San Jerónimo

Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: ¡Te seguiré adonde vayas!
​Jesús le respondió: Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.
Y dijo a otro: Sígueme.
El respondió: Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.
Pero Jesús le respondió: Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.
Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos.
Jesús le respondió: El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.


En el camino, tres personas hablan de seguir a Jesús. Las tres parecen dispuestas, pero cada una descubre que seguirlo toca algo muy querido: la seguridad de un hogar, los lazos familiares, la vida que conocen.

Las respuestas de Jesús pueden sonarnos duras. No está despreciando a la familia ni el dolor de quien pierde a su padre. Nos hace ver que el Reino de Dios no puede quedar siempre para después. Hay llamados que piden una respuesta hoy, aun cuando no tengamos todo resuelto.

También nosotros podemos decir: “Te seguiré, Señor, pero primero…”. Y ese ‘primero’ puede repetirse durante años. Podemos demorar una respuesta y seguir en los sueños de una decisión que no se concreta nunca. Nos asustan las decisiones, porque decir sí a un camino es dejar otras posibilidades, quizás muy buenas. Pero la vida se juega en las decisiones.

Otra actitud que a veces tenemos es decir sí, pero estar mirando continuamente a lo que hemos dejado, soñando con las otras opciones, añorando lo que quedó atrás. Y así podemos pasar la vida en un lugar añorando otro.
Jesús no nos pide borrar el pasado ni dejar de querer a quienes quedaron atrás. Nos invita a reconocer el valor de lo vivido y, después, a mirar el surco que tenemos delante. La fidelidad se construye en el presente: con estas personas, en esta comunidad, con las posibilidades y dificultades de hoy.

Necesitamos espíritus maduros, capaces de tomar una decisión, que saben tomar partido, y quienes, una vez conocido el camino derecho, no se apartan de él porque encuentran un disgusto, o porque les den imprudentes consejos. Nos hacen falta almas fuertes, que estén por encima de un disgusto, un obstáculo, o un peligro, o de su propia debilidad. Nos hace falta gente sensata, que no se conduce por capricho, sino por reglas de fe y que no comienzan a edificar para dejar el edificio sin acabar. Necesitamos hermanos llenos de espíritu de sacrificio, que no tengan más que un deseo y un pensamiento, el deseo de ganar el cielo dándose a Dios sin reserva y sin vuelta, inmolándose cada día por su gloria. Que se los coloque aquí o allá, poco les importa; que el mundo los alabe o los maldiga poco les importa. ¡Dios sólo es su divisa!» (S. VII. 2296. Advertencias para el retiro)  

Por mis montañas y puertos
Tú te has querido dar.
Has recorrido caminos
que hoy yo estoy llamado a andar.

Hazme de Ti un instrumento,
conocer tu voluntad.
Dime el camino que debo seguir
y así, en tu nombre actuar.

Tú has llamado a mi puerta.
Yo llamaré a las demás.
Que con tu amor y tu fuerza
mi vida pueda entregar.

Sembrando nuevas semillas
con tu amor iluminar
a quienes buscan tu vida
y ponen su fe en tu verdad.

Quiero encontrar en mis pasos
huellas de tu Santidad.
Junto a tu madre, María,
saber llevarte a cada hogar.

Enséñanos tu Palabra
para poner a trabajar
todas las manos unidas en Ti
y al fin, proclamar tu paz.

Tú has llamado a mi puerta.
Yo llamaré a las demás.
Que con tu amor y tu fuerza
mi vida pueda entregar.


San Jerónimo nació hacia el año 347 en Estridón, una localidad de la antigua provincia romana de Dalmacia. Estudió en Roma y, después de su bautismo, dedicó su vida al estudio de la Biblia y a la oración. Pasó un tiempo como ermitaño en el desierto de Siria y más tarde fue secretario del papa Dámaso.
Su obra más conocida fue la traducción de la Biblia al latín, llamada Vulgata, que durante siglos fue el texto bíblico más utilizado en la Iglesia occidental. En sus últimos años vivió en Belén, donde continuó escribiendo y acompañando a comunidades religiosas. Murió allí en el año 420.
La Iglesia lo reconoce como doctor de la Iglesia. Se lo recuerda por su amor a la Palabra de Dios y por su empeño en ayudar a otros a comprenderla.