Jesús, al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron que hiciera algo por ella.Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y ésta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.De muchos salían demonios, gritando: Tú eres el Hijo de Dios!. Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos.Pero él les dijo: También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.
COMENTARIO
Jesús vive intensamente al servicio de los demás. Entra en la casa de Pedro, cura a su suegra, recibe a los enfermos y escucha a quienes se acercan con sus necesidades. No se encierra en sí mismo ni considera a las personas una molestia: para cada una tiene tiempo, cercanía y compasión.Pero el Evangelio también nos muestra el secreto de su entrega: al amanecer, cuando todavía todos duermen, Jesús se retira a un lugar apartado para encontrarse con el Padre. Su oración no es una evasión ni un descanso egoísta; es la fuente de la que brotan su fuerza, su libertad y su amor.También nosotros podemos vivir atrapados por las tareas, las urgencias y los reclamos. Incluso las buenas obras pueden agotarnos si perdemos el contacto con Dios.Jesús nos enseña que no debemos elegir entre oración y servicio. Necesitamos ambas cosas, necesitamos acercarnos a Dios para poder acercarnos mejor a los demás.Retirarnos un momento, hacer silencio y rezar no significa desentendernos de las necesidades del mundo. Significa volver a la Fuente para amar con un corazón renovado. Quien no se detiene corre el riesgo de vaciarse; quien se encuentra con Dios aprende a entregarse sin perder la paz.
Estos días del retiro son, en verdad, los días que el Señor ha hecho. Días felices, en los que Él os conduce a la soledad, lejos del ruido del mundo y de sus distracciones, para hablar a su corazón y para revelaros sus designios de amor sobre sus alma; días de gracias y de bendiciones en el que os envolverá con sus luces, en los que nos envía hacia ustedes para anunciaros su palabra y sus juicios, para que, dóciles a lo que vayamos a decir de parte suya, ocupéis con más cuidado del que han tenido hasta ahora el más importante de sus quehaceres, el de sus salvación.
CANCIÓNMe bastas, Señor – María Ángel