San Juan María Vianney

Números 11, 4b-15  
Salmo 80, 12-17  

Al enterarse de la muerte de Juan, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie.
Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.
Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos.
Pero Jesús les dijo: No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos.
Ellos respondieron: Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados.
Tráiganmelos aquí, les dijo.
Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños
.

En este texto encontramos uno de los relatos más conmovedores y profundos de los Evangelios: la multiplicación de los panes y los peces. Este pasaje nos invita a reflexionar sobre la abundancia de la misericordia de Dios y la importancia de confiar en su providencia, incluso en medio de nuestras limitaciones y dificultades.

Jesús, al enterarse de la muerte de su primo Juan, se retira a un lugar solitario para orar y buscar consuelo. Sin embargo, al ver a la multitud que lo sigue, en lugar de sentirse abrumado o cansado, siente compasión por ellos. La compasión de Jesús nos revela su corazón lleno de amor y su deseo de atender las necesidades humanas, incluso cuando él mismo atraviesa momentos de dolor.

La multitud, que había venido con hambre física y espiritual, representa a todos nosotros en nuestras necesidades más profundas. La respuesta de Jesús, tomando los cinco panes y los dos peces, bendiciéndolos y distribuyéndolos, nos muestra que, en las manos de Dios, lo pequeño puede convertirse en abundante. La multiplicación de los panes es un signo de que la gracia de Dios siempre supera nuestras limitaciones y que, cuando confiamos en Él, podemos experimentar milagros en nuestra vida.

Este pasaje también nos invita a reflexionar sobre la importancia de compartir lo que tenemos, por pequeño que parezca. La generosidad y la fe en la providencia divina abren la puerta a la abundancia. No se trata sólo de la comida física, sino también de la comida espiritual: la palabra, la esperanza, el amor y la comunidad.

Finalmente, la experiencia de la multiplicación nos recuerda que Jesús es el Pan de Vida, que satisface nuestras necesidades más profundas y nos invita a confiar en su providencia. En medio de nuestras propias dificultades, podemos aprender a acudir a Él con fe, sabiendo que, en sus manos, lo que ofrecemos y lo que somos puede convertirse en una bendición para muchos.

Que esta historia nos inspire a confiar en la misericordia de Dios, a ser generosos con lo que tenemos y a buscar siempre en Jesús la verdadera fuente de abundancia y vida plena.


MÁXIMA
El amor nunca dice basta


Amémonos los unos a los otros como los miembros de una misma familia. En la vida y en la muerte, prestémonos todos los servicios; prodiguémonos los unos a los otros la ayuda de una caridad verdaderamente cristiana. (Al grupo de chicas de S. Brieuc)

Caminando por las sendas de este mundo,
si descubres un niño sin poder crecer,
abre tu escuela menesiana
y así podrás tener fuerzas y alas
para poder volar.

Atrévete, vamos a construir. ¡Ven!
un cielo para que suene su voz
y cante libre.
Mírate, abre tu corazón ya,
para buscar…

Si entendemos la esperanza menesiana
y ponemos a nuestro sueño su color.
Un arcoíris limpio y grande alumbrará
la senda para todos juntos andar.

Atrévete, vamos a construir. ¡Ven!
un cielo para que suene su voz
y cante libre.
Mírate, abre tu corazón ya,
para buscar…

Busca la estrella que guiará
nuestro camino al andar.


JUAN BAUTISTA MARÍA VIANNEY (1786-1859), conocido como el Santo Cura de Ars, fue un presbítero francés, proclamado patrono de los sacerdotes. Su humildad, su predicación, su discernimiento y saber espontáneos, y su capacidad para generar el arrepentimiento de los penitentes fueron proverbiales. Se especializó en el sacramento de la penitencia, dedicando a este servicio casi todo el día. Fue ordenado sacerdote en 1815, después de mucho bregar con los estudios, para los cuales no estaba muy dotado. A los 3 años fue enviado a Ars, un pueblito de 250 habitantes, donde permanecería hasta su muerte y haría de este lugar de Francia un centro nacional de peregrinación. Fue canonizado en 1925 por Pío XI.