13º domingo durante el año

Jesús les dijo: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo, tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.

El Evangelio de hoy propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales en el seguimiento de Jesús:

Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Sólo puedo amar a Dios, amando a los demás y amándome a mí mismo como Dios manda. Amor son obras y no buenas razones. No amamos a la humanidad. Amamos o no, a personas concretas. A veces decimos que amamos a todos, para decir en verdad, que no amamos a nadie. El amor es concreto. Amar es darse, sin esperar nada a cambio.

Según la Palabra de hoy, lo decisivo no es la familia según la carne, sino esa gran familia que hemos de construir entre todos los hijos e hijas de Dios colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado de Dios en este mundo. Por eso, si la familia se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí».
Cuando la familia impide la solidaridad y la fraternidad con los demás y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre las personas, Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares.

El proyecto de fraternidad/ sororidad está por encima de cualquier lazo familiar. El proyecto de la mesa común que vino a instaurar Jesús está por encima de cualquier proyecto o voluntad personal.
Como familia menesiana estamos desafiados a constituir esa mesa común donde los valores del reino se pongan de manifiesto: mesa donde no haya lugares de privilegio; mesa donde el primero se haga el servidor de todos; mesa donde estemos dispuestos a brindarnos un vaso de agua, una palabra de ayuda, un gesto que aliente, un abrazo reparador; mesa donde cada uno está dispuesto a cargar con su cruz (hacerse cargo) para no ser una carga para los demás; mesa donde el proyecto común esté por encima de los intereses personales; mesa donde…

Perder la vida, es poner todo lo que eres a disposición de los demás, gastarse por ellos. Es renunciar a mi voluntad para hacer la voluntad de aquél que me ha llamado a la vida para servir.
Quien pretenda reservarse para sí (ego) está malogrando su propia existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera humanidad y así tiene garantizada su infecundidad.

Cargar la cruz y seguirlo vale la pena. Sólo el amor es digno de fe. Y es digno de fe porque negándose a sí mismo, es capaz de dejarse de mirar el ombligo, para mirar a los demás y ponerse en su piel.
Este es el esfuerzo cotidiano por salir de sí y optar por los últimos, las periferias, por los sobrantes, los que están solos, los que necesitan paz y consuelo, las víctimas de diversos abusos, etc. Solo el amor puede transformar lo muerto.

Todo lo que hagamos por nuestros hermanos más pequeños se lo estamos haciendo a Jesús. Porque a Dios se lo ama en los hermanos, especialmente en aquellos pequeños, pobres y frágiles, vulnerados en sus derechos, silenciados y marginados, a quienes muchos no quieren visibilizar.
En ellos está Jesús que sale a nuestro encuentro y nos invita a dejar de mirar estáticamente para involucrarnos. Y así junto a tantas víctimas, caminar juntos, sentirnos Iglesia que incluye y se mete en el barro de la humanidad, no por sus largos discursos y documentos, sino por la simpleza de quien se anima a tocar las heridas del otro y tan solo generar la cultura del encuentro.

Jesús y los discípulos:
Es claro con los suyos, no anda con vueltas. Es exigente con ellos porque sabe de las exigencias del amor. Amar, es gratificante pero también exigente. El proyecto del Padre de una familia sin ‘padres’ está por encima de los lazos sanguíneos.
El seguimiento requiere que abandonemos nuestra voluntad para hacer nuestra su voluntad. Este es el camino seguro para hacer de nuestras vidas una ofrenda agradable al Padre sirviendo a los pequeños.


La caridad nos une a Él por los lazos del amor, nos hace colocarlo por encima de todo, preferirlo a todo, nos lleva a amar a nuestro prójimo en vista de Dios, como su imagen, y porque Él lo ama. Cuando la caridad llena un alma, ella le descrubre tantas bellezas maravillosas, lo une a Él tan fuertemente, tan estrechamente, que se atreve a desafiar, como el apóstol San Pablo, a todas las criaturas que lo separen de Él. (enseñanza sobre el 1º mandamiento)

Quiero ir otra vez
a buscar por los caminos
a los que el rey
invitó para cenar;
a los olvidados por el mundo,
a los que perdidos van sin rumbo.
Enséñame, Señor,
a amar sin condición.

Dame un corazón distinto,
un corazón sencillo,
que te anhele de verdad;
un corazón sincero
que no tenga miedo
para ir donde tú vas.
Dame las palabras que no sé decir.
Quiero dar amor como me amaste a mí.

Quiero partir mi pan,
para darlo al que no tiene
y su hambre saciar;
compartir mi bendición,
dando lo mejor y no las sobras;
dando sin tardar y sin excusas.
Enséñame, Señor,
a amar sin condición.

En medio de la noche
el abrigo tú serás.
Tu amor y tu cuidado
de ellos no se apartará.

Un corazón distinto, un corazón sencillo.
Un corazón sincero que no tenga miedo.