Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido.¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.
Pocas veces las palabras de Jesús se encienden tanto como en este pasaje del evangelio. El Maestro reprocha a los habitantes de los lugares donde más tiempo había pasado. Betsaida era la patria de Felipe, Andrés y Pedro. En ella muchos milagros se habían cumplido y muchas palabras de vida eterna se habían escuchado.Pero las palabras más duras del Señor están reservadas a Cafarnaún, la ciudad que fue su casa durante buena parte de su vida pública. Estas ciudades, amadas por Jesús y que tuvieron la gracia de presenciar a la misión del Redentor, no acababan de creer del todo, no se habían convertido completamente.Jesús anuncia que si no se convierten tendrán un destino peor que las ciudades paganas de Tiro, Sidón y Sodoma, de las cuales en el Antiguo Testamento se profetizan castigos terribles.Betsaida y Cafarnaún son imagen de nuestra existencia: pequeñas ciudades que Dios viene a visitar, haciendo de ellas su casa. Pero para recibir a Jesús no basta con ser visitados, tenemos que acoger y dejarnos cambiar por su presencia.En aquella época, como hoy, no basta contemplar las maravillas cumplidas por Dios en el mundo y en nuestra vida, es necesario ponerse en camino para vivir la nueva vida que ofrece Jesús, hacer del evangelio nuestra vida.
Esta mañana, al pie del altar, en la capilla que he hecho construir, se me saltaban las lágrimas, al entretenerme con nuestro buen Maestro, que me hablaba dulcemente al corazón, a este corazón, desde hace tiempo tan seco, tan duro, tan vacío de los pensamientos de amor que deberían llenarlo completamente” (30 de septiembre 1815)
Estoy a la puerta y llamo,esperando a que me abras.Ábreme que quiero entrar,que estoy a la puerta y llamo.El corazón que te he dadoes morada que yo anhelo,pero es tan digno y sagradoque estoy a la puerta y llamo.Si me abres, entraré,y yo cenaré contigo.Si no me abres, seguiréafuera como un mendigo.Llamando, llamando …