30 de junio de 2026

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Evangelio del día

Protomártires de la iglesia romana

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron.
De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca.
Mientras tanto, Jesús dormía.
Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: ¡Sálvanos, Señor, que nos hundimos!
Él les respondió: ¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?
Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.
Los hombres se decían entonces, llenos de admiración:
¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Al igual que a los discípulos, muchas veces nos sucederá que vivimos en medio de tormentas. Y las tempestades de nuestra vida, nuestras miserias y caídas, nuestras derrotas y fracasos, la enfermedad y el sufrimiento, sacan a la luz nuestra vulnerabilidad. Y a la vez dejan al descubierto dónde hemos puesto nuestras seguridades.

El problema de los discípulos es que se habían dejado atemorizar por esa tempestad, tenían miedo. Pensaban que Cristo, a pesar de que estaba con ellos, en realidad se había desinteresado, los había abandonado. ¡Nos estamos hundiendo!, le dicen.
Y él les responde: ¿Por qué tanto miedo? ¡qué poca fe tienen ustedes!
Ante las tormentas de la vida, el cristiano puede tener una actitud que espera la intervención continua, constante, casi invasiva de Dios. O bien, tener una actitud de fe.

El Señor nos pide una maduración interior, pasar del niño que se queja y se enfada porque parece que su padre no le hace caso, al niño que confía, que se abandona en los brazos de su padre.
En la vida de un cristiano sucede lo mismo que al niño que aprende a caminar. Un paso, otro, se cae, se levanta. Siempre bajo la atenta mirada de su padre, que lo anima, lo levanta, pero no lo lleva en brazos a todas partes para que no sufra.

En nuestras tempestades, tenemos que acudir al Señor, porque siempre está a nuestro lado, pero no tanto para que nos quite esa tempestad, sino para que nos ayude a crecer, a madurar.
Quizá en otra tempestad, seamos la mano amiga que ayude a caminar a otros, la barca donde pueden encontrarse con ese Dios que nunca se olvida de nosotros.


Dios está siempre cerca de los que trabajan por su gloria: Lucha con nosotros cuando luchamos por él; si la intención es recta, no tenemos nada que temer. (Memorial 19)

Yo he pasado por el fuego
y tú estuviste allí.
aunque el mundo me falló
Tú nunca te fuiste de mí.

Tu amor no se cansa,
tu gracia me alcanzó;
aun cuando dudé,
me perdonaste, Señor.

¡Oh, Jesús! Mi roca y salvación.
¡Oh, Señor! Mi eterna canción.

Nunca me dejarás,
siempre me amarás.
Tu mano me sostiene
en cada temporal.

Cuando el alma se quebró
Tú viniste a restaurar.
Y hoy puedo cantar
de tu fidelidad.

Tú eres mi escudo, mi fiel protector.
En ti confío
mi amado Señor.


Los Protomártires de la Iglesia de Roma son los primeros cristianos de la comunidad romana que derramaron su sangre por Cristo durante la persecución desencadenada por el emperador Nerón en el año 64 d. C. La Iglesia los recuerda después de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, porque representan el fruto inmediato del testimonio apostólico en la capital del Imperio.
En julio del año 64 un gran incendio devastó buena parte de la ciudad de Roma. Las sospechas populares recayeron sobre Nerón, quien, para desviar las acusaciones, culpó a los cristianos, una comunidad todavía pequeña y mal comprendida. El historiador romano Tácito relata que comenzó entonces una persecución particularmente cruel. No fueron condenados por haber provocado el incendio, sino por el odio que despertaba su fe y por negarse a adorar a los dioses del Imperio.
La mayoría de estos mártires permanecen en el anonimato. No conocemos sus nombres, pero sí sabemos que pertenecían a la primera comunidad cristiana fundada por la predicación de Pedro y Pablo. Entre ellos había hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, esclavos y ciudadanos libres. Precisamente porque sus nombres se han perdido, la Iglesia los honra como un solo grupo, símbolo de todos aquellos creyentes cuya fidelidad solo Dios conoce plenamente.
Lejos de desaperecer la fe en Roma, se cumplió lo que dijo Teretuliano: «La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.» En efecto, la comunidad cristiana de Roma creció con mayor fuerza gracias al ejemplo de quienes entregaron su vida.