San Eusebio, papa

Se le acercó un hombre y le preguntó: Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?
Jesús le dijo: ¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno sólo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos.
¿Cuáles?, preguntó el hombre.
Jesús le respondió: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El joven dijo: Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?
Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.
Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.

El joven del relato de hoy quiere la vida eterna y para eso hace lo que todo judío fiel debe hacer: cumplir los mandamientos que dejó Moisés. Con eso le alcanza para su objetivo y Jesús se lo confirma: “Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos”.

Ahora bien, como desea ser perfecto, Jesús le propone seguir sus pasos. Ya no se trata de cumplir normas, sino de dar la vida, de compartir los bienes, de imitar a Jesús en todo, de seguirlo en su vida sin seguridades.
Demasiado para el pobre joven. No estaba dispuesto a tanto. Tenía demasiado anclaje, demasiado por dejar.

En ese joven estamos representados cada uno de nosotros, apegados a tantas cosas que nos parecen esenciales para vivir. ¿Hasta dónde estoy dispuesto a donar mi tiempo, mis conocimientos, mis cosas, por el bien de otros?

El papa Francisco, comentando este texto, nos dice:
“Se nos pide adquirir la auténtica libertad de hijos de Dios, en una adecuada relación con el mundo y con los bienes terrenos, según el ejemplo de los Apóstoles, a los que Jesús invita a confiar en la Providencia y a seguirlo sin lastres ni ataduras. No se olviden de esto: el diablo siempre entra por el bolsillo, siempre. Además, es bueno aprender a dar gracias por lo que tenemos, renunciando generosa y voluntariamente a lo superfluo, para estar más cerca de los pobres y de los débiles”. (01-04-2017)


Dios quiere que sea un santo: ésta es la voluntad de Dios, la santificación. Ahora bien, yo no puedo llegar a ser santo más que en la medida que imite a Jesucristo y que ponga fielmente en práctica las verdades que él me ha enseñado, y las virtudes de las que me ha dado ejemplo. Tomo pues la resolución sincera de esforzarme, en el futuro, con la ayuda de la gracia, en ser humilde, dulce, paciente, obediente, casto, resignado como él. Y lo mismo que él se ha ofrecido totalmente por mí al Padre, quiero darme a él sin reservas ni compromisos. Dios quiere que yo sea un santo y yo también quiero serlo al precio que sea. (Sermón sobre la perfección, 1839)

Ven y sígueme, no mires atrás,
que delante está el Reino,
mi Reino de paz.

Desde antes de formarte aun
en mi mente te tenía ya.
Ya tenía asignado para ti un llamado.
Y ahora a ti te toca actuar,
dar el paso que tienes que dar.
Deja todo, toma tu cruz y sígueme.

Es tan grande mi amor por ti
que para que pudieras tu vivir
mi sangre, clavado en la cruz, yo vertí.
Ahora, ésta es tu decisión.
Sabes lo que para ti es mejor.
Recuerda que por siempre estaré junto a ti.


San Eusebio fue obispo de Roma, es decir, papa, durante un período muy breve del año 309 o 310, en tiempos de persecución contra los cristianos. Durante su pontificado surgió un fuerte conflicto sobre qué actitud debía tomar la Iglesia con los llamados lapsi: cristianos que, por miedo, habían renegado de su fe durante las persecuciones y luego deseaban volver a la comunidad. Eusebio sostenía que podían ser perdonados y readmitidos, pero después de realizar un camino sincero de penitencia. Esta postura provocó enfrentamientos entre distintos grupos cristianos.
El emperador Majencio desterró al papa Eusebio a Sicilia. Allí murió poco tiempo después, a causa de las duras condiciones del exilio. Por los sufrimientos padecidos en defensa de la fe y de la disciplina de la Iglesia, es venerado como mártir. Su vida muestra que la misericordia cristiana no excluye la conversión: la Iglesia acoge y perdona, pero invita a reconocer las propias faltas y comenzar una vida nueva.