26 de marzo de 2026

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Evangelio del día

San Braulio

Jesús dijo a los judíos: Les aseguro que el que es fiel a mi palabra, no morirá jamás.
Los judíos le dijeron: Ahora sí estamos seguros de que estás endemoniado. Abraham murió, los profetas también, y tú dices: “El que es fiel a mi palabra, no morirá jamás”. ¿Acaso eres más grande que nuestro padre Abraham, el cual murió? Los profetas también murieron. ¿Quién pretendes ser tú?
Jesús respondió: Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. Es mi Padre el que me glorifica, el mismo al que ustedes llaman nuestro Dios, y al que, sin embargo, no conocen. Yo lo conozco y si dijera: No lo conozco, sería, como ustedes, un mentiroso. Pero yo lo conozco y soy fiel a su palabra.
Abraham, el padre de ustedes, se estremeció de gozo, esperando ver mi Día: lo vio y se llenó de alegría.
Los judíos le dijeron: no tienes cincuenta años ¿y has visto a Abraham?
Jesús respondió: Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy.
Entonces tomaron piedras para apedrearlo, pero Jesús se escondió y salió del Templo.

Cuando Jesús dice “Yo soy”, no está usando sólo una forma de hablar común. Está tocando el corazón mismo del misterio de Dios revelado en el Antiguo Testamento. En el libro del Éxodo, cuando Dios se manifiesta a Moisés en la zarza ardiente, revela su nombre como “Yo Soy el que Soy” (Yahveh). Ese nombre expresa que Dios es el Ser absoluto, el que existe por sí mismo, el eterno, el que está siempre presente.

Por eso, cuando Jesús utiliza esa misma expresión -“Antes que Abraham existiera, Yo Soy”- no sólo está afirmando que existía antes, sino que se está identificando con ese mismo Dios. No es extraño que muchos de los judíos, entendieran el alcance de sus palabras y quisieran apedrearlo.

Jesús no dice “yo fui” o “yo seré”, sino “Yo Soy”. Es decir, Él es presencia constante. No es un recuerdo del pasado ni una promesa lejana: es Dios con nosotros ahora. En cada momento de nuestra vida, en la alegría, en la duda, en el dolor, Él sigue siendo el “Yo Soy”. No seguimos sólo una enseñanza, sino a alguien vivo. No rezamos al vacío, sino a Dios presente. No caminamos solos, porque el “Yo Soy” camina con nosotros.

El “Yo Soy” nos invita a la confianza. El Dios que se revela así no es lejano ni indiferente: es el Dios que está, que permanece, que sostiene. En medio de nuestras incertidumbres, podemos apoyarnos en esta verdad: Dios es y está con nosotros.


Así pues, aunque Jesús haya subido hacia su Padre, no nos ha dejado huérfanos. Por un milagro continuamente renovado, permanece realmente con nosotros todos los días, lleno de gracia y de verdad, según su promesa. No menos dichosos que sus discípulos, todos los días y en cada instante del día, podemos acercarnos para adorarlo, como si lo viésemos con nuestros propios ojos, para conversar familiarmente con Él como con un amigo, como con un hermano, títulos tan hermosos que se ha dignado tomar. (Sobre el Santísimo Sacramento)

Tu Amor es camino de vida,
tu Amor disipa la niebla.
Es tu luz la que al despertar
se hace vida en mí
y me invita a caminar.

Tu Amor restaura mis ruinas
y se alegra en mi arrepentimiento.
Tu Amor es capaz de florecer
en la adversidad, es capaz de florecer.

Tu Amor es la eterna esperanza
del que sabe amar y reconoce tu alianza.
Tu Amor me espera en la distancia,
me acoge entre sus brazos
y me hace descansar.

Tu Amor le da sentido a la vida,
y la muerte en ti ya no tiene cabida.
Tu Amor me ha hecho renacer,
es tu luz la que me permite ver.
Tu Amor me ha lavado los pies
y mi piel rozó tu manto y descansé.


San Braulio de Zaragoza fue uno de los grandes obispos y escritores de la Iglesia en la España visigoda.
Nació hacia finales del siglo VI, probablemente en una familia cristiana influyente. Recibió una sólida formación intelectual y espiritual, lo que lo llevó a destacarse por su sabiduría y prudencia. Fue discípulo y gran amigo de San Isidoro de Sevilla, con quien mantuvo una importante correspondencia.
Llegó a ser obispo de Zaragoza alrededor del año 631, sucediendo a su hermano. Como pastor, se distinguió por su celo apostólico, su defensa de la fe y su preocupación por la formación del clero y del pueblo cristiano. Participó activamente en varios concilios de la Iglesia visigoda, contribuyendo a la organización y unidad eclesial.
Uno de sus aportes más importantes fue la revisión y difusión de la obra Etimologías de San Isidoro, ayudando a preservar y transmitir el saber de la antigüedad.
Murió alrededor del año 651. Es venerado como santo por su vida ejemplar, su sabiduría y su servicio a la Iglesia.