Lema Anual

Cada año, los menesianos del Cono Sur escogemos un lema que guía nuestro andar y nos invita a entrar más hondo en el misterio de Jesús y de su Evangelio, para dejarnos transformar por Él.

En 2026, la vida pastoral de nuestras Comunidades Educativas será impulsada por el lema: “Un mismo Espíritu para servir y amar”. Estas palabras no solo marcarán nuestra ruta, sino que encenderán en nosotros el deseo de construir una fraternidad más amplia, más auténtica y más comprometida con la dignidad de toda persona. Queremos que este Espíritu —que nos une, nos envía y nos renueva— tome forma concreta en nuestras comunidades menesianas, donde el servicio y el amor sean expresión viva de nuestra misión.

El lema, “Un mismo Espíritu para servir y amar”, expresa la esencia de la comunidad cristiana primitiva, que se caracterizaba por tener un mismo espíritu, reflejado en su amor y servicio mutuo: “La multitud de los creyentes tenía un sólo corazón y una sola alma…” (Hechos 4, 32-37). El Santo Padre León XIV nos recuerda: “La fraternidad es sin duda uno de los grandes desafíos para la humanidad contemporánea. Se basa en el mandamiento de Jesús que nos amó y se entregó por nosotros, así podemos amarnos y dar la vida por los demás.” (Cf. Audiencia General de este miércoles, 12 de noviembre 2026)

El concepto de «Espíritu» hace referencia, en este contexto, a la presencia de Dios, al Espíritu Santo, que guía, ilumina y da fuerza a la vida y misión de la comunidad. Al hablar de «un mismo Espíritu», se subraya la unidad y la comunión entre los miembros de la comunidad, más allá de sus diferencias. En la pedagogía menesiana, este «Espíritu» se convierte en la fuente de inspiración, que anima a todos a actuar con un mismo propósito, con coherencia y armonía en sus acciones.

Desde un punto de vista pedagógico, se busca que este «Espíritu» sea el centro del proceso educativo, es decir, que el amor, la solidaridad, la comprensión y el servicio sean los pilares de la enseñanza. La unidad hace que la comunidad educativa (profesores, estudiantes, padres, Hermanos) se enfoque en objetivos comunes que no solo buscan la excelencia académica, sino fundamentalmente la formación integral y humana de la persona.

El amor es central en la pedagogía menesiana. Este amor no es solo un sentimiento, sino una actitud activa de entrega y compromiso con los demás. Aquí, el amor es visto como un principio pedagógico clave, que inspira tanto el cuidado y la formación del estudiante como el respeto a la dignidad humana. Es el amor que impulsa a los educadores a tratar a cada estudiante con empatía, comprensión y cercanía.

Además, el amor tiene un componente comunitario: fomenta la cultura del respeto mutuo entre los miembros de la comunidad educativa, creando un ambiente donde cada persona es valorada en su unicidad. El lema hace referencia a un amor que no solo se queda en lo individual, sino que se proyecta hacia el otro, hacia la comunidad y hacia el mundo.

El servicio es el corolario natural del amor. En la pedagogía menesiana, el servicio implica no solo enseñar, sino también servir al otro en su proceso de aprendizaje y crecimiento. Los educadores son llamados a ser guías y modelos de servicio, transmitiendo conocimiento, acompañando y ayudando a los estudiantes a desarrollar valores, habilidades y actitudes que les permitan ser personas comprometidas con la sociedad.

El servicio implica también una mirada crítica al contexto social, buscando formar personas que se comprometan con los más necesitados descentrándose de su propio bienestar y auto referencialidad. Esto está alineado con la espiritualidad menesiana, que pone en práctica los valores del evangelio, como la humildad, los lazos de fraternidad, el perdón, la empatía, la solidaridad y el trabajo colaborativo.

La fraternidad reclama un estilo de relaciones donde el que quiere ser el primero debe hacerse el servidor de todos (Mc. 9,35), porque el servicio es el termómetro que marca nuestra vivencia de la misma.

La combinación de estos tres elementos: Espíritu, Amor y Servicio, en el lema tiene una profunda dimensión pedagógica y espiritual.

Pedagógica: La educación menesiana promueve a la persona en todas sus dimensiones: cuerpo, mente y corazón, y en su dignidad fundamental de hombre o mujer a imagen de Dios. El lema invita a un proceso educativo integral que tiene en cuenta el desarrollo de habilidades académicas, sociales, espirituales y el desarrollo de la personalidad del estudiante, fomentando en él, el amor al prójimo y el compromiso social.

Espiritual: La dimensión espiritual se encuentra en que el «Espíritu» se convierte en la guía suprema: en el ámbito de la fe y en la forma en que se vive la enseñanza y el aprendizaje. La espiritualidad menesiana está marcada por la vivencia de los valores cristianos en todos los aspectos de la vida: la humildad, la generosidad, la bondad, y el respeto por el otro.

En la práctica, este lema invita a todos los miembros de la comunidad a ser conscientes de su responsabilidad hacia los demás, a vivir el amor y el servicio en su día a día, y a buscar siempre la unidad bajo el mismo Espíritu que anima la misión educativa. Se trata de una pedagogía de compromiso, de mirada hacia el otro, y de construcción de una sociedad más justa y fraterna.

El lema 2026 «Un mismo Espíritu para servir y amar» nos recuerda que la educación y la espiritualidad no están separadas, sino que se complementan. La verdadera formación humana se basa en el amor hacia los demás y en el servicio desinteresado, guiados por un mismo Espíritu que nos une.

En el diseño aparece como elemento central el fuego del Espíritu, formado por cuatro llamas que representan a los países del Distrito. Azul: Argentina, Verde: Bolivia, Rojo: Chile y Celeste: Uruguay. Cada llama tiene su propio color y forma, pero todas se integran en un único fuego, símbolo del Distrito Divina Providencia. Interactúan, se entrelazan e incluso se mezclan, sin perder su identidad. Juntas expresan la comunión en la diversidad de las distintas comunidades que comparten un mismo Espíritu.

El conjunto del fuego está reforzado por la silueta de una paloma, representada en negativo, signo del Espíritu Santo. Aunque no se vea directamente, su presencia estructura toda la forma: actúa, anima y sostiene, aun cuando no es evidente.

En el interior del fuego aparece el corazón, símbolo del amor, también en espacio negativo. Aunque está implícito, es el centro del diseño, formado por la unión de todas las llamas. Además de tener un mismo Espíritu, la comunidad menesiana quiere para este año, imitando a las primeras comunidades cristianas, que tengamos «un solo corazón». En su interior, la divisa de la congregación, (D+S. Dios Solo) que se presenta en el corazón, puesto que es para nosotros el centro de nuestra identidad.

La llama inferior, que adopta la forma de una mano abierta, sostiene el conjunto y representa el servicio: un amor que se hace gesto, entrega y compromiso. Es un amor entregado, que sale de sí, amor «para servir». También semejante a las primeras comunidades cristianas, cuya caridad fuertemente marcada, era una de sus características.

Finalmente, el círculo exterior contiene y da unidad al conjunto, simbolizando la comunión. Todos somos parte de un mismo cuerpo que nos hace Iglesia. Un cuerpo que es movido por el fuego del Espíritu Santo, que está presente entre nosotros. Tenemos «Un mismo Espíritu» que nos alienta y mueve hacia Cristo.

Un mismo espíritu para servir y amar

Un nuevo día
nos llama al encuentro;
en nuestra casa
hay brazos abiertos.

Sonrisas atentas,
latidos cercanos,
miradas fraternas:
Dios solo en los lazos.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu
para servir y amar.

Su viento nos mueve
a amar al hermano;
sirviendo a su modo,
se enciende el milagro.

En cada paso forjamos caminos;
en pequeños gestos
hay un fuego vivo.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu
para servir y amar.

Seguiremos a Jesús,
viviendo como hermanos;
un pueblo que camina
y escucha su llamado.

Cada año los menesianos del Distrito Divina Providencia, deseosos de seguir reproduciendo la imagen viva de Jesús entre los niños y los jóvenes, profundizamos un rasgo de nuestra identidad carismática. Durante el año 2025 nos centraremos en el cultivo de la interioridad desde el encuentro con la persona de Jesús. Será un año para trabajar nuestra vida de oración como “Un encuentro que transforma”. El Papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia a redescubrir el valor de la oración preparando el Jubileo de la esperanza en el año 2025. Acogiendo la invitación del Papa Francisco los menesianos queremos redescubrir el valor y la necesidad de la oración, y recuperar el deseo de estar y vivir cada día en la presencia del Señor.

Preciosa invitación la que nos hace nuestro lema: encontrarnos con la persona de Jesús. Las páginas del Evangelio están llenas de relatos que nos narran cómo Jesús transforma la vida de las personas que se han encontrado con él, así podemos recordar el encuentro de Jesús con la mujer samaritana en Jn 4,: “Señor dame de esa agua para que no tenga más sed”; el encuentro con el mendigo ciego Bartimeo en Mc 10: “¡Jesús, ten compasión de mí!”; el encuentro en casa de Simón con la pecadora en Lc 7: “tus pecados quedan perdonados”; el encuentro con el leproso en Mc 1: “Si quieres, puedes limpiarme”; el encuentro con Nicodemo en Jn 3: ¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo ya viejo?”; el encuentro con la mujer cananea en Mt 15: “mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!”; el encuentro con sus primeros discípulos en Mt 4: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres”; el encuentro de Jesús con los niños en Mc 10, 14: “dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan”, el encuentro con Zaqueo en Lc 19: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa”; el encuentro con María Magdalena en Jn 20: “Mujer, ¿por qué lloras?”; el encuentro con los peregrinos de Emaús en Lc 24: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Bonito ejercicio para los menesianos, leer el evangelio desde la clave de “Un encuentro que transforma”. 

El texto bíblico que ilumina nuestro lema es: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,4). Este año los menesianos queremos aprender a rezar como Jesús rezaba a su Padre: y para ello queremos cultivar nuestra interioridad y desde ella abrirnos a la intimidad con Jesús y dejarnos transformar por él a fin de llegar a ser su imagen viva.

Los educadores menesianos contamos con una herramienta pedagógica para cultivar el encuentro con la persona de Jesús; se trata del documento marco del Perfil del Egresado Menesiano que nos ofrece cuatro pistas para trabajarlo con nuestros niños y jóvenes a partir del desarrollo de la interioridad.

La primera pista es el hábito del silencio. Cultivar el silencio nos abre a la contemplación del misterio y nos ayuda a percibir la vida y todo lo creado como obra de Dios; nace así la gratitud, la alabanza, el reconocimiento de nuestra pequeñez, el pedido de perdón.

La segunda pista para trabajar la interioridad, es la práctica de la lectura de la historia personal. La lectura de la propia historia es un componente esencial para encontrar en la vida cotidiana los signos de la presencia de Dios y poder reconocer las motivaciones profundas que nos mueven a obrar; es un poco la experiencia de la virgen María “conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51)

Una tercera pista, que nos propone el Perfil del Egresado Menesiano es la formación de la conciencia. Formar la conciencia de manera responsable y abrirse en forma dialogal a valores divergentes permite reconocer al otro como un tú, cuestionar los propios puntos de vistas y cambiarlos por valores más evangélicos. Zaqueo ha pasado por este proceso después de encontrase con Jesús: “Daré la mitad de mis bienes a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, le devolveré el cuádruple” (Lc 19,8)

Finalmente, la cuarta pista consiste en dar testimonio de la fe en Jesús. El testimonio de fe en Jesús se juega en el servicio que humaniza a los hermanos que menos cuentan para la sociedad, “cada vez que lo hicieron a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron”. (Mt 25,40). Es la preciosa síntesis del testimonio de vida de Jesús que nace de largos ratos de profundos encuentros con su Padre: “No he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28)

El Lema 2025 desafía a los menesianos a ir al encuentro con la persona de Jesús para dejarnos transformar por él. Esta es la experiencia espiritual que Juan María invitaba a realizar a los primeros Hermanos y que nosotros hoy, discípulas y discípulos de Jesucristo, queremos vivir: “unir nuestro espíritu a su espíritu, nuestra alma a su alma. Esta unión no puede tener lugar, en tanto no entremos en los sentimientos de Jesucristo, es decir, mientras nuestros juicios no sean sus juicios, sus pensamientos nuestros pensamientos, sus deseos nuestros deseos; de manera que no vivamos en nosotros, sino que sea él quien viva en nosotros” (S II, 473).

 Varios elementos se combinan en el logo para dar armonía al conjunto:

Jesús en el centro destaca dando cohesión y sentido a la imagen y las palabras del lema. La relación con la persona de Jesús es la que transforma la vida. Este proceso de transformación es gradual y se percibe a partir de tres detalles: el primero y más evidente, el cambio de las tonalidades de los colores. Las personas al pasar por el encuentro con Jesús descubren con nitidez la belleza y el esplendor de sus vidas.

El segundo elemento es perceptible a partir de contemplación de los gestos y rostros de las personas. El encuentro con la persona de Jesús transforma en más evangélicos los sentimientos, pensamientos, las acciones de las discípulas y los discípulos de Jesús para construir fraternidad.

El tercer elemento, viene dado por los lazos. Son los lazos, las relaciones que se tejen con Jesús y su Evangelio los que hacen posible la transformación en la vida de las personas. Estos lazos, en tonalidad azul, ponen de manifiesto la vinculación del seguimiento de Jesús desde los rasgos carismáticos destacando el Dios Sólo en el corazón de Jesús y la espiga en manos de los niños y jóvenes, como los principales destinatarios de la educación evangelizadora de las Comunidades Educativas Menesianas.

UN ENCUENTRO QUE TRANSFORMA

En el silencio Yo te encuentro,
me llenas con tu paz.
Tu Presencia me sostiene.
Contigo quiero estar.

Si en tu nombre nos reunimos
cuando somos 2 o más,
nada más nos hace falta
porque tú allí estás.

Un encuentro que transforma
mi vida y mi corazón.
Quiero estar más cerca de ti,
encontrarte en la oración.

Cuando se termina el día
yo te quiero regalar
mis tristezas y alegrías
y en tus brazos descansar.

Sos, Jesús, mi gran amigo,
el Camino y la verdad.
Es tu amor que nos anima
a servir a los demás.

Cómo Tú, con humildad,
enséñanos a rezar.
Oh, Jesús, eres mi hogar.
Yo contigo quiero estar.