23 de octubre de 2026

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Evangelio del día

San Juan de Capistrano

Jesús dijo también a la multitud: Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.
¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo es que no saben discernir el tiempo presente?
¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?
Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel.
Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

Nos sorprenden estas palabras del Evangelio: «¿Cómo es que no saben discernir el tiempo presente?» El evangelio se adelanta a lo que el Concilio Vaticano II dirá sobre los signos de los tiempos: “Es propio del Pueblo de Dios … discernir e interpretar con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra de Dios”. (G.S.44).
El Concilio nos invita a situarnos en la época concreta en la que nos toca vivir, sin añoranzas paralizantes del pasado y detectar todo lo que hay de bueno y positivo en esta época, a la luz de la Palabra de Dios.
El no hacer este discernimiento nos traería graves consecuencias.

San Bernardo escribe una carta al Papa Eugenio III, el cual había sido discípulo suyo, y le da este consejo: “Has de considerar atentamente lo que esta época espera de ti”.
El Papa Juan XXIII, al contemplar el cambio radical que se estaba dando en el mundo contemporáneo, tuvo la feliz idea de convocar un Concilio Ecuménico para dar respuesta a los nuevos interrogantes que le lanzaba a la Iglesia la nueva sociedad.
Y el Papa León no hace otra cosa sino tratar de dar respuestas a los interrogantes del hombre de hoy, distinguiendo bien lo que es esencial de lo accidental.

Jesús nos recomienda vivir con justicia, saber dar lo debido a Dios y a los hombres. Y en el corazón de tal justicia, que está lejos de ser legalista y fría, encontramos el perdón y la misericordia.

Señor, te quiero agradecer lo importante que ha sido para mí el comprender mejor “los signos de los tiempos”, esa manera que Tú tienes de hablar a través de cada época. Haz que yo no esté anclado en el pasado, cerrando mi corazón a las sorpresas que Tú me ofreces en el presente.


Él no viene a ustedes en medio de relámpagos y truenos, de los que estaba rodeado cuando se apareció sobre la montaña del Sinaí… sino que viene a través de los signos más admirables de dulzura. Sólo tiene en sus manos los tesoros y las gracias con los cuales quiere enriquecerlos. Donándose a ustedes toma la figura de cordero. Vayan, hijos míos, delante de este Dios de bondad. No imiten a la infortunada Jerusalén, que no quiso reconocer a su Dios, y que, en castigo por su crimen, es proscripta y cubierta de confusión. Abran las puertas de su corazón para recibir a este nuevo huésped. (Sobre la Primera comunión)    

Buscando una señal en medio de la nada
agoté mis recursos y no funcionó.
Sin saber qué hacer, sintiendo así
que mi mundo terminó.

Tanto dolor sentía mi alma;
sin saber qué hacer,
me inundaba el temor.
Y se escuchó una voz
que mi nombre llamaba,
devolviéndome la calma.

Y me dice que todo estará bien.
Y me infunde aliento y fe.
Y aprendí a dormir en la tempestad.
Tu amor me enseñó a descansar.
Y me convencí que no hay nadie más
que me pueda brindar esa paz,
que sólo tú das.

Cuando el viento me arrastró
y todo se llevó,
me sentí tan vacía, tan falta de amor.
Mas escuché una voz
que mi nombre llamaba,
devolviéndome la calma.
Y me dice que todo estará bien.
Y me infunde aliento y fe.

Y aprendí a dormir en la tempestad.
Tu amor me enseñó a descansar.
Y me convencí que no hay nadie más
que me pueda brindar esa paz,
que sólo tú das.

Lléname de ti;
yo quiero más, más de tu paz.

Y aprendí a dormir en la tempestad.
Tu amor me enseñó a descansar.
Y me convencí que no hay nadie más
que me pueda brindar esa paz,
que sólo tú das.

Tú me das la paz.
Tú me das la paz, oh-oh, oh-oh
Me das libertad.
Tú me das libertad.


San Juan de Capistrano nació en 1386 en Capestrano, Italia. Estudió Derecho y llegó a ser gobernador de Perugia. Durante un conflicto fue encarcelado y esa experiencia lo llevó a replantearse su vida. En 1416 ingresó en la Orden Franciscana, abandonando una prometedora carrera pública.
Discípulo de san Bernardino de Siena, se convirtió en un gran predicador. Recorrió numerosas ciudades de Europa invitando a la conversión, a la reconciliación y a una vida cristiana más coherente. Promovió la renovación de los franciscanos, insistiendo en la pobreza y la fidelidad al Evangelio. También intervino en conflictos religiosos de su época; algunas de sus campañas estuvieron marcadas por una fuerte intolerancia hacia los judíos y los disidentes cristianos.
Ya anciano, predicó una cruzada y participó en la defensa de Belgrado frente al ejército otomano en 1456, animando a los combatientes. Murió el 23 de octubre de ese mismo año, en Ilok, actual Croacia, durante una epidemia.