Santiago, apóstol

La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.​
¿Qué quieres?, le preguntó Jesús.
Ella le dijo: Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
No saben lo que piden, respondió Jesús. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?
Podemos, le respondieron.
Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.
Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús los llamó y les dijo: Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo, como el Hijo del hombre, que no vino para ser vendido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.

El problema que Jesús tuvo con los apóstoles no fue un problema doctrinal. Ni tuvo con ellos problemas de celibato y sexo. San Pablo nos informa que los apóstoles, incluido Pedro, estaban casados y viajaban con sus mujeres (1ªCor, 9,5). Jesús no se preocupó de nada de eso. Lo único que le preocupó en serio a Jesús fue el tema del honor y el poder. Ante todo, porque, como está bien demostrado, de la misma manera que, para nosotros hoy, el problema número uno es el dinero, en las sociedades mediterráneas del s. I, lo que más preocupaba la gente era el honor (B.J. Malina).

La insistencia de Jesús en que los últimos son los primeros, en poner como modelo a los niños, en la preferencia provocativa por los excluidos sociales y por la gente sencilla, la dureza con que respondió a los hijos de Zebedeo, el enfrentamiento entre los discípulos por causa de la pretensión de Santiago y Juan, el hecho de llamarle satanás a Pedro cuando este quiso oponerse al fracaso final de Jesús o lo tajante que fue el mismo Jesús cuando Pedro no toleraba que le lavase los pies, todo eso va en la misma dirección: si algo que Jesús no tolera de sus apóstoles, ni en los sucesores de sus apóstoles, es el deseo de subir, de ser importantes, de mandar sobre otros. Y no digamos nada si lo que pretende es tener un poder venido del cielo y, por lo tanto, indiscutible. Una Iglesia que consciente y hasta (quizá sin pretenderlo) fomenta todo esto, no es, no puede ser, la sucesión en el tiempo de lo que Jesús les confió a los primeros apóstoles.

La “estructura” de la Iglesia se fundamenta en el episcopado, que tiene como cabeza a la Iglesia de Roma. Pero “la organización” de la Iglesia tiene que recuperar lo que fue en los primeros siglos. Las vocaciones de entonces eran, como decían los concilios locales, vocaciones “invitus” y “coactus” (Y. Congar), es decir, se ordenaban sacerdotes y obispos a los que se resistían y no querían serlo. Los tenía que elegir cada comunidad.


(Jesús) no reconocerá otros títulos para la posesión de su Reino, que los servicios que se le haya prestado en la persona de los pobres, que son su imágen y sus miembros. (Carta a Hay, 7 julio 1807)

Día a día encerrados
en los muros de hoy.
Es el mundo apurado
que a nadie puede esperar.

Y es fácil perderse
o dejarse engañar.
No hay tiempo para pensar
o detenerse a un lado y mirar
que es mi hermano
el que no puede esperar.

No dejemos que a la vida la atrape
el mundo de hoy en su vaivén.
Ofrecerla es mejor que ser piezas
en un juego de ajedrez.
Si podemos entregar la vida
al servicio de Aquél,
Aquel Dios que ha venido
no a ser servido,
sino a servir, sino a servir.

No es fácil el caminar
cuando quieres seguir
a ese Rey que su vida dio
gota a gota hasta morir,
ese Dios que llama hoy a ser hermanos,
al amor, a la alegría de vivir.


Santiago, el Apóstol (hijo de Zebedeo), también conocido como Santiago el Mayor, fue uno de los doce apóstoles de Jesús. Era hermano de Juan, el evangelista. Ambos trabajaban como pescadores en el lago de Galilea cuando Jesús los llamó a seguirlo, dejando las redes y a su padre para convertirse en sus discípulos.
Santiago formó parte del grupo más cercano a Jesús, junto con Pedro y Juan. Estuvo presente en momentos decisivos de la vida del Señor, como la resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración y la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní. Jesús dio a Santiago y a su hermano el sobrenombre de Boanerges, que significa «hijos del trueno», por su carácter enérgico.
Después de la resurrección de Cristo y de Pentecostés, Santiago anunció el Evangelio con valentía. Fue el primer apóstol en dar la vida por Cristo. Hacia el año 44 d. C., el rey Herodes Agripa I lo mandó decapitar en Jerusalén, convirtiéndose en el primer mártir entre los Doce (cf. Hechos 12, 1-2). Santiago es patrono de España, porque una antigua leyenda cuenta que evangelizó la península ibérica. Donde supuestamente se encontró su tumba, se levantó un templo y la ciudad de Santiago de Compostela, uno de los principales centros de peregrinación cristiana del mundo, destino del famoso Camino de Santiago.