8 de mayo de 2026

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Evangelio del día

Nuestra Señora de Luján


Hoy reza por las vocaciones
Alfonso Martínez de Huatusco
Ser Hermano es dar la vida sin esperar nada a cambio.

Este es mi mandamiento: Amense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.
Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

El distintivo del cristiano es el amor. No es el cumplimiento de normas morales, la realización de ceremonias y ritos, el orden establecido lo principal. Si no hay amor, no hay cristianismo. Jesús hizo todo por amor y sus seguidores deben ser expertos en ‘servir y amar’.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo».
Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre».
Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

El papa Francisco decía que, en ese momento extremo de dolor, Jesús no piensa en sí mismo, sino que sigue amando y creando comunión. Desde la cruz nace una nueva familia espiritual: María se convierte en madre de todos los discípulos. No somos huérfanos; Cristo nos deja a su Madre para acompañarnos en el camino de la fe.

María no huye, no grita, no se rebela desesperadamente. Permanece fiel en la oscuridad. María es la mujer de la esperanza y de la perseverancia silenciosa. Enseña a permanecer cerca del sufrimiento humano sin escapar, sosteniendo con amor aun cuando no entendemos todo.

El discípulo amado, por su parte, representa a cada creyente. Cuando Jesús le dice: “Aquí tienes a tu madre”, le habla a cada cristiano, lo invita a recibir a María en su casa, es decir, en su vida concreta, en su corazón, en su oración y en su caminar cotidiano. No como una devoción superficial, sino como una presencia maternal que conduce siempre a Jesús.

En Luján, María quiso quedarse junto a su pueblo. No eligió los grandes centros del poder, sino un rincón sencillo, un camino polvoriento al lado de un río. Allí quiso tener una casa donde acoger a sus hijos. Y allí está hasta el día de hoy recibiéndolos con los brazos abiertos.


Es necesario que tu corazón llegue a ser semejante al corazón de María, que esté animado por el mismo espíritu de caridad, de humildad, de celo, de dulzura, de pureza de desprendimiento de las cosas sensibles, de modo que las perfecciones de esta divina Madre resplandezcan, en cierto modo, en todas las palabras como en todas las obras de su hija. Eso es lo que Dios pide de ti. Y como no pide nada que no podamos hacer ¿de qué gracias no va a enriquecernos para hacernos capaces de corresponder a miras tan altas? Permanece pues atenta para aprovechar de los socorros tan preciosos que va a concederte, o mejor, que te prodiga, para acercarte cada vez más al modelo que te ha dado, es decir, de María, quien fue llena de gracia y bendita entre todas las mujeres. (A Chenu. R.446)

Como una tarde tranquila,
como un suave atardecer
era tu vida sencilla
en el pobre Nazaret.
Y en medio de aquel silencio
Dios te hablaba al corazón.

Virgen María, Madre del Señor,
danos tu silencio y paz
para escuchar su voz.

Enséñanos, Madre buena,
cómo se debe escuchar
al Señor cuando nos habla
en una noche estrellada,
en la tierra que dormida
hoy descansa en tu bondad.

Y, sobre todo, María,
cuando nos habla en los hombres,
en el hermano que sufre,
en la sonrisa del niño,
en la mano del amigo
y en la paz de una oración.

Virgen María, Madre del Señor,
danos tu silencio y paz
para escuchar su voz,
Para escuchar al Señor.


La historia de la Virgen de Luján se remonta a 1630, cuando una pequeña imagen de la Virgen María, enviada desde Brasil hacia Santiago del Estero, quedó misteriosamente detenida en la zona del río Luján (actual provincia de Buenos Aires). Según la tradición, los bueyes que tiraban la carreta no pudieron avanzar hasta que se bajó la caja que contenía la imagen. Esto se interpretó como un signo de que la Virgen quería quedarse allí.
La imagen fue cuidada durante años por un esclavo llamado Manuel, considerado el primer devoto. Con el tiempo, comenzaron a llegar peregrinos, y el lugar se transformó en un centro de fe creciente.
En el siglo XVIII se construyó una capilla, y más adelante la actual Basílica de Nuestra Señora de Luján, inaugurada a comienzos del siglo XX, donde hoy se venera la imagen.
La virgen de Luján es la Patrona de la Argentina, proclamada oficialmente en 1930.