15 de junio de 2026

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Evangelio del día

Santa María Micaela del Santísimo Sacramento

Jesús les dijo: Ustedes han oído que se dijo: «Ojo por ojo y diente por diente». Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra.
Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.
Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Los cristianos no sabemos a veces captar algo que M. Gandhi descubrió con gozo al leer el Evangelio: la profunda convicción de Jesús de que sólo la no-violencia puede salvar a la humanidad. Después de su encuentro con el Evangelio, Gandhi escribía estas palabras: “Leyendo toda la historia de esta vida.., me parece que el cristianismo está todavía por realizarse… Mientras no hayamos arrancado de raíz la violencia de la civilización, Cristo no ha nacido todavía”.

La vida de Jesús es una llamada a resolver los problemas de la humanidad por caminos no violentos. La violencia tiende siempre a destruir. Pretende solucionar los problemas de la convivencia arrasando al que considera enemigo, pero no hace sino poner en marcha una reacción en cadena que no tiene fin.

Jesús nos llama a «hacer violencia a la violencia». El verdadero enemigo de la persona hacia la que tenemos que dirigir nuestra agresividad no es el otro, sino nuestro propio «yo» egoísta, capaz de destruir a quien se nos oponga.

Es una equivocación creer que el mal se puede detener con el mal y la injusticia con la injusticia. El respeto total a cada hombre y a cada mujer, tal como lo entiende Jesús, está pidiendo un esfuerzo constante por suprimir la mutua violencia y promover el diálogo y la búsqueda común de una convivencia siempre más justa y fraterna.

Hoy es un día para construir la paz: Caminar con el que no me cae bien, no devolver mal por mal, elegir hacer el bien sin mirar a quién, perdonar de corazón, repartir alegría en nuestro rostro y en nuestras palabras, generar ambiente de respeto, de cooperación, de compartir, de caminar juntos…


Trabajaremos de acuerdo y con todas nuestras fuerzas, hasta la muerte, por la gloria de Aquél que habita en lo alto de los cielos, y por conseguir la paz, la paz de la verdad, la paz de la conciencia, la paz en nuestro colegio, la paz en nuestra sala de clase, la paz en nuestra familia, la paz en nuestra nación… y la alegría de la salvación, para todos los hombres de buena voluntad. (A la Congregación de Saint-Méen)

Hazme un instrumento de tu paz.
Es perdonando que nos das perdón.
Es dando a todos que tú nos das;
Muriendo es que volvemos a nacer.

Hazme un instrumento de tu paz:
Donde haya odio lleve yo tu amor.
Donde haya injuria, tu perdón, Señor.
Donde haya duda, fe en ti.

Hazme un instrumento de tu paz,
que lleve tu esperanza por doquier;
donde haya oscuridad lleve tu luz;
donde haya pena, tu gozo, Señor.

Maestro, ayúdame a nunca buscar
querer ser consolado como consolar;
ser comprendido como comprender;
ser amado como yo amar.

Hazme un instrumento de tu paz…


Santa María Micaela del Santísimo Sacramento nació en Madrid, España, en una familia noble. Desde joven disfrutó de una posición privilegiada, pero diversas desgracias familiares y una profunda vida de fe la llevaron a buscar con mayor intensidad la voluntad de Dios.
Al conocer la dura realidad de muchas mujeres atrapadas en la prostitución y la marginación social, decidió dedicarles su vida. En 1845 abrió en Madrid una casa para acogerlas, educarlas y ayudarlas a reconstruir su dignidad mediante la formación humana y laboral.
Para dar estabilidad a esta obra, fundó en 1856 la Congregación de las Adoratrices Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad, cuya espiritualidad unía la adoración eucarística con el servicio a las mujeres más vulnerables. La congregación se extendió rápidamente por diversas ciudades de España.
En 1865, mientras una epidemia de cólera azotaba Valencia, acudió personalmente a asistir a sus religiosas y a los enfermos. Allí contrajo la enfermedad y murió el 24 de agosto de ese mismo año, consumiendo su vida en el servicio a los demás. Fue beatificada en 1925 y canonizada en 1934 por el papa Pío XI.