San Eulogio de Córdoba

Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud.
Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.
Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra.
Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.
Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman».
Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor, porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.

Este pasaje nos introduce en una experiencia profundamente humana y espiritual: el contraste entre el esfuerzo agotador del discípulo y la presencia silenciosa pero fiel de Jesús.

Jesús ‘obliga’ a los discípulos a subir a la barca. No siempre comprendemos por qué el Señor permite que entremos en travesías difíciles, con “viento en contra”. Ellos obedecen, aun sin entender, y se encuentran remando en la noche, cansados y sin avances. Así ocurre también en nuestra vida de fe: hay momentos en los que cumplir la voluntad de Dios no nos evita la lucha, sino que nos introduce en ella.

Mientras tanto, Jesús está solo en la montaña, orando. Aunque parece ausente, no se ha desentendido de los suyos. Desde la oración, Él ve la fatiga de los discípulos. Esto nos recuerda que, aun cuando no lo percibimos, Jesús contempla nuestras batallas y las sostiene desde su comunión con el Padre.

Jesús se acerca caminando sobre el mar, es decir, dominando aquello que amenaza con hundirnos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen y lo confunden con un fantasma. El miedo distorsiona la mirada: cuando el corazón está cerrado o enceguecido, incluso la presencia salvadora de Dios puede parecernos amenazante. Por eso Jesús pronuncia palabras que atraviesan la noche del alma: «Tranquilícense, soy yo; no teman». Es una revelación y una promesa: Él está, y su presencia vence el temor.
Cuando Jesús sube a la barca, el viento se calma. La paz nace de su cercanía, no de la ausencia de dificultades.

El evangelio concluye con una nota fuerte: los discípulos no habían comprendido el milagro de los panes; su mente estaba enceguecida. El asombro no basta si no se transforma en fe. Los signos de Dios necesitan un corazón abierto para ser entendidos.

Este texto nos invita a revisar nuestra fe:
¿Reconocemos a Jesús en medio de nuestras noches y esfuerzos?
¿Permitimos que la oración y la memoria de sus obras abran nuestros ojos?

La barca no se salva por la fuerza de los remos, sino por la presencia del Señor que dice, también hoy: “Soy yo, no temas”.


Animo pues, no teman, Dios estará con nosotros. Estrechen cada vez más los lazos que los unen a Él, ámenlo cada día más. (S VII 2230)

Aún en la tormenta,
aun cuando arrecia el mar
te alabo, te alabo en verdad.
Aún lejos de los míos,
aún en mi soledad
te alabo, te alabo en verdad.

Pues sólo a ti te tengo, Señor,
pues tú eres mi heredad,
te alabo, te alabo en verdad.

Aún sin muchas palabras,
aunque no sé alabar,
te alabo, te alabo en verdad.


San Eulogio de Córdoba fue un presbítero, escritor y mártir cristiano del siglo IX, una de las figuras más destacadas de los llamados mártires de Córdoba.
Nació en Córdoba, hacia el año 800, en el contexto de Al-Ándalus, bajo dominio musulmán. Recibió una sólida formación intelectual y religiosa, destacándose por su dominio del latín y su profundo conocimiento de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia. Fue ordenado sacerdote y se dedicó a la enseñanza y al acompañamiento espiritual de los cristianos que vivían en una sociedad mayoritariamente islámica.
San Eulogio se convirtió en un firme defensor de la identidad cristiana y de la libertad de fe. Apoyó y animó a aquellos cristianos que, en conciencia, confesaban públicamente su fe en Cristo, aun sabiendo que ello podía conducir al martirio. Por esta razón fue perseguido y encarcelado en varias ocasiones.
Durante su prisión escribió importantes obras, entre ellas el “Memorial de los santos”, donde narra la vida y el testimonio de los mártires cordobeses, y otros escritos apologéticos en defensa del cristianismo. Sus textos son una valiosa fuente histórica y espiritual de la época.
En el año 859, fue arrestado nuevamente por defender a una joven cristiana acusada de apostasía. Se negó a renegar de su fe y fue decapitado, alcanzando así el martirio.