San Lorenzo Giustiniani

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.
Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: Este es un lugar desierto y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer.
El respondió: Denles de comer ustedes mismos.
Ellos le dijeron: Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos.

Jesús preguntó: ¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver.
Después de averiguarlo, dijeron: Cinco panes y dos pescados.

Él les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde, y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta.
Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran.
También repartió los dos pescados entre la gente.

Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado.
Los que comieron eran cinco mil hombres.

Esta es la historia de un picnic fallido con que Jesús quería agasajar a sus discípulos recién llegados de la misión. Los apóstoles han regresado deseosos de contarle a Jesús sus experiencias de predicación, expulsión de demonios y sanación de los enfermos. Jesús también necesita hacer el duelo de la cruel muerte de Juan el Bautista, presintiendo tal vez que le aguardaba una muerte parecida. Los invitó a un picnic en un lugar tranquilo a orillas del lago.

Sus esperanzas se desmoronaron cuando encontraron miles de personas antes que ellos. Movido por la compasión, Jesús se ocupó primero de las necesidades de la gente y de algún modo se olvidó de sus discípulos, que no parece que hayan participado del acto de compasión. Al final les pide a los doce que compartan su comida, para servir a esos miles y que se aseguren que nada se pierda. Son lecciones serias, que con sus corazones duros tardan mucho en entender.

Tenemos el fuerte contraste entre la macabra fiesta de cumpleaños de Herodes, relatada en el capítulo seis y donde Juan el Bautista es decapitado, con este banquete de Jesús ofrecido a la gente común en un despoblado. Es el banquete de la compasión, de la inclusión, de la mesa donde entran todos, frente al festín de unos pocos, poderosos, donde la vida no vale nada. Es la fiesta de la vida frente a la orgía de la muerte.

Con esta acción Jesús predice el abundante don de la Eucaristía, cuando mira al cielo, bendice y parte el pan, y se los da a sus discípulos para que se los distribuyan a la gente. Habla de su entrega generosa, total, sin límites, porque él será el pan partido y repartido para todos.

Que Dios nos ilumine y ayude a entender esta actitud de donación de Jesús, para que vayamos haciéndola carne en nosotros.


La verdadera compasión no es huraña; es amable y ensancha el corazón; no se atiene a singularidades ni caprichos, sino que practica la caridad, la alegría y la paz. Todas ellas son frutos del Espíritu Santo, por los que sabrán que somos de Jesús” (Juan María pone estas palabras en boca de Jesús)

Aquí hay un muchacho
que solamente tiene
cinco panes y dos peces.
Mas, ¿qué es eso para tanta gente?

Aquí hay un muchacho
que solamente tiene
un corazón dispuesto a dar
Mas, ¿qué es eso para tanta gente?

Aquí esta este corazón
que quiere serte fiel.
Mas, ¿qué es eso si no te tiene a ti?
¿Si no te tiene a ti?

Toma este corazón.
Toma cuanto tengo y cuanto soy.
Toma mi pasado, mi presente y mi futuro.
¡Todo cuanto tengo tómalo!

Mi corazón tomaste,
mis panes bendijiste;
a la gente repartiste,
y a todos alcanzó.
Mi vida está en tus manos
y quieres repartirla
como hiciste con mis panes
aquel día, ¡Oh Señor!

Aquí están mis palabras,
aquí están mis acciones,
aquí están mis ilusiones
Mas, ¿qué es eso sin tu amor, Señor?

Aquí esta este corazón
que quiere serte fiel
Mas, ¿qué es eso si no te tiene a ti?
¿Si no te tiene a ti?

Aquí está este corazón,
con mis panes y mis peces.
Toma todo y repártelo, Señor.

Aquí hay un muchacho…


San Lorenzo Giustiniani (1381–1456) fue un destacado pastor y reformador de la Iglesia, conocido por su vida de austeridad, su sabiduría espiritual y su compromiso con la renovación eclesial.
Nació en Venecia en el seno de una familia noble. Desde joven mostró una profunda inclinación religiosa y, tras una experiencia espiritual decisiva, ingresó en la Congregación de los Canónigos Regulares de San Jorge en Alga, una comunidad reformadora que buscaba vivir con fidelidad el Evangelio, en pobreza, oración y vida fraterna. Allí se distinguió por su humildad, su espíritu de penitencia y su amor a la oración.
Fue nombrado obispo de Castello (Venecia) en 1433 y, años más tarde, en 1451, se convirtió en el primer patriarca de Venecia, cargo desde el cual trabajó intensamente por la reforma del clero, la mejora de la vida moral y espiritual del pueblo, y la atención a los pobres y enfermos. Ejerció su ministerio con sencillez, cercanía y gran sentido pastoral, dando ejemplo más con su vida que con sus palabras.
San Lorenzo fue también un notable escritor espiritual. Sus obras tratan temas como la humildad, la caridad, la obediencia, la vida interior y el amor a Dios, y reflejan una profunda experiencia mística y un gran conocimiento de la Sagrada Escritura.
Murió en 1456 con fama de santidad. Fue canonizado en 1690 y más tarde proclamado Doctor de la Iglesia, reconociéndose así el valor y la profundidad de su enseñanza espiritual. Su vida es un testimonio de cómo la santidad personal puede renovar la Iglesia desde dentro.