22 de mayo de 2026

Jue
21
May
Vie
22
May
Sáb
23
May
Dom
24
May
Lun
25
May
Mar
26
May
Mié
27
May

Evangelio del día

Santa Rita de Cascia – Santa Joaquina Vedruna

Después de comer Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? 
Él le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. 
Jesús le dijo: Apacienta mis corderos. 
Le volvió a decir por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
Él le respondió: Sí, Señor, sabes que te quiero.  Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. 
Le preguntó por tercera vez: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? 
Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero. 
Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.
Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. 
Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.
De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. 
Y después de hablar así, le dijo: Sígueme
.

Pedro había experimentado su fragilidad. Había prometido fidelidad y, sin embargo, había caído. Pero Jesús no lo humilla: lo vuelve a llamar desde la ternura. Le da una nueva oportunidad. Y Pedro responde humildemente: “Señor, tú sabes que te quiero”. Ya no confía tanto en sus propias fuerzas; ahora se apoya en el conocimiento que Jesús tiene de su corazón.

También nosotros, muchas veces, nos descubrimos pobres, cansados o incoherentes. Pero Jesús sigue acercándose y preguntándonos personalmente: “¿Me amas?” No nos pide perfección antes de llamarnos; nos pide un corazón dispuesto a amarlo y a volver a empezar.

Así como Pedro fue enviado a cuidar las ovejas después de profesar su amor, también nosotros, menesianos, somos enviados a cuidar vidas, acompañar procesos y hacer sentir a cada persona amada por Dios.

  • Como Pedro repite en tu oración y al comenzar tu trabajo durante la semana, “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”.
  • Apacienta mis ovejas”: Retoma con alegría nueva, ilusión y confianza la misión que el Señor te tiene confiada.
  • Descúbrete amado por tu Señor. Una mirada dulce y severa al mismo tiempo, una mirada que invita a la conversión, a una vida nueva, aún en medio de la cotidianidad de tu mar de Galilea. Allí lo verás.
  • Si hoy el Señor te dijera, me amas más que los que trabajan contigo, más que tus hermanos, más que tu propia vida… ¿Cuál sería tu respuesta? ¿Podrías decir que tu amor a Jesús es notorio en tu comunidad, entre los miembros de tu familia, tus compañeros, tus amigos…?

Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.
Sabes que muchas veces no te he sido fiel,
pero también conoces mi deseo de amarte.
Hazme amarte.
Sabes que en momentos
me cuesta descubrirte en lo ordinario,
pero también me has dado hermanos
en la fe para vivir y trabajar juntos.
Hazme amarlos.
Sabes que me cuesta abrir mi corazón
a los amplios horizontes de los hombres
y mujeres que ansías salvar,
pero también confías en mis pocas fuerzas
para echar las redes una y otra vez
confiado en tu Palabra.
Hazme arder en tu amor;
y una vez que esté abrasado
en tu Espíritu de Amor,
podré gritar al mundo tu presencia
y te descubriré cercano
en cada paso de mi vida.


Ves que tu misión tiene el más admirable de los éxitos; no vayas a atribuirte esto a tí mismo; debes decir a menudo, que Dios gusta servirse de los más miserables instrumentos, para que sea evidente a los ojos de todos, que sólo él es el autor del bien que se hace a sus pobres creaturas» (Al H. Hervé)

Del amor divino, ¿quién me apartará?
Escondido en Cristo, ¿quién tocará?
Si Dios justifica, ¿quién condenará?
Cristo por mí aboga, ¿quién me acusará?

A los que a Dios aman, todo ayuda a bien;
esto es mi consuelo, esto es mi sostén.

Todo lo que pasa en mi vida aquí
obra para bien, pues cuida Él de mí.
En mis pruebas duras, Dios me es siempre fiel.
¿Por qué, pues, las dudas? Yo descanso en Él.

Plagas hay y muerte en mi alrededor;
ordenó mi suerte el que es Dios de amor.
Ni una sola flecha me podrá dañar;
mientras no permita, no me alcanzará.


Santa Rita de Cascia nació en Italia, alrededor del año 1381. Desde pequeña deseaba consagrarse a Dios, pero obedeciendo a sus padres se casó con un hombre llamado Paolo Mancini, de carácter violento. Con paciencia, oración y ternura, Rita logró que su esposo cambiara de vida.
Tuvieron dos hijos. Después de algunos años, su esposo fue asesinado a causa de antiguas rivalidades familiares. Rita sufrió mucho, pero perdonó a los asesinos y rezó para que sus hijos no buscaran venganza. Poco tiempo después, sus hijos murieron de enfermedad, y ella quedó sola.
Entonces ingresó al monasterio agustino de Cascia, donde vivió muchos años dedicada a la oración, la penitencia y el servicio humilde. Se hizo conocida por su gran espíritu de paz y reconciliación. En los últimos años de su vida recibió una gracia extraordinaria: una herida en la frente, como una espina de la corona de Cristo, signo de su unión con el sufrimiento de Jesús.
Murió el 22 de mayo de 1457. Después de su muerte comenzaron numerosos milagros y devociones populares. Por eso es conocida como la “santa de los casos imposibles” y de las causas difícile
s.

Joaquina de Vedruna nació en Barcelona, España, en 1783. Desde muy pequeña sintió un gran amor por Dios y deseaba entrar en un convento, pero finalmente descubrió que su vocación estaba en formar una familia cristiana.
Se casó con Teodoro de Mas y tuvo nueve hijos. Joaquina vivió con sencillez, dedicándose a la educación de sus hijos y ayudando a los pobres y enfermos. Cuando quedó viuda, atravesó momentos muy difíciles, pero puso toda su confianza en Dios.
Movida por el deseo de servir más profundamente a los necesitados, fundó en 1826 la Congregación de las Carmelitas de la Caridad, conocidas hoy como las Hermanas Vedruna. Su misión principal era la educación de los niños y la atención a los enfermos, especialmente los más pobres.
Santa Joaquina enseñaba que el amor debía demostrarse con obras concretas de caridad, cercanía y alegría. Decía a sus hermanas que debían tener “un corazón grande” para servir a todos.
Pasó sus últimos años en Barcelona, entregada a la oración y al servicio, hasta su muerte en 1854. Fue canonizada por Papa Juan XXIII en 1959.