11 de abril de 2026

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Evangelio del día

Sábado de la octava de Pascua

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios.
Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban.
Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado.
Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado.
Entonces les dijo: Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.

El mismo Jesús que había liberado a la Magdalena de los males que la oprimían es el Jesús que se muestra a ella y a los demás discípulos. Se afirma, una vez más, la identidad del Jesús resucitado y del Jesús que había muerto. Como se ha dicho muy bien, sólo puede haber resurrección donde previamente ha habido muerte.  Pero, además, los textos evangélicos no hablan solo de muerte, sino más concretamente la muerte de cruz.

La consecuencia que se sigue de lo dicho es clara: si la resurrección nos habla de la cruz y se comprende desde la cruz, de forma que sin cruz no hay resurrección, los crucificados de la historia son el lugar más apropiado para comprender la resurrección de Jesús (J. Sobrino).
Dios no resucitó a un muerto cualquiera. Dios resucitó a un crucificado. La resurrección de Jesús es el argumento, que tenemos los cristianos, para fundamentar la esperanza de las víctimas de la historia para reivindicar la vida y la dignidad que les fueron negadas.


‘No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí’. ¡Qué extraordinaria maravilla! Mira, Jesús, mi Salvador, al echar una mirada sobre estos pobres niños, puedo encontrarte en cada uno de ellos, y si enfermos viniesen ahora aquí para buscar su curación, la encontrarían en estos pequeños niños en cuyo seno estás escondido como bajo un velo, con los cuales estás unido ahora de un modo inefable. (Sermón sobre la Comunión)

Madre, tú eres la luz
que me invita a bajar del cielo.
Abre mi corazón.
En tu santuario te lo entrego.
Cuando empiezo a buscar
sólo mi voluntad y calma,
hazme ver más allá
y que entregue toda mi alma.

Quiero abrir hoy mis velas al viento.
Contigo, María, partir mar adentro.
Quiero servir más libre y despierto,
mirar a mi hermano,
ser Cristo al encuentro,
y sentir su sentir,
regalar tu alegría y fuerza,
para que todos tengan vida en Dios.

Ven, María, a tu hogar,
a encender lo que está creciendo:
El Espíritu de Dios,
el amor de Jesús viviendo.
Cuando empiezo a dudar
si el camino tiene sentido,
dame tu corazón
para que se transforme el mío.