18 de abril de 2026

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Evangelio del día

Nuestra Señora del Valle

Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaúm, que está en la otra orilla.
Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo.
Él les dijo: Soy yo, no teman.
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra enseguida en el lugar adonde iban.

El relato de la multiplicación de los panes termina diciendo que aquellas gentes, entusiasmadas al ver a Jesús les había dado de comer en abundancia, quisieron procurarlo rey. Jesús no aceptó semejante propuesta: despidió a la gente, mandó a los discípulos a la otra orilla del lago lejos de aquella posible tentación, y él se fue solo al monte, a orar. Jesús era “un hombre de Dios”, no un “hombre de poder”, ni “hombre de fama” y, menos aún, un “populista”. La profunda humanidad de Jesús se alimentaba de su profunda espiritualidad.

Alejarse del lugar del éxito, de la popularidad y del aplauso de la gente, resultó difícil, como una noche oscura, en un mar encrespado y con viento contrario. Así las cosas, lo que más sintieron es miedo, no la cercanía de Jesús que les buscaba rápido, para alcanzarlos, con la ingravidez del que se desliza por encima de las aguas agitadas.

La Palabra de Jesús: “Yo soy”, va acompañada de un mandato que siempre agrada: “No teman”. La cercanía de Jesús, la presencia de Jesús, va siempre acompañada de una experiencia que todos necesitamos y que tanto deseamos: liberarnos del miedo. Son demasiado los miedos que nos atenazan, nos atormentan nos avergüenzan. Miedos inconfesables, miedos que no podemos superar. La presencia de Jesús se nota en la paz, la alegría y la ilusión que va unida a la victoria sobre el miedo.


La misión de las Antillas ha sido la más agitada; sus sufrimientos han sido grandes, pero ya ves que a pesar de todo la obra marcha, y hoy mejor que nunca. Tengamos, pues, confianza y no nos inquietemos por algunos golpes de viento.” (Al H. Gerardo, 29 de abril de 1843)

Cuando todo parezca acabar de verdad
y la vida no tenga un sentido real.
El cansancio te agobie y no puedas más.
Ven, levántate y verás.

Cuando nadie te escuche lo que quieras decir
y la lucha se vuelva más difícil al fin.
La esperanza no pierdas porque hay algo más.
Sólo tienes que escuchar.

Cuando hay una luz viva en tu corazón
sólo deja que brille, es la luz de Jesús.
Una luz que ilumina lo que oscuro está.
¡Sólo déjala brillar!

Cristo viene hacia ti a encender esa luz,
a encender la justicia, la verdad, la bondad.
Deja que Cristo venga;
brillará sobre ti y al mundo irradiará.

Cuando hay una luz viva en tu corazón
solo deja que brille, es la luz de Jesús.
Una luz que ilumina lo que oscuro está,
¡Solo déjala brillar!


La devoción de NUESTRA SEÑORA DEL VALLE se remonta al siglo XVII, cuando una imagen de la Virgen fue encontrada en una gruta de la sierra de Ancasti, en Catamarca. Según la tradición, la imagen era pequeña, de tez morena y con una expresión dulce, lo que despertó rápidamente la fe del pueblo.
El título “del Valle” hace referencia al lugar donde comenzó su veneración. Para los fieles, representa la cercanía maternal de María, que acompaña, protege y consuela especialmente a los más humildes.
Cada año, miles de peregrinos llegan al Santuario en Catamarca para honrarla.