24 de marzo de 2026

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Evangelio del día

San Óscar Romero

Jesús les dijo a los fariseos: Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir.
Los judíos se preguntaban: ¿Pensará matarse para decir, adonde yo voy, ustedes no pueden ir?
Jesús continuó: Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso les he dicho: Ustedes morirán en sus pecados. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados.
Los judíos le preguntaron: ¿Quién eres tú?
Jesús les respondió: Esto es precisamente lo que les estoy diciendo desde el comienzo. De ustedes, tengo mucho que decir, mucho que juzgar. Pero aquel que me envió es veraz, y lo que aprendí de él es lo que digo al mundo.
Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre.
Después les dijo: Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy y que no hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada.
Mientras hablaba así, muchos creyeron en él.

En este evangelio se narra una conversación entre Jesús y los fariseos. El Maestro les dice que Él pronto retornará al Padre, pero ellos piensan que Jesús les está queriendo decir que Él se va a suicidar. Ellos no lo entienden porque están escudriñando las cosas de Dios con criterios humanos. Y por eso no logran ver la grandeza de Jesús que se revela con el mismo nombre de Dios: Yo soy.

Estando cerca de su hora final en el mundo terrenal, crece en Jesús la conciencia de su destino junto al Padre, que lo distancia definitivamente de sus detractores. “Ustedes son de abajo, yo soy de arriba. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo”.

 Jesús tiene plena conciencia de que su misión consiste en hacer la voluntad de Dios Padre, pero sus oyentes no lo comprenden porque choca con sus intereses mezquinos tanto personales como el de los distintos ámbitos en los que se desenvuelven. 

En este momento tan crucial que vive la humanidad, Jesús renueva su promesa: “ánimo, no tengan miedo”. La cruz de Jesús, nos recuerda que la muerte ha sido vencida, y que las fuerzas del mal no tendrán la última palabra, por lo que estamos invitados a creer en Jesús muerto y resucitado, para entrar en la comunión de vida con el Padre.


Jesucristo nos ha sido dado por Rey, por Maestro y por Modelo. Es nuestra Cabeza, somos sus miembros: debemos por consiguiente entrar en sus designios, trabajar en sus obras, continuar su vida; en una palabra, nuestra unión con Él ha de ser perfecta, como El mismo es uno con el Padre.” (S VIII 2437. Apertura del retiro de 1827)   

Yo soy la Luz del Mundo,
 no hay tinieblas junto a Mí.
 Tendrán la luz de la vida
 por la palabra que les di.

 Yo soy el Camino firme,
 Yo soy la Vida y la Verdad.
 Por mí llegarán al Padre
 y el Santo Espíritu tendrán.

 Yo soy el Pan de Vida
 y con ustedes me quedé.
 Me entrego como alimento,
 Soy el misterio de la fe.

 Yo soy el Buen Pastor
 y por amor mi vida doy.
 Yo quiero un solo rebaño,
 Soy para todos Salvador.

 Yo soy la Vid Verdadera,
 mi Padre Dios, el viñador.
 Produzcan fruto abundante
 permaneciendo en mi amor.

 Yo soy Señor y Maestro
 y un mandamiento nuevo os doy:
 Que se amen unos a otros
 como los he amado yo.


Óscar Arnulfo Romero (1917–1980) fue un arzobispo de El Salvador y una de las figuras más significativas de la Iglesia en América Latina del siglo XX.
Nació en Ciudad Barrios (El Salvador) y fue ordenado sacerdote en 1942. Durante muchos años tuvo una fama de hombre prudente y más bien conservador. En 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador, en un contexto de gran tensión social, pobreza y violencia política.
Un hecho clave marcó su vida: el asesinato de su amigo, el jesuita Rutilio Grande. A partir de entonces, Romero asumió con más fuerza la defensa de los pobres y denunció públicamente las injusticias, la represión y las violaciones de derechos humanos.
Desde sus homilías —que eran escuchadas por todo el país— se convirtió en la voz de quienes no tenían voz. Insistía en que la fe cristiana exige comprometerse con la justicia, la dignidad humana y la paz.
El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la misa, fue asesinado. Su muerte lo convirtió en un símbolo del compromiso cristiano con los más necesitados. Años después, fue reconocido como mártir y canonizado en 2018 por el Papa Francisco.