San Pedro Claver

Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo:
¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo!
De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas.
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien!
¡De la misma manera los padres de ellos traban a los falsos profetas!

Las Bienaventuranzas nos invitan a mirar la vida con los ojos de Dios. Nosotros solemos admirar a quienes poseen riquezas, poder, éxito o prestigio. Pensamos que ellos son los verdaderamente afortunados. Al mismo tiempo, podemos sentirnos incómodos ante los pobres, los que sufren o quienes necesitan nuestra ayuda. A veces preferimos no verlos, porque su dolor cuestiona nuestra forma de vivir.

Pero Jesús cambia por completo nuestra escala de valores. Para Dios, una persona no vale por lo que tiene, por el lugar que ocupa ni por el reconocimiento que recibe. Cada ser humano es su hijo amado y, precisamente por eso, quienes más sufren ocupan un lugar especial en su corazón. No porque la pobreza o el sufrimiento sean buenos, sino porque Dios no permanece indiferente ante ninguno de sus hijos.

Cuando Jesús proclama las Bienaventuranzas, no ofrece un consuelo superficial ni promete una felicidad fácil. Anuncia que Dios está cerca de los pobres, de los que lloran, de quienes tienen hambre de justicia y de los perseguidos. Les asegura que no están olvidados y que su dolor no tendrá la última palabra.

Pero las Bienaventuranzas también son un llamado para nosotros. Dios quiere consolar, alimentar, defender y levantar a los necesitados contando con nuestras manos y nuestro corazón. No podemos llamarnos discípulos de Jesús y permanecer indiferentes ante el dolor ajeno.
Ser bienaventurados es aprender a mirar como Jesús: acercarnos a quienes otros evitan, valorar a quienes el mundo desprecia y descubrir que la verdadera felicidad no consiste en acumular, sino en amar, compartir y hacer posible que todos vivan con dignidad. Porque cuando hacemos lugar en nuestra vida a los más necesitados, también hacemos lugar a Dios.


Se les llama felices sólo a hombres poderosos y ricos. Se los considera sabios y se estima sólo a los hombres que trabajan para crecer a cualquier precio, y se mira con lástima a aquéllos que, poniendo la salvación por encima de todo, usan las cosas de este mundo como si no las usaran y tienen puestas en el cielo todas sus esperanzas. Lo sé, en todo momento ha habido errores y desórdenes; nunca, sin embargo, se ha visto algo como lo que vemos; nunca el amor al oro y a los placeres corrompieron las conciencias hasta el punto en que están hoy. (S. VII, p. 2014-42)

Caminando por las sendas de este mundo,
si descubres un niño sin poder crecer,
abre tu escuela menesiana
y así podrás tener fuerzas y alas
para poder volar.

Atrévete, vamos a construir. ¡Ven!
un cielo para que suene su voz
y cante libre.
Mírate, abre tu corazón ya,
para buscar…

Si entendemos la esperanza menesiana
y ponemos a nuestro sueño su color.
Un arcoíris limpio y grande alumbrará
la senda para todos juntos andar.

Atrévete, vamos a construir. ¡Ven!
un cielo para que suene su voz
y cante libre.
Mírate, abre tu corazón ya,
para buscar…

Busca la estrella que guiará
nuestro camino al andar.


San Pedro Claver nació en 1580 en Cataluña, España. Ingresó en la Compañía de Jesús y, siendo todavía joven, fue enviado como misionero a Cartagena de Indias, en la actual Colombia. Allí fue ordenado sacerdote en 1616.
Cartagena era uno de los principales puertos de llegada de africanos esclavizados. Pedro Claver decidió dedicarles por completo su vida. Cuando llegaban los barcos, entraba en las bodegas para recibirlos, curar sus heridas, alimentarlos, consolarlos y anunciarles el amor de Dios. Se llamó a sí mismo «esclavo de los esclavos para siempre».
Durante casi cuarenta años atendió a miles de personas, defendiendo su dignidad frente al desprecio y los abusos de la sociedad. En sus últimos años quedó enfermo y casi paralizado. Murió en Cartagena el 8 de septiembre de 1654. Fue canonizado en 1888. Es patrono de las misiones entre los pueblos africanos y de quienes trabajan en defensa de los derechos humanos.