Jesús dijo a sus discípulos: No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos.Cada árbol se reconoce por su fruto.No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.¿Por qué ustedes me llaman: ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que les digo?Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.
Cuando Jesús dice que se conoce el árbol por los frutos que produce, lo que plantea en realidad es una forma de entender la fe que se parece mucho al “pragmatismo”. Es decir, la corriente de pensamiento (nacida en Norteamérica) que entiende la fe como “aquello en virtud de lo cual un hombre está dispuesto a obrar” (Carlos Sini). Una persona tiene fe y tiene creencias en la medida que tiene unos hábitos de conducta que son coherentes con aquello en lo que dice que cree. Si una persona dice que cree en Jesús, pero sus hábitos no tienen nada que ver con los valores que más defendió Jesús, es evidente que esa persona no cree en Jesús, sino en aquellas cosas que más le interesa en la vida, ya sea el dinero, el poder, su honor y dignidad, lo que sea.Es evidente que, plantear la fe de esta manera, Jesús nos pone en un aprieto o quizá en una situación enormemente incómoda. Porque aquí no caben engaños. Ni vale escaparse por la tangente amparándose en teorías que nos viene bien para justificar nuestra forma de pensar o de vivir. Para medir la autenticidad de la fe, Jesús no apela ni a las doctrinas, ni a los dogmas, ni a las prácticas religiosas o piadosas devociones. Todo eso es, sin duda, importante. Pero no es lo determinante. Lo único que de verdad da la medida real de nuestra fe en Jesús es si nuestra escala de valores y nuestros hábitos de vida se parecen a los suyos.De acuerdo con este criterio, para ver en qué y en quién creemos basta aplicar las cuatro bienaventuranzas y las cuatro malaventuranzas de Jesús, según el evangelio de Lucas (6,20-26) a nuestra forma de pensar y nuestras costumbres. ¿Dónde están nuestras preferencias concretas y prácticas? ¿En los pobres o en los ricos? ¿En los que lloran o en los que ríen? ¿En los que triunfan o en los que fracasan? ¿Dónde estamos construyendo nuestra casa? ¿Sobre roca firme o sobre arena movediza?
Han sido llamados a algo grande; tengan sin cesar ante sus ojos esta alta vocación, para trabajar en hacerse dignos de ella. (S. VII, 2297)
Hoy acepto seguirte,dejar viejas certezas atrás,arriesgar mis verdades,abrazar la inquietud, ir más allá.Tus brazos extendidosmarcan el horizonte al final;encuentro tu mirada,escapo del temorque me ancla en mi barca.Pero dudo y esperoque el viento sople menos,que el sol alumbre más.Surge valentía,disipa las dudas de este corazón,que teme al cruzarlas fronteras que limitan lo conocido,allá, mar adentro, sobre el agua caminar.En tus huellas mis pasos,en tus manos la fuerza del mar.Como tú quiero amar las miserias del mundo,como tú, a mi debilidad.Pero dudo y esperoque el viento sople menos,que el sol alumbre más.Surge valentía, disipa las dudasde este corazón que teme al cruzarlas fronteras que limitan lo conocido,allá, mar adentro, sobre el agua caminar.Surge valentíay despunta en mí tu modo,tus huellas, tus llagas,tu forma de amar,y cuando ya cansado, peligre tropezar.Surge valentía …