Santa Catalina de Siena

Jesús dijo: El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la LUZ, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas.
Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día.
Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.

Creer en Jesús es dejar que su luz entre en lo más hondo del corazón, iluminando nuestras decisiones, nuestras relaciones y también nuestras sombras. Eso no elimina las dificultades, pero cambia la manera de vivirlas; no caminamos solos ni a oscuras.

El educador menesiano está llamado a ser reflejo de esa luz en medio de los niños y jóvenes, especialmente de los más necesitados. No se trata sólo de transmitir conocimientos, sino de encender luces: ayudar a descubrir la dignidad, despertar la fe, acompañar procesos, iluminar caminos de vida.

En un mundo donde muchas veces hay “tinieblas” de indiferencia, superficialidad o desesperanza, la misión menesiana es profundamente evangélica: ser presencia cercana, paciente y esperanzadora que ayude a otros a salir de la oscuridad. Como Jesús, no imponiendo la luz, sino proponiéndola con amor, con testimonio y con entrega cotidiana.

Debemos ser luz para otros. Para eso es preciso dejarse iluminar por Jesús, poner el corazón en sintonía con sus sentimientos, sus pensamientos, sus deseos, sus proyectos.
¿De qué modo estamos siendo luz para los niños y jóvenes?


Primeramente, en vano trataríamos de descubrir lo que pasa en nuestro interior si Dios no nos iluminase con su luz y nuestro primer cuidado debe ser pedírsela; tinieblas espesas nos envuelven por todas partes, nuestros propios pensamientos se nos escapan, nuestras disposiciones más íntimas se nos esconden. De todos los misterios, el más impenetrable para el hombre es el hombre mismo… Dios, para quien todo está claro, cuyo ojo penetra en los repliegues más secretos de nuestro corazón ¿no es Él quien debe enseñarnos quiénes somos? (S VII p. 2336 2337)

Hay una luz que ilumina mis caminos,
que me acompaña en la oscuridad.
Aunque camine por desiertos y montañas
es esa luz la que siempre estará.

Él es Jesús, mi amigo incomparable
y de su mano aprendo a caminar.
Cuando me caigo, Él es quien me levanta.
Él va conmigo, me cubre con su paz.

Luz que ilumina.
Luz que da vida.
Luz que llena mi existir.
Luz que me alumbra.
Luz de mi vida.

Él es Jesús, mi amigo incomparable
y de su mano aprendo a caminar.
Cuando me caigo, Él es quien me levanta.
Él va conmigo, me cubre con su paz.


Santa Catalina de Siena (1347–1380) fue una de las grandes santas y místicas de la Iglesia, reconocida por su profunda vida espiritual y su influencia en la vida religiosa y política de su tiempo.
Nació en Siena, en una familia numerosa. Desde muy joven sintió una fuerte atracción por Dios y decidió consagrar su vida a Él, viviendo como terciaria dominica.
Tuvo experiencias místicas intensas, como visiones de Cristo, a quien consideraba su “esposo espiritual”. Se dedicó a la oración, la penitencia y al servicio de los pobres y enfermos, especialmente durante epidemias.
A pesar de no tener formación académica, desarrolló una gran sabiduría espiritual. Dictó numerosas cartas y su obra más importante, el Diálogo de la Divina Providencia, donde expresa su profunda relación con Dios.
También tuvo un papel importante en la vida pública de la Iglesia: trabajó por la paz entre ciudades italianas y exhortó al Papa Gregorio XI a regresar a Roma desde Aviñón, contribuyendo al fin del llamado Cautiverio de Aviñón.
Murió a los 33 años en Roma. Fue proclamada Doctora de la Iglesia en 1970 por Pablo VI, y es patrona de Europa.