Natividad de la Virgen María

Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo.​José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.​
Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emmanuel», que traducido significa: Dios con nosotros.

Mateo comienza la exposición doctrinal y catequética de su evangelio con la genealogía de Jesús, confirmando que procede de la estirpe de David, y, a continuación, desarrolla como se produjo la concepción del Hijo de Dios, quedando gestante María cuando ya estaba desposada con José.

El desposorio ya suponía un compromiso decisivo de cara al matrimonio. La mujer se consagraba al hombre. La ruptura del desposorio suponía un repudio formal, y las relaciones sexuales con otro hombre, eran comparables a un adulterio.
José, hombre justo, para cumplir la ley debería repudiar a su futura esposa, pero no quiere difamarla y acusarla públicamente, lo que podría provocar, incluso, una lapidación.

En sueños un ángel le advierte que es obra del Espíritu Santo, pues el hijo que va a nacer salvará al pueblo de sus pecados. La aceptación de María del proyecto que Dios le ha designado, podría suponer el rechazo por parte de sus amigos y parientes, incluso, si llega a hacerse público, por parte de sus conciudadanos. Pero ella pone toda su confianza en el Señor y, junto a José, deciden criar y educar al que será el “Salvador del Mundo”, pues en su vida, muerte y resurrección anunciaba la presencia amorosa de Dios que ofrece a toda la humanidad.


Recordando mis propias necesidades, aprovecho esta ocasión para pedir a los congregacionistas que van a tener la dicha de hacer la comunión el 8 de septiembre, en el que se celebra la fiesta de la natividad de la Santísima Virgen, que la hagan a mi intención. Es el día de mi nacimiento y de mi bautismo, no me nieguen, queridos niños, esta muestra de interés y de afecto. Yo hago lo que puedo para ayudarlos a ser santos, lo que siento es no poder hacer más. Ayúdenme a santificarme. Pidan al buen Dios que me dé fuerzas, ánimo, las luces que me hacen falta en el puesto en que Él me ha puesto, del cual soy indigno y que soy muy poco capaz de cumplir. Pídanle que me perdone las faltas de las que me hecho culpable a lo largo de mi corta vida, que me parece ya muy larga, para que cuando llegue el momento en que me presente delante de Él para darle cuenta, tenga piedad de mi pobre alma según su gran misericordia. (Renovación de consagración, 1809)

Mira que te mira.
El cielo se ha acurrucado
entre dos caritas.
Los ángeles se apretujan
con alegría
y lloran cuando la madre
canta con él: Lerè, lerè.  
Sólo Dios es.

Cuántas madrugadas
voy a colarme entre dos miradas,
cuánta vida divina veré crecer.

Mírame María, mírame de niña,
de madre a hija.
Alza la riqueza de mi pobreza
llena de vida.
Tu mirada nos lleva al cielo,
Madre querida.

Mira que te mira,
palpando de cada rosa
también la espina,
besando cada calvario
con sus pupilas,
llenándolo de ternura
como en Belén.
Lerè, lerè. Sólo Dios es.

Mira que te mira, mirada divina.
Trinidad brillando entre dos caritas.
Mira que te mira, mirada divina.
Tu mirada nos lleva al cielo,
Madre querida.


Los Evangelios no cuentan cómo nació María ni mencionan los nombres de sus padres. La tradición procede principalmente del Protoevangelio de Santiago, un escrito cristiano del siglo II. Según este relato, Joaquín y Ana eran un matrimonio piadoso que sufría por no poder tener hijos. Después de rezar durante mucho tiempo, Dios les concedió una hija, María, llamada a desempeñar una misión única en la historia de la salvación.
La celebración comenzó en Oriente, probablemente en Jerusalén, hacia los siglos V o VI. Allí se veneraba una iglesia construida, según la tradición, en el lugar donde había nacido María. Más tarde, durante el siglo VII, la fiesta llegó a Roma y se extendió progresivamente por toda la Iglesia.
La Natividad de María se contempla como el anuncio de una nueva esperanza. Con su nacimiento comienza a prepararse de manera inmediata la llegada de Jesús. Por eso, la liturgia celebra este día con alegría: María es comparada con la aurora que anuncia la salida del sol, porque ella precede a Cristo, “el Sol que nace de lo alto”.
Esta fiesta también nos recuerda que Dios realiza grandes obras a través de vidas sencillas. María nació como cualquier niña, en el seno de una familia y sin privilegios visibles; sin embargo, Dios la estaba preparando silenciosamente para una misión que cambiaría la historia.