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Evangelio del día

San Maximiliano María Kolbe

Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: ¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?
El respondió: ¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne»? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.​
Le replicaron: Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?
Él les dijo: Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio.
Los discípulos le dijeron:
Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse.
Y él les respondió: No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos.
¡El que pueda entender, que entienda!

Hoy, Señor, quiero pedirte por tantas parejas que fracasan; por tantos hombres y mujeres que se quisieron mucho y, con el paso del tiempo, llegan a odiarse, incluso a matarse. Los sueños de Dios sobre el matrimonio eran bellísimos, las intenciones no podían ser mejores: ponerles en un Jardín de delicias. ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando? Te pido que ayudes a tantas parejas malogradas, a tantos niños que, sin ninguna culpa, tienen que pagar muy caro los errores de sus padres.

Jesús, en este texto, quiere luchar contra distintos frentes:
Quiere dejar bien clara la intención de Dios al comienzo de la Creación. El paraíso, el hecho de no encontrar Adán a nadie que le arrancara de su soledad, el sueño profundo por parte de Dios (como diciendo que en este asunto Adán no interviene, sino que es obra directa de Dios), el asombro y fascinación de Adán ante Eva, todo indica que la intención de Dios y el sueño de Dios es que los matrimonios fueran plenamente felices. A ese sueño nunca se puede renunciar.

La ley de Moisés permitiendo el divorcio es por la “dureza de corazón”. Notemos que Jesús no recrimina nada a Moisés sino que trata de comprenderlo al verse obligado a dar una solución ante problemas concretos que se le presentan; pero mantiene en pie la voluntad del Creador.

En lo que Jesús no puede estar en absoluto de acuerdo es en el modo de promulgar una ley donde sólo el varón tiene derecho a divorciarse y nunca la mujer. “Si uno se casa con una mujer y… descubre en ella “algo vergonzoso” le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa” (Dt. 24,1).  Por eso, en el lugar paralelo de Marcos 10,12 se dice: “y si ella repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio”.  Está hablando a paganos y Marcos descubre muy bien la intención de Jesús.

Tampoco Jesús está de acuerdo en la interpretación laxista de la escuela de Hillel, donde se podía despedir a la mujer por cualquier motivo: porque se le había quemado la comida, o simplemente se había cansado de ella y ya no le gustaba. (La otra escuela de Sammai era más rigurosa). Por tanto, Jesús quiere reconducir al matrimonio a su prístina pureza, como corresponde a los “hijos del reino”, trata de comprender a los de “corazón duro”, y aprovecha la ocasión para hablar en contra de un “machismo escandaloso” y de una ley injusta en relación con la mujer.

Señor, tengo dentro de mí dos sentimientos encontrados: Me encanta tu plan, tu proyecto original sobre el matrimonio. Le dotaste de los elementos necesarios para que las parejas fueran felices. Pero la historia es tozuda y cada día nos encontramos con escenas muy desagradables y que a tantas personas les hacen sufrir mucho.
Ayuda, Señor, a tantas parejas en situaciones conflictivas.


Recuerda el sí que dijiste al pie del altar cuando se te preguntó, antes de pronunciar tus santos compromisos, sobre tus intenciones y deseos. (Al H. Gerardo, 1º de junio de 1841)

En el amanecer te cantaré.
Mi corazón se alegra en Ti,
porque en medio del dolor
tu amor nunca falló.

Eres fiel en las tormentas,
fiel en la oscuridad.
Tus promesas son eternas
y siempre Tú miras.

Oh, Señor, nunca cambias.
Oh, Jesús,
mi roca eterna eres Tú.

Eres fiel, en todo tiempo eres fiel.
Tu amor no cambiar,
Tú no fallarás.

Cuando todo aparece acabar,
Tú me enseñas a esperar.
Porque, Tú Señor,
nunca me dejarás.

Mi alma te alaba, Señor.
Mi voz te exalta hoy,
porque has sido bueno
por siempre lo serás.


Maximiliano María Kolbe nació en Polonia en 1894. Desde muy joven sintió una profunda devoción a la Virgen María e ingresó en los franciscanos conventuales. Fue ordenado sacerdote en 1918.
Convencido de que los medios de comunicación podían ponerse al servicio del Evangelio, fundó la Milicia de la Inmaculada y desarrolló una intensa labor apostólica mediante revistas, publicaciones y una gran imprenta en el convento de Niepokalanów. También fue misionero durante algunos años en Japón.
Durante la ocupación nazi de Polonia ayudó a refugiados y perseguidos, entre ellos numerosos judíos. En 1941 fue detenido por la Gestapo y enviado al campo de concentración de Auschwitz. Allí realizó el gesto por el que es especialmente recordado. Después de la fuga de un prisionero, los nazis eligieron a diez hombres para morir de hambre como represalia. Uno de ellos, Franciszek Gajowniczek, lloró pensando en su esposa y sus hijos. Kolbe dio un paso adelante y se ofreció para morir en su lugar. Los guardias aceptaron. Encerrado en el búnker del hambre, acompañó a los demás condenados con la oración hasta que, después de aproximadamente dos semanas, todavía permanecía con vida. Finalmente, el 14 de agosto de 1941, fue asesinado mediante una inyección letal.
Fue canonizado en 1982 por san Juan Pablo II, quien lo presentó como «mártir de la caridad». Su vida muestra hasta dónde puede llegar el amor cristiano: dar la propia vida para que otro pueda vivir.