Epifanía del Señor – Chile: De la feria

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo.
Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías.
En Belén de Judea, –le respondieron–, porque así está escrito por el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel».
Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje.
Después de oír al rey, ellos partieron.
La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño.
Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje.
Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.

Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto, y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer».
El respondió: «Denles de comer ustedes mismos».
Ellos le dijeron: «Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos».
Jesús preguntó: «¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver».
Después de averiguarlo, dijeron: «Cinco panes y dos pescados».
El les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde, y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta.
Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. También repartió los dos pescados entre la gente. Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado. Los que comieron eran cinco mil hombres.

Ante Jesús se pueden adoptar actitudes muy diferentes. El relato de los magos nos habla de la reacción de tres grupos de personas: Unos paganos que lo buscan guiados por la pequeña luz de una estrella, los representantes de la religión del Templo, que permanecen indiferentes, y el poderoso rey Herodes que solo ve en él un peligro.

Los magos no pertenecen al pueblo elegido. No conocen al Dios vivo de Israel. Nada sabemos de su religión ni de su pueblo de origen, sólo que viven atentos al misterio que se encierra en el cosmos. Su corazón busca la verdad. En algún momento creen ver una pequeña luz que apunta hacia un Salvador. Necesitan saber quién es y dónde está. Rápidamente se ponen en camino. Su llegada a la ciudad santa de Jerusalén provoca el sobresalto general.

Convocado por Herodes, se reúne el gran Consejo de «los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo». Su actuación es decepcionante. Son los guardianes de la verdadera religión, pero no buscan la verdad. Representan al Dios del Templo, pero viven sordos a su llamada. Su seguridad religiosa los ciega. Conocen dónde ha de nacer el Mesías, pero ninguno de ellos se acercará a Belén. Nunca reconocerán a Jesús.

El rey Herodes, poderoso y brutal, solo ve en Jesús una amenaza para su poder y su crueldad. Hará todo lo posible para eliminarlo. Desde el poder opresor solo se puede «crucificar» a quien trae liberación.

Mientras tanto, los magos prosiguen su búsqueda. No caen de rodillas ante Herodes: no encuentran en él nada digno de adoración. No entran en el Templo grandioso de Jerusalén: tienen prohibido el acceso. La pequeña luz de la estrella los atrae hacia el pequeño pueblo de Belén, lejos de todo centro de poder. Al llegar, lo único que ven es al «niño con María, su madre». Nada más. Un niño sin esplendor ni poder alguno. Una vida frágil que necesita el cuidado de una madre. Es suficiente para despertar en los magos la adoración.

El relato es desconcertante. A este Dios, escondido en la fragilidad humana, no lo encuentran los que viven instalados en el poder o encerrados en la seguridad religiosa. Se les revela a quienes, guiados por pequeñas luces, buscan incansablemente una esperanza para el ser humano en la ternura y la pobreza de la vida.


¡Oh! Salvador mío, cuya bondad y amor se han manifestado al mundo, para que, instruidos por ti, y renunciando a la impiedad y a los deseos terrestres, vivamos aquí abajo en la sobriedad, la piedad, la justicia. Haz que, al verte semejante a nosotros, por lo que aparece fuera, merezcamos ser interiormente reformados a tu imagen. (Guía de la primera edad)

Llegan los magos, una estrella los guió.
Han preguntado dónde ha nacido el Rey.
Lo dice la Escritura: Él nacerá en Belén;
de ti saldrá el que guiará a Israel”.

Qué alegría más grande ellos tuvieron
cuando la estrella los empezó a guiar.
También nosotros hoy nos debemos alegrar,
la luz de Cristo guía nuestra comunidad.

Como los magos se dejaron guiar
por una estrella hasta el niño encontrar,
Así en nuestras vidas dejarnos alumbrar
por su palabra para poderlo encontrar.

Entran y vieron al niño con María,
lo adoran y sus regalos le ofrecieron
al niño que ha nacido en un estable en Belén;
postrados se arrodillan ante el supremo rey.

Abren sus cofres para ofrecerle
oro, incienso y mirra.
Con corazón humilde ofrezcamos al Señor
nuestro servicio fiel y al hermano el amor.

La Epifanía del Señor es una de las fiestas cristianas más antiguas. La palabra epifanía proviene del griego epipháneia, que significa manifestación. La fiesta conmemora la manifestación de Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador de todos los pueblos.
En los primeros siglos del cristianismo, especialmente en las Iglesias de Oriente (siglo II), la Epifanía era la gran celebración del misterio de Cristo y abarcaba varios acontecimientos:
.- la adoración de los Magos,
.- el bautismo de Jesús en el Jordán,
.- y el milagro de las bodas de Caná.
Todos estos hechos tenían en común la revelación pública de la identidad divina de Jesús.
En Occidente, a partir del siglo IV, la Epifanía se centró principalmente en la visita y adoración de los Magos, narrada en el Evangelio de san Mateo. Los Magos, venidos de Oriente, representan a los pueblos paganos que reconocen a Cristo, mientras que la estrella simboliza la luz que guía a toda la humanidad hacia Él.
Con el paso del tiempo, la liturgia occidental separó las celebraciones: la Navidad se enfocó en el nacimiento de Jesús, la Epifanía en su manifestación a las naciones, y el Bautismo del Señor pasó a celebrarse como una fiesta propia.
la Epifanía del Señor celebra que Jesús se revela como luz para todos los pueblos, no solo para Israel, inaugurando la universalidad de la salvación cristiana.