Lunes de la 3º semana del tiempo ordinario

Jesús dijo a sus discípulos: Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.
No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den y se les dará.
Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.

Para medir la misericordia, para comparar la compasión que anida en nuestro corazón, Jesús nos dio una medida: la infinita misericordia de nuestro Padre del cielo. No debemos compararnos con nadie, solo mirarlo a él y tratar al prójimo como nos trata Dios.

La Novedad que Jesús quiere construir viene de la experiencia que tiene de Dios como Padre lleno de ternura, que acoge a todos, buenos y malos, que hace brillar el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos.

El amor verdadero no depende de lo que yo recibo del otro. El amor debe querer el bien del otro independientemente de lo que él o ella hacen por mí. Pues así es el amor de Dios por nosotros. Él es misericordioso no solamente para con los buenos, sino para con todos, hasta “con los ingratos y con los malos”. Los discípulos de Jesús debemos irradiar este amor misericordioso.

Lo importante para el cristiano es el amor: «Como yo los amo, ámense también ustedes». Este amor es derramado en nuestros corazones a través del Espíritu Santo y en la Eucaristía pues Cristo se entrega como un don para que podamos amar a cada uno con Su Corazón y ser misericordiosos tal como el Padre del Cielo es misericordioso.

¿Qué debo convertir en esta cuaresma para lograr una misericordia más parecida a la de Dios?


Máxima
Su misericordia es grande


Cuanto más se ejercitan en la paciencia y en la caridad, más méritos ganan y mayor será su recompensa…Oh querido hijo, piensa de vez en cuando en la necesidad que tienes de que Dios sea indulgente contigo y siguiendo la palabra del evangelio, sé misericordioso para que tú mismo puedas obtener misericordia” (Al H. Enrique-María, 2 de noviembre de 1851)

Un nuevo día nos llama al encuentro;
en nuestra casa hay brazos abiertos.

Sonrisas atentas, latidos cercanos,
miradas fraternas: Dios solo en los lazos.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu para servir y amar.

Su viento nos mueve a amar al hermano;
sirviendo a su modo, se enciende el milagro.

En cada paso forjamos caminos;
en pequeños gestos hay un fuego vivo.

Tenemos la huella de Juan María,
que nos invita a soñar,
y un mismo espíritu
para servir y amar.

Seguiremos a Jesús, viviendo como hermanos;
un pueblo que camina y escucha su llamado.