Beato Eduardo Pironio

Jesús salió y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanos no viven aquí entre nosotros?». Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.
Por eso les dijo: Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.
Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Este pasaje nos pone frente a una de las experiencias más dolorosas de la vida espiritual: no ser reconocido por quienes más nos conocen. Jesús vuelve a su pueblo, al lugar de los recuerdos, de la familiaridad, de lo cotidiano. Allí donde uno esperaría acogida, encuentra resistencia; donde debería haber fe, aparece el escándalo.

La gente no niega lo que ve ni lo que oye: reconocen su sabiduría y sus milagros. Pero algo se interpone: lo conocen demasiado. “¿No es el carpintero?”, dicen. Y lo cotidiano se vuelve obstáculo. Cuando creemos conocerlo todo de alguien —o incluso de Dios— dejamos de abrirnos a la sorpresa. La fe se empobrece cuando encasillamos, cuando reducimos el misterio a lo que ya entendemos.

Este texto también nos habla de nosotros: Cuántas veces Dios pasa por nuestra vida de manera sencilla, a través de personas cercanas, de palabras simples, de gestos humildes, y no lo reconocemos. Esperamos milagros espectaculares, pero el Reino suele presentarse con rostro conocido, con manos de carpintero.

El escándalo de Nazaret no está en Jesús, sino en la falta de fe. Y eso tiene consecuencias: “no pudo hacer allí ningún milagro”. No porque Jesús pierda poder, sino porque Dios respeta nuestra libertad. La fe es el espacio donde el milagro puede acontecer. Sin confianza, el corazón se cierra.

Sin embargo, el texto no termina en el rechazo. Jesús sigue caminando, sigue enseñando, sigue sembrando. No se queda atrapado en la frustración ni en el resentimiento. El rechazo no detiene la misión. Esto es profundamente esperanzador: aun cuando no somos comprendidos, aun cuando nuestra entrega no es valorada, Dios sigue actuando.

Este Evangelio nos invita a revisar nuestra mirada:
¿Reconocemos la acción de Dios en lo pequeño y cercano?
¿Nuestra fe abre caminos o levanta muros?

Que no nos pase como a Nazaret. Que sepamos mirar con ojos nuevos lo que Dios hace cada día, muchas veces muy cerca, muy simple, muy humano. Porque ahí, justamente ahí, suele esconderse el milagro.


Si tuviera que hacer un sermón sobre la religión, sin duda hablaría de Jesucristo, de la sabiduría de sus leyes, de la profundidad de sus máximas, de la excelencia de sus preceptos, de la sublimidad de su doctrina. (A 371)

Un nuevo día
nos llama al encuentro;
en nuestra casa
hay brazos abiertos.

Sonrisas atentas,
latidos cercanos,
miradas fraternas:
Dios solo en los lazos.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu
para servir y amar.

Su viento nos mueve
a amar al hermano;
sirviendo a su modo,
se enciende el milagro.

En cada paso forjamos caminos;
en pequeños gestos
hay un fuego vivo.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu
para servir y amar.

Seguiremos a Jesús,
viviendo como hermanos;
un pueblo que camina
y escucha su llamado.


El beato Eduardo Francisco Pironio nació en la provincia de Buenos Aires (Argentina), en el seno de una familia de inmigrantes italianos profundamente cristiana. Desde joven manifestó una fuerte inclinación a la vida sacerdotal y una gran sensibilidad espiritual.
Fue ordenado sacerdote en 1943 y se destacó muy pronto como formador, teólogo y pastor, especialmente en el ámbito de los seminarios. Tenía una espiritualidad sólida, marcada por la oración, la humildad y la confianza absoluta en Dios, aun en medio de las dificultades.
En 1964 fue nombrado obispo auxiliar de La Plata, y luego obispo de Mar del Plata. Más tarde asumió responsabilidades de gran peso en la Iglesia argentina, incluso en momentos muy complejos del país y de la Iglesia, que vivió siempre con fidelidad, serenidad y espíritu evangélico, aun cuando fue incomprendido y probado interiormente.
En 1975, san Pablo VI lo llamó a Roma como pro-prefecto de la Congregación para los Religiosos, y en 1976 fue creado cardenal. Posteriormente, san Juan Pablo II lo nombró presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, desde donde acompañó el crecimiento de los movimientos laicales y fue un gran impulsor de la vocación de los laicos en la Iglesia.
Fue un pastor de profunda vida interior, enamorado de la Virgen María, a quien confiaba toda su vida y misión. Su lema podría resumirse en la esperanza cristiana vivida en la cruz, una esperanza serena, silenciosa y fecunda.
Murió en Roma en 1998 y fue beatificado el 16 de diciembre de 2023 en la Basílica de San Juan de Letrán.