San Justino

Jesús se puso a hablarles en parábolas: Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lugar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.
De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes.
Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: ‘Respetarán a mi hijo’.
Pero los viñadores se dijeron: ‘Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra’. Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros. ¿No han leído este pasaje de la Escritura: ‘La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular, esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos’?
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

La viña es imagen del Reino de Dios, pero también puede representar nuestra vida, nuestras comunidades, nuestras obras educativas y pastorales. Dios nos confía algo hermoso para cuidar, no para poseer. El problema de los viñadores comienza cuando dejan de sentirse servidores y se creen dueños. Allí nace la violencia, la ambición y el rechazo a la voz de Dios.

El docente, el catequista, el hermano, puede caer en la tentación de apropiarse de la viña, es decir, pensar que la misión depende únicamente de sus fuerzas y que ese grupo le pertenece y ¡ojo con que otro se meta con él! Entonces deja de escuchar a los “enviados” que Dios pone en su camino; deja de compartir, nace la competencia y la envidia.

Debemos tenerlo claro: Somos simples trabajadores de la viña del Señor. La escuela, la comunidad, la catequesis, los jóvenes, no nos pertenecen. Todo es don. Y cuando vivimos así, desaparece la lógica de la posesión y nace la alegría del servicio.

¿Me siento dueño o servidor?
¿Escucho las voces que Dios me envía?
¿Dejo realmente a Cristo ocupar el centro?


Temo, queridos hijos, que en lo concreto de su conducta dejen que el orgullo, la presunción, la vanagloria dominen sus acciones y les quiten todo su mérito. (Sermón sobre la humildad)

Los que tienen y nunca se olvidan
que a otros les falta;
los que nunca usaron la fuerza si no la razón;
los que dan una mano
y ayudan a los que han caído,
esa gente es feliz porque vive
muy cerca de Dios.

Los que ponen en todas las cosas
amor y justicia;
los que nunca sembraron el odio
tampoco el dolor;
los que dan y no piensan jamás
en su recompensa,
esa gente es feliz porque vive
muy cerca de Dios.

Aleluya, Aleluya
Por esa gente que vive
y que siente en su vida el amor.

Los que son generosos
y dan de su pan un pedazo;
los que siempre trabajan pensando
en un mundo mejor;
los que están liberados
de todas sus ambiciones,
esa gente es feliz porque vive
muy cerca de Dios.


San Justino (c. 100–165 d.C.) fue uno de los más importantes apologistas de los primeros siglos del cristianismo. Nació en una familia pagana. Desde joven buscó la verdad estudiando diversas corrientes filosóficas, como el estoicismo, el aristotelismo, el pitagorismo y el platonismo. Un día, mientras conversaba con un anciano cristiano, descubrió que la fe en Cristo daba respuesta a las preguntas que la filosofía no podía resolver plenamente.
Se convirtió al cristianismo y continuó vistiendo el manto de filósofo, convencido de que el Evangelio era la verdadera filosofía. Recorrió varias ciudades enseñando y defendiendo la fe cristiana frente a las acusaciones de las autoridades y de los pensadores paganos.
Vivió durante un tiempo en Roma, donde fundó una escuela de formación cristiana. Allí escribió obras fundamentales, entre ellas la Primera Apología, la Segunda Apología y el Diálogo con Trifón, textos que explican y defienden la fe cristiana y ofrecen valiosos testimonios sobre la vida de la Iglesia primitiva.
Durante la persecución del emperador Marcos Aurelio, Justino fue arrestado junto con varios compañeros. Al negarse a renunciar a Cristo y ofrecer sacrificios a los dioses romanos, fue condenado a muerte y decapitado hacia el año 165.