María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.Ellos le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras?María respondió: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.Jesús le preguntó: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.Jesús le dijo: ¡María!Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: ¡Raboní!, es decir ‘¡Maestro!’Jesús le dijo: No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes.María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.
Los evangelios han recogido el recuerdo de unas mujeres admirables, entre ellas María Magdalena que, al amanecer del sábado, se han acercado al sepulcro donde ha sido enterrado Jesús. No lo pueden olvidar. Le siguen amando más que a nadie. Mientras tanto, los varones han huido y permanecen tal vez escondidos.Las preguntas del evangelio de Juan: “Mujer, ¿por qué lloras?” “¿A quién buscas?” Es un error buscarlo en el mundo de los muertos. “No está aquí”. Jesús no es un difunto más. No es el momento de llorarlo y rendirle homenajes. “Ha resucitado”. Está vivo para siempre. Nunca podrá ser encontrado en el mundo de los muertos.No lo hemos de olvidar. Si queremos encontrar a Cristo resucitado, lleno de vida y fuerza creadora, no hemos de buscarlo en una religión muerta. Jesús está vivo y nos sale al encuentro, para hablarnos en forma personal y nos invita a dar testimonio de nuestro encuentro con Él, el Dios de la vida y en el mundo de la vida.
Menos se busca uno a sí mismo, más encuentra uno en Dios todo lo que ha aceptado perder. Dios les endulzará estos sinsabores inevitables, propios de todos los estados de la vida y los sostendrá él mismo cuando les quite los otros apoyos. (S 2255)
Somos un nuevo pueblo,Soñando un mundo distinto,Los que en el amor creemos,Los que en el amor vivimos.Llevamos este tesoro,En vasijas de barro,Es un mensaje del cielo,Y nadie podrá callarnos.Y proclamamos, un nuevo día,Porque la muerte, ha sido vencida.Y anunciamos esta buena noticia,Hemos sido salvados,Por el Dios de la vida.En el medio de la noche,Encendemos una luz,En el nombre de Jesús.En el medio de la noche,Encendemos una luz,En el nombre de Jesús.Sembradores del desierto,Buenas nuevas anunciamos,Extranjeros en un mundo,Que no entiende nuestro canto.Y aunque a veces nos cansamos,Nunca nos desalentamos,Porque somos peregrinos,Y es el amor nuestro camino.Y renunciamos, a la mentira,Vamos trabajando por la justicia.Y rechazamos, toda idolatría,Pues sólo creemos en el Dios de la vida.Que nuestra canción se escuche,Más allá de las fronteras,Y resuene en todo el mundo,Y será una nueva tierra.Es un canto de victoria,A pesar de las heridas,Alzaremos nuestras voces,Por el triunfo de la Vida.Y cantaremos, con alegría,Corazones abiertos, nuestras manos unidas.Celebraremos, un nuevo día,Hemos sido salvados,Por el Dios de la vida.