Santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.
¿De dónde me conoces?, le preguntó Natanael.
Jesús le respondió: Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.
Natanael le respondió: Maestro, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.
Jesús continuó: Porque te dije: «Te vi debajo de la higuera», crees. Verás cosas más grandes todavía.
Y agregó: Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.


Jesús se revela a Natanael como el que le conoce por dentro, el que sabe de la coherencia de su corazón, el que lo ve aunque él no se sepa mirado.

Detengámonos en la mirada de Jesús que siempre es mirada de amor misericordioso. Mirada que abarca lo que somos en su totalidad, nuestro pasado, nuestro presente y el futuro al que estamos predestinados en su persona desde toda la eternidad.

Sintámonos por un instante Natanael, mirados con amor por Jesús, abrazados por su misericordia tal y como somos, tal y como estamos. Deseemos que esa misericordia nos sane y nos capacite para ver lo invisible, para ver la bondad que esconde cada realidad.
Veamos que junto a lo que nos ofrece la vida, Dios nos da una corriente de gracia, y una comunidad que nos ayudará en cada circunstancia.


Tomemos, pues, esta resolución sincera, eficaz, inquebrantable de entregarnos siempre al servicio del único maestro, que es eterno y que no está sujeto a ningún cambio. Al servicio de este gran Dios que es el principio, la fuente y la plenitud de todo bien. No estamos en la tierra más que para conocerlo, amarlo y servirlo como Él merece ser amado, con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, para poder adquirir así la vida eterna. Amémoslo, seamos totalmente para Él en el tiempo y Él será todo para nosotros en la eternidad” (Reflexión sobre el fin del hombre. S. IV p. 1555-56)           

Sientes un murmullo muy cerca de ti.
Es un ángel llegando para recibir
todas tus oraciones y llevarlas al cielo.

Así, abre el corazón y comienza a alabar
el gozo del cielo todo sobre el altar.
Hay un ángel llegando y bendición en sus manos.

Hay ángeles volando en este lugar,
en medio del pueblo y junto al altar,
Subiendo y bajando en todas las direcciones.
No sé si la iglesia subió o si el cielo bajó.
Sí sé que está lleno de ángeles de Dios,
porque el mismo Dios.

Cuando los ángeles pasan, la Iglesia se alegra,
ella canta, ella llora, ella ríe y congrega,
enfrenta al infierno y se disipa el mal.

Siente la brisa del vuelo de tu ángel ahora.
Confía, hermano, pues esta es tu hora,
La bendición llegó y te la vas a llevar.