San José Pignatelli

Jesús dijo: En los días del Hijo del hombre sucederá como en tiempo de Noé: La gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca y llegó el diluvio, que los hizo morir a todos.
Sucederá como en tiempos de Lot: se comía y se bebía, se compraba y se vendía, se plantaba y se construía. Pero el día en que Lot salió de Sodoma, cayó del cielo una lluvia de fuego y de azufre que los hizo morir a todos. Lo mismo sucederá el Día en que se manifieste el Hijo del hombre.
En ese Día, el que esté en la azotea y tenga sus cosas en la casa, no baje a buscarlas. Igualmente, el que esté en el campo, no vuelva atrás. Acuérdense de la mujer de Lot. El que trate de salvar su vida, la perderá; y el que la pierda, la conservará.
Les aseguro que, en esa noche, de dos hombres que estén comiendo juntos, uno será llevado y el otro dejado; de dos mujeres que estén moliendo juntas, una será llevada y la otra dejada. De dos que estén en un campo, uno será llevado y el otro dejado.
Entonces le preguntaron: ¿Dónde sucederá esto, Señor?
Jesús les respondió: Donde esté el cadáver, se juntarán los buitres.

Señor, haz que en esta oración entre en la dinámica del evangelio: perder para ganar. Perder tiempo, esfuerzo, trabajo, energías, en servicio de los demás, de los que más me necesiten. Y esto para tener más vida, más realización personal, más alegría y más esperanza. Es lo que hizo Jesús y es lo que yo también quiero hacer.

Miremos los verbos que usa el texto bíblico hablando de los hombres de aquel tiempo: “comían, bebían”, (aspecto corporal), “plantaban, construían”, (aspecto laboral), “compraban, vendían”, (aspecto social), tomaban mujer o marido (aspecto afectivo).

Pero aquí, ¿dónde queda el aspecto espiritual? Lo ignoraban. Esto es lo que Jesús les echa en cara. Y ese pecado es el que abunda en nuestro mundo y en nuestros días. El mundo de nuestro tiempo está organizando su vida al margen de Dios. “Ser agnóstico es no tener necesidad de Dios” (Tierno Galván). Y ésta es nuestra tragedia.

Según el Génesis el hombre es “un trozo de barro con un soplo divino” (Gn.2, 7). Y este hombre con ese soplo divino se convierte en “imagen y semejanza de Dios”. Pero ¿qué es el hombre sin ese soplo de Dios? Barro, arcilla, tierra, nada.
El hombre, como el árbol, necesita de las raíces de la tierra y de la inmensidad de los cielos para mantenerse en pie. Por eso dice el Concilio Vaticano II que: “el hombre sin Dios se desvanece”. La imagen de Dios en el hombre es el mejor carnet de identidad, su ADN más profundo.

Señor, yo quiero aprovechar mi vida empleándola en servir a los demás con generosidad y amor. No quiero mirar atrás como la esposa de Lot. Mirar atrás es vivir de reservas o de nostalgias. Yo quiero mirar siempre adelante para no petrificarme. Y quiero mirar adelante consciente de que, para un cristiano, cualquier tiempo pasado fue peor. Lo que nos queda es infinitamente mejor que lo que hemos vivido. ¡Gracias, Señor!


Es Dios mismo quien lo dijo: El reino de los cielos sufre violencia y solo quienes la ejercen pueden llegar a él. Los justos sólo pueden pretender llegar a él con esta condición. ¿Creerá el pecador que puede ir a él sin esfuerzo? No, hermanos míos, sería un error pensar eso: hay dificultades que superar, enemigos que vencer cuando uno desea trabajar seriamente para su conversión. Pero estas dificultades no son insuperables, estos enemigos no son invencibles. Con la gracia de Dios, que nunca niega, el pecador puede triunfar sobre unos y otros. Dios, que sinceramente quiere su conversión, le dará todos los medios necesarios para hacerlo”. (S. 10. Sermón sobre la conversión)

Jesús viene a nosotros,
su gracia nos derramó.
Somos una familia,
Caminamos hacia Dios
con su amor y con su gracia.

Ternura en su mirada,
desbordada de amor.
Nos abrazaba a todos,
nos abrió su corazón
de esta manera.

Nuestro es el Reino de Dios,
el Reino de Dios.
Nuestro es el Reino.
Oh, oh, oh, oh.
Nuestro es el Reino.

Haciéndome pequeño
tu rostro yo buscaré.
ante lo inesperado
yo siempre te esperaré.
mi corazón has sanado.

Mi vida te la entrego
al servicio, oh Señor.
Nos hacemos pequeños
en tu Espíritu de amor,
porque de ellos es
el Reino de Dios.


JOSÉ PIGNATELLI fue un sacerdote jesuita español nacido en Zaragoza el 27 de diciembre de 1737 y fallecido en Roma el 15 de noviembre de 1811.
Provenía de una familia noble y desde joven mostró gran piedad y amor por los pobres. Ingresó en la Compañía de Jesús a los 16 años y fue ordenado sacerdote en 1762. Poco después, en 1767, cuando el rey Carlos III expulsó a los jesuitas de España, José Pignatelli acompañó con fidelidad y caridad a sus hermanos en el destierro a Córcega y luego a Italia.
Durante los años de supresión de la Compañía (1773-1814), Pignatelli fue un símbolo de unidad y esperanza. Se preocupó por mantener viva la espiritualidad y las tradiciones ignacianas, ayudando a los jesuitas dispersos. Cuando se permitió nuevamente la existencia de la Compañía en algunas regiones (como en Rusia y luego en Nápoles), él trabajó incansablemente para su restauración definitiva.
Murió antes de ver la restauración completa de la orden, que ocurrió en 1814, pero su fidelidad y prudencia fueron esenciales para que la Compañía sobreviviera en tiempos tan difíciles.
El papa Pío XII lo canonizó en 1954, reconociéndolo como modelo de fidelidad, paciencia y esperanza.