San Alejandro de Alejandría

Jesús dijo a sus discípulos: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!
Todos los que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

Cuando Jesús dice: “Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá”, no está ofreciendo una fórmula mágica para obtener todo lo que deseamos. Nos está invitando a una relación viva con Dios. Pedir implica reconocer nuestra necesidad; buscar supone no conformarnos con la superficialidad; llamar expresa perseverancia. Es un camino espiritual: humildad, deseo y constancia.

Luego presenta la imagen del padre que no engaña a su hijo dándole una piedra en lugar de pan. Dios no es indiferente. Si incluso nosotros, limitados y a veces egoístas, sabemos amar y dar cosas buenas, cuánto más el Padre celestial sabrá responder a nuestras necesidades más profundas.
A veces pedimos soluciones inmediatas, pero Dios responde con crecimiento interior, con fortaleza, con sabiduría. No siempre nos da lo que queremos, pero sí lo que verdaderamente necesitamos para nuestra salvación y plenitud.

Finalmente, el texto culmina con la llamada “regla de oro”: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos”. Aquí la espiritualidad se vuelve concreta. No basta con orar; la relación con Dios se verifica en la relación con el prójimo. La confianza en el Padre se transforma en misericordia hacia los hermanos.

La invitación de Jesús es clara: confiar sin miedo, perseverar sin cansancio y amar sin medida. Allí se resume la Ley y los Profetas, y allí comienza una vida verdaderamente espiritual.


Providencia, siempre buena, tan sabia, tan llena de piedad y amor para con tus pobres criaturas, de adoramos, te bendecimos, nos abandonamos a tus manos sin reserva. (S VII p. 2165)

Pide y se te dará.
Busca y encontrarás.
Llama y se te abrirá.
Porque a todo aquél que pide,
porque a todo aquél que busca,
porque a todo aquél que llama,
se le abrirá ah-ah,
encontrará ah-ah
recibirá, recibirá.
Encontrará, sí, encontrará.

Porque qué padre de entre nosotros
por más egoísta que sea,
si su hijo le pide pan, ¿le va a dar una piedra?
O si le pide un pez, ¿le va a dar una serpiente?
Si nosotros que somos egoístas;
Sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos
¿cómo el Padre del cielo
no nos dará por Cristo Resucitado
todo aquello que le pedimos?

Porque a todo aquél que pide,
porque a todo aquél que busca,
porque a todo aquél que llama
se le abrirá, encontrará,
recibirá, sí, recibirá Se le abrirá ah-ah
Encontrará, uh, encontrará
Recibirá, recibirá.
Pide eh-eh…


San Alejandro de Alejandría fue patriarca de Alejandría y una figura clave en las primeras controversias doctrinales del cristianismo. Vivió en el siglo IV, en una época en que el cristianismo comenzaba a consolidarse dentro del Imperio Romano tras el Edicto de Milán (313). Alejandría era uno de los centros más importantes del pensamiento cristiano.
Alejandro es conocido principalmente por su oposición a la doctrina de Arrio, quien sostenía que Jesucristo no era eterno ni de la misma naturaleza que Dios Padre. Ante la expansión de esta enseñanza, Alejandro convocó sínodos locales que condenaron el arrianismo. La controversia llevó a la celebración del Concilio de Nicea, donde se afirmó que el Hijo es “de la misma sustancia” (homoousios) que el Padre. Su discípulo y colaborador fue Atanasio de Alejandría, quien lo sucedió como patriarca y continuó la defensa de la doctrina nicena.
San Alejandro murió en el año 328. Su firmeza doctrinal fue fundamental para la definición de la fe cristiana en los primeros siglos.