2 de septiembre de 2026

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Evangelio del día

Beato Bartolomé Gutiérrez



Al salir de la sinagoga, Jesús entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron que hiciera algo por ella.
Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y ésta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.
Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.
De muchos salían demonios, gritando: Tú eres el Hijo de Dios! Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.
Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos.
Pero él les dijo: También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.
Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Jesús vive intensamente al servicio de los demás. Entra en la casa de Pedro, cura a su suegra, recibe a los enfermos y escucha a quienes se acercan con sus necesidades. No se encierra en sí mismo ni considera a las personas una molestia: para cada una tiene tiempo, cercanía y compasión.

Pero el Evangelio también nos muestra el secreto de su entrega: al amanecer, cuando todavía todos duermen, Jesús se retira a un lugar apartado para encontrarse con el Padre. Su oración no es una evasión ni un descanso egoísta; es la fuente de la que brotan su fuerza, su libertad y su amor.

También nosotros podemos vivir atrapados por las tareas, las urgencias y los reclamos. Incluso las buenas obras pueden agotarnos si perdemos el contacto con Dios.
Jesús nos enseña que no debemos elegir entre oración y servicio. Necesitamos ambas cosas, necesitamos acercarnos a Dios para poder acercarnos mejor a los demás.

Retirarnos un momento, hacer silencio y rezar no significa desentendernos de las necesidades del mundo. Significa volver a la Fuente para amar con un corazón renovado. Quien no se detiene corre el riesgo de vaciarse; quien se encuentra con Dios aprende a entregarse sin perder la paz.


Estos días del retiro son, en verdad, los días que el Señor ha hecho, días felices, en los que Él los conduce a la soledad, lejos del ruido del mundo y de sus distracciones, para hablar a su corazón y para revelarles sus designios de amor sobre sus almas; días de gracias y de bendiciones en el que los envolverá con sus luces; en los que nos envía hacia ustedes para anunciarles su palabra y sus juicios, para que, dóciles a lo que vayamos a decir de parte suya, ocupen, con más cuidado del que han tenido hasta ahora, el más importante de sus quehaceres, el de su salvación.

Paso a paso yo contigo voy,
pues no hay nada que no puedas, Dios.
No hay tormenta que no calmes,
no hay batalla que no ganes,
Tú, Jesús, tan sólo tú, mi Jesús.

No hay oscuridades
que no puedan enfrentarse contigo.
Y las tempestades se calman
si en la barca vas conmigo.
No hay flaquezas ni tormentos
que sean más grandes que tu amor.
Me bastas, Señor.
Me basta tu amor.

Como María decirte sí, Señor.
Y tus promesas guardarlas en mi corazón.
De su mano al cielo llegaré.
Bajo tu mando nada temo,
pues tú me diste a Jesús,
me muestras su luz.
Totus tuus.

No hay oscuridades
que no puedan enfrentarse contigo.
Y las tempestades se calman
si en la barca vas conmigo.
No hay flaquezas ni tormentos
que sean más grandes que tu amor.
Me bastas, Señor,
me basta tu amor.

Me bastas en la vida
cuando no hay otra salida.
Me bastas, me bastas.
En las buenas y en las malas,
aún con risas y con lágrimas,
Tú, me bastas.

No hay oscuridades
que no puedan enfrentarse contigo.
Y las tempestades se calman
si en la barca vas conmigo.
No hay flaquezas ni tormentos
que sean más grandes que tu amor.
Me bastas, Señor.


BARTOLOMÉ GUTIÉRREZ nació en México en 1580. Muy joven entró en la Orden de San Agustín. Ya sacerdote, pidió ser enviado a las misiones. Con Fray Pedro Solís, viajó en 1605 a Manila en donde ocupó primero durante seis años el cargo de maestro de novicios. Por fin, en 1612, se embarcó para Japón. En 1613 el emperador Taicosama expulsó a todos los misioneros. Bartolomé regresó a Manila, pero a petición de sus fieles, al cabo de cinco años pudo volver disfrazado a Japón, donde trabajó quince años. Al fin, traicionado, lo aprehendieron, y después de muy crueles suplicios, lo hicieron morir a fuego lento en Omura, Japón, el 3 de septiembre de 1632. Fue beatificado por el Papa Pío IX el 22 de mayo de 1867.