San Norberto – Tratado de Unión

Jesús enseñaba a la multitud: Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad.
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia.
Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.
Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir.

En este texto, que recoge el resumen de la diatriba de Jesús contra los letrados (los teólogos de entonces), es uno de los pasajes más duros del Evangelio contra los “hombres de religión”. Jesús arranca la máscara de la respetabilidad de aquellos teólogos, par revelar la brutal realidad, incluso demoníaca, que hay debajo. Se trata, en definitiva, de que quienes eran vistos como los pilares mismos de la sociedad, los hombres que se distinguen como tales por su vestimenta y por la aprobación universal, en realidad eran unos explotadores demoníacos de los desvalidos, utilizando para ello la oración como medio de tapar sus actividades sucias de auténticos salteadores. (cf. Joel Marcus).
Lo que Jesús denuncia aquí no son simples “pecados” que ofenden a Dios. El problema está en que “los hombres de religión” utilizan su actividad más específicamente religiosa, para hacer negocio en provecho propio. En la actualidad, habría que hacer mención de los “clérigos-funcionarios”, que cobran dinero por decir misa, por los rezos y los sacramentos que administran. Estas prácticas han hecho de la Iglesia de Jesús, una empresa que se ve cada día más desprestigiada, solitaria y abandonada. Y así, lo que consiguen es que, en lugar de dar a conocer el Evangelio, lo que hacen es ocultarlo o hacerlo sencillamente poco creíble. Pero el evangelio de hoy no se limita a la denuncia pública de Jesús contra la arrogancia de los letrados. Marcos añade enseguida el ejemplo que nos dejó la viuda humilde y pobre que dio limosna tan humilde y tan pobre como ella.
Ahora comprendemos que la Iglesia de Jesús no debe vivir en la abundancia de los ricos, sino de la generosidad de los pobres. Lo que más ayuda a la Iglesia y lo que más necesita, es la generosidad desconcertante del que va por la vida sin afán de dinero, sin dinero en los bolsillos, y el corazón siempre disponible a la bondad sin límites.


Compórtate con mucha prudencia, como siempre lo has hecho, y trabaja por la gloria de Dios con más celo que nunca. (Al H. Ambrosio, 25 de mayo de 1848)

Queremos seguir tus huellas,
caminar por tus caminos,
sembradores de estrellas,
y norte de lo divino.

Desde la infancia tu mirada se pobló,
de urgencias, mares, primaveras y de sed,
son muchas sombras que llenar del sol de Dios,
así pensaste, Juan María la Mennais.

Amor ardiente, la esperanza vertical,
el pulso tenso, siempre indómita la fe,
proa al futuro y a sembrar de fuego el mar,
tal navegaste, Juan María la Mennais.

Como familia que se anuda en el amor,
honda la entrega y soterrada en sencillez,
los ojos altos, la mirada en «Sólo Dios»
tal nos soñaste Juan María la Mennais.

Extenderemos tu palabra germinal,
combatiremos sin jamás desfallecer,
seremos yunque, hoguera, viento, manantial,
como tú fuiste Juan María la Mennais.


El 6 de junio de 1819 tuvo lugar un acontecimiento decisivo para la historia menesiana. En la ciudad de Saint-Brieuc, Juan María de la Mennais y Gabriel Deshayes firmaron el Tratado de Unión que unía las obras de cada uno en pro de la educación cristiana de la niñez y la juventud.
Ambos compartían una profunda preocupación por la falta de escuelas cristianas que sufrían muchos pueblos de Bretaña después de la Revolución Francesa. Convencidos de que Dios los llamaba a una misma misión, decidieron unir sus esfuerzos, sus recursos y sus primeros discípulos para fundar una obra común.
El tratado establecía que los dos grupos formarían un único instituto, gobernado conjuntamente y animado por un mismo espíritu. Aquella firma no fue simplemente un acuerdo administrativo, fue un verdadero acto de fe y de confianza en la Providencia. De esa unión nació la congregación de los Hermanos de la Instrucción Cristiana, que con el tiempo se extendería por numerosos países llevando educación, evangelización y promoción humana a miles de niños y jóvenes.