21 de febrero de 2026

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Evangelio del día

San Pedro Damián

Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: Sígueme.
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos.
Los fariseos y los escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: ¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?
Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: No son los sanos que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.

Jesús nos da su amor, incluso antes de que intentemos cambiar nosotros mismos. Es como si sintiera que necesitamos todo el aliento posible para dar lo mejor de nosotros mismos, de modo que sus esfuerzos a nuestro favor refuerzan nuestros propios esfuerzos para dar pasos en la dirección correcta, permitiéndonos ser los mejores modelos de nosotros mismos que podemos ser.

Todos nosotros tenemos dentro algunas zonas, algunas partes de nuestro corazón, que no están vivas, que están un poco muertas; y algunos tienen muchos sectores del corazón muertos, una auténtica necrosis espiritual. Y cuando nosotros estamos en esta situación y nos damos cuenta de ello, tenemos ganas de salir de allí, pero no podemos.
Sólo el poder de Jesús, el poder de Jesús es capaz de ayudarnos a salir de estas zonas muertas del corazón, estas tumbas de pecado, que todos nosotros tenemos. ¡Todos somos pecadores! Pero si estamos muy apegados a estos sepulcros y los custodiamos dentro de nosotros y no queremos que todo nuestro corazón resucite a la vida, nos convertimos en corruptos y nuestra alma comienza a dar “mal olor”, el olor de esa persona que está apegado al pecado. Y la Cuaresma es para esto. Para que todos nosotros, que somos pecadores, no acabemos apegados al pecado.
Aprendamos de la forma de mirar de Jesús, donde todos ven a un pecador, El ve un seguidor, un discípulo. Tiempo para dejarnos mirar por EL.


Ponte humildemente a sus pies, pídele que te quite tu espíritu, que te revista, que te penetre del suyo y que te enseñe a ser dulce y humilde de corazón para que encuentres el reposo de tu alma. (A la señora Jallobert)

Cuando todo parece acabar de verdad
y la vida no tiene un sentido real,
el cansancio te agobie y no puedas más,
ven, levántate y verás.

Cuando nadie te escuche lo que quieras decir
y la lucha se volverá más difícil al fin,
la esperanza no pierdas, porque hay algo más.
Sólo tienes que escuchar.

Cuando hay una luz viva en tu corazón
sólo deja que brille, es la luz de Jesús.
Una luz que ilumina lo que oscuro está.
¡Sólo déjala brillar!

Cristo viene hacia ti a encender esa luz,
a encender la justicia, la verdad, la bondad.
Deja que Cristo venga, brillará sobre ti
y al mundo irradiará.


San Pedro Damián (1007–1072) fue un monje benedictino, cardenal y uno de los grandes impulsores de la reforma de la Iglesia en el siglo XI. Hacia 1035 decidió dedicarse a la vida eremítica, en el monasterio de Fonte Avellana, donde llevó una vida austera de oración, penitencia y estudio. Con el tiempo fue elegido prior y promovió una reforma más estricta de la vida monástica, centrada en la disciplina, la pobreza y la contemplación.
Fue un firme defensor de la reforma gregoriana, luchando contra la corrupción del clero, especialmente contra la simonía (compra de cargos eclesiásticos) y defendiendo el celibato sacerdotal. Escribió numerosas cartas y tratados en defensa de la moral y la renovación espiritual de la Iglesia.
En 1057 el papa Esteban IX lo nombró cardenal-obispo de Ostia. Desempeñó misiones diplomáticas importantes para varios papas, trabajando por la unidad y disciplina de la Iglesia. Murió en 1072 en Faenza. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1828 por el papa León XII.