Domingo 18º durante el año

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23 
Salmo 89, 3-6.12-14.17  
Colosenses 3, 1-5.9-11  

Uno de la multitud le dijo: Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.
Jesús le respondió: Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?
Después les dijo: Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas. Les dijo entonces una parábola: Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha. Después pensó: Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado? Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios.

Uno de la multitud le pide a Jesús que intervenga en un litigio por la herencia con su hermano, a lo que Jesús responde preguntándose, quién lo constituyó juez o árbitro entre ellos. Luego hace una advertencia respecto de la riqueza, pues esta no asegura la vida de nadie y luego nos narra una dura y muy realista parábola.
Un rico terrateniente, propietario de grandes extensiones de tierra, se ve sorprendido por una cosecha que supera todas sus expectativas. En el relato se utiliza el término jora, que no significa un terreno cualquiera, sino una región (son las grandes extensiones que van acumulando los latifundistas).

El rendimiento de sus campos ha sido tan espectacular que sus graneros se han quedado pequeños para almacenar la cosecha. El hecho es extraño, pues de ordinario los grandes terratenientes poseían si­los, graneros y almacenes bien calculados (se han descubierto en Séforis cámaras subterráneas para almacenar trigo y otros pro­ductos del fértil valle de Bet Netofá. Los utilizaban para asegurar su bienestar y especular con los precios en tiempos de escasez, dice Freyne).

“¿Qué haré?”, se pregunta el rico ante el inesperado problema. La misma pre­gunta que se hacen los oyentes de Jesús: ¿qué hará con toda esa cosecha? Una cosecha tan desmesurada es una especie de milagro, una bendición de Dios. Se­gún la tradición religiosa de Israel, en tiempos de cosechas abundantes, José, administrador del faraón de Egipto, había almacenado el grano para que en tiempos de escasez el pueblo no pereciera de hambre (Gn 41,35-36). ¿Hará algo semejante este terrateniente? ¿Pensará en los jornaleros que trabajan sus tierras? ¿Se compadecerá de los hambrientos?

El rico no habla con nadie, más que consigo mismo (v17). En la breve conversación que tiene consigo mismo, usa la palabra ‘yo’ 6 veces y la palabra ‘mi’ 5 veces.  “Aunque esto parezca lo más natural en esta situación, las personas en las que se dan monólogos son proyectados por Lucas de una manera negativa una y otra vez (cf. 5,21-22; 6,8; 9,46-47)” dice Green. No considera dar una paga extra a su mano de obra ni hacer un proyecto de servicio para su comunidad.  No ofrece ninguna palabra de agradecimiento a Dios por esta cosecha tan abundante. Todo es ‘yo’ y ‘mi’; en su vida no existe un otro.

El rico toma la decisión propia de un hombre poderoso: no añadirá un granero más a los que ya tiene; sino que destruirá todo y construirá otros nuevos y más grandes. No actúa pensando en sus jornaleros ni en los desposeídos que pasan hambre. Aquella cosecha inesperada, verdadera bendición de Dios, la disfrutará sólo él, nadie más. En adelante se dedicará a ‘descansar, comer, beber y banquetear’. La frase del rico tiene un tono típicamente epicúreo (filosofía hedonista).

Los pobres que escuchan a Jesús no piensan lo mismo: ese hombre es in­humano y cruel: ¿No puede pensar un poco en los que pasan hambre? ¿No sabe que acaparando para sí toda la cosecha está privando a otros de lo que necesitan para vivir? ¿No tienen ellos ningún derecho a disfrutar de las cosechas con que Dios bendice la tierra de Israel? El rico no es consciente de que los bienes de la tierra son limitados. Si él acapara la co­secha, hay otros que pasarán hambre.

De forma inesperada interviene Dios. Sus palabras son duras. Aquel rico no disfrutará de sus bienes. Morirá esa misma noche. Su actuación es propia de un “necio” que ignora a Dios y se olvida de los seres humanos.

Jesús concluye su parábola con un interrogante fi­nal que plantea Dios y al que los oyentes han de responder: todos aque­llos productos almacenados por el rico, “¿para quién serán?” Los desdi­chados que rodean a Jesús no tienen duda alguna. Esas cosechas con las que Dios bendice los campos de Israel, ¿no han de ser, en primer lugar, para quienes necesitan pan para no morir?

La parábola es un gran desafío a todo el sistema. El rico del relato no es un monstruo. Su actuación es la habitual entre los ricos de Séforis o Tiberíades: sólo piensan en sí mismos y en su bienestar. Siempre es así: los poderosos van acaparando bienes y los desposeídos se van hun­diendo en la miseria. Este estado de cosas, según Jesús, es una insensatez que destruye a los más débiles y no da seguridad a los poderosos.
En una sociedad donde hay gente que vive hundida en el hambre o la mi­seria, solo hay una disyuntiva: vivir como imbéciles, indiferentes al sufri­miento de los demás, o despertar el corazón y mover las manos para ayudar a los necesitados. Así lo siente Jesús.

La cuestión aquí no es ser dueño de posesiones, sino que las posesiones sean dueñas de nosotros. La riqueza es un duro señor/patrón. La persona que desea riquezas es tentada a dejar que la adquisición de cosas se convierta en su mayor prioridad. La persona que tiene riquezas es tentada a pasar su vida cuidándolas y acrecentándolas. 
Sin embargo, el problema no es el dinero, sino el amor al dinero (1 Tim 6,10). La pobreza no le hace a uno inmune de la avaricia.  Alguna gente pobre comparte generosamente con otros en necesidad, pero otros se guardan un pedazo de pan. El problema no es la riqueza sino el egoísmo. (Pagola, Aproximación histórica)

Jesús con los pobres:
Jesús tiene debilidad por ellos, como el Padre la tiene. Son sus predilectos porque son los predilectos del Padre. Con ellos Jesús llega al punto de identificarse: lo que le hacen al más pequeño de mis hermanos a mí me lo hacen. Comparte con ellos, está con ellos, es uno de ellos, vibra con ellos, vive como ellos, nadie le contó lo que es la pobreza, hizo experiencia de ella en su familia.

Jesús y los ricos:
Es duro con ellos en sus sentencias. Pero más duro es con los que no quieren ver a sus hermanos necesitados, con los que hacen caso omiso de ellos, con los que ponen su seguridad en los bienes, con los que se dejan adueñar el corazón por las cosas, con los que creen poder servir a Dios y al dinero. El problema no es la posesión de bienes, sino la actitud ante los hermanos necesitados.


La razón pesa en sus frías balanzas el trozo de pan que arroja al pobre. Y dice: ‘Es suficiente para que no se muera’. Añade la blasfemia del corazón a la blasfemia del pensamiento. (Memorial 55-56)

Uno no tiene nada que dar al miserable a quien falta de todo, y uno no rehúsa nada a su sensualidad, a sus placeres, a sus caprichos; se gasta sin medida, se juega con el oro y este oro es la sangre de los pobres. (S IX p 2593)

Están surgiendo voces escondidas,
están amaneciendo otras verdades.
Se acercan con antorchas encendidas,
iluminando nuestras ciudades.

Son fruto de la paz y de las guerras,
son signo de incalculable valor.
Son hombres y mujeres de esta tierra,
son mis iguales, son lo que yo.

Alégrense los que creen en los demás,
los que se dejan por otros la piel.
Preocúpense los que acumulan bienestar,
los que buscan el poder.
Alégrense los que construyen la Verdad,
los que soñaron un mundo al revés.
Preocúpense los que no quieren dialogar,
los que no saben ceder.

Están subiendo porque somos Norte,
se están quedando porque “aquí es mejor”.
Entraron sin sellar el pasaporte,
pero trajeron su corazón.

No son testigos mudos, sin memoria;
ni son el lastre de nuestra inflación.
Son parte trascendente de la historia.
No son problema, son solución.

Alégrense los que creen en los demás,
los que se dejan por otros la piel.
Preocúpense los que acumulan bienestar,
los que buscan el poder.
Alégrense los que construyen la Verdad,
los que soñaron un mundo al revés.
Preocúpense los que no quieren dialogar,
los que no saben ceder.

Preocúpense, preocúpense
los que “son alguien”… preocúpense.
Preocúpense, preocúpense
los intachables… preocúpense.
Preocúpense, preocúpense
los que no lloran… preocúpense.
Preocúpense, preocúpense
los que atesoran… preocúpense.

Alégrense, alégrense,
los excluidos… alégrense.
Alégrense, alégrense,
los perseguidos… alégrense.
Alégrense, alégrense,
los que confían… alégrense.
Alégrense, alégrense,
los que se fían… alégrense.

Preocúpense los empresarios,
que pagan salarios de risa y de hiel.
Alégrense los voluntarios,
si son solidarios estén donde estén.
Preocúpense los puritanos,
que lavan sus manos cumpliendo la Ley.
Alégrense los compañeros,
que siempre estuvieron, con dudas o fe.
Alégrense los humanistas,
los gays, los artistas, la gente de bien…
Alégrense y hasta la vista,
y perdonen que insista… ustedes también.

Alégrense, alégrense, …