Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo, valiéndose de una parábola: El sembrador salió a sembrar su semilla.Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino, donde fue pisoteada y se la comieron los pájaros del cielo.Otra parte cayó sobre las piedras y al brotar se secó por falta de humedad.Otra cayó entre las espinas, y éstas, brotando al mismo tiempo, la ahogaron.Otra parte cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno.Y una vez que dijo esto, exclamó: ¡El que tenga oídos para oír, que oiga!Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola, y Jesús les dijo: A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios. A los demás, en cambio, se les habla en parábolas, para que miren sin ver y oigan sin comprender.La parábola quiere decir esto: La semilla es la Palabra de Dios. La que cae al borde del camino habla de los que escuchan, pero luego viene el demonio y arrebata la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.La que cae sobre las piedras de los que reciben la Palabra con alegría, apenas la oyen; pero no tienen raíces: creen por un tiempo, pero en el momento de la tentación se vuelven atrás. La que cayó entre espinas se refiere a los que escuchan, pero con las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, se van dejando ahogar poco a poco y no llegan a madurar. La que cayó en tierra fértil a los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen y dan fruto gracias a su constancia.
Para entender esta parábola, lo primero es tener muy presente que la “palabra” es “inseparable de quien la pronuncia”. Una palabra es creíble cuando el que la pronuncia merece credibilidad. ¿Cómo va a tener aceptación y acogida una palabra, un discurso, que proviene de una persona cuya forma de vivir está en contradicción con lo que dice?Una “palabra” solo puede dar fruto cuando la vida de quien la pronuncia está concorde con lo que dice. Por eso Jesús insistió que su autoridad no le viene de sus títulos o su saber, sino de sus “obras”: “Si realizo las obras del mi Padre, aunque no crean en mí, crean en mis obras” (Jn 10,38). ¿Qué predicador puede decir “si no creen en lo que digo, porque no creen en mi forma de vivir? Esto vale para predicadores, catequistas, para todo el que se ponga a hablar del Evangelio.No vendría mal que quien explica la parábola (el hablante) se pare a pensar si el problema no estará en que “el sembrador no siembra lo que tiene que sembrar”. Porque se trata de sembrar la Palabra. Ahora bien, no se siembra la Palabra en cuanto uno se pone a hablar, sino que se siembra la Palabra únicamente cuando, al hablar, se dan las condiciones de lo que se ha llamado la “acción comunicativa” (J. Habermas). Condiciones básicas: 1) Que lo que dice el hablante resulte comprensible. 2)Que el hablante sea fiable, es decir, tenga credibilidad. 3)Que la comunicación tenga relación con el contexto normativo vigente, o sea que se hablen de cosas que se aceptan como normas de conducta de ahora, no de hace mil años. 4)Que la intención del hablante sea la que el expresa, por ejemplo, no utilizar la religión para hablar de otros intereses. Si no se dan estas condiciones, el problema no está en la tierra, sino en el sembrador, que no siembra palabra alguna.Pero igualmente el “oyente de la Palabra” (K. Rahner) tiene que pensar su vida a partir de lo que dice la parábola: ¿tienes un corazón duro? ¿Un corazón con piedras? ¿Con espinas? ¿Cómo acogemos la palabra del Evangelio? ¿Qué atención y que interés concedemos a la palabra que nos viene de los demás? Aquí está el problema.
La palabra de Dios, dice Jesucristo, es una semilla que, al parecer, primero se pierde en la tierra, luego crece y se multiplica por cien. Esta palabra divina, anunciada por doce pescadores pobres, obró antiguamente en todo el universo las maravillas más asombrosas. ¿Por qué ya no produce el mismo efecto entre los cristianos que la escuchan? (S. sobre la Palabra de Dios )
A veces me pregunto: «¿por qué yo?»y sólo me respondes: «porque quiero».Es un misterio grande que nos llamesasí, tal como somos, a Tu encuentro.Entonces redescubro una verdad:mi vida, nuestra vida es Tu tesoro.Se trata entonces sólo de ofrecertecon todo nuestro amor, esto que somos.¿Qué te daré?, ¿qué te daremos?,¡Si todo, todo, es Tu regalo!Te ofreceré, te ofreceremosesto que somos…Esto que soy, ¡eso te doy!Esto que soy, esto es lo que te doy.Esto que somos es lo que te damos.Tú no desprecias nuestra vida humilde;se trata de poner todo en tus manos.Aquí van mis trabajos y mi fe,mis mates, mis bajones y mis sueños;y todas las personas que me diste,desde mi corazón te las ofrezco.Vi tanta gente un domingo de sol.Me conmovió el latir de tantas vidas…Y adiviné tu abrazo gigantescoy sé que sus historias recibías.Por eso tu altar luce vino y pan:Son signo y homenaje de la vida.Misterio de ofrecerte y recibirnos,Humanidad que Cristo diviniza.