San Nicolás de Tolentino

Jesús dijo a sus discípulos: Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica.
Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.
Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes.
Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.
Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores.
Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.

En el corazón de Dios no hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para sacárselos de encima.
El amor de Dios tiene sabor a fidelidad con las personas, porque es amor de entrañas, un amor maternal/paternal que no las deja abandonadas, incluso cuando se hayan equivocado.
Nuestro Padre no espera a amar al mundo cuando seamos buenos, no espera a amarnos cuando seamos menos injustos o perfectos; nos ama porque eligió amarnos, nos ama porque nos ha dado el estatuto de hijos. Nos ha amado incluso cuando éramos enemigos suyos (cf. Rm 5,10).
El amor incondicionado del Padre para con todos ha sido, y es, verdadera exigencia de conversión para nuestro pobre corazón que tiende a juzgar, dividir, oponer y condenar.

Vemos, por ejemplo, cómo rápidamente el que está a nuestro lado ya no sólo posee el estado de desconocido o inmigrante o refugiado, sino que se convierte en una amenaza; posee el estatus de enemigo. Enemigo por venir de una tierra lejana o por tener otras costumbres. Enemigo por su color de piel, por su idioma o su condición social, enemigo por pensar diferente e inclusive por tener otra fe. Enemigo por…
Y sin darnos cuenta esta lógica se instala en nuestra forma de vivir, de actuar y proceder. Entonces, todo y todos comienzan a tener sabor de enemistad. Poco a poco las diferencias se transforman en sinónimos de hostilidad, amenaza y violencia.

Queridos hermanos, Jesús no deja de querer insertarnos en la encrucijada de nuestra historia para anunciar el Evangelio de la Misericordia. Jesús nos sigue llamando y enviando al “llano” de nuestros pueblos, nos sigue invitando a gastar nuestras vidas levantando la esperanza de nuestra gente, siendo signos de reconciliación” (Papa Francisco)


Les recomiendo nuevamente que estén llenos de bondad y de indulgencia con todos sus hermanos; sí, con todos, sin excepción, incluso con aquellos de quienes crean tener motivos para quejarse. (Al H. Ambrosio, 17-06-1842)

Somos llamados como menesianos
a ser una familia, todos hermanos.
Tenemos un Padre
que es amoroso Él es un Dios maravilloso.

Tu misericordia es nueva cada día,
más grande que los cielos,
que el sol del mediodía.
¿Cómo no quererte si eres alegría?
Tu misericordia transformó nuestra vida.

Si hay problemas, no estamos solos,
tenemos un Dios que es poderoso.
Siempre nos entiende, es amoroso,
tenemos un Dios maravilloso.


San Nicolás de Tolentino nació en Italia hacia el año 1245. Desde pequeño recibió una profunda educación cristiana y, siendo todavía joven, ingresó en la Orden de San Agustín. Fue ordenado sacerdote y pasó gran parte de su vida en la ciudad de Tolentino, de donde tomó su nombre.
Se destacó por su vida sencilla y austera, su intensa oración y su amor hacia los pobres y enfermos. Dedicaba largas horas a atender a quienes buscaban consuelo, reconciliaba a personas enfrentadas y predicaba con palabras cercanas y llenas de esperanza. Aunque practicaba grandes sacrificios, era amable y comprensivo con los demás.
Tuvo una especial preocupación por las almas del purgatorio, por quienes ofrecía sus oraciones y celebraba la misa. Por eso es considerado su protector e intercesor. También se le atribuyeron numerosos milagros, tanto durante su vida como después de su muerte. Murió el 10 de septiembre de 1305 y fue canonizado en 1446.