Domingo 14º durante el año


Primera lectura: Isaías 66, 10-14
Salmo: 65, 1-3a.4-7a.16.20
Segunda lectura: Gálatas 6, 14-18

Jesús designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.
Y les dijo: La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos.
No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.
Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!» Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.
En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: ¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.
Les aseguro que, en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad. Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.
Él les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder de caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.

En el tiempo de Jesús había otros movimientos que, como Jesús, procuraban vivir y convivir de forma nueva, por ejemplo, Juan Bautista, los fariseos y otros. Muchos de ellos formaban también comunidades de discípulos (Jn 1,35; Lc 11,1; Hec 19,3) y tenían sus misioneros (Mt 23,15). ¡Pero había una gran diferencia!
Por ejemplo, los fariseos, cuando iban de misión, iban prevenidos. No confiaban en la comida de la gente, pues no siempre era ritualmente ‘pura’. Por eso, llevaban bolsa y dinero para poder proveerse su propia comida. Esta observancia de la Ley ubica a unos en la pureza y a otros en la impureza. 

Aquí Jesús plantea un quiebre, su propuesta es diferente. Trata de rescatar los valores comunitarios que se estaban extinguiendo, y procura renovar y reorganizar las comunidades para que fueran nuevamente una expresión de la Alianza, una muestra del Reino de Dios.
Jesús envía a los discípulos a los lugares a donde él mismo debe ir. El discípulo es el portavoz de Jesús. No es dueño de la Buena Nueva. Él los envía de dos en dos. Esto favorece la ayuda mutua, pues la misión no es individual, sino comunitaria. Los discípulos son enviados. No se mandan solos. El enviado envía. Esta conciencia es clave en la dinámica misionera, pues no hay misión verdadera sin conciencia de ser enviado. Vos, ¿cómo estás viviendo la misión, con conciencia de haber sido enviado o como cuestión tuya?
La primera tarea es orar para que Dios envíe a los obreros. Todo discípulo y discípula debe sentirse responsable de la misión. Por esto tiene que rezar al Padre por la continuidad de la misión. Jesús envía a sus discípulos como corderos en medio de lobos.

La Misión para la cual Jesús envía a los 72 discípulos trata de rescatar cuatro valores comunitarios:

La hospitalidad
Los discípulos y discípulas de Jesús no pueden llevar nada, ni bolsa, ni sandalias. Sólo pueden y deben llevar la paz.
Actuando así pone de relieve el valor de la hospitalidad. Los discípulos son enviados a hacer experiencia de acogida y cuando nos dejamos acoger, recibimos lo que se nos da. Hacemos experiencia de gratuidad y decimos no a la marginación, a la exclusión, a poner condiciones, etc.

El compartir
Los discípulos no deben andar de casa en casa, sino permanecer en la misma casa. Esto es, deben convivir de forma estable, participar de la vida y del trabajo de la gente del lugar y vivir de lo que reciben a cambio, pues el obrero merece su salario.
Actuando así le dicen no la cultura de la acumulación, propiciada por el Imperio Romano, y anuncian un nuevo modelo de convivencia, las 3 T: Techo, Tierra y Trabajo para todos.

La mesa compartida
Los discípulos deben comer lo que la gente les ofrece. No pueden vivir separados, comiendo su propia comida, deben aceptar la comunión de mesa y superar el miedo a la impureza legal. El compartir mesa y vida con los demás no me hace impuro, así como el ser tocado por un enfermo. Otras realidades nos hacen impuros: las que salen del interior del corazón.

La acogida a los excluidos
Los discípulos deben ocuparse de los enfermos, curar a los leprosos y expulsar los demonios, es decir, acoger a los que fueron excluidos de la comunidad y devolverles, así, la dignidad. Si no cuidamos de los extremos vulnerables de la sociedad (niños, ancianos, enfermos) no habrá posibilidades de convivencia sana ni respetuosa.

Si estas propuestas son vividas, los discípulos pueden y deben gritar a los cuatro vientos: ¡El Reino de Dios está cerca! Pues el Reino no es una doctrina, ni un derecho canónico, ni un catecismo, sino que es una nueva manera de vivir y convivir a partir de la Buena Nueva que Jesús nos trae: Dios es Padre y nosotros hermanos y hermanas.

Educar para el Reino no es en primer lugar enseñar verdades y doctrinas, sino que es una nueva manera de vivir y de convivir, una nueva forma de actuar y de pensar. El Reino comienza aquí. Y si en algunos lugares son rechazados, deben aportar un signo más, un gesto que diga más que mil palabras: ‘sacudirse el polvo de las sandalias’, y gritar ¡El Reino de Dios está cerca! No es rechazo, es intentar abrirlos a algo nuevo ya presente.

Jesús y los discípulos:
Confía en ellos y los envía a hacer experiencia de hospitalidad, curando y anunciando que el Reino está cerca. Van delante, van a disponer a las comunidades para la acogida de Jesús. Vuelven llenos de gozo y se lo expresan al Maestro. La situación lo moviliza a Jesús al punto de alabar al Padre en alta voz. Pero no deja de corregir la motivación del gozo: que no sea porque los espíritus se le sometían, sino por pertenecer al Reino. El discípulo, como el maestro, hace que el anuncio y el signo vayan de la mano para que ninguno se pervierta.

Los discípulos entre ellos:
Van 72, no sólo los 12. Son muchos y sin embargo Jesús dice que son pocos. Van de dos en dos. Hacen experiencia de estar a la par, de sentarse a la mesa redonda y comer con otros lo que les sirven, de tener que acompasar el ritmo para caminar juntos, de sanar cuando la situación lo necesita, de desear la paz y anunciar la cercanía del Reino, porque de esto se trata el Reino. Fortalecen lazos entre ellos y con la familia que los recibe.


Dejen su país, su familia; sacrifiquen todo; vayan a enseñar a esos niños que piden el pan de la instrucción y que están expuestos a perecer porque no hay nadie que lo rompa y se lo distribuya. (S VII p. 2242)
No tienen nada, no son nada. Es por esto por lo que Jesucristo los envía como su Padre le ha enviado y que todo poder les ha sido dado en el cielo y en la tierra. (S.VIII p 2372)

El Señor nos envió
a cumplir con la Misión:
En el mundo anunciar la Verdad.
Bautizar y enseñar
la Palabra a los demás
y el poder de Dios trino obrará.
Con nosotros estará
Cristo siempre hasta el final.
Testigos del amor,
oigamos hoy su voz:

Vayan y hagan
discípulos en las naciones.
Vayan y hagan.
Vayan y hagan
discípulos en las naciones.
Vayan y hagan.

Vamos de dos en dos
sin dinero o provisión,
entregados confiemos en Dios.
Él pondrá en nuestra voz
las palabras del Amor
y milagros en nuestra labor.
Mensajeros de la Paz,
sembradores del perdón,
testigos del amor,
sigamos hoy su voz.