24 de octubre de 2026

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Evangelio del día

San Antonio María Claret – San Rafael Guizar y Valencia

En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.
El respondió: ¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
Les dijo también esta parábola: Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y nos encontró. Dijo entonces al viñador: Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y nos encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?
Pero él respondió: Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.

Se sabe que Galilea fue, en tiempos de Jesús, patria de numerosos grupos disidentes anti-imperialistas. En Hch 5,37 se menciona a Judas el Galileo. Y en el relato de hoy nos encontramos con un grupo de galileos que fueron asesinados por el procurador romano Poncio Pilatos. Además, el hecho se produjo con la especial crueldad de que el asesinato fue cometido por los legionarios romanos en el templo, en un acto religioso. El crimen, por tanto, fue una provocación muy grave para los sentimientos nacionalistas y religiosos de cualquier israelita.

Era, pues, una situación que exigía una protesta enérgica y una denuncia pública contra los abusos criminales con los que la dominación romana humillaba a los israelitas. Sin embargo, la respuesta de Jesús fue desconcertante. No dijo ni media palabra contra Pilatos o contra los romanos. Por el contrario, les advirtió a sus oyentes que, si no se convierten y cambia de vida, todos iban a terminar también asesinados. ¿No fue esto una cobardía que traiciona los sentimientos más nobles y los derechos más evidentes de un pueblo sometido a un tirano?

Jesús no fue ni cobarde ni cómplice ante los romanos. Prueba de ello es que lo crucificaron por motivos políticos, como quedó escrito en el letrero que pusieron en la cruz (Mt 27,37). Jesús no fue cobarde. Jesús fue al fondo del problema. Jesús estaba convencido que los conflictos políticos no se resuelven cambiando sólo a los gobernantes, aunque sea tiranos. Los conflictos políticos se resuelven cuando cambian en su intimidad y se convierten en su corazón todos los agentes que forman parte del conflicto.
Los conflictos políticos dejan heridas que dividen y generan odios y resentimientos. Mientras tales heridas no cicatrizan, el conflicto sigue en carne viva. La solución es curar las heridas, no solo cambiar a los gobernantes. Estamos cansados de ver países en conflicto, que cambian de régimen, pero la miseria y el conflicto siguen igual, y siempre se llevan la peor parte los mismos, los más pobres. Lo único que de verdad puede cambiar este mundo es “la bondad”, asimilada e integrada en la vida de quienes vamos por la vida diciendo que somos creyentes de Jesús.

Por muy injusto y odioso que sea, seré menos sensible de lo que lo he sido ante ciertas cosas que no me esperaba de parte de aquellos que consideraba, desde hace tantos años, como los amigos más entregados y seguros. Sólo puedo contar con Dios sólo. Lo he creído siempre, pero nunca lo he sabido tan bien como hoy” (Carta a Lebrec, octubre 1834)

Desaprender la guerra,
realimentar la risa,
deshilachar los miedos,
curarse las heridas.
Difuminar fronteras,
rehuir de la codicia,
anteponer lo ajeno,
negarse a las consignas.

Desconvocar el odio,
desestimar la ira,
rehusar usar la fuerza,
rodearse de caricias.
Reabrir todas las puertas,
sitiar cada mentira,
pactar sin condiciones,
rendirse a la Justicia.

Rehabilitar los sueños,
penalizar las prisas,
indemnizar al alma,
sumarse a la alegría.
Humanizar los credos,
purificar la brisa,
adecentar la Tierra,
reinaugurar la Vida.

Desaprender la guerra,
curarse las heridas.
Desaprender la guerra,
negarse a las consignas.
Desaprender la guerra,
rodearse de caricias.
Desaprender la guerra,
rendirse a la Justicia.
Desaprender la guerra,
sumarse a la alegría.
Desaprender la guerra,
reinaugurar la Vida.


San Antonio María Claret (1807–1870) fue un sacerdote, misionero y obispo español, fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como claretianos.
Nació en 1807 en Sallent, Cataluña, en una familia dedicada al trabajo textil. De joven trabajó como tejedor, pero sintió el llamado al sacerdocio y fue ordenado en 1835. Recorrió Cataluña y las Islas Canarias predicando misiones populares. Con un lenguaje sencillo, invitaba a la conversión, la oración y la vida cristiana. También escribió y difundió numerosos libros y folletos religiosos.
En 1849 fundó la congregación claretiana. Ese mismo año fue nombrado arzobispo de Santiago de Cuba, donde desarrolló una intensa labor pastoral y social: visitó su extensa diócesis, promovió la educación y defendió la dignidad de las personas frente a los abusos y la esclavitud. Su actuación provocó oposición, y en 1856 sufrió un atentado que le dejó heridas en el rostro y un brazo.
En 1857 regresó a España para ser confesor de la reina Isabel II. Continuó predicando y promoviendo obras educativas y religiosas. Tras la revolución de 1868, tuvo que exiliarse en Francia. Participó en el Concilio Vaticano I y murió el 24 de octubre de 1870, en la abadía de Fontfroide, Francia. Fue canonizado por Pío XII en 1950.

San Rafael Guízar y Valencia (1878–1938) fue un obispo mexicano que se destacó por su entrega a los pobres, su espíritu misionero y su valentía durante la persecución religiosa.
Nació en 1878 en Cotija, Michoacán, en una familia profundamente cristiana. Fue ordenado sacerdote en 1901. Se dedicó a predicar misiones populares y a atender a los enfermos y necesitados. Durante la Revolución mexicana, arriesgó su vida para asistir espiritual y materialmente a los heridos y moribundos.
La persecución religiosa lo obligó a salir del país. Continuó su actividad misionera en Guatemala y Cuba. En 1919 fue nombrado obispo de Veracruz y llegó a su diócesis al año siguiente. Recorrió pueblos y comunidades, muchas veces en condiciones difíciles, para acercar el Evangelio y ayudar a quienes sufrían.
Una de sus grandes preocupaciones fue la formación de los sacerdotes. Cuando el gobierno cerró su seminario, logró mantener la formación de los seminaristas de manera clandestina en la Ciudad de México. También tuvo que afrontar nuevos destierros, sin abandonar el cuidado de su diócesis.
Vivió con austeridad y compartió sus bienes con los pobres. Murió el 6 de junio de 1938 en la Ciudad de México. Fue canonizado por Benedicto XVI el 15 de octubre de 2006.