San Metodio

2ª Corintios 5, 14-21  
Salmo 102, 1-4.8-9.11-12
 

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor.
Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

Lo primero y más elemental, que se deduce de estas palabras de Jesús, es que cada persona, cada ser humano, tendría que ser de tal calidad y debería tener tal nivel de fiabilidad y credibilidad, que tendría que bastar “la palabra dada”, para ser garantía de que esa palabra es un compromiso que no falla. A esto, sin duda, es a lo que apunta Jesús cuando prohíbe de manera tan tajante cualquier tipo de juramento. Lo cual quiere decir, en última instancia, que quien hace un juramento, sin darse cuenta de lo que hace, en el fondo lo que está diciendo es esto: “Lo que te diga o prometa no es de fiar”; por eso traigo aquí a Dios, a Cristo crucificado, a la Biblia, a mi madre, a mis hijos …, lo más sagrado del mundo, para que se crean que no los engaño”.

Por esto, sin duda, los antiguos ya desconfiaban de los juramentos. Los estudiosos del Evangelio suelen recordar que filósofos como Plutarco, Quintiliano, Epicteto, mostraron su desacuerdo con la práctica de invocar a los “dioses” para hacer creer y dar peso a lo que prometían.

El problema de fondo, que se oculta en esta prohibición de jurar invocando “lo divino”, “lo sagrado”, “lo que nos merece más respeto”, está en que, al hacer eso, lo que realmente hacemos es pretender obligar a Dios y comprometer a Dios para que actúe como garante de mi palabra. En definitiva, es “utilizar” a Dios y “poner a Dios” a mi servicio. O sea, es como obligar a Dios que actúe como a mí me conviene, para que sea nada menos que Dios el que supla la credibilidad que yo no tengo o que a mí me falta.

Es significativo que los juramentos se utilicen como parte del ritual de la toma de posesión de un cargo. Porque la gente que ocupa cargos importantes suele ser la gente que más miente, la menos fiable, la que más engaña. Por eso tienen que echar mano de Dios. ¿No es significativo que los más embusteros suelen ser los que más juran?

Más bien debe ser al revés, una invitación a ser auténticos, honestos con nuestra palabra dada, poniendo en el centro de nuestro ser, a la persona de Jesús, a Dios; y que nuestras palabras y actitudes, hablen de ÉL por sí solas.


El buen Dios sostendrá su obra y esto servirá para afirmarla, siempre que ustedes sean fieles a su santa vocación y que no se salgan jamás de las santas vías de la obediencia. Cuando un ángel del cielo busque desviarlos, díganle anatema, como a un espíritu de mentira y cierren los oídos a sus palabras mentirosas. (Carta al H. Hervé, para todos los hermanos de la Guadalupe, 15-07-1842)

Tú que impulsas el latido de mi corazón
permaneces en el centro de mi vida.
Conectado yo al latido de tu corazón,
permanezco en el centro de tu vida,
de tu vida…
Tú que impulsas el latido de mi corazón
permaneces en el centro de mi vida.

Cada día, cada noche,
tu ternura me sostiene.
Tu misericordia sana desde adentro;
es un río que no duerme.

Vivir desde tu latir,
morir desde tu vivir,
esta es mi fuente, este mi deseo.

Tú que impulsas el latido de mi corazón
permaneces en el centro de mi vida.

Habitar en tu amor,
respirar más profundo,
acoger, aprender,
abrazar este mundo.

Permanecer en tu presencia,
encontrarte en toda existencia,
esta es mi fuente este mi deseo.