3 de octubre de 2026

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Evangelio del día

San Ambrosio Ferro – San Francisco de Borja

Al volver los 72 de su misión, dijeron a Jesús llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.
Él les dijo:Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos.
No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.
En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: ¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!

En este evangelio se unen, uno tras otro, dos textos que, al menos a primera vista, no parecen estar directamente relacionados entre sí. 
El primero de esos textos recogen la respuesta que, según Lucas, Jesús dio a los setenta y dos al regresar de la misión.
El segundo (paralelo Mt11, 25-27), es la expresión de la experiencia más profunda de Jesús en su relación con el Padre. Pero, si todo esto se piensa más a fondo, se advierte que, precisamente porque Jesús tenía tal intimidad con el Dios Padre, por eso les dio a los discípulos la respuesta que necesitaban escuchar después de su éxito misional.

Los discípulos regresan exultantes de la misión, por el éxito que han tenido y por constatación de que los demonios se les sometían. La respuesta de Jesús no es congratularse con ellos. Por lo visto, Jesús no se congratulaba con nadie por conseguir sometimientos, ni siquiera de los demonios. Lo que a Jesús le interesaba no eran los éxitos de sus discípulos, sino la liberación de los que sufrían las enfermedades que entonces se atribuían a al demonio. Eso es lo que nos tiene que alegrar. Y eso es ver a Satanás caer como un relámpago. Nuestros éxitos personales (nuestro ego) no deben ser el motor de lo que hacemos o dejamos de hacer.

La intimidad, y hasta la fusión, de Jesús con el Padre es lo que capacita a Jesús para hablar con el Padre como nadie más puede darlo a conocer. Hablar de Dios es siempre problemático. Dar a conocer a Dios lo es mucho más. Pero lo es, sobre todo, Porque de Dios hablamos por lo que de Él sabemos, no por lo que de Él experimentamos.
Seguramente hablamos de Dios sin saber lo que decimos. O presentamos a un Dios que poco o nada tiene que ver con el Padre. Porque nuestra experiencia del Padre poco o nada tiene que ver con la experiencia de Jesús: experiencia de intimidad y experiencia de bondad con todos.


Alimentémonos como ellos, con santa avidez, de este trigo de los elegidos (la palabra de Dios); pidamos a Dios, con humildes y continuas oraciones, que nos dé la inteligencia del corazón, sin la cual no podemos comprender sus divinas lecciones ni penetrar en sus misterios; pídeselo para mí como yo se lo pido para ti, querido amigo, que seamos del número de esos pequeños que él se digna instruir él mismo y a quienes le place revelar sus secretos. (Carta a Bruté del 2 de marzo de 1809)

Si por un segundo vieras cómo te miro.
Cuando duermes, cierras los ojos, yo ahí sigo.
Se me cae la baba, imposible no mirar.
No quiero dejar de hacerlo, no lo intentes imaginar.

Si por un segundo vieras cómo te escucho
Cada ruido, cada palabra, y cuando no hablas mucho
Y hables o estés callado, solo me importa si estás
En mi amor cabe el silencio, cabe hablar y mucho más.

Reviento de amor, estoy temblando de gozo
Te como con la mirada, estás aquí y no estás solo
Cada lágrima, cada risa, en mi memoria se han grabado
Cada detalle de tu cuerpo y de tu alma fueron pensados
No creo que aguante más contenerme aquí detrás
Quiero entrar, hacerte mío, curar tu herida si me la das
Si por un segundo vieras cómo te miro
No querrías ver nada más.

Si por un segundo vieras cuánto te amo
Yo solo sé entregarme, aunque sea en vano
Y tiemblo al imaginar cuando llegues al cielo
Costará respirar en el abrazo que nos daremos.

Si por un segundo vieras lo que hay por llegar
Lo que aguarda escondido, casualidades sin azar
Lo sueño tantas veces, en cada don, ¿qué puedo hacer?
Tú recibes mi regalo, al cielo miras, agradece.

Reviento de amor, estoy temblando de gozo
Te como con la mirada, estás aquí y no estás solo
Cada lágrima, cada risa, en mi memoria se han grabado
Cada detalle de tu cuerpo y de tu alma fueron pensados
No creo que aguante más contenerme aquí detrás
Quiero entrar, hacerte mío, curar tu herida si me la das
Si por un segundo vieras como te miro
No querrías ver nada más.

Reviento de amor y estoy temblando de gozo
Hay tanta locura en este amor que no controlo
Pierde tu vida, recibirás la eternidad
La alegría de ser esclavo, esclavo de mi libertad
Si por un segundo vieras cómo te miro
No querrías ver nada más.


Ambrosio Francisco Ferro fue un sacerdote que atendía a la comunidad católica de Natal, en el nordeste de Brasil. Ambrosio era el párroco de Nuestra Señora de la Presentación y pertenecía al clero diocesano. En 1645, durante los conflictos de la ocupación holandesa, hubo persecusión por parte de estos contra los católcios. Su martirio ocurrió casi tres meses después de la matanza de Cunhaú. El 3 de octubre murió cerca del río Uruaçu, junto con otros muchos católicos de la comunidad. Se lo recuerda entre los primeros mártires de Brasil. Fue beatificado por san Juan Pablo II en 2000 y canonizado por el papa Francisco en 2017.

Francisco de Borja nació en España en 1510, en una familia noble. Fue duque de Gandía y ocupó altos cargos en la corte del emperador Carlos V. Estaba casado con Leonor de Castro, con quien tuvo ocho hijos. La muerte de la emperatriz Isabel de Portugal lo hizo reflexionar profundamente sobre lo pasajero del poder y la belleza.
Tras la muerte de su esposa, dejó el ducado en manos de su hijo e ingresó en la Compañía de Jesús. Ya como sacerdote, se dedicó a predicar y a servir a la Iglesia. En 1565 fue elegido tercer superior general de los jesuitas, después de san Ignacio de Loyola y Diego Laínez.
Durante su gobierno impulsó la formación de los jesuitas y la expansión de sus colegios y misiones. Murió en Roma en 1572. La Iglesia lo recuerda como un hombre que, después de conocer los honores de la corte, eligió poner su vida al servicio de Dios.