo.Y hay algo muy hermoso: Jesús no pide que seamos iguales, sino que seamos uno. La unidad cristiana no elimina las diferencias; las armoniza en el amor. Como en un coro, cada voz es distinta, pero juntas crean una sola melodía.
En esta época dichosa, los vuelvo a ver a todos, nos reencontramos en esta casa en la que han sido de nuevo engendrados en Jesucristo y que les ha servido de cuna; aquí gustarán, saborearán con delicia las santas alegrías de la familia; cantarán a una sola voz, en un solo coro, el cántico del profeta: ‘Qué bueno, qué dulce es para los hermanos habitar juntos en una misma morada. La paz fraterna de la que gozan es como el perfume que, derramado en la cabeza de Aarón, desciende sobre su rostro hasta el borde de sus vestidos; es como el rocío del Hermón que desciende sobre la montaña de Sion’. (Sermón 2244-2248)
Quiero que mi casa no sea mía,que digamos juntos:“Ella es nuestra”.Que esté pintada del color de la alegríay que tenga sus ventanas bien despiertas.Que tenga un caminito de piedritas,que acoja con cariño al caminante,y que el sol habite el patio y la cocinay te invite a la esperanza al despertarte.Que sea nuestra casa, casa amiga,abierta a recogerte cuando pases,con una mesa grandey decidida a compartir el pany los pesares.Que prenda por la noche lucecitas,Que rompan con tus miedos a arriesgartey que todos los más pobres, las guagüitas,respiren la confianza al quedarse.Y que cuando se nos dé por distanciarnoshaya quien nos llame para conversar,y nos demos el tiempo de perdonarnos,echándonos de nuevo a caminar.