San Carlos Lwanga y compañeros, mártires

Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caos: Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: ‘Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda’. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?
Jesús les dijo: ¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo.
Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo, yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?
Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error.

En este mundo necesitamos vínculos, familias, amistades y comunidades para crecer y amar. Son dones de Dios. Pero en el cielo ya no habrá necesidad de esas mediaciones porque Dios mismo será nuestra alegría completa. El amor que hoy experimentamos de manera limitada alcanzará su plenitud. No perderemos a quienes hemos amado; más bien, los amaremos de un modo nuevo, libre de egoísmos, celos, separaciones y sufrimientos.

Jesús nos invita a no reducir nuestra esperanza a esta vida. Muchas veces vivimos como si todo terminara aquí: acumulamos cosas, buscamos seguridades o nos aferramos a personas y proyectos. Pero el cristiano sabe que está llamado a algo mucho más grande. La resurrección es la promesa de una vida nueva donde Dios será «todo en todos».

Desde una mirada menesiana, este Evangelio nos recuerda que somos educadores para la eternidad. Cada niño, cada joven está llamado a la comunión plena con Dios. Por eso vale la pena sembrar la fe, la esperanza y el amor, aun cuando los frutos no sean inmediatos.

Esta palabra también nos invita a vivir con mayor libertad. Cuando comprendemos que nuestra meta es el cielo, aprendemos a agradecer los dones de esta vida sin convertirlos en absolutos. Las personas que amamos son un regalo, pero no son nuestra meta final; nos ayudan a caminar hacia Dios.


El cuerpo es enterrado como semilla en un estado de corrupción, deformado, inmóvil y sin vida. Pero resucitará de nuevo incorruptible, glorioso, espiritual, imperturbable, ágil, lleno de vigor y fuerza. (Sermón sobre la resurrección) 

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar, puedo reír,
puedo abrazar mi mayor enemigo
y mirarlo en ti.

Yo creo en tu resurrección
porque tengo paz en el corazón,
porque puedo entregarme
a pesar de todo este dolor.

Yo creo en tu resurrección
porque soy feliz junto a ti,
porque me amas tanto
que hasta moriste por mí.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar,
porque tengo tanto, tanto,
tanto para entregar.

Yo creo que tú, Señor,
vivirás en mí.
Yo creo que tú, Señor,
vencerás en mí.

Yo creo que tú, Señor,
morarás en mí
para siempre, para siempre,
Señor.

Yo creo en tu resurrección
porque ni el dolor, ni mi propio error,
ninguna angustia
podrá separarme de tu amor.

Yo creo en tu resurrección
porque todo lo puedo con tu amor,
Porque sé que cuidas de mi vida
mejor que yo.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar
Porque puedo entregarme
a pesar de todo este dolor.

Yo creo en tu resurrección
porque puedo amar,
porque tengo, tanto, tanto,
tanto para entregar.

Yo creo en ti, Señor.
Yo creo en la fuerza de tu vida.
Creo que donde abundó el pecado
más sobreabundó tu gracia.
Creo en la fuerza de tu pequeña semilla
en nuestro corazón
que da el ciento por uno.
Creo que vives en nosotros.


Carlos Lwanga fue uno de los más conocidos entre los llamados Mártires de Uganda. Nació hacia 1860 en el reino de Buganda, en la actual Uganda, y trabajó como paje y responsable de los jóvenes en la corte del rey Mwanga II. Cuando los misioneros llevaron el cristianismo a la región, Carlos abrazó la fe católica y se convirtió en catequista.
En aquellos años, el rey Mwanga II veía con desconfianza a los cristianos porque pensaba que podían debilitar su autoridad. Comenzó entonces una persecución contra quienes se negaban a abandonar su fe. Después de la muerte del catequista José Mukasa, Carlos Lwanga asumió el liderazgo de la pequeña comunidad cristiana y continuó instruyendo y fortaleciendo a los jóvenes. Incluso bautizó en secreto a varios catecúmenos poco antes de su arresto.
Carlos y sus compañeros fueron encarcelados y obligados a caminar hasta Namugongo, lugar de ejecución. A pesar de las amenazas y torturas, ninguno quiso renunciar a Cristo. El 3 de junio de 1886, Carlos Lwanga y varios de sus compañeros fueron quemados vivos. Entre ellos estaba Kizito, que tenía apenas unos trece años y es considerado el más joven de los mártires.
En total, la Iglesia recuerda a 22 mártires católicos y 23 anglicanos asesinados entre 1885 y 1887. Su testimonio tuvo una enorme influencia en la expansión del cristianismo en África. Fueron beatificados en 1920 y canonizados por Pablo VI en 1964.