25 de junio de 2026

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Evangelio del día

San Guillermo de Vercelli

Les dijo Jesús: No son los que me dicen: «Señor, Señor», los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.
Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?’
Entonces yo les manifestaré: ‘Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal’.
Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.
Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.

Jesús termina el Sermón de la Montaña con una imagen sencilla y poderosa: dos hombres construyen una casa. Uno la edifica sobre roca; el otro, sobre arena. A simple vista ambas casas pueden parecer iguales. La diferencia no se nota cuando el cielo está despejado, sino cuando llegan la lluvia, los vientos y las inundaciones.

La roca representa una vida fundada en Dios. No basta con escuchar la Palabra; hay que ponerla en práctica. La fe no se demuestra en los momentos fáciles, sino cuando llegan las pruebas: una enfermedad, una decepción, una crisis familiar, una pérdida o una noche espiritual. Quien ha construido sobre la roca puede sufrir, llorar y hasta sentirse débil, pero no se derrumba porque su fundamento está firme.

La arena representa todo aquello que parece sólido pero no lo es: el orgullo, el éxito, la comodidad, la opinión de los demás o una fe superficial. Mientras todo va bien, la casa permanece en pie. Pero cuando llegan las tormentas, aparece la fragilidad de aquello sobre lo que estaba apoyada.

Lo más llamativo es que las tormentas llegan a ambas casas. Jesús no promete una vida sin dificultades. La diferencia está en el fundamento. El discípulo no es el que evita las pruebas, sino el que permanece firme en medio de ellas.

La pregunta que nos deja el Evangelio es sencilla y exigente: ¿sobre qué estoy construyendo mi vida? Porque tarde o temprano llegarán los vientos. Y entonces no importará tanto la belleza de la casa como la profundidad de sus cimientos. Allí se verá si hemos edificado sobre la arena de nuestras seguridades o sobre la roca firme que es Cristo.


Si construimos sobre la roca que es Jesús, recuerden que nadie es más fuerte que Él. Dice San Juan Damasceno, que es una roca que las olas no pueden destruir. Es como una montaña que nadie puede mover. Todo cambia, todo cae alrededor de ella; las ciudades, los imperios mueren. Aquí abajo, nada es estable. Solo apoyados sobre la roca que es Cristo nos mantenemos con una fuerza invencible, en medio de la agitación de las cosas humanas. Nada ni nadie nos hará caer.  (Juan María a los niños, en la fiesta de San Pedro)

Yo he pasado por el fuego
y tú estuviste allí.
aunque el mundo me falló
Tú nunca te fuiste de mí.

Tu amor no se cansa,
tu gracia me alcanzó;
aun cuando dudé,
me perdonaste, Señor.

¡Oh, Jesús! Mi roca y salvación.
¡Oh, Señor! Mi eterna canción.

Nunca me dejarás,
siempre me amarás.
Tu mano me sostiene
en cada temporal.

Cuando el alma se quebró
tú viniste a restaurar.
Y hoy puedo cantar
de tu fidelidad.

Tú eres mi escudo, mi fiel protector.
En ti confío
mi amado Señor.


San Guillermo de Vercelli, también conocido como San Guillermo de Montevergine, fue un monje, ermitaño y fundador italiano del siglo XII. Nació en la ciudad de Vercelli hacia el año 1085, en una familia noble. Huérfano desde muy pequeño, creció con un profundo deseo de buscar a Dios mediante la oración, la penitencia y la peregrinación.
Siendo muy joven emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela. Vivía con gran austeridad, practicando ayunos y penitencias. Más tarde quiso viajar a Tierra Santa, pero diversas circunstancias —entre ellas un asalto sufrido en el camino— le hicieron comprender que Dios lo llamaba a otra misión.
Buscando la soledad, se retiró a las montañas del Partenio, en el sur de Italia. Allí llevó una intensa vida de oración. Sin embargo, su fama de santidad atrajo a numerosos discípulos que deseaban seguir su ejemplo. Así nació una comunidad monástica y, hacia 1124, se construyó una iglesia dedicada a la Virgen María. El lugar pasó a llamarse Montevergine («Monte de la Virgen»).
Murió el 25 de junio de 1142 en el monasterio de Golet, fundado por él mismo.