16 de junio de 2026

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Evangelio del día

Martes 11º durante el año

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Es innegable que vivimos en una situación paradójica. Mientras más aumenta la sensibilidad ante los derechos pisoteados o injusticias, más crece la opción de recurrir a la violencia para llevar a cabo los cambios anhelados.
No parece haber otro camino para resolver los problemas que el recurso a la violencia verbal o física. No es extraño que las palabras de Jesús resuenen en nuestra sociedad como un grito ingenuo además de discordante: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen”.
Y, sin embargo, quizá es la palabra que más necesitamos escuchar en estos momentos en que, sumidos en la perplejidad, no sabemos qué hacer en concreto para ir arrancando del mundo la violencia.

Alguien ha dicho que “los problemas que sólo pueden resolverse con violencia deben ser planteados de nuevo” (F. Hacker). Y es precisamente aquí donde tiene mucho que aportar también hoy el evangelio de Jesús, no para ofrecer soluciones técnicas a los conflictos, pero sí para descubrirnos en qué actitud hemos de abordarlos.

Hay una convicción profunda en Jesús: Al mal no se lo puede vencer a base de odio y violencia. Al mal se lo vence sólo con el bien. Jesús no se detiene a precisar si, en alguna circunstancia concreta, la violencia puede ser legítima. Más bien nos invita a trabajar y luchar para que no lo sea nunca. Por eso es importante buscar siempre caminos que nos lleven hacia la fraternidad y no hacia el fratricidio.

Amar a los enemigos no significa tolerar las injusticias y retirarse cómodamente de la lucha contra el mal. Lo que Jesús ha visto con claridad es que no se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas. Hay que combatir el mal, pero sin buscar la destrucción del adversario.

Pero no olvidemos algo importante: Esta llamada a renunciar a la violencia debe dirigirse no tanto a los débiles, que apenas tienen poder ni acceso alguno a la violencia destructora, sino sobre todo a quienes manejan el poder, el dinero o las armas, y pueden por ello oprimir violentamente a los más débiles e indefensos.


Aceptamos de buen humor que un amigo, por descuido nos dé al pasar un puntapié en la pierna. Pero que no se le escape una expresión hiriente, porque entonces gritamos y nuestra pobre alma se siente herida en lo más profundo y más íntimo. Esto da lástima, mi querida hija. No temamos confesarlo y avergonzarnos a los pies de aquel que nos ha dicho que aprendamos de Él a ser mansos y humildes de corazón. (A la Srta. Jallobert)

Jesús, al contemplar en tu vida,
el modo que tú tienes de tratar a los demás,
me dejo interpelar por tu ternura.
Tu forma de amar nos mueve a amar.
Tu trato es como el agua cristalina,
que limpia y acompaña el caminar.

Jesús, enséñame tu modo
de hacer sentir al otro más humano.
Que tus pasos sean mis pasos,
mi modo de proceder.

Jesús, hazme sentir con tus sentimientos,
mirar con tu mirada,
comprometer mi acción;
donarme hasta la muerte por el reino,
defender la vida hasta la cruz,
amar a cada uno como amigo
y en la oscuridad llevar tu luz.

Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre,
buscando la justicia, compartiendo nuestra fe.
Que encuentre una auténtica armonía
entre lo que creo y quiero ser;
mis ojos sean fuente de alegría,
que abrace tu manera de ser.

Quisiera conocerte, Jesús, tal como eres.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará
mi corazón en uno como el tuyo,
que sale de sí mismo para dar;
capaz de amar al padre y los hermanos,
que va sirviendo al reino en libertad.