Corpus Christi

Dijo Jesús: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.
Los judíos discutían entre sí, diciendo: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?
Jesús les respondió: Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.

El domingo pasado celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Celebramos que Dios es comunión, que Dios es relación, que Dios es familia y hoy celebramos que ese Dios se hizo hombre en la persona de Jesús y se dio como pan y como vino en la última cena compartida con los suyos. En esa cena se dio a los suyos, hizo lo que hizo a lo largo de toda su vida: darse y esta vez, además, quedarse.

Jesús al decir: ‘esto es mi cuerpo’, está diciendo: esto soy yo, esto es mi persona, estoy aquí para dejarme comer. Y al decir: ‘esto es mi sangre, que se derrama’, está diciendo que su vida, no su muerte, está entregada a los demás. Todo lo que él es, está al servicio de todos.

Jesús al decir ‘hagan esto’, no se refiere a que perpetuemos un acto de culto. Jesús no dio importancia al culto. Jesús quiso decir que vivamos el significado de lo que acaba de hacer. Es decir, que nos partamos y nos repartamos, y que nos dejemos comer… Hagan esto, también ustedes. Entreguen la propia persona y la propia vida a los demás como he hecho yo.

‘Hagan esto en memoria mía’ es la invitación a los menesianos a hacerse pan partido y repartido que alimente a otros, en especial a los niños y jóvenes, es hacer de la clase de todos los días una celebración eucarística, donde me parto y reparto (conocimientos, tiempos, pasión, alegría, entrega, etc.) y donde, incluso, derramo mi sangre para mejor vida de todos los estudiantes. Donde la mesa de trabajo se convierte en altar en el que hacemos el sacrificio agradable al Padre, donde el educador es el ministro de Dios al servicio de los niños y jóvenes y estos, dadores de sentido a la misión.

Al partirse y dejarse comer, Jesús está haciendo presente a Dios, porque Dios es don infinito, entrega total a todos y siempre. Esto tienen que ser/hacer ustedes. Si quieren ser cristianos tienen que partirse, repartirse, dejarse comer, triturar, asimilar, desapare­cer en beneficio de los demás. Comulgar, sin este compromi­so es una farsa, un garabato, como todo signo que no signifique nada.

Beber la sangre de Jesús significa asimilar la misma manera de vivir que marcó la vida de Jesús. Eso que los judíos tenían por la cosa más horrorosa, apropiarse de la vida (la sangre) de otro, eso es lo que pretende Jesús. Como si nos dijera: tienes que hacer tuya, mi propia vida; tienes que vivir la misma vida que yo vivo. Nuestra vida sólo será cristiana si se derrama y se consume, en beneficio de los demás. En la Eucaristía estamos confesando que ser cristiano es ser para los demás. Celebrar la eucaristía es comprometerse a ser fermento de unidad, de armonía, de amor, de paz. Y vocacionalmente implica hacerse la pregunta: ¿para quién soy?

Queda claro que la Eucaristía no es un producto más de consumo que me brinda seguridades. Podemos ir misa sin que eso nos obligue a nada, pero no se puede celebrar la eucaristía impunemente. No se puede salir de misa de la misma manera que se entró, es decir, como si no hubiera pasado nada. Si la celebración Eucarística no cambia mi vida, es que la he reducido a simple rito folclórico.

Cuando vivo mi vida como eucaristía, es decir, vivo entregado a los demás haciéndome pan partido y repartido y derramando mi sangre en favor de los otros; la celebración eucarística cobrará sentido real y vital, porque celebro lo que vivo y lo hago junto a otros como un culto agradable al Padre y que nos reconforta para seguir entregando la vida con alegría y gozo.

Jesús y los demás:
Así como vivió, murió. Murió siendo para los demás, murió dándose a los demás como alimento de vida. Nos invitó a todos a hacer lo que él hizo con su vida, pan que se parte y reparte y sangre que se derrama por la vida del mundo, en especial de los más pequeños. Nuestra vida será vida si como él nos hacemos para los demás, sin regateos ni mezquindades. Sólo el que se entrega, recupera su vida para la eternidad. El que la guarda, tiene garantizada la infecundidad.


¿Qué es comulgar? No es sólo unir nuestro cuerpo al cuerpo sagrado de nuestro Salvador es también unir nuestro espíritu a su espíritu, nuestra alma a la suya. Ahora bien, esta unión no puede tener lugar nada más que cuando entramos en los sentimientos de Jesucristo, es decir, en la medida en que sus juicios sean nuestros juicios, sus pensamientos nuestros pensamientos, sus deseos nuestros deseos; de modo que ya no seamos nosotros quienes vivimos, sino que sea Él quien vive en nosotros (S.II p. 473)

Mis manos, esas manos y tus manos
hacemos este gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en tu muerte y en tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unidad.
Ciudad de Dios, ciudad de los humanos.
comiéndote sabremos ser comida.

El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen, nos convoca
a ser contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.
(Pedro Casaldáliga)


Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Corpus Christi. Esta fue establecida en 1246 por el Obispo Roberto de Thourotte a sugerencia de Santa Juliana de Mont Cornillon. El Papa Urbano IV expandió esta celebración a toda la Iglesia Universal en 1264 con la bula “Transiturus de hoc mundo”, fijándola para el jueves posterior al domingo de la Santísima Trinidad. En muchos países se celebra el domingo posterior, como lo hacemos hoy nosotros.
En 1263 había ocurrido el llamado ‘Milagro de Bolsena’, en el que un sacerdote que dudaba de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, vio brotar sangre de la hostia consagrada durante la Misa. Este acontecimiento influyó notablemente en la difusión de la devoción eucarística.
Corpus Christi proclama la fe de la Iglesia en que Jesucristo está verdadera, real y sustancialmente presente en la Eucaristía. No se trata solamente de un símbolo o un recuerdo, sino de la presencia viva de Cristo bajo las especies de pan y vino. Esta convicción viene de las mismas palabras de Jesús en la última cena con sus amigos, donde, tomando el pan, dijo: «Esto es mi cuerpo». Y lo mismo hizo con el vino, diciendo: «Esta es mi sangre».