Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: ¿Cuál es el primero de los mandamientos?Jesús respondió: El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos.El escriba le dijo: Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: Tú no estás lejos del Reino de Dios.Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
El escriba ha comprendido una verdad fundamental: la fe no consiste principalmente en ritos externos, sino en una relación de amor con Dios y con los demás. Ha dado un paso enorme. Su inteligencia y su corazón se han abierto a la verdad. Para ser un escriba, estudioso de la Escritura, es muy valorable lo que ha comprendido, sabiendo que normalmente se quedaban en los mandamientos y ritos prescritos por la ley.Quizás Jesús también a nosotros nos pueda decir: ‘no estás lejos del Reino’, aunque nosotros creamos que ya estamos de cabeza metidos en él. Conocemos el Evangelio, admiramos a Jesús, valoramos la justicia, la solidaridad y el amor. Sin embargo, no siempre el Reino es la medida de nuestros anhelos y acciones. El Reino se vuelve realidad cuando dejamos que Cristo transforme nuestra vida y orientamos nuestras decisiones según Él.Nos cuesta mucho vivir para el Reino. Nos cuesta porque el Reino tiene una lógica distinta de la lógica del mundo. El mundo nos invita a buscar el éxito personal, el reconocimiento, el poder, la comodidad o la seguridad. El Reino, en cambio, nos propone el servicio, la humildad, el perdón, la confianza en Dios y la entrega a los demás.Nos cuesta porque llevamos dentro muchas resistencias. Queremos amar, pero a veces preferimos guardar rencor. Queremos confiar en Dios, pero nos aferramos a nuestros propios planes. Queremos servir, pero buscamos que nos sirvan. Queremos ser generosos, pero nos cuesta desprendernos de nuestro tiempo, de nuestros bienes o de nuestras seguridades.También nos cuesta porque el Reino no se construye con grandes gestos heroicos, sino con la fidelidad de cada día. Es más fácil emocionarse en un retiro o en una celebración que vivir el Evangelio en la familia, en el trabajo, en la escuela o en la comunidad, cuando aparecen las dificultades. El Reino se juega en las pequeñas decisiones cotidianas: escuchar con paciencia, ayudar sin esperar recompensa, decir la verdad, dedicar tiempo a quien nos necesita, rezar cuando no tenemos ganas.Muchos de nosotros no estamos lejos del Reino. Conocemos el Evangelio, participamos en la Iglesia, queremos hacer el bien. Pero todavía nos falta recorrer un camino. Todavía hay espacios de nuestro corazón que no terminan de pertenecer al Reino.
Todos ustedes desean, hijos míos, ser admitidos un día en el reino de Dios y saborear eternamente la felicidad que él prepara para sus elegidos. Vengo a mostrarles hoy el camino que conduce a ese final feliz que desean alcanzar. Vengo a mostrarles a Jesucristo marchando primero por la ruta que Él nos ha abierto… (Sermón sobre el sufrimiento)
Somos obreros del reino de Dios,Lo construimos con el corazón.¡Venga tu Reino! decimos Señor,¡Danos la fuerza para lograrlo! Y si amamos el Reino de Diosse hace más grande.Si amamos el Reino de Diospor todos lados se expande.Y si amamos, el Reino de Diosya está aquí.Es Jesucristo que lo regaló.Él nos da vida y nos da la misión.Venga tu Reino, decimos Señor.Danos la fuerza para lograrlo.