16 de abril de 2026

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Evangelio del día

San Benito José Labre – Santa Bernardita Soubirous

Dijo Jesús: El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.
El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.
El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.


Este texto nos pone delante una verdad decisiva: la fe en Jesús no es una idea más, sino una opción que toca lo más profundo de la vida.

Creer en el Hijo es abrirse a una relación viva con Él. No se trata solo de aceptar una doctrina, sino de confiar, de apoyarse en su palabra, de dejar que su vida transforme la nuestra. Por eso, quien cree ya tiene Vida eterna: no es solo una promesa futura, sino una realidad que comienza ahora, en el corazón que vive unido a Cristo. Es una vida nueva, llena de sentido, de paz y de esperanza, incluso en medio de las dificultades.

En cambio, negarse a creer no es simplemente “no entender” o “dudar”, sino cerrarse a esa luz. Es elegir vivir sin esa relación con Dios que da plenitud. Por eso el texto habla de la “ira de Dios”: no como un castigo caprichoso, sino como la consecuencia de rechazar el amor. Cuando alguien se cierra a Dios, se queda en la oscuridad, lejos de la fuente de la Vida.

Nos recuerda el Papa Francisco:
“La vida eterna no es una ilusión, no es una fuga del mundo, sino una poderosa realidad que nos llama y compromete a perseverar en la fe y en el amor.” (30 de noviembre de 2015).


Tomemos, pues, esta resolución sincera, eficaz, inquebrantable de entregarnos siempre al servicio del único maestro, que es eterno y que no está sujeto a ningún cambio. Al servicio de este gran Dios que es el principio, la fuente y la plenitud de todo bien. No estamos en la tierra más que para conocerlo, amarlo y servirlo como Él merece ser amado, con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, para poder adquirir así la vida eterna. Amémoslo, seamos totalmente para Él en el tiempo y Él será todo para nosotros en la eternidad” (Reflexión sobre el fin del hombre)

Nuestros corazones insaciables son
hasta que conocen a su Salvador.
Tal y como somos nos amó.
Hoy nos acercamos sin temor.

Él es el agua que al beber
nunca más tendremos sed
¡Jesucristo basta!
Mi castigo recibió
y su herencia me entregó.
¡Jesucristo basta!

Fuimos alcanzados por su gran amor.
Con brazos abiertos nos recibe hoy.
Tal y como somos nos amó.
Hoy nos acercamos sin temor.

Ahora hay un futuro y esperanza fiel.
En su amor confiamos, hay descanso en Él.


BERNARDITA SOUBIROUS Nació el 7 de enero de 1844 en Lourdes, Francia, en una familia muy pobre. Desde pequeña tuvo una salud frágil y poca educación, pero se destacó por su sencillez, sinceridad y profunda fe.
A los 14 años, en 1858, tuvo una serie de 18 apariciones de la Virgen María en la gruta de Massabielle. La Virgen se le presentó como la Inmaculada Concepción, confirmando el dogma proclamado pocos años antes por la Iglesia. Durante estas apariciones, Bernardita recibió mensajes de oración, penitencia y conversión, y descubrió una fuente de agua que luego fue asociada a numerosas curaciones.
A pesar de la fama que adquirió, Bernardita nunca buscó protagonismo. Soportó interrogatorios, dudas y presiones con gran humildad. Más tarde ingresó a la vida religiosa en el convento de Nevers, donde vivió oculta, dedicada a la oración y al servicio, especialmente como enfermera.
Murió el 16 de abril de 1879 a los 35 años, tras una vida marcada por el sufrimiento ofrecido con fe. Fue canonizada en 1933.

BENITO JOSÉ LABRE Nació el 26 de marzo de 1748 en Francia, en una familia campesina numerosa. Desde joven sintió el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa, pero fue rechazado por varias órdenes debido a su salud frágil y su carácter particular.
Al no poder ingresar a un monasterio, comprendió que su vocación era otra: vivir como peregrino, sin posesiones, confiando totalmente en la Providencia. Recorrió durante años santuarios de Europa, especialmente en Francia e Italia, llevando una vida de extrema pobreza, oración constante y penitencia. Pasó largos períodos en Roma, donde frecuentaba iglesias y vivía prácticamente como un mendigo. A pesar de su apariencia descuidada, muchos reconocían en él una profunda unión con Dios.
Murió el 16 de abril de 1783 en Roma, a los 35 años. Fue rápidamente reconocido por el pueblo como un hombre santo y canonizado en 1881.