San José de Cupertino

Jesús recorría las ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios.
Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades:
María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Señor, te agradezco que hayas incorporado a la mujer a tu misión, a la construcción del Reino. En medio de un contexto totalmente machista, Tú optaste a favor del feminismo de una manera clara y contundente. No tuviste prejuicios contra ellas, las defendiste del tabú de la sangre, las elevaste a la categoría de seres libres, capaces de escuchar tu palabra, y sobre todo, siempre las miraste con la mirada del corazón.

Es verdad que, a la hora de la primera creación, el protagonismo lo tuvo un hombre: Adán; pero en la segunda creación, Dios, a la hora de elegir un medio eficaz para entrar en el mundo, pensó en clave femenina.
Siempre me impresionan las palabras de Pablo: “Al llegar la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gal. 4,4).

En el relato del evangelio de hoy Jesús fue un osado. Sabía que “la mujer casada que acompañaba a los profetas era repudiada por su marido y era motivo suficiente para casarse con otra” (J. Jeremías). Pero Jesús rompe los esquemas sociales y culturales a la hora de optar por un auténtico feminismo, incluso incorporando a las mujeres a su propia misión evangelizadora.
Incluso fue una mujer, María Magdalena, la que dio la los discípulos la noticia de que Cristo había Resucitado. Fueron unos ojos de mujer los primeros que vieron el rostro del resucitado; unos oídos de mujer los que escucharon el primer nombre pronunciado por Él: ¡María! Y unos labios de mujer los primeros que besaron los pies del nuevo Adán.

Señor Jesús, yo te agradezco que hayas sido tan valiente y no te haya importado incorporar a las mujeres a la misión de extender a todas partes tu Reino. Y, de un modo especial, te agradezco que hayas querido venir a este mundo a través de una mujer llamada María. Ella es, “el sacramento de la ternura maternal de Dios”. Haz que sepamos empaparnos de esta ternura infinita.


Es en él en quien deben buscar un consolador para sus penas. Es en su misericordia que deben poner toda tu confianza. … Es él quien las invita llamándolas al retiro… Las palabras y los ejemplos de los hombres han sido obstáculos para su regreso a Dios. Pero la misericordia de Dios hoy levanta los obstáculos que parecían insuperables. (Retiro para mujeres)   

Eres un tesoro para Dios.
Eres un latido de Su corazón.
No eres un error, una casualidad.
Tú eres importante para Dios.

Como el azul del cielo eres para Él.
Como un palomo en vuelo eres para Él.
Como el color que Él usa al atardecer
eres para Él.
Eres importante para Él.

Como una suave brisa eres para Él
Como el brillo de una estrella eres para Él
Grandioso como el universo eres para Él
Así eres para Él
Eres importante ya lo ves.

No cargues con la culpa más
Acércate y déjate amar
Ya no derrames ni una lágrima más.

Como el azul del cielo eres para Él
Como un palomo en vuelo eres para Él
Como el color que Él usa al atardecer
Eres para Él
Eres importante para Él.

Como una suave brisa eres para Él
Como el brillo de una estrella eres para Él
Grandioso como el universo eres para Él
Así eres para Él
Eres importante para Él.

Grandiosa, hermosa.(bis)
Grandiosa, como el universo.
Hermosa como el azul del cielo. (bis)


San José de Cupertino nació en 1603, en Italia, en una familia muy pobre. Durante su infancia tuvo dificultades para aprender y era considerado distraído y torpe. Después de varios intentos, fue admitido entre los franciscanos conventuales, donde realizó tareas humildes.
Con mucho esfuerzo logró prepararse y fue ordenado sacerdote en 1628. Se destacó por su profunda oración, humildad y amor a la Eucaristía. Durante sus momentos de éxtasis, especialmente al celebrar la misa o escuchar hablar de Dios, entraba en un estado de contemplación tan intenso que, según numerosos testimonios, llegaba a elevarse del suelo. Por esta razón se lo conoce como «el santo volador».
Estos fenómenos despertaron admiración, pero también sospechas. Sus superiores lo trasladaron varias veces y le prohibieron celebrar públicamente. José aceptó todo con paciencia y obediencia, viviendo sus últimos años en oración y sencillez.
Murió en Osimo en 1663. Es patrono de los estudiantes, especialmente de quienes tienen dificultades para estudiar.