Santa Ángela de Mérici,

Llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar.
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera.
Él les respondió: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos, porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Jesús es claro en sus palabras y apunta siempre a la realidad de lo que quiere expresar y que siempre va más allá de lo que nosotros podemos sospechar.
El texto evangélico es corto en extensión, pero denso y profundo. El descubrimiento de la voluntad de Dios es claro según las indicaciones del mismo Jesús al decir: “El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Por tanto, vivir fuera del marco de la voluntad de Dios, negando el amor a los hermanos, nos imposibilita el hacernos hermanos de Jesús. La posibilidad de formar parte de los hermanos de Jesús, nos es dada desde el amor que proyectamos en los demás. Desde aquí Jesús hace el reconocimiento de los que forman y conforman su entorno familiar: aquellos que, amando, llevan a cabo la mejor forma del cumplimiento de la voluntad de Dios.

Jesús nos habla en este texto poniendo el acento en lo esencial de su mensaje, nos invita a entrar en un camino progresivo de acercamiento al otro desde el amor.

Es lo que hizo María, su Madre, quien llevó a cabo el cumplimiento de las promesas de Dios precisamente por su “sí” constante a los planes divinos. Jesús proclamaba de esta forma que María era su Madre no sólo desde la dimensión biológica, sino también desde la entrega incondicional a todo el plan salvador de Dios. María es el mejor referente y modelo para nuestra existencia en el cumplimiento de la voluntad divina.


El Bautismo no nos hace solamente discípulos de Jesucristo, hijos de Dios, sino que también nos hace miembros suyos, y como dice la sagrada Escritura, carne de su carne y hueso de sus huesos. Él se transforma en nuestro líder, y de ahí en más, como dice San Agustín, nos convertimos, en cierto modo, en otros Cristos, por la participación en su divina unción; nos transformamos en reyes como él, y reinaremos eternamente con él si no ponemos ningún obstáculo al cumplimiento de esa hermosa y conmovedora oración que él dirige por nosotros a su Padre: Padre mío, deseo que donde yo esté, aquéllos que me has dado estén conmigo. Exclamemos entonces con el apóstol: «¡Qué maravillosa es la caridad de Dios que nos ha llamado a la Compañía de Jesucristo!» (Renovación de las promesas del bautismo)

Pon tu celular en modo amigo,
en modo amor, en modo hermano,
en modo hijo.
Si no quieres quedar sin batería
pon tu celular en modo vida.

¿Qué tal si nos sentamos a charlar?
¿Qué tal si nos comemos un helado
y emprendemos la titánica misión
de mirarnos a los ojos y encontrarnos?

¿Qué tal si me reemplazas ese beso
que me mandaste en un emoticón?
Que si es de carne y hueso,
entonces esos corazones
en los ojos tendré yo.

Vamos a hacer una revolución
humilde, aparentemente tonta.
Seamos cavernícolas un rato
caminando simplemente
de la mano.

Y sea tu mirada mi señal
y tu compañía mi recarga.
Sea el sonido de tambor
de tu noble corazón,
mi ringtone.


Santa Ángela de Merici nació en 1474 al norte de Italia. Quedó huérfana siendo joven, experiencia que marcó profundamente su sensibilidad hacia los niños y jóvenes abandonados. Desde temprana edad mostró un gran amor por Dios y un fuerte deseo de vivir según el Evangelio.
Vivió como laica consagrada, dedicada a la oración, la penitencia y el servicio, sin entrar en un convento. Con el tiempo percibió que Dios la llamaba a una misión novedosa para su época: la educación cristiana de las niñas, especialmente las más pobres, en un tiempo en que la formación femenina era muy limitada.
En 1535, fundó en Brescia la Compañía de Santa Úrsula (Ursulinas), una forma de vida consagrada innovadora: mujeres consagradas que vivían en sus casas, insertas en la sociedad, dando testimonio con su vida y educando desde la cercanía. Ángela fue elegida primera superiora y acompañó a la Compañía con gran sabiduría espiritual.
Santa Ángela destacó por su profunda vida interior, su equilibrio humano y su confianza absoluta en Dios. Murió en 1540 en Brescia y fue canonizada en 1807. Hoy es reconocida como patrona de los educadores y un modelo de mujer laica consagrada, audaz y profundamente evangélica.