San Sixto III

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron un Consejo y dijeron: ¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, y los romanos vendrán y destruirán nuestro Lugar santo y nuestra nación.
Uno de ellos, llamado Caifás, que era Sumo Sacerdote ese año, les dijo: Ustedes no comprenden nada. ¿No les parece preferible que un solo hombre muera por el pueblo y no que perezca la nación entera? No dijo eso por sí mismo, sino que profetizó como Sumo Sacerdote que Jesús iba a morir por la nación, y no solamente por la nación, sino también para congregar en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos. A partir de ese día, resolvieron que debían matar a Jesús.
Por eso él no se mostraba más en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí permaneció con sus discípulos.
Como se acercaba la Pascua de los judíos, mucha gente de la región había subido a Jerusalén para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros en el Templo: ¿Qué les parece, vendrá a la fiesta o no? Los sumos sacerdotes y los fariseos habían dado orden de que si alguno conocía el lugar donde él se encontraba, lo hiciera saber para detenerlo.

El acontecimiento asombroso de dar vida a un muerto, que llevaba cuatros días en proceso de descomposición en un sepulcro (Jn 11, 18-44), fue el motivo determinante que colmó la capacidad de aguante de los dirigentes religiosos en Jerusalén. Donde había muerte, Jesús dio vida. Esto fue la gota que colmó el vaso. Por la sencilla razón que Jesús tenía cada vez más fuerza de atracción sobre la gente.  Cosa que no podían soportar los dirigentes religiosos de Jerusalén que veían (y siguen viendo) en Jesús el mayor peligro para sus intereses. Si las grandes “instituciones cristianas” se tomasen en serio las exigencias del evangelio, se morirían de miedo. Porque tendrían que poner en cuestión sus seguridades económicas, sus privilegios sociales y tantas otras cosas que se han empeñado en armonizar con lo que hizo y dijo Jesús.

El hecho es que lo dirigentes religiosos del judaísmo se dieron cuenta de que Jesús y ellos eran incompatibles. El peligro mayor para ellos estaba en la fe de los que tomaban a Jesús en serio. La fe, cuando es fe de verdad, representa una amenaza de muerte para el templo y para todo el sistema religioso-político. Los hombres del Sanedrín fueron lúcidos y consecuentes: o él o nosotros. Y tomaron la decisión lógica: hay que matarlo. Los sacerdotes exigían sumisión, mientras Jesús daba vida.

El problema insoluble se plantea cuando se pierde la lógica. Concretamente, cuando se pretende hacer compatible lo que los sumos sacerdotes vieron que era incompatible. Es decir, cuando se pretende meter a Jesús en el templo, identificarlo con el boato de la religión y hasta utilizarlo para promocionar sus intereses, que, por más “religiosos” que parezcan, en realidad, nada tienen que ver con el Evangelio.


¡Ojalá no pongas en el fondo de tu alma más que la paz de Dios y la esperanza de su reino! ¡Ojalá te despegues de la nada para unirte al todo! ¡Ojalá te separes inmediatamente de lo que te será arrebatado en un instante! ¡Ojalá comiences a vivir una vida eterna! Dios mío, te he escogido como mi herencia, y esta herencia no me será nunca arrebatada; sólo Tú significas algo para mí, y para siempre sólo Tú, Dios mío, serás todo para mí: la vida no es nada, la reputación no es nada, la ciencia no es nada, la salud no es nada, la fortuna no es nada, ¡Dios sólo! ¡Dios sólo! (Memorial 90)

Ahí estás Tú
Esperando la sentencia en silencio.
Se alza un grito entre la gente,
que prefiere a un criminal antes que a ti.

Y allí estás Tú,
tan llagado que cuesta reconocerte,
entre burlas e insultos, sin amor sin amigos.
Hemos huido todos de la cruz.

Pues yo también, he sido uno de ellos.
He preferido cualquier cosa antes que a ti.
Te he dado la espalda un sinfín de veces.
No he dejado que te muevas en mí.

Y aún así dices que me amas.
No sé qué viste en mí.
¿Qué viste en mí?
Sabes que yo no merezco tanto,
pero yo necesito, tu amor infinito.
Por favor, no me dejes sin ti.

Ayúdame a que valga la pena.
Me he dado cuenta que no puedo estar sin ti.
Que valga la pena, que viva tu condena,
junto a María de rodillas ante ti.
Perdóname.
Ahora aquí me tienes
derramado a tus pies.

Sé que cometí el error
de anteponer a tus caminos la razón.
Sé que volveré a caer;
más de mil veces fallaré a tu perdón.
Y aún así dices que me amas.
No sé que viste en mí.


San Sixto III fue Papa desde el año 432 hasta el 440. Antes de su pontificado, ya era conocido por su prudencia y su capacidad de mediación, especialmente en disputas teológicas. Su pontificado estuvo marcado por la recepción y aplicación de las decisiones del Concilio de Éfeso, que proclamó a María como Madre de Dios (Theotokos), frente a la herejía de Nestorio. Trabajó activamente por la reconciliación entre los obispos que habían quedado enfrentados tras el concilio, buscando la paz dentro de la Iglesia. Impulsó la edificación y embellecimiento de iglesias en Roma. Se le atribuye especialmente la ampliación y decoración de la Basílica de Santa María la Mayor, uno de los templos marianos más antiguos y significativos. Fue reconocido por su caridad, su cercanía al pueblo y su firmeza en la defensa de la doctrina.
Murió en el año 440 y es venerado como santo. Su pontificado dejó una Iglesia más unida y firme en la fe, especialmente en torno al misterio de Cristo y de la Virgen María.