Nuestra Señora de Itati – Santa Paulina Wisintainer



Génesis 41, 53-57; 42, 5-7a.17-24a
Salmo 32, 2-3.10-11.18-19

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:
No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios.
Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.

Cada día, Jesús nos llama por nuestro nombre. Lo hace a través de múltiples medios: algún sacramento, el testimonio de personas, los eventos de la vida cotidiana… Esta llamada, trae consigo poderes y responsabilidades. El poder es el de la gracia que actúa en y por medio de nosotros. La responsabilidad es la de curar toda enfermedad o dolencia.
El mundo necesita la luz de Cristo. ¡Cuánta paz, alegría y vida, se halla en quien conoce y ama a Dios! Cuando Jesús dijo a los doce: «Vayan más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel, y en su camino prediquen diciendo: El Reino de Dios está acerca», nos invita a fijarnos en los más necesitados, en las almas atribuladas por el pecado. Nuestro mensaje es un mensaje de salvación. Es un mensaje de confianza y esperanza. Es un mensaje de alegría. Es un mensaje transformador. Un mensaje capaz de tocar lo más profundo de cada ser humano.

Ojalá que cada uno de nosotros, en medio de sus quehaceres de cada día, al escuchar su nombre, se sienta realmente interpelado. Cuando vemos a través de la televisión la euforia y la emoción de quienes se ganan el premio de la lotería, vemos que todos tienen una misma reacción: la de darlo a conocer. La de participar a los demás de esa alegría.
Los cristianos, nos hemos sacado la verdadera lotería, «el premio gordo». Lo curioso de este premio, es que, no sólo es para nosotros. Se trata de compartirlo, de transmitirlo y de hacer que, más «ovejas perdidas de la casa de Israel» encuentren a Dios y sean felices. ¡Cuánto amor y cuánta misericordia por parte de Dios! Sigamos su voz. Seamos apóstoles y, en ese hacer felices a los demás, acrecentaremos nuestra verdadera felicidad y nos estaremos ganando la vida eterna…(Catholic.net)


MAXIMA
Somos enviados por Jesús


Ustedes son enviados como los apóstoles para cumplir esta palabra del Salvador: He venido a traer fuego a la tierra y ¿qué deseo, sino que arda? La caridad, el celo por la salvación de las almas es su elemento y su vida, su principio y su fin. Todo lo demás, incluida la ciencia, no es para ustedes más que añadidura, son medios que no deben descuidar, pero medios secundarios y subordinados a su grande y supremo fin… (Apertura del retiro de hermanos)

Buscas corazones que no teman ir
al campo de batalla.
Buscas vidas dedicadas a servir,
que amen tu palabra.
buscas luces en la oscuridad
que no tengan miedo de brillar.

Porque la mies, en verdad, es mucha
y no tengo excusas para decir no.
Si me llamaste a ser ese que tú buscas,
que no tiene dudas de la decisión
de entregar de nuevo el corazón a tu misión.

Buscas a los que se entregan de verdad
y no a los mejores.
Buscas a los que comparten sin dudar,
tus grandes bendiciones.
Buscas luces en la oscuridad
que no tengan miedo de brillar.

Te coronaron con las estrellas;
tuya es la luna, Madre del sol.
De ojitos negros y tez morena,
correntinita, Madre de Dios.

Azul el manto, como tu río,
blanca mantilla de ñandutí.
Reina y Señora por cuatro siglos.
Sos pura y limpia, María Itatí.

Carita de nogal, manitos de timbó,
che sy de los abá, del viejo Yaguarón.
Vos sos tierra sin mal y estás llena de Dios.
Mirá nuestra orfandad, curá nuestro dolor.
Mostranos a Jesús, danos tu bendición.

Como los indios en otros tiempos,
necesitamos saber que estás,
curando el alma de nuestro pueblo,
que se desangra en su identidad.

En tu silencio y entre tus manos,
caben las penas del poriahú.
Vivimos todos crucificados,
quedate cerca de nuestra cruz.


AMABILE LUCIA WISENTEINER (Paulina del Corazón de Jesús Agonizante) (1865-1942) fue una religiosa italiana, radicada en Brasil. En 1895 fundó la congregación de las Hermanitas de la Inmaculada Concepción, dedicadas a cuidar a huérfanos y ancianos, especialmente de antiguos esclavos de los barrios pobres. En 1909 sufrió la destitución de su cargo de superiora por el arzobispo de San Pablo y a partir de ahí se dedicó de lleno al servicio humilde de los enfermos. La gente la reconocía como la ‘enfermera’. Fue canonizada en el año 2002 por Juan Pablo II.