San Toribio Romo – Beata María Ludovica de Angelis

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.

Jonás fue aquél profeta enviado por Yahvéh a predicar en Nínive, pero que en lugar de obedecer, huyó en un barco en sentido contrario, terminando en el vientre de un gran pez, que lo devolvió a tierra firme. Luego de esta experiencia se dirigió a la gran ciudad y los ninivitas se convirtieron, después de escuchar su prédica.

La Reina del Sur es la de Sabá, de la que se habla en el capítulo 10 del primer libro de los Reyes. No se sabe bien dónde estaba ese reino. Lo cierto es que, curiosa por lo que escuchaba decir de Salomón, se acercó a Jerusalén. El relato dice que el rey, famoso por su sabiduría, contestó a todas sus preguntas y la dejó maravillada.

Es una gran crítica que hace Jesús a los que lo escuchan y no cambian nada en su vida. Los ninivitas, extranjeros, adoradores de otros dioses, aceptaron el mensaje de Jonás. La reina a su vez vino de muy lejos a escuchar a Salomón y quedó admirada de su saber. Ellos, en cambio, tienen nada menos que al Mesías, al Hijo de Dios, que se cansa de hacer milagros y les habla con comparaciones fáciles de entender y no pasa nada.

Pero no critiquemos a aquéllos antiguos judíos. Pongamos las barbas en remojo nosotros y meditemos cuánto caso le hacemos a la Buena noticia de Jesús.


MÁXIMA
Aceptemos con sencillez a Jesús.


Prometan a Jesucristo que en la vida y en la muerte le serán siempre fieles; que siempre seráan sus hijos, que siempre Él será su maestro; que no imitarán jamás a esos cristianos indignos de tenerlo como jefe, que admiran, dicen ellos, su evangelio, adoran su cruz y no siguen ninguna de sus máximas. (Apertura de retiro)

Jesús, te seguiré,
donde me lleves iré.
Muéstrame ese lugar donde vives.
Quiero quedarme contigo allí.

Escuchando tus palabras
algo nuevo nace en mí.
Es que nadie nos había venido
a hablar así.
Ahora veo claro:
La verdad está en ti.

Hoy he visto como se aman
los que viven junto a ti.
Hace tiempo que sediento
había querido amar así,
Ahora siento que tu amor
viene hacia mí.

Hoy he visto a los leprosos sanos
y a los ciegos ver.
Hasta el pan multiplicaste
para darnos de comer.
¡Oh, maestro bueno,
todo lo haces bien!


San Toribio Romo fue un sacerdote mexicano y mártir de la Iglesia Católica, nacido en 1900 en Santa Ana de Guadalupe, Jalisco, México. Es uno de los santos más conocidos de la época de la Guerra Cristera.
Desde joven mostró inclinación por la vida religiosa. Ingresó al seminario en Guadalajara y fue ordenado sacerdote en 1922. Ejerció su ministerio en pequeñas comunidades rurales de Jalisco, destacándose por su sencillez, humildad y cercanía con la gente pobre.
Durante la Guerra Cristera (1926–1929), el gobierno mexicano impuso fuertes restricciones a la Iglesia Católica. Muchos sacerdotes fueron perseguidos por continuar celebrando los sacramentos en secreto.
El 25 de febrero de 1928, mientras se encontraba escondido en una ranchería, fue descubierto por soldados federales y ejecutado sin juicio. Tenía solo 27 años.
Fue canonizado en el año 2000 por el Papa Juan Pablo II junto con otros mártires mexicanos.Con el tiempo, se ha convertido en un santo muy venerado, especialmente entre migrantes mexicanos. Su santuario se encuentra en Santa Ana de Guadalupe, Jalisco.

La beata María Ludovica de Angelis nació en 1880 en San Gregorio, Italia. Desde joven sintió vocación religiosa e ingresó a la congregación de las Hermanas de la Misericordia de Verona.
En 1907 fue enviada como misionera a La Plata, Argentina, donde desarrolló casi toda su labor. Trabajó durante más de 50 años en el Hospital de Niños de La Plata, dedicándose con gran entrega al cuidado de los enfermos, especialmente niños pobres. Se destacó por su espíritu de servicio, humildad, caridad y profunda vida de oración. Fue conocida por su capacidad organizativa y por impulsar mejoras importantes en el hospital, pero sobre todo por su trato maternal y compasivo hacia los pacientes.
Falleció en 1962 en La Plata. Su fama de santidad creció con el tiempo y fue beatificada el 3 de octubre de 2004 por el Papa Juan Pablo II.