Miércoles de la 14ª semana durante el año

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12
Salmo 104, 2-7

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.

El texto de ayer terminaba pidiendo que Dios envíe operarios a la mies, pues es mucha y se puede perder.
En los días anteriores les dio a sus discípulos ejemplos de su misión de liberación, de acogida, de consuelo para los pobres y desvalidos del pueblo. Su paso y su presencia son una buena noticia para el pueblo más sufrido.

Ahora, viendo que “la mies es mucha y los trabajadores pocos”, elige obreros para trabajarla y los envía. Ellos también deben ser y llevar la buena noticia. Los llama ‘apóstoles’ que significa ‘enviados’. Y, de hecho, según la versión de Mateo, los envía inmediatamente.

Mateo, que escribe para judíos convertidos, restringe el envío “a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Es lo que Jesús le dice a la mujer cananea que le pide ayuda (Mt 15,24), y es esa mujer quien le hace descubrir que su misión es universal. Al final de su Evangelio el envío será ya para “todos los pueblos” (28, 19). Lucas dice que ya en ese momento “fueron de pueblo en pueblo anunciando la Buena Noticia”.

Y “de pueblo en pueblo” la Buena Nueva llegó a nosotros. Los apóstoles de hoy somos nosotros, enviados para anunciar el Reino. Es Jesús quien nos da la autoridad para ir hacia lo que está más perdido y necesitado. Somos llamados por nuestro nombre, conocidos en nuestra historia, y a la vez con-vocados, llamados y enviados con otros, contando con los dones y fragilidades de cada uno para una misión bien concreta: Proclamar el Reino de Dios, favorecer la vida, sanarla de todo aquello que la atenaza, la bloquea y la daña.

El Capítulo de Distrito nos dijo que “soñamos con una comunidad menesiana humanizada y humanizadora, que ve, se conmueve y actúa en la frontera”. (Tinaja 5, Frontera) Somos discípulos-misioneros dirá el documento de ‘Aparecida’: Seguimos a Jesús, hacemos experiencia de su presencia y, al mismo tiempo, lo anunciamos.

Recordemos lo que dice San Pablo:
“Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. ¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar gratuitamente la Buena Noticia, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere. En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Me hice judío con los judíos para ganar a los judíos; me sometí a la Ley, con los que están sometidos a ella, a fin de ganar a los que están sometidos a la Ley. Y con los que no están sometidos a la Ley, yo, que no vivo al margen de la Ley de Dios, me hice como uno de ellos, a fin de ganar a los que no están sometidos a la Ley. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes” (1ºCor 9, 16-23)


MAXIMA
Somos enviados por Jesús


¡Sublime vocación! ¡Es la misma de Jesucristo! No ha dejado el seno de su Padre más que para hacer lo que ustedes hacen a ejemplo suyo. La escritura nos dice que ha pasado haciendo el bien, enseñando a los pobres, dando vista a los ciegos, enderezando a los rengos, curando a los enfermos. Y ustedes también enseñan la verdadera doctrina a los que la ignoraban completamente, y que, privados de sus enseñanzas siempre la desconocerían; y ustedes también hacen prodigios en el orden espiritual; esos niños a los que abren los ojos a las divinas luces, a los que enseñan a conocer a Dios y el camino que lleva al cielo. (Apertura del retiro a los hermanos)

Tengo una invitación
para continuar la historia
de mi vida y de los demás,
transformando este mundo
en mi hogar, para amar.

Yo lo escuché y digo que sí
a sus palabras que llegaron a mi alma.

Yo los envío,
son parte de esta historia (bis)

Vamos creando lazos
con Jesús a nuestro lado,
sintiéndonos hermanos,
caminando a la frontera sin dudar
para amar.

Menesiano, vení, digamos que sí,
a escribir otra página en la historia