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Evangelio del día

San Pedro Nolasco

Jesús les decía: ¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero?
Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!
Y les decía: ¡Presten atención a lo que oyen! La medida con que midan se usará para ustedes, y les darán más todavía. Porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.

Jesús nos habla de la lámpara, una imagen sencilla y profundamente provocadora. La luz no existe para esconderse. Una lámpara tapada pierde su sentido, traiciona su propia naturaleza. Así también ocurre con la fe, con la verdad recibida, con los dones que Dios siembra en nosotros: no nos son dados para guardarlos con miedo, sino para iluminar la vida de los demás.

Ponemos la lámpara debajo de la cama o del cajón cuando callamos por temor, cuando preferimos la comodidad antes que el testimonio, cuando dejamos que la rutina apague el fuego interior. Jesús nos invita a un gesto valiente: colocar la luz en lo alto, vivir de tal manera que nuestra vida hable, que nuestras opciones revelen el Evangelio.

Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado”. Estas palabras no son una amenaza, sino una promesa. La verdad de Dios, tarde o temprano, sale a la luz. También nuestra verdad interior: lo que somos, lo que creemos, lo que amamos. Vivir en la luz es vivir con coherencia, sin doble vida, dejando que Dios ilumine incluso nuestras sombras para sanarlas.

Y Jesús concluye con una llamada urgente: “¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!”. No basta escuchar con los oídos; se trata de escuchar con el corazón, de dejarnos interpelar y transformar. La Palabra no pide admiradores, pide discípulos que se atrevan a ser luz en medio de la noche.

Ser lámpara en el candelero es aceptar la misión de iluminar sin deslumbrar, de arder sin consumirse, de reflejar no nuestra luz, sino la de Cristo. Ahí está el desafío y también la alegría del Evangelio.


Anhela que en todos los hombres se establezca el reino de Dios, al igual que en ti mismo; que se establezca en toda la tierra, entre los pueblos que no han recibido aún la fe, o que han tenido la desgracia de perderla, y que la luz de la salvación alumbre a los que están sentados en tinieblas y sombras de la muerte. (Guía de la primera edad)

Hay una luz que ilumina mis caminos,
que me acompaña en la oscuridad.
Aunque camine por desiertos y montañas
es esa luz la que siempre estará.

Él es Jesús, mi amigo incomparable
y de su mano aprendo a caminar.
Cuando me caigo, Él es quien me levanta.
Él va conmigo, me cubre con su paz.

Luz que ilumina.
Luz que da vida.
Luz que llena mi existir.
Luz que me alumbra.
Luz de mi vida.

Él es Jesús, mi amigo incomparable
y de su mano aprendo a caminar.
Cuando me caigo, Él es quien me levanta.
Él va conmigo, me cubre con su paz.


San Pedro Nolasco nació hacia el año 1180 en Barcelona, y desde joven mostró una profunda sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, especialmente el de los cristianos cautivos en tierras musulmanas, una realidad muy dura en la Europa medieval.
Conmovido por esta situación, dedicó su vida y su fortuna a rescatar cautivos, organizando ayudas y negociaciones para liberar a quienes habían sido apresados por su fe. En 1218, según la tradición, la Virgen María se le apareció y le pidió fundar una orden religiosa dedicada a esta misión. Con el apoyo del rey Jaime I de Aragón y del obispo san Raimundo de Peñafort, fundó la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced, conocida como los mercedarios.
El carisma de la nueva orden fue profundamente evangélico: la redención de los cautivos, incluso ofreciendo la propia vida si era necesario. Por eso los mercedarios añadieron a los votos tradicionales un cuarto voto, el de entregarse como rehenes para liberar a los cristianos en peligro de perder la fe.
Pedro Nolasco fue el primer superior general de la orden y la guió con humildad, espíritu de servicio y total confianza en Dios. Murió en el año 1256 y fue canonizado en 1628.