Santos Sebastián y Fabián

Un sábado en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar.
Entonces los fariseos le dijeron: ¡Mira! ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?
Él les respondió: ¿Ustedes no han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus compañeros se vieron obligados por el hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en el tiempo del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió y dio a sus compañeros los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes?
Y agregó: El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. De manera que el Hijo del hombre es dueño también del sábado.

El marco del relato es el siguiente: los discípulos de Jesús atraviesan un campo y sienten hambre. Recogen unas espigas de trigo, las restriegan entre las manos y comen los granos. Este simple hecho escandaliza a los fariseos: “¡hacen en sábado lo que no está permitido!”

Jesús aprovecha la ocasión para defender la libertad y amplitud de espíritu que quiere que tengan sus discípulos.
La ley está al servicio de la persona humana, no está dada para oprimir. Por eso, ante la necesidad, la ley cede; no es un absoluto. Recordaba así a los fariseos que la necesidad humana estaba por encima incluso del culto y de lo referente al templo. Puede dejarse el sentido literal de la ley cuando lo exige una necesidad más elevada. Las normas son para orientar en las relaciones con Dios y con los demás, pero por encima están las necesidades vitales.

En tiempos de Jesús la espiritualidad del Shabat había quedado deformada por los rabinos fariseos. El precepto del sábado que en su origen había tenido un fuerte sentido liberador, al asegurar a todos el descanso semanal, y que era día santo para honrar a Dios, se había convertido en una ley opresora. Jesús no sólo devuelve a la práctica del descanso sabático su verdadero sentido, sino que con su afirmación: El sábado está hecho para el hombre, pone al sábado en relación y al servicio del hombre.

Finalmente, la declaración “El Hijo del hombre es señor también del sábado”, debió sonar a los oídos de los dirigentes del pueblo como una pretensión insoportable. Jesús no trasgrede el sábado sino que lo supera, haciendo lo que hace Dios, su padre. En adelante, Jesús es quien transmite la identidad al nuevo pueblo de Israel y quien realiza la verdadera y plena liberación.


Pero ¿qué es ser servidor de Jesucristo? ¿Es, solamente, adorar su nombre y doblar la rodilla ente sus altares? Por desgracia muchos cristianos lo creen así. Con tal de cumplir con ciertos actos externos de religión, se imaginan que no se les pide más. No saben que la adoración en espíritu y en verdad que Jesucristo pide a sus discípulos no consiste solo en observancias farisaicas, sino en el amor y en la práctica de todas las virtudes de las que Jesucristo es modelo, en el desprecio interior de todos los falsos bienes de los que Jesucristo nos ha dado a conocer su vanidad y su nada (Sermón sobre la fiesta de la anunciación)

Jesús, al contemplar en tu vida,
el modo que tú tienes de tratar a los demás,
 me dejo interpelar por tu ternura.
 Tu forma de amar nos mueve a amar.
 Tu trato es como el agua cristalina,
 que limpia y acompaña el caminar.

Jesús, enséñame tu modo
de hacer sentir al otro más humano.
Que tus pasos sean mis pasos,
mi modo de proceder.

Jesús, hazme sentir con tus sentimientos,
mirar con tu mirada,
comprometer mi acción;
donarme hasta la muerte por el reino,
defender la vida hasta la cruz,
amar a cada uno como amigo
y en la oscuridad llevar tu luz.

Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre,
buscando la justicia, compartiendo nuestra fe.
Que encuentre una auténtica armonía
entre lo que creo y quiero ser;
mis ojos sean fuente de alegría,
que abrace tu manera de ser.

Quisiera conocerte, Jesús, tal como eres.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará
mi corazón en uno como el tuyo,
que sale de sí mismo para dar;
capaz de amar al padre y los hermanos,
que va sirviendo al reino en libertad.

San FABIÁN, papa y mártir, fue una de las figuras más destacadas de la Iglesia cristiana del siglo III.
Según la tradición, fue elegido Papa en el año 236 de manera providencial: durante la elección, una paloma se posó sobre su cabeza, gesto que el pueblo interpretó como un signo del Espíritu Santo.
Durante su pontificado, San Fabián trabajó intensamente por la organización interna de la Iglesia. Dividió la ciudad de Roma en siete regiones eclesiásticas, cada una confiada a un diácono, y promovió una mejor custodia de las tumbas de los mártires, fortaleciendo la memoria y el culto de los primeros testigos de la fe. También impulsó la evangelización, enviando misioneros a diversas regiones del Imperio.
Su pontificado se desarrolló en un período relativamente pacífico hasta la persecución ordenada por el emperador Decio. Fiel a Cristo y a su misión pastoral, San Fabián fue arrestado y martirizado en el año 250. Fue sepultado en las catacumbas de San Calixto, donde aún se conserva una antigua inscripción con su nombre.

San SEBASTIÁN fue un mártir cristiano del siglo III, muy venerado por su valentía y fidelidad a Cristo.
Ingresó al ejército romano y llegó a ser oficial de la guardia imperial bajo los emperadores Diocleciano y Maximiano. A pesar de su cargo, vivía su fe en secreto y ayudaba a los cristianos perseguidos, animándolos a mantenerse firmes y asistiendo a los encarcelados.
Cuando se descubrió su condición de cristiano, fue condenado a morir atravesado por flechas. Creído muerto, fue rescatado y curado por Santa Irene, viuda cristiana. Lejos de huir, Sebastián se presentó nuevamente ante el emperador para reprocharle la persecución contra los cristianos.
Fue condenado a muerte de nuevo y su cuerpo fue arrojado a una cloaca. Más tarde, una cristiana llamada Lucina recuperó su cuerpo y le dio sepultura en la Vía Apia, donde se levantó posteriormente una basílica en su honor.