Santos Joaquín y Ana

Eclesiástico 44, 1.10-15
Salmo 131, 11. 13-14. 17-18

Jesús propuso a la gente otra parábola:
El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue.
Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.
Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?
Él les respondió: Esto lo ha hecho algún enemigo.
Los peones replicaron: ¿Quieres que vayamos a arrancarla?
No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero.

Esta parábola nos presenta una realidad tan conocida como tan escasamente reconocida en la realidad de la vida. En este relato simbólico, Jesús hace mención de varias cosas, que estamos cansados de verlas y sufrirlas a diario: 1) En la vida existe juntamente el bien y el mal. 2) El bien y el mal están mezclados por todas partes. 3)El bien y el mal no son fáciles de distinguir, ni es fácil separarlos. 4) Todos tenemos la inclinación, casi instintiva, a querer arrancar de raíz el mal. 5) Pero existe, en este asunto tan importante, el peligro enorme de arrancar el bien, cuando pensamos que estamos acabando con el mal. 6) Por eso, Jesús dice que no debemos ir por la vida intentando acabar con el mal, porque podemos equivocarnos hasta tal punto, que arranquemos el trigo bueno, cuando pensamos que estamos arrancado la cizaña mala.

La gran enseñanza, que nos deja aquí Jesús, es que no somos nosotros los “jueces” que saben dónde está el bien y el mal. Esto NO. Y mil veces NO. Solamente Dios sabe lo que es trigo y lo que es cizaña. De ahí, que lo primero, que ha de tener todo ser humano honrado y honesto, es el respeto; el respeto a todos, sobre todo en las cosas que son más discutibles y más opinables, que son las mayorías de las cosas, personas y situaciones que nos vamos encontrando en nuestro caminar por la vida. La actitud básica de todo ser humano ha de ser siempre el respeto. El juicio definitivo pertenece y corresponde solamente a Dios.


Pero cuando echo una mirada sobre estos alumnos reunidos por la Providencia, cuando considero las inmensas necesidades de esta gran diócesis, y las comparo con sus recursos, mi corazón se conmueve y se rompe y estoy tentado de decir a Jesucristo como sus apóstoles en una circunstancia parecida: ¿Qué es este pequeño número para hacer de nuevo fértiles y además en poco tiempo, tantas tierras no cultivadas, tantos campos cubiertos de espinas, donde el hombre enemigo ha sembrado ya su cizaña? Por otra parte ¡cuántas pérdidas nuevas tendremos antes que los obreros que formamos ahora puedan trabajar en esta viña desolada, abierta a todos los viandantes, que la saquean y la pisotean! Al menos, mis queridos hermanos, hoy tenemos la confianza que el grano de mostaza crecerá rápidamente, y que Dios tocado por nuestras oraciones lo multiplicará al céntuplo, como en otra ocasión multiplicó los panes para alimentar al pueblo fiel que lo había seguido en el desierto. (Sermón para la apertura de la escuela eclesiástica de Treguier)

Los favoritos de Dios no tienen nada.
Los preferidos del Padre nada son.
Y yo pensando en ser alguien y en mil bobadas,
mientras hay quienes mueren de dolor.

Los elegidos del Reino son los pobres,
los que malviven sin otra ocupación,
que la de seguir vivos que ya es bastante
cuando les han robado la ilusión,
que la de seguir vivos, que ya es bastante,
cuando les han robado la ilusión.

Un poco de tu pan, un poco de tu vino,
un poco de esperanza para el corazón.
Un poco de tu luz, un poco de tu espíritu,
para aquellos que sueñan con la salvación.

Los favoritos de Dios son los pequeños,
los que merecen su máxima atención,
son putas y borrachos, presos, drogatas,
que son los que precisan más amor.

Un poco de tu pan, un poco de tu vino,
un poco de esperanza para el corazón.
Un poco de tu luz, un poco de tu espíritu,
para aquellos que sueñan con la salvación.