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Evangelio del día

San Arnoldo Janssen – Beato Luis Variara

Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: Si quieres, puedes purificarme.
Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Lo quiero, queda purificado. En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos.
Y acudían a él de todas partes.

“La lepra era (y sigue siendo) una enfermedad espantosa, porque excluía de la comunión con el pueblo de Dios. El leproso, además de ser un castigado de Dios, era un enfermo del que había que huir, en nombre de la ley y de la higiene. La lepra era la imagen más apropiada de todo lo que era impuro, tanto desde el punto de vista moral como religioso. La relación con un leproso ensuciaba, lo mismo que el contacto con un cadáver. Por eso, se le consideraba como un muerto. Y una curación se tomaba como una verdadera resurrección.

Es triste constatar como en una comunidad se toma casi siempre el camino más fácil del rechazo frente al elemento extraño que molesta, crea problemas, representa una amenaza para la tranquilidad – en vez de responder con amor y confianza, y elegir la vía del diálogo y de la paciencia. El esquema disciplinario con mucha frecuencia resulta mucho más desarrollado y sofisticado, que el código de la misericordia y del perdón evangélico. La legalidad cuenta más que la fraternidad y hasta que la humanidad.

Entre todas las imposiciones, la más cruel era la que obligaba al leproso a proclamar su impureza: “Andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro!” Tenía el deber de advertir a los otros su peligrosidad social, ponerlos en guardia contra la propia persona infectada, a invitarlos a permanecer a distancia…

Jesús desafía al contagio, no evita el contacto con el impuro. No duda en infringir el reglamento, romper el cordón sanitario, hacer saltar los mecanismos de exclusión. En todo el Evangelio, Jesús aparece como uno que suprime las fronteras, tira los muros de separación, salta por encima de los prejuicios, no acepta las discriminaciones raciales o religiosas. A los ojos de Cristo solamente existe el hombre sin adjetivos, con quien entablar una relación, una amistad, un intercambio.

¿Y nosotros? ¿No será que también defendemos nuestro campamento privado y tenemos a algunos fuera de nuestra tienda? Si tuviéramos el coraje de mirar a la cara la realidad, caeríamos en la cuenta de que son muchos los leprosos que mantenemos a distancia. Nos cuesta aceptar y acoger a los leprosos que están a nuestro lado, los que nosotros convertimos en leprosos: Los que no comparten nuestras ideas, los que no nos son simpáticos, se muestran aburridos o inoportunos, nos fastidian con sus problemas, nos molestan con sus miserias, no respetan nuestros programas, nos interrumpen poniendo en discusión nuestra comodidad y nuestros privilegios.

Queridos hermanos, los invito a meditar un momento sobre esto, y pedirle a Jesús que nos regale la gracia de abrir más nuestro corazón a los hermanos que se acercan y que necesitan de nuestro apoyo, comprensión y amor. (Padre Nicolás Schwizer)


Me he enterado de tu enfermedad y de tu convalecencia por una carta del H. Gerardo y estoy contento de que me hayas confirmado luego tú mismo tu entera curación. Bendigo al buen Dios por haberte conservado una vida que les has ofrecido en sacrificio, pero que él quiere prolongar para que la consagres a su gloria y a la salvación de estos pobres negritos, cuya educación cristiana se te ha confiado.

Cuentan que hace más de dos mil años
las ovejas del rebaño iban tristes por la vida,
lejos de un pastor que las guiara;
sus corazones llevaban tanta herida que sanar.

Fue allí que Dios, rico en misericordia,
nos manifestó su Gloria,
desde el vientre de María
revelándonos su amor de Padre,
en el Verbo hecho carne.
¡Qué alegría, en verdad!

Y en un abrazo misericordioso nos unió,
nos devolvió la dignidad perdida.
Buscó la oveja que del fiel rebaño se alejó,
sanó su herida y la rescató.

Con mirarlo uno veía al Padre.
Su ternura era el mensaje,
su actitud la cercanía.
Nos llenaba de besos y abrazos
y buscaba a cada paso darnos vida y libertad.

Misericordiosos como el Padre
nos pedía que seamos frente a tanta hipocresía.
No juzgar para no ser juzgados,
ver en el otro a un hermano
con heridas que sanar.

Jesucristo estás a nuestro lado
y nos pides que veamos
tanta dignidad perdida,
tantos gritos y tantas miradas,
tanta gente postergada
y excluida de verdad.

Enséñanos a estrechar sus manos,
para que juntos sintamos
tu grata presencia amiga,
y esa caridad que nos obliga
a ser signos de alegría y de solidaridad.


San Arnoldo Janssen (1837–1909) fue un sacerdote y misionero alemán, fundador de importantes congregaciones misioneras de la Iglesia.
Nació el 5 de noviembre de 1837 en Goch, Alemania. Desde joven mostró una profunda vida de fe y una gran inclinación al estudio. Fue ordenado sacerdote en 1861 y se desempeñó como profesor de matemáticas y ciencias naturales, sin dejar nunca su intensa vida espiritual y su preocupación por la evangelización en tierras lejanas.
En un contexto marcado por el Kulturkampf (persecución del Estado alemán contra la Iglesia), Arnoldo comprendió que la misión debía ir más allá de Europa. En 1875 fundó en Steyl (Países Bajos) la Sociedad del Verbo Divino (SVD), dedicada a la evangelización en Asia, África y América. Posteriormente fundó también la Congregación de las Siervas del Espíritu Santo y las Siervas del Espíritu Santo de la Adoración Perpetua, integrando oración, contemplación y misión.
San Arnoldo destacó por su profunda confianza en la providencia divina, su amor al Espíritu Santo y su visión universal de la Iglesia. Envió misioneros a numerosos países, sentando las bases de una obra que hoy está presente en todo el mundo.
Murió el 15 de enero de 1909 en Steyl. Fue canonizado por san Juan Pablo II en 2003.

El Beato Luis Variara (1875–1923) fue un sacerdote salesiano italiano, misionero y fundador, conocido por su caridad heroica hacia los enfermos y marginados.
Nació el 15 de enero de 1875 en Viarigi, Italia. A los doce años conoció a san Juan Bosco, experiencia que marcó profundamente su vocación. Ingresó a la Congregación Salesiana y fue enviado como misionero a América Latina. En 1894 llegó a Agua de Dios (Colombia), un leprosorio donde vivían personas afectadas por la lepra, excluidas socialmente.
Allí se dedicó con entrega total al cuidado espiritual y humano de los enfermos, organizando la vida pastoral, educativa y litúrgica de la comunidad. Con gran sensibilidad, promovió la dignidad de quienes sufrían la enfermedad y acompañó especialmente a jóvenes mujeres marcadas por el rechazo social.
En 1905 fundó la congregación de las Hijas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, pensada inicialmente para ofrecer una vocación religiosa a jóvenes afectadas por la lepra o hijas de enfermos, integrando vida consagrada y servicio caritativo.
El Beato Luis Variara vivió con humildad, obediencia y espíritu de sacrificio. Murió el 1 de febrero de 1923 en Cúcuta, Colombia. Fue beatificado por san Juan Pablo II en 2002. Su vida es un ejemplo luminoso de amor misericordioso, inclusión y fidelidad al Evangelio en medio del sufrimiento humano.