6 de agosto de 2026

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Evangelio del día

La transfiguración del Señor

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: Levántense, no tengan miedo.
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

La Transfiguración no fue un espectáculo destinado a impresionar a los discípulos, sino una preparación para el momento más difícil de su fe. Jesús sabe que pronto llegará la cruz y quiere fortalecer el corazón de Pedro, Santiago y Juan. Les permite contemplar, por un instante, el esplendor de su divinidad para que, cuando lo vean desfigurado en el Calvario, no olviden quién es realmente.

El mensaje es: La cruz no tiene la última palabra. Muchas veces quisiéramos una fe que nos evitara el sufrimiento, pero el Evangelio nos muestra otra cosa: Dios no siempre nos libra de la prueba, sino que camina con nosotros en ella y la convierte en camino de vida. La cruz no es un callejón sin salida, sino la puerta por la que se entra a la resurrección.

Por eso son tan importantes los «Tabor» de nuestra vida. Son esos momentos de oración profunda, de retiro, de una Eucaristía vivida con intensidad, de una reconciliación sincera o de una experiencia de servicio donde Dios se hace especialmente cercano. Esos momentos nos dan la fuerza necesaria para volver al valle, donde nos esperan las responsabilidades, los conflictos, las enfermedades y las preocupaciones de cada día.
Porque La fe no se sostiene únicamente por ideas o conocimientos. Se sostiene, sobre todo, por el encuentro personal con el Señor. Quien ha experimentado, aunque sea una vez, el amor de Dios, lleva dentro una certeza que ninguna tormenta puede borrar del todo. Esa experiencia se convierte en una luz que ilumina los momentos oscuros.

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero
que muero porque no muero.
Vivo sin vivir en mí.
En mí yo no vivo ya
y sin Dios vivir no puedo,
pues sin Él y sin mí quedo
este vivir ¿qué será?

Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.
Vivo sin vivir en mí.

Esta vida que yo vivo
es privación de vivir
y así es continuo morir
hasta que viva contigo.
Oye mi Dios lo que digo:
Que esta vida no la quiero,
que muero porque no muero.
Vivo sin vivir en mí.

Y si me gozo, Señor,
con la esperanza de verte,
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor.
Viviendo en tanto temor
y esperando como espero,
me muero porque no muero.
Vivo sin vivir en mí.

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
Vivo sin vivir en mí.


Santa María Francisca de Jesús Rubatto nació como Ana María Rubatto el 14 de febrero de 1844 en Carmagnola, Italia. Quedó huérfana siendo joven y, desde muy temprano, se dedicó a servir a los pobres, enfermos y niños, destacándose por su profunda vida de oración y su gran caridad.
En 1885 fundó en Loano la Congregación de las Hermanas Capuchinas de la Madre Rubatto, tomando el nombre de María Francisca de Jesús. Su ideal era que las hermanas fueran cercanas a la gente, por eso repetía: «Sean las monjas del pueblo».
En 1892 partió como misionera a Uruguay, donde desarrolló una intensa labor educativa y de asistencia a los más necesitados. Viajó varias veces entre Europa y América para fundar nuevas comunidades, extendiendo su obra también a Argentina y otros países de América Latina.
Murió en Montevideo el 6 de agosto de 1904, pidiendo ser sepultada «en medio de sus queridos pobres». Fue beatificada por san Juan Pablo II en 1993 y canonizada por el papa Francisco el 15 de mayo de 2022, convirtiéndose en la primera santa del Uruguay. Su vida es un ejemplo de disponibilidad a la voluntad de Dios, humildad y amor concreto a los más necesitados.