Domingo 27º durante el año

Los Apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe.
El respondió: Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: «Ven pronto y siéntate a la mesa»?
¿No le dirá más bien: «prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después»?
¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: «Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber».

Como tantas veces ha hecho en el evangelio de Lucas, Jesús no responde directamente a la petición de los apóstoles. Quiere dar a entender que la petición –auméntanos la fe- no está bien planteada. No se trata de cantidad, sino de autenticidad. Jesús no les podía aumentar la fe, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. Además, la fe no se puede aumentar desde fuera, tiene que crecer desde dentro. Jesús con la hipérbole (exageración) de la morera, lo que nos está diciendo, es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza, podrá desplegarla.
La fe no es un acto ni una serie de actos, sino una actitud personal fundamental que imprime una dirección definitiva a la existencia. Es adhesión a una persona. La fe es una vivencia de Dios, por eso no tiene nada que ver con la cantidad. El grano de mostaza, aunque diminuto, contiene vida exactamente igual que la mayor de las semillas. Esa vida es lo que de verdad importa, no la cantidad. Eso no lo habían descubierto aún los apóstoles.
En la Biblia, fe es equivalente a confianza en una persona. No se trata de tener paciencia y esperar que Dios haga finalmente lo que esperamos de Él. No se trata de esperar que Dios nos salve de las calamidades y limitaciones, sino de encontrar a Dios y su salvación incluso en esas calamidades y limitaciones. La fe que nos pide el evangelio no es la confianza en un señor poderoso por encima y fuera del mundo, que nos puede sacar las castañas del fuego. Se trata más bien, de la confianza en el Dios inseparable de cada criatura, que las atraviesa y las sostiene en el ser.
Creer en Dios es confiar en las posibilidades de cada criatura para alcanzar su plenitud propia. Creer en Dios es confiar en cada persona y en sus posibilidades de alcanzar su plenitud humana.
La suposición que plantea Jesús, pone de manifiesto que la vida cristiana no se puede plantear con afán de recompensa; no podemos servir a Dios y seguir a Jesús por lo que podamos conseguir, sino que debemos hacernos un planteamiento de gracia.
El buen discípulo se fía de Jesús y de su Dios. Cuando se da esa razón secreta para seguir a Jesús, no se vive pendiente de recompensas; se hace lo que se debe hacer y entonces se es feliz en ello.
Existe, sin duda, la esperanza e incluso la promesa de que Dios nos sentará a su mesa (símbolo de compartir sus dones), pero sin que tengamos que presentar méritos; sin que sea un salario que se nos paga, sino por pura gracia, por puro amor.
Las “obras buenas” no son un pagaré que podamos presentar a Dios. Son más bien la manifestación de que hemos acogido el amor de Dios y lo manifestamos ante los demás.
Con Dios no vale el “te doy para que me des”(ayni), sino lo que cuenta es abrirse a Él como somos… y se nos invita, por gracia, a sentarnos a su mesa, lo que no siempre ocurre precisamente en las relaciones sociales de este mundo.

Jesús y los apóstoles:
Jesús camina con ellos y en el camino de la vida los va educando, formando, trabajando. Le piden que les aumente la fe como si esta fuera una dosis que se da. La que hace crecer la fe es el estilo de relación que tejo con Dios. La relación de esclavo-amo no ayuda a crecer la fe, sí el servilismo. La relación Padre-hijo/a sí hace crecer la fe y lo hace en libertad y gratuidad, no como un derecho o una obligación, sino por amor.


Tengamos en el provenir más cuidado que el que hemos tenido hasta ahora de tener siempre nuestra alma en cierto modo en nuestras manos, bajo los ojos de Dios, a fin de que no obre más que por su espíritu y por el movimiento de su gracia. No nos limitemos a ofrecerle, por la mañana, nuestras acciones; renovemos a menudo, a lo largo del día, el recuerdo de su presencia, y hagamos de modo que ya nuestra conversación esté en el cielo; y entonces haremos todos nuestros ejercicios de piedad con fervor, sacudiremos sin pesar nuestra tibieza, y en la unión con Dios, principio de toda luz, de toda sabiduría, de toda vida, encontraremos nuestro consuelo, nuestra alegría y nuestra fuerza. Cuando digo que debemos estar llenos de espíritu de fe, en el fondo, no digo más que lo que acabo de decir, porque no es más que la fe la que puede elevar nuestra alma continuamente hacia Dios. (Medios para conservar los frutos del retiro)

Creer en ti señor
no es sólo la palabra vocación,
es desgastarse entre los hombres por amor.
Creer en ti es mucho más
que llevar tu nombre en mi voz,
es permitir que sea tu gracia
quien viva en mi corazón.
Creer en ti no es sólo pedir
por el pecador,
es el abrir mis brazos pronto al perdón.
Creer en ti no bastará
para cambiar la situación,
es transformarse en hombre nuevo
y anunciar la salvación.

Por eso, yo quiero creer en ti,
quiero que me sanes,
que me transformes,
me hagas feliz.
Yo te doy mi vida,
tú me das la mano,
y así es como siempre
yo te quiero amar.

Por eso yo quiero creer en ti,
seas tú mi esperanza,
mi fortaleza, mi plenitud.
Yo te doy mi vida,
tú me das la mano y así juntos
siempre hasta la eternidad.

Creer en ti señor
no es signo de debilidad,
es la confianza de que un día volverás.
Creer en ti no es el refugio
de quien vive en soledad,
es plenitud de vida nueva
de vida en comunidad.
Creer en ti señor
no es sólo para el mundo pedir paz,
es trabajar para que sea realidad.
Creer en ti no me asegura
que no pueda yo fallar,
más en ti he puesto mi esperanza
y me puedo levantar.

Y por eso yo quiero creer en ti,
quiero que me sanes,
que me transformes me hagas feliz.
Yo te doy mi vida,
tú me das la mano,
y así es como siempre
yo te quiero amar.