Beata Chiara ‘Luce’ Badano

Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén.
Una persona le preguntó: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?
Él respondió: Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán. En cuanto el dueño de casa se levante y cierre la puerta, ustedes, desde afuera, se pondrán a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y él les responderá: «No sé de dónde son ustedes».
Entonces comenzarán a decir: «Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas». Pero él les dirá: «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!»
Allí habrá llantos y rechinar de dientes, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes sean arrojados afuera.
Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios.
Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos.

La sociedad moderna va imponiendo cada vez con más fuerza un estilo de vida marcado por el pragmatismo de lo inmediato. Apenas interesan las grandes cuestiones de la existencia. Ya no tenemos certezas firmes ni convicciones profundas.
Poco a poco, nos vamos convirtiendo en seres triviales, cargados de tópicos, sin consistencia interior ni ideales que alienten nuestro vivir diario, más allá del bienestar y la seguridad del momento.

Es muy significativo observar la actitud generalizada de no pocos cristianos ante la cuestión de la “salvación eterna” que tanto preocupaba solo hace pocos años: bastantes la han borrado sin más de su conciencia; algunos, no se sabe bien por qué, se sienten con derecho a un “final feliz”; otros no quieren recordar experiencias religiosas que les han hecho mucho daño.

Según el relato de Lucas, un desconocido hace a Jesús una pregunta frecuente en aquella sociedad religiosa: “¿Serán pocos los que se salven?” Jesús no responde directamente a su pregunta. No le interesa especular sobre ese tipo de cuestiones estériles, tan queridas por algunos maestros de la época. Va directamente a lo esencial y decisivo: ¿cómo hemos de actuar para no quedar excluidos de la salvación que Dios ofrece a todos?

“Esfuércense en entrar por la puerta estrecha”.
Estas son sus primeras palabras. Dios nos abre a todos la puerta de la vida eterna, pero hemos de esforzarnos y trabajar para entrar por ella. Esta es la actitud sana. Confianza en Dios, sí; frivolidad, despreocupación y falsas seguridades, no. Jesús insiste, sobre todo, en no engañarnos con falsas seguridades.
No basta pertenecer al pueblo de Israel; no es suficiente haber conocido personalmente a Jesús por los caminos de Galilea. Lo decisivo es entrar desde ahora en el reino Dios y su justicia. De hecho, los que quedan fuera del banquete final son, literalmente, “los que practican la injusticia”. Jesús invita a la confianza y la responsabilidad.
En el banquete final del reino de Dios no se sentarán sólo los patriarcas y profetas de Israel. Estarán también paganos venidos de todos los rincones del mundo. Estar dentro o estar fuera depende de cómo responde cada uno a la salvación que Dios ofrece a todos.
Jesús termina con un proverbio que resume su mensaje. En relación al reino de Dios, “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. Su advertencia es clara. Algunos que se sienten seguros de ser admitidos pueden quedar fuera. Otros que parecen excluidos de antemano pueden quedar dentro.
Confianza, sí. Frivolidad, no. (José Antonio Pagola)


Entonces, mis queridos hijos, el triunfo de Jesucristo es nuestro triunfo; y debemos entregarnos a las expresiones de la alegría más vivas al ver abiertas esas puertas eternas, cerradas a la desdichada posteridad de Adán y que se levantan hoy para dejar entrar al Rey de gloria y a quienes lo acompañan, es decir, las almas de los justos que han muerto desde el origen del mundo. (Sermón sobre la Ascensión)

En mi caminar yo escuché su voz,
entre el viento y las montañas
me llamó mi Dios.

Sus palabras me abrasaron
como el calor del sol,
y en mi pecho floreció
su eterno amor.

Cristo vive en mí
y mi corazón late por él.
Ya no soy igual:
su amor me dio un nuevo amanecer.
Con mi quena canto hoy,
con mi charango toco al Creador.
Cristo vive en mí.
¡Gloria a mi Señor!

Antes triste caminaba
sin saber por qué.
Pero Cristo me encontró,
me llenó de su fe.
Ahora soy feliz
porque danzo para mi Rey.
Mi alma libre es.
Jesús me salvó.

Sube mi canto al cielo azul
como el cóndor vuela hacia ti.
Montes, ríos y todo mi ser,
todos cantan al Salvador.

Cuando el dueño de casa se levante de la mesa
y cerrando la puerta se queden ustedes fuera,
le tocarán diciendo: “Señor, ábrenos la puerta”.
Pero él les dirá entonces:
“No sé quiénes son siquiera”.

No basta, participar de su mesa.
No basta, alguna prédica intensa.
No basta, decir: “Eres mi Señor”, a plaza llena.
Aunque hay muchos que lo intentan,
son muy pocos los que entran
por la puerta estrecha.   

Dirán que eran asiduos a los cultos en iglesias
y que habían partido el pan en la misma mesa.
Y llorarán entonces cuando Abraham y los profetas
estén dentro del reino y ustedes se queden fuera.

Ya no importa el linaje, ni la antigua procedencia,
ni si son del Oriente o el Poniente los que vengan.
Lo importante es el viaje, será un orden a la inversa:
Que los últimos vengan, son primeros en la mesa.


CHIARA “LUCE” BADANO fue una joven italiana reconocida por su profunda fe cristiana y su testimonio de alegría en medio del sufrimiento. Nació en 1971 en Sassello, Italia, y murió en 1990, a los 18 años. Desde pequeña mostró una gran sensibilidad espiritual y un carácter alegre, solidario y abierto. Se unió al Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich, quien le dio el sobrenombre de “Luce” (luz) por la claridad interior que irradiaba. A los 17 años, mientras jugaba al tenis, sintió un dolor fuerte en el hombro. Poco después le diagnosticaron un osteosarcoma, un tipo agresivo de cáncer óseo. Durante su enfermedad, Chiara vivió el dolor con una fe profunda y una sonrisa constante. Decía: “Jesús, si tú lo quieres, yo también lo quiero.” A pesar del sufrimiento, se mantuvo siempre disponible para los demás, animando a quienes la visitaban y ofreciendo su dolor “por los jóvenes y por la Iglesia”. Fue beatificada en el año 2010, reconocida por la Iglesia como modelo de santidad para los jóvenes.