San Leandro de Sevilla

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes han oído que se dijo: «Amarás a tu prójimo» y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.
Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

La llamada al amor es siempre atractiva. Seguramente, muchos acogían con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos. Es sin duda, un elemento exclusivo del mensaje de Jesús, que ningún otro maestro recogía.

Sin embargo, Jesús lo hizo. Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, distanciándose de los salmos de venganza que alimentaban la oración del pueblo, enfrentándose al clima general que respiraba odio hacia los enemigos (romanos, publicanos, samaritanos…), proclamó con claridad absoluta su llamada: “Yo, en cambio, les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen”. Este mensaje de Jesús es exclusivo del cristianismo.

Su lenguaje es escandaloso y sorprendente, pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento: ama incluso a sus enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse, sino en amar incondicionalmente a todos.  Quien se sienta hijo de ese Dios no ha de introducir en el mundo odio ni destrucción de nadie.

El amor a los enemigos no es una enseñanza secundaria de Jesús dirigida a personas llamadas a la perfección heroica. Su llamada quiere introducir en la historia una actitud nueva ante el enemigo, porque quiere eliminar del mundo el odio y la violencia destructora. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscara el bien para todos, incluso el de sus enemigos.

Cunado Jesús habla del amor a los enemigos no está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimiento de afecto, de simpatía o cariño hacia quienes nos hacen mal. El enemigo sigue siendo alguien del que podemos esperar daño, y difícilmente podemos cambiar los sentimientos de nuestro corazón.

Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desearle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor o afecto hacia él. Es natural que nos sintamos heridos y humillados. Nos hemos de preocupar cuan seguimos alimentando el odio y la venganza.

Pero no se trata sólo de no hacerle daño. Podemos dar más pasos, hasta incluso estar dispuestos a hacerle el bien si lo encontramos necesitado. No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos. El perdón al enemigo no es fácil. En algunas circunstancias, a la persona se le puede hacer prácticamente imposible liberarse enseguida del rechazo, del odio o de la sed de venganza. No hemos de juzgar a nadie desde fuera. Sólo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.


Es necesario practicar el bien, ¿pero qué bien? Todos los bienes juntos, es decir todas las virtudes cristianas, porque para ser verdaderamente santo es necesario tomar al santo de los santos como modelo y llegar a ser semejantes a él. Semejanza que comienza en la tierra, donde será simplemente imaginaria, y cuando Dios dice que quiere nuestra santificación, es como si dijera que quiere encontrar en nosotros las perfecciones de su hijo, que seamos en cierto modo, en la medida que lo permite la debilidad humana, revestidos de Jesucristo, como dice el apóstol, que sigamos a Jesucristo en todos sus caminos, que juzguemos todas las cosas como él las ha juzgado, que amemos lo que él ha amado, que despreciemos lo que él ha odiado, en una palabra, que todos nuestros pensamientos sean conformes a los suyos y que seamos su imagen viva. (Sermón sobre la perfección, 1839)

Si hablara palabras de parte de Dios
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.

Si sé lo profundo de cada misterio
y no tengo amor,
de nada me vale
de nada me vale.

De nada me vale,
de nada me vale.
Sin amor la vida
es arar el aire.
De nada me vale,
de nada me vale.
Sin amor las manos
no ayudan a nadie.

Si tengo la fe que mueve montañas
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.

Si doy lo que tengo, incluso mi vida
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.


San Leandro nació hacia el año 534 en Cartagena o en Sevilla, en el seno de una familia hispanorromana profundamente cristiana. Fue hermano de otros grandes santos: San Isidoro de Sevilla, San Fulgencio de Écija y Santa Florentina.
Ingresó en la vida monástica y más tarde fue nombrado arzobispo de Sevilla. Vivió en una época difícil, cuando gran parte de la España visigoda profesaba el arrianismo, mientras que la población hispanorromana era mayoritariamente católica.
Leandro trabajó incansablemente por la unidad religiosa del reino. Fue consejero del rey Recaredo I y desempeñó un papel decisivo en su conversión del arrianismo al catolicismo. Este hecho culminó en el histórico III Concilio de Toledo (año 589), donde el rey proclamó oficialmente la fe católica, logrando la unidad religiosa del reino visigodo.
Durante un tiempo estuvo desterrado por conflictos políticos y religiosos, y en ese período viajó a Constantinopla, donde conoció a San Gregorio Magno, con quien mantuvo una profunda amistad espiritual.
San Leandro promovió la vida monástica, la formación del clero y la organización de la Iglesia en España. También escribió obras espirituales, entre ellas una regla para su hermana Florentina. Murió hacia el año 600.