San Pedro Poveda

Éxodo 24, 18; 31, 18; 32, 15-24. 30-34
Salmo105, 19-23

Jesús propuso a la gente esta parábola: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.
Después les dijo esta otra parábola: El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.
Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: «Hablaré en parábolas anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo».

Mateo une estas dos parábolas planteando el dinamismo propio de la vida: “el crecimiento”. La semilla de mostaza lleva “un código” que lo convertirá en un gran arbusto, así como la levadura lleva “otro código” que hará fermentar toda la masa.
¿Cuál es nuestro código que puede hacer desplegarnos en totalmente?
¿Cuál es ese código que nos ayudará a hacernos conscientes de nuestra verdad más profunda?
Es necesario “ver de otra manera”, contemplar nuestra realidad cotidiana de tal marea, que podamos desentrañar ese “código”, que nos haga descubrir esa realidad profunda que nos habita, ese amor transformador cargado de paciencia que permite que una sencilla semilla se transforme en un gran arbusto.
Es necesario ir haciendo consciente cómo el amor del buen Dios nos va transformando y desplegándonos en ese gran arbusto, que en tantas ocasiones no somos capaces de reconocer en nosotros mismos.

Nuestra mirada está tan condicionada y limitada por nuestra forma de pensar, de juzgar, tan cargada de prejuicios, que nos dificultamos nosotros mismos nuestra capacidad de percibir los signos del reino en nosotros, en nuestro entorno.
El evangelio de hoy nos animar a rastrear ese código de Jesús: esas actitudes, gestos, palabras oportunas y acciones cargadas de ese código del amor de Jesús, que descubrimos en quienes caminan a nuestro lado, y en nosotros mismos, en el mundo que se nos regala. Semillas del reino que nos recuerda que su amor lo alcanza todo, para que el hombre viva y viva en abundancia.


MÁXIMA
El Reino de Dios está entre nosotros


Todos ustedes desean, hijos míos, ser admitidos un día en el reino de Dios y saborear eternamente la felicidad que él prepara para sus elegidos. Vengo a mostrarles hoy el camino que conduce a ese final feliz que desean alcanzar. Vengo a mostrarles a Jesucristo marchando primero por la ruta que Él nos ha abierto… (Sobre el sufrimiento, S. VI, 1990)

Como semilla pequeña
en manos de los pobres,
como el trigo que germina
en las sombras de la noche.
Tu reino en nuestras manos
agita nuestro espíritu
y nos lleva por caminos
de luchas y esperanzas.

Tu voz es nuestro canto,
tu grito es la palabra que palpita,
en el corazón ardiente de tu pueblo,
creadores de la historia,
testigos de tu Reino.

Danos tus manos duras
y seremos una fuerza;
danos tu voz valiente
y seremos grito viviente.
Danos tus pasos firmes
para abrir nuevos caminos,
danos tu amor sincero
pa’ crear un mundo nuevo.

Ven junto a tu pueblo,
Señor, con nosotros.
Llevamos tu regalo
en vasos de barro.
Porque nada tenemos,
estamos esperando
que tus manos nos agarren,
para seguir andando.