23 de marzo de 2026

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Evangelio del día

Santo Toribio de Mogrovejo – San José Benito Oriol

Jesús fue al monte de los Olivos.
Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?
Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo.
Como insistían, se enderezó y les dijo: El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?
Ella le respondió: Nadie, Señor.
Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante
.

Si nos ponemos a pensar todos los sentimientos que han pasado por esta mujer adúltera en tan solo unos minutos, no querríamos estar en sus zapatos:
Desesperación por haber caído tan bajo, consintiendo al pecado.
Vergüenza al ser presentada ante la mirada del gentío que está junto a Jesús.
Miedo por el castigo que le impondrían pues sabía que le arrojarían piedras.
Terror de saber que en ese momento podría llegarle la muerte.
Desconcierto porque no sabe qué hará Jesús, tal vez ni siquiera lo conocía.
Sorpresa al escucharlo diciendo que arrojen las piedras aquellos que estén libres de pecado.
Esperanza al ver que uno a uno se iba retirando.

¿Y por Jesús? ¿Qué habrá sentido por este hombre que no la condenó y le salvó la vida, devolviéndole la dignidad frente a todos los hombres que pedían su muerte?
Jesús en su sabiduría nos muestra su inmensa misericordia, haciendo callar a los pecadores y devolviendo la libertad a la mujer.

¿Qué nombre le doy yo a esto que siento por este Jesús que habita mi vida y viene a salvarme? ¿A qué presto más atención, a mirar lo que hacen los demás o a concentrarme en lo que Jesús quiere de mí?


Si se entiende bien, cada falta que se comete es una razón de más para confiar en Dios. Ya que eres débil ¿crees que Él te abandonará? Ya que eres pobre ¿crees que rehusará concederte la gracia de la que sabe que tienes tanta necesidad? No, no, Él mismo se te dará con todas sus riquezas; se alegrará de poder derramar en ti todas sus misericordias. Espera de Él perdón, indulgencia, amor, si de ti no esperas más que miseria y pecado. (Memorial 7-8)

Tú conoces la dureza en mi sentir 
y la terquedad que hay en mi corazón.
Son las cosas que me alejaron de ti, 
Señor, hazme renacer en tu amor. 

Déjame nacer de nuevo.
Déjame nacer de nuevo.
Déjame nacer de nuevo, oh Señor. 
No importa la edad que tenga.
Tú no la tienes en cuenta.
Déjame nacer de nuevo, oh Señor.

Tu conoces el pecado que hay en mí, 
y el dolor que éste dejó en mi corazón. 
Por la muerte que ha causado, vuelvo a ti, 
Señor, dame vida nueva con tu amor.


TORIBIO ALFONSO DE MOGROVEJO Y ROBLEDO (1538– 1606) fue un sacerdote, arzobispo y misionero católico español, que se desempeñó como 2° arzobispo de Lima y organizador de la Iglesia en el virreinato del Perú. Pastor infatigable recorrió su jurisdicción, llevando el Evangelio a todos los rincones. Fundó el primer seminario de América Latina. Convocó y presidió el III Concilio Limense, al cual asistieron prelados de toda Hispanoamérica y en el que se trataron asuntos relativos a la evangelización de los indígenas. De esta asamblea se obtuvieron importantes normas de pastoral, como la predicación en las lenguas nativas, para lo cual fue creada una facultad de lenguas nativas en la Universidad de San Marcos y la catequesis a los esclavos negros, así como la impresión del catecismo en idiomas castellano, quechua y aimara, que se constituirían en los primeros textos impresos en Sudamérica. Es patrono de los obispos latinoamericanos.

San José Benito Oriol (1650–1702) fue un sacerdote español conocido por su profunda vida espiritual, su austeridad y su entrega a los más necesitados.
Nació en Barcelona en una familia humilde. Desde joven mostró una gran inclinación por la oración y el estudio. Fue ordenado sacerdote y, aunque aspiraba a ser misionero, diversas circunstancias le hicieron permanecer en su ciudad natal, donde desarrolló toda su labor pastoral.
Vivió con gran pobreza y sencillez, confiando totalmente en la providencia de Dios. Se dedicó intensamente al ministerio sacerdotal: celebraba la misa con profunda devoción, confesaba largas horas y atendía a enfermos y pobres, por quienes tenía una especial predilección.
Fue también conocido por su vida mística: se le atribuyen dones extraordinarios como el de la profecía, la lectura de corazones y la bilocación. Sin embargo, lo más destacado de su vida fue su humildad y su unión constante con Dios.
Murió en 1702, dejando fama de santidad. Fue canonizado por el papa Pío X en 1909.