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Evangelio del día

 Santa Isabel de Portugal

Entonces se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?
Jesús les respondió: ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos?
Llegará el momento en que el esposo les será quitado y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden.
¡No! El vino nuevo se pone en odres nuevos y así ambos se conservan.

Un día dijo Jesús que “la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan Bautista; a partir de entonces se anuncia el reino de Dios” (Lc 16,16). Según este principio, los discípulos de Juan, al igual que el de los Fariseos, vivían sometidos a la Ley. Por eso, lógicamente, tenían sus días de ayuno.

El ayuno es una de las obligaciones que no pocas religiones imponen a sus fieles. Los discípulos de Jesús estaban recibiendo otra educación: lo determinante para ellos no era someterse a la Ley, sino vivirla experiencia del reino de Dios, que, a juicio de Jesús es la experiencia de gozo y alegría. La experiencia que se simboliza en el gran banquete del Reino en el que entran todos, “los buenos y los malos”; y en el que hay alegría para todos por igual (Mt 22, 1-10, Lc 14, 15-24).

De acuerdo con lo dicho, el ayuno es luto y muerte, en tanto que los discípulos de Jesús viven en la fiesta de una boda sin fin. Y conste que la apelación a que “un día se llevarán al novio y entonces si ayunarán” es texto redaccional, es decir, añadido por Mateo. Seguramente para justificar la costumbre de ayunar que, ya en aquel tiempo, se había introducido en alguna comunidad cristiana.

El problema plantea este evangelio no se limita al ayuno, que es bastante secundario en la vida. Lo que Jesús enseña aquí, con las metáforas del vino y el remiendo, es que los cristianos no debemos hacer componendas o buscar fórmulas de compromiso entre lo viejo y lo nuevo. Entre la Ley y el Evangelio. Lo que define a los discípulos de Jesús no es la privación, sino la alegría compartida.


Has hecho mal en hacer ayuno doble sin mi autori­zación, pues ésa es una penitencia extraordinaria que no está de acuerdo con la naturaleza de tus funciones y la fatiga que suponen. (Al H. Jerónimo, 7 de abril de 1838)

Basta de preguntarse por la vida,
basta de quererla comprender.
Tan solo has de meterte en ella y descubrirte
en la grandeza de su sencillez.

En un beso, una caricia,
en el agua por los pies,
en el olor a unas tostadas
la mirada de un bebé.

Sal de ti, que todo te afecte;
ríe, duerme, sufre, siente.
No te das cuenta, vive el presente.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Basta de compararse con el otro,
basta de no amarse en el caer.
Tan sólo has de ser tú y si me dejas,
me volverás a ver.

En la canción de una sonrisa,
en las arrugas de la piel,
en el blanco de la nieve,
en el hambre y en la sed.

Sal de ti, que todo te afecte.
Llora, quiere, grita, calla.
No te das cuenta, la vida pasa.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Son los fracasos de una vida entregada,
sin los límites del tiempo y del espacio
lo que irá transformando tu existencia
en una plenitud enamorada.

Es tan sencillo, es muy sencillo, muy sencillo,
que el hombre no es capaz de soportar.
Basta con vivir con toda el alma,
basta con creer en ese pan.

Es tan sencillo, tan sencillo,
que todo un Dios parezca ser un pan;
que nuestro Dios se haga aquí presente,
convirtiendo el ahora en toda la eternidad.


Santa Isabel de Portugal nació en Zaragoza (Corona de Aragón) en 1271. A los doce años fue prometida en matrimonio a Dionisio I de Portugal, con quien se casó en 1282. Su esposo era un gobernante capaz, pero llevaba una vida moralmente desordenada y tuvo numerosas infidelidades. Isabel soportó esas pruebas con paciencia, oración y una extraordinaria fortaleza de espíritu. En lugar de responder con resentimiento, se dedicó a la educación de sus hijos, a la reconciliación familiar y a las obras de misericordia.
Fue una reina profundamente comprometida con los más necesitados. Fundó hospitales, albergues, escuelas y conventos; atendía personalmente a enfermos y pobres, confeccionaba ropa para los necesitados y distribuía generosas limosnas. Su vida de oración alimentaba una intensa actividad caritativa.
Es especialmente recordada como la reina de la paz. En varias ocasiones logró evitar guerras entre su esposo y su hijo, el futuro Alfonso IV de Portugal.
Tras la muerte de su esposo en 1325, realizó una peregrinación a Catedral de Santiago de Compostela y luego se retiró al monasterio de Monasterio de Santa Clara-a-Velha, fundado por ella misma. Allí vivió dedicada a la oración y a la caridad, aunque sin emitir los votos solemnes para poder seguir administrando sus bienes en favor de los pobres.
Murió el 4 de julio de 1336 y fue canonizada por Urbano VIII en 1625.