Lunes 8º Durante el año

Eclesiástico 17, 24-26. 29
Salmo 31, 1-2. 5-7

Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.
El hombre le respondió: Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.
Jesús lo miró con amor y le dijo: Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.
Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!
Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.
Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: Entonces, ¿quién podrá salvarse?
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.

El episodio está narrado con intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega «corriendo» un desconocido que «cae de rodillas» ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús. No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: ¿Qué haré para heredar la vida eterna? No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.

Jesús entiende muy bien su insatisfacción: “una sola cosa te falta”. Siguiendo esa lógica de «hacer» lo mandado para «poseer» la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. En el ser humano hay una aspiración más profunda. Por eso, Jesús lo invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir agarrado a sus posesiones, “vende lo que tienes”. Lo segundo, ayudar a los pobres, “dales tu dinero”. Por último, “ven y sígueme”. Los dos podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios.

El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús. Marcos nos explica que “era muy rico”. (Pagola)


El mundo se ofrece ante nuestra mirada con sus riquezas, sus honores, sus alegrías, su prestigio. Nos habla de fortuna, de placeres, de gloria, de todo lo que puede encender las pasiones, exaltar el orgullo, satisfacer los sentidos. Y basta que prestemos un momento oído a estos discursos halagadores y que el corazón se abra al amor de estos falsos bienes y sus vanidades mentirosas para que no sea Jesucristo, sino el mundo el que sea objeto de todos nuestros pensamientos, quien dé forma a nuestros deseos, quien decida en todas nuestras inclinaciones, de la suerte de nuestra vida” (Sermón a jóvenes sobre la inconstancia)

Maestro bueno, dime ¿qué debo hacer
para tener la vida, para ser feliz?
Lo he tenido todo, lo he cumplido todo,
recorrí montes y mares
y aún no sé lo que es vivir.
¿Dónde está el amor?
¿Dónde está la libertad?
nada me basta, yo quiero siempre más.

Oh oh oh oh oh oh oh
eres el Camino,
eres la Verdad y la Vida.
Oh oh oh oh oh oh oh
¿De qué me sirve el mundo
si te pierdo a ti,
si lo pierdo todo?

Si quieres vivir, si quieres ser feliz,
vende lo que tienes y dalo a los pobres.
Ante un mundo roto, triste y cansado
vive y siembra paz, en fraternidad.
Un tesoro en el cielo te estará esperando,
luego, ven y sígueme, ven y sígueme.

Ven, ven y sígueme,
tu Tesoro yo seré.