San Buenaventura

Éxodo 2, 1-15ª
Salmo 68, 3. 14. 30-31. 33-34

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido.
¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.
Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.

Dios, como el sembrador de la parábola, siembra a diestra y siniestra, en todos los terrenos. Pero hay ‘terrenos’ donde la siembra se hace más intensa, más cuidada, con más tiempo y, sin embargo, la dureza de la misma no permite que los pequeños brotes arraiguen. Nosotros somos los privilegiados en donde Dios ha sembrado de modo especial. Es allí donde espera que las espigas den el cien por cien. Y, sin embargo, cuanta desilusión a veces. ¿Llorará Jesús también por nosotros?

Él no se cansa de hacer ‘milagros’ a nuestro alrededor. Pero nos parecemos a esos niñitos caprichosos que reciben todo y, sin embargo, nunca están conformes, siempre se quejan, siempre falta algo que los demás deben darle. Y aunque estén llenos de todo, nunca quedarán satisfechos y siempre habrá un motivo para lamentarse y echar la culpa a otros. Es la cerrazón para ver las maravillas que se manifiestan día a día en nuestra vida y en las de los demás. Si abrimos los ojos veremos cuántos milagros se producen a diario, cuánta presencia amorosa nos rodea, nos mima, nos acompaña. Dios no se deja ganar en generosidad, pero su accionar puede pasarnos desapercibido. Que no diga Jesús ¡ay de ti!, sino ¡feliz de ti!, por haber descubierto su presencia, por haberlo aceptado y acogido su palabra.


MÁXIMA
Abre los ojos a las maravillas de Dios


Cuando el Verbo se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros, ¿no ha instruido con su boca divina todos aquellos que le seguían? ¿No ha reunido en torno a Él a los pequeños niños para enseñarles y bendecirlos? Y nosotros, que somos sus discípulos ¿podemos no imitar sus ejemplos, y no contribuir tanto como nos sea posible a preservar la generación naciente del doble contagio de las malas doctrinas y de las malas costumbres? (Fundación de una escuela – 1846)

Quiero conocerte,
vivirte como nunca te he vivido.
Busco encontrarte,
vivir una experiencia ahora contigo.

Sé tú mi razón de vivir,
tómame, Señor, ven a mí.
Tuyo, por siempre, Señor.
Dime cómo amarte en verdad,
darme todo ya sin dudar,
vivir una experiencia hoy contigo.

Quiero hoy tenerte,
rendirme a Ti, amigo.
Quiero ser ya diferente.
Vengo a entregarme.
Llena mi interior,
abre mis ojos.
Quiero verte.

Levanto mis manos,
elevo a Ti mi voz,
subo a tu presencia.
Quiero vivirte, Señor.
Levanto mis manos,
espero sólo en Ti.
Guárdame contigo.
Allí quiero vivir.

Sé tú mi razón de vivir,
tómame, Señor, ven a mí.
Tuyo, por siempre, Señor.
Dime cómo amarte en verdad,
darme todo ya sin dudar,
vivir una experiencia hoy contigo.

Una experiencia,
una experiencia contigo