San José de Calasanz – Beata María del Tránsito Cabanillas – Beato Alejandro Dordi

Jesús dijo: ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!; pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley; la justicia, la misericordia y la fidelidad
Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.
¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!
¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro y así también quedará limpia por fuera.

Este Evangelio forma parte del discurso de los “ayes” donde Jesús explica las consecuencias derivadas de un mero cumplimiento externo de la Ley. Hay un calificativo de Jesús que se repite: hipócritas y ciegos. El hipócrita es el que dice una cosa, pero hace otra, se comporta como un actor en la vida real. El hipócrita fácilmente cambia interiormente su corazón y se convierte en un ciego. Cambia su modo de ver las cosas, las acomoda a sus circunstancias personales, piensa en sí mismo según su propia conveniencia y esta actitud le conduce a la ceguera.

Los escribas y fariseos realizan acciones externas como pagar el diezmo, limpiar la copa y el plato, etc. pero lo hacen para ser vistos por los demás. Todas estas obras son buenas. Pero la actitud interior es egoísta. No lo hacen por amor, misericordia o por fidelidad, tal y como indica Jesús. Estas son el corazón de la Ley, el motivo por el que se realizan las acciones exteriores.

De cara a los ojos de Dios tiene primacía la interioridad sobre la exterioridad. Nuestras acciones exteriores son consecuencia de nuestra interioridad. Nos hacemos santos purificando nuestras intenciones, luchando por elegir bien, fomentando el deseo de amar a Dios sobre todas las cosas.

Por tanto, lo que hacemos exteriormente es causado por el corazón. Es por eso que lo que debemos cambiar es nuestro corazón. Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian palabras sinceras de amor, de misericordia, de perdón. Esto lo puede hacer solo el corazón sincero y purificado.            

El Evangelio conserva siempre su palpitante actualidad. Por eso, nos podemos preguntar si también a nosotros nos sucede lo mismo que a los escribas y fariseos, ¿qué me mueve a realizar esta acción, el amor a Dios y a los demás, o mi propia satisfacción personal?

La fe es hija del Verbo: penetra en los corazones con la palabra y no con el puñal.
Jesús pasó haciendo bien, cautivando con la bondad y tocando con su dulzura las almas más duras.
Sus labios divinos bendecían y no maldecían sino a los hipócritas.
No escogió verdugos para ser apóstoles.
(Palabras de un creyente, XXVIII)

Si hablara palabras de parte de Dios
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.

Si sé lo profundo de cada misterio
y no tengo amor,
de nada me vale
de nada me vale.

De nada me vale,
de nada me vale.
Sin amor la vida
es arar el aire.
De nada me vale,
de nada me vale.
Sin amor las manos
no ayudan a nadie.

Si tengo la fe que mueve montañas
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.

Si doy lo que tengo, incluso mi vida
y no tengo amor,
de nada me vale,
de nada me vale.


San José de Calasanz nació en 1557 en Aragón, España. Fue sacerdote y dedicó gran parte de su vida a la educación de los niños pobres, convencido de que la enseñanza podía transformar sus vidas y mejorar la sociedad.
En Roma abrió, hacia 1597, una escuela gratuita para niños sin recursos, considerada una de las primeras escuelas populares gratuitas de Europa. Para sostener esta misión fundó la Orden de las Escuelas Pías, cuyos religiosos son conocidos como escolapios. Su propuesta educativa unía la formación intelectual con la educación cristiana, bajo el lema «Piedad y Letras».
A pesar de sufrir incomprensiones, conflictos internos y la supresión temporal de su obra, permaneció fiel a su vocación y confió siempre en Dios. Murió en Roma el 25 de agosto de 1648. Fue canonizado en 1767 y es reconocido como patrono de las escuelas populares cristianas.

La beata María del Tránsito Cabanillas nació en Córdoba, Argentina, en 1821. Desde joven se distinguió por su profunda vida de oración, su amor a la Virgen y su preocupación por los pobres, los enfermos y los niños.
Después de cuidar durante muchos años a sus padres y de intentar ingresar en distintas congregaciones religiosas, comprendió que Dios la llamaba a fundar una nueva comunidad. En 1878 creó la Congregación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas, dedicada especialmente a la educación cristiana de la niñez y la juventud y al servicio de los más necesitados.
Vivió con sencillez, humildad y espíritu franciscano, afrontando dificultades y enfermedades con una gran confianza en Dios. Murió en Córdoba el 25 de agosto de 1885. Fue beatificada por san Juan Pablo II en 2002, convirtiéndose en la primera mujer argentina declarada beata.

El beato Alejandro Dordi nació en 1931 en Gromo San Marino, Italia. Fue ordenado sacerdote en 1954 y desarrolló su ministerio entre jóvenes, trabajadores emigrantes y familias necesitadas.
En 1980 fue enviado como misionero a la diócesis de Chimbote, en Perú. Allí trabajó especialmente en la parroquia del Señor Crucificado, en Santa. Evangelizó, formó comunidades cristianas y promovió obras sociales en favor de los campesinos, los enfermos y los más pobres.
A pesar de las amenazas del grupo terrorista Sendero Luminoso, decidió permanecer junto a su pueblo. Fue asesinado el 25 de agosto de 1991, mientras regresaba de celebrar la misa en una comunidad rural. Fue beatificado en 2015 junto con los franciscanos Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzałkowski, conocidos como los mártires de Chimbote. Su vida fue un testimonio de entrega misionera, valentía y fidelidad al Evangelio.