Santa Teresa de Portugal

2ª Corintios 8, 1-9  
Salmo 145, 2.5-9a  

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores. Así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo
.

Amar al enemigo parece ser algo irrealizable o una utopía para soñadores. Vista la frase a los ojos del mundo es algo inalcanzable, algo que sólo los ángeles pudieran realizar, o para tontos, y nosotros decimos no ser ninguna de las dos cosas.

Jesús rompe con las tradiciones rabínicas una vez más, y cambia el concepto de prójimo a toda persona sin distinción y aumenta el perdón hasta setenta veces siete. Pero en esta ocasión va todavía más allá, pues iguala el amor al prójimo con el amor a Dios. Y no conforme con eso, lo amplía al enemigo, rompe con la división que hasta entonces se tenía, amigos-enemigos, la declara inviable y anticuada; pues para el que ama como Cristo, no hay más que hermanos, pues somos hijos todos del mismo Padre, Dios.

De esta manera Cristo define la justicia del reino: “por tanto, sean perfectos como su Padre celestial, es perfecto”, la santidad basada en la absoluta fidelidad de Dios, “amar hasta que duela”, como lo diría Santa Teresa de Calcuta, ¿qué sacrificio implica amar a quienes nos aman? Cuántas veces hemos escuchado o incluso hemos pronunciado la frase: “perdono, pero no olvido”.

En el fondo esta frase esconde dolor y odio, resentimientos que no permiten que realmente podamos sanar desde dentro y tener paz en el corazón; y a final de cuentas, somos nosotros mismos los que nos hacemos daño. Perdonar sí, pero llegar a amar al enemigo… hace falta madera de santo o temple de héroe, y cuánto cuesta llegar a ese nivel, pero pensemos que Jesús no nos manda lo irrealizable, aunque claro está que demanda un gran esfuerzo, sobre todo de doblegar nuestro ego y nuestro orgullo.

Hoy tenemos un reto: mostrar que la perfección consiste en amar como Dios nos ama. No hay distinciones posibles en la disposición de amar; no amo desde mis planteamientos, sino que amar se funda en el mismo amor de Dios, si nos dejamos amar primero por Él, Dios se encarga de ir abriendo camino desde su amor que es perfecto y el único modelo válido, otros modelos, sólo son imitaciones y acaban por terminar.

Dios Padre bondadoso, que das tu sol a buenos y malos, haznos semejantes a ti para que reflejemos tu amor a todos. Nos cuesta mucho hacer el bien a quien nos quiere mal, perdona a quien nos ofende y haznos olvidar agravios pasados. Fecunda con tu palabra y tu gracia nuestro corazón, para que se manifieste tu reino en nuestro mundo. Amén.


MÁXIMA
Amemos como ama Dios


¡Amemos en él y por él! ¡Qué él sea el único centro al que volvemos a cada instante! ¡Todo lo demás no vale nada! Somos jóvenes, y ya sin embargo la experiencia nos ha hecho entender la profundidad de la verdad que encierran estas cortas palabras. Podríamos aprovechar para convencernos de que tanto la sabiduría, como la felicidad, consisten únicamente en ver a Dios y no ver más que a Dios en todo.   (A Querret, A I, 24)

Hazme un instrumento de tu paz:
Donde haya odio lleve yo tu amor.
Donde haya injuria, tu perdón, Señor.
Donde haya duda, fe en ti.

Hazme un instrumento de tu paz,
que lleve tu esperanza por doquier;
donde haya oscuridad lleve tu luz;
donde haya pena, tu gozo, Señor.

Maestro, ayúdame a nunca buscar
querer ser consolado como consolar;
ser entendido como entender;
ser amado como yo amar.

Hazme un instrumento de tu paz.
Es perdonando que nos das perdón.
Es dando a todos que tú nos das;
Muriendo es que volvemos a nacer.

Hazme un instrumento de tu paz…