San Marcos, evangelista

Jesús se apareció a los Once y les dijo: Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.
Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Jesús no envía a los Once como maestros autosuficientes, sino como testigos. Antes de decir “vayan”, Él se aparece. Es decir, la misión brota de un encuentro. En la espiritualidad menesiana, esto es clave: no se trata solo de transmitir contenidos, sino de comunicar una Vida que nos ha alcanzado. Sólo quien ha experimentado que Cristo lo ha mirado con misericordia puede salir al mundo con un ardor verdadero.

El “vayan por todo el mundo” resuena como un llamado a salir de nuestras seguridades, de nuestras obras ya establecidas, de nuestras comodidades pastorales. Es una invitación a ir hacia las periferias, especialmente hacia los más pobres y abandonados, donde muchas veces la fe no ha sido anunciada o ha sido olvidada. Allí, el educador y el apóstol menesiano no solo enseña, sino que se hace cercano, paciente, humilde, encarnando la Buena Noticia en gestos concretos.

El anuncio no es una imposición, sino una propuesta que respeta la libertad: “el que crea…”. Pero al mismo tiempo, el texto nos recuerda la seriedad de la misión. No es indiferente anunciar o no anunciar. La fe abre a la Vida; su rechazo deja al hombre encerrado en sí mismo. Por eso, la urgencia apostólica no nace del miedo, sino del amor; no podemos guardarnos un tesoro que está destinado a todos.

Esta palabra interpela a nuestras comunidades: ¿son verdaderamente misioneras o nos hemos vuelto autorreferenciales? ¿Nuestros espacios educativos son lugares donde se transparenta la Buena Noticia?
El espíritu menesiano nos empuja a renovar continuamente el celo apostólico, confiando no en nuestras fuerzas, sino en la gracia de Dios que actúa en lo pequeño, en lo sencillo y en lo cotidiano.
Ir, anunciar, confiar: ese es el camino. Y hacerlo con el corazón ardiente y humilde de quien sabe que la misión no es propia, sino de Cristo.


Anunciar a los afligidos el fin de sus penas, a los cautivos su liberación, a los enfermos su curación, a los muertos el llamado a la vida, ¿ha habido alguna vez una noticia mejor para llevar a los corazones la alegría y la confianza? (Sermón para anunciar una misión) 

Señor toma mi vida nueva
antes de la espera
desgaste años en mí.
Estoy dispuesto a lo que quieras,
no importa lo que sea,
tú llámame a servir.

Llévame donde los hombres
necesiten tus palabras,
necesiten mis ganas de vivir;
donde falte la esperanza,
donde todo sea triste,
simplemente por no saber vivir.

Te doy mi corazón sincero,
para gritar sin miedo
lo hermoso que es tu amor.
Señor, tengo alma misionera.
Condúceme a la tierra,
que tenga sed de vos.

Y así en marcha iré cantando,
por pueblos predicando
tu grandeza, Señor.
Tendré mis manos sin cansancio,
tu historia entre mis labios,
tu fuerza en la oración.


La vida de San Marcos está rodeada de datos históricos y también de tradiciones cristianas. Se llamaba Juan Marcos y probablemente nació en Jerusalén. Su familia era cristiana; su casa fue un lugar de reunión importante para los primeros discípulos.
Fue cercano a San Pedro, quien lo consideraba como un hijo espiritual. También acompañó a San Pablo y a San Bernabé en sus viajes misioneros, aunque en un momento se separó de ellos.
La tradición sostiene que escribió el Evangelio de Marcos, que recoge principalmente la predicación de Pedro y presenta a Jesús como el Hijo de Dios que actúa con poder y entrega su vida.
Se cree que predicó en Alejandría, donde fundó una comunidad cristiana muy importante.
Según la tradición, murió mártir en Alejandría alrededor del año 68 d.C., dando testimonio de su fe. Se lo representa con el símbolo del león.