San Alberto Hurtado

Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.
Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: Entonces, ¿quién podrá salvarse?
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: Para los hombres esto es imposible, pero para dios todo es posible.

Pedro, tomando la palabra, dijo: Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?
Jesús les respondió: Les aseguro que, en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.
Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

Los discípulos están conscientes que han dejado mucho atrás y se preguntan sobre su futuro. Pedro se anima a expresarlo. Jesús no desprecia la pregunta de Pedro. Comprende que seguirlo supone renuncias y promete que ninguna entrega realizada por amor quedará sin recompensa. Pero invita a sus discípulos a cambiar la manera de pensar: el Reino no funciona como un contrato comercial, donde cada sacrificio exige un pago equivalente. La principal recompensa no es “algo” que Jesús nos entrega, sino Jesús mismo, su amistad, una vida con sentido y la alegría de colaborar con el Reino de Dios.

Pedro dice: “lo hemos dejado todo”, aunque todavía tendría que abandonar muchas cosas interiores: su orgullo, sus seguridades, su deseo de ser el primero y su miedo al fracaso. Seguir a Jesús no consiste solamente en dejar bienes o actividades, sino en permitir que Él transforme nuestro corazón.

Esta pregunta nos invita a revisar nuestras motivaciones: ¿seguimos a Jesús por lo que esperamos recibir o porque hemos descubierto que estar con Él ya es un regalo? Quien se entrega por amor quizá pierda algunas comodidades, pero recibe una familia más grande, una misión, una esperanza y una vida llena de sentido.

En el Reino nada de lo que se entrega por amor se pierde. Pero la recompensa puede ser distinta de la que imaginábamos: tal vez no sea éxito ni reconocimiento, sino un corazón más libre, más fraterno y más semejante al suyo.


Cuanto más completamente se hayan entregado a Dios, más felices deben ser y más felices serán. (Al H. Cipriano Chevreau – 1846)

A veces me pregunto: «¿por qué yo?»
y sólo me respondes: «porque quiero».
Es un misterio grande que nos llames
así, tal como somos, a Tu encuentro.
Entonces redescubro una verdad:
mi vida, nuestra vida es Tu tesoro.
Se trata entonces sólo de ofrecerte
con todo nuestro amor, esto que somos.

¿Qué te daré?, ¿qué te daremos?,
¡Si todo, todo, es Tu regalo!
Te ofreceré, te ofreceremos
esto que somos…
Esto que soy, ¡eso te doy!

Esto que soy, esto es lo que te doy.
Esto que somos es lo que te damos.
Tú no desprecias nuestra vida humilde;
se trata de poner todo en tus manos.
Aquí van mis trabajos y mi fe,
mis mates, mis bajones y mis sueños;
y todas las personas que me diste,
desde mi corazón te las ofrezco.

Vi tanta gente un domingo de sol.
Me conmovió el latir de tantas vidas…
Y adiviné tu abrazo gigantesco
y sé que sus historias recibías.
Por eso tu altar luce vino y pan:
Son signo y homenaje de la vida.
Misterio de ofrecerte y recibirnos,
Humanidad que Cristo diviniza.


San Alberto Hurtado nació en Chile en 1901. Después de la muerte de su padre, su familia atravesó serias dificultades económicas, experiencia que lo hizo especialmente sensible al sufrimiento de los pobres.
Estudió Derecho y, una vez recibido, ingresó en la Compañía de Jesús. Fue ordenado sacerdote en 1933. Como jesuita se dedicó a la educación de los jóvenes, la predicación y la formación espiritual. Su vida estuvo marcada por un profundo amor a Jesucristo y por la preocupación ante las injusticias sociales.
Al ver a tantos niños y adultos viviendo en las calles, fundó en 1944 el Hogar de Cristo, destinado a ofrecer alimento, techo, educación y dignidad a las personas más necesitadas. También defendió los derechos de los trabajadores e impulsó la acción social de los cristianos.
Solía preguntarse ante cada situación: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Esta pregunta orientaba toda su vida y su misión.
Murió de cáncer el 18 de agosto de 1952, a los 51 años. Afrontó su enfermedad con serenidad y repetía: «Contento, Señor, contento». Fue canonizado por el papa Benedicto XVI en 2005.